42. El elemento natural. #3
Mi alma se incendia al ver como separa los labios para lanzar un alarido lleno de rabia que hace temblar el vidrio.
Deja caer las manos con fuerza sobre su túnica para ayudarlo a salir.
Cada parte de su rostro que me encandila se enfurece al detenerse a mirarme.
Sus ojos llenos de ira y decepción son más afilados que los recuerdos de la batallas de días atrás.
Comprendo que no confía en mis palabras.
Sé que las usará para hacerme daño a partir de este momento.
Ella me confió esa historia solo porque el vino enturbió su compostura.
Lloraba. Confesó que su madre había iniciado un plan junto a Aendyl cuando todavía pertenecía a la guardia privada.
Enviaron las pertenencias del verdadero Aelfraed a la reina Olet antes de que su padre los descubriera.
Dijo que se vio obligada a interceder. Que de otra manera, su madre habría muerto.
—¿Qué pretende tu arrogante princesa? —Aranel aprieta lo dientes.
Rompe con la distancia que nos separa con labios afilados y cólera entre los dientes.
—¿Cree que puede llevarse a mi pueblo? —la princesa inclina la cabeza hacia un lado—. ¿Acaso desea que luche contra su propia reina?
—Tu odio hacia ella comienza a cegarte —arrugo la frente al ver esa chispa de locura en su mirada—. No es ella quién lo reclama, es el rey Aelfraed.
—¡No la defiendas! —vocifera Aranel—. ¡Ella no es inocente!
—No lo es —bajo la mirada—, pero ese no es su pecado.
—Su pecado es mucho peor, ¿lo recuerdas? —Aranel sacude la cabeza desesperada—. ¡Está unida a ese ser marchado por la oscuridad!
Lleva la mano a su frente. Tuerce el cuello con una sonrisa tensa.
—Y esa misma oscuridad casi termina con las tierras de Órianth —la princesa deja caer el peso de sus hombros hacia delante.
—No logro comprenderte —cierro los ojos solo por verla en mis recuerdos—. Te vi en Brenshire. Luchaste por el pueblo brujo.
—Por favor, Lugh… —ríe con ese sarcasmo que a veces le sale. Se da media vuelta—. ¿Por el pueblo brujo?
—Esas fueron tus palabras —separo los ojos solo por el deseo de encontrar los suyos.
—¿De verdad es ese tu carácter? —Aranel me dedica una afilada mirada sobre el hombro. —Eres tan ingenuo… Ni siquiera Lynn creyó en mí, aunque tiene cara de ser estúpida.
—No quise crees que me habías mentido una vez más —mi tono se quiebra.
—Por eso nunca podría estar a tu lado —se gira para dedicarme una mirada imperiosa repleta de desdén—. Eres demasiado iluso para estar sentado en un trono.
Sacude su melena rubia mientras eleva la túnica. Subir los escalones al trono. Se sienta y sus pupilas destellan tanta soberanía, que me resulta insultante después de todo lo que ha sucedido entre nosotros.
—Tienes razón —asiento. Muerdo la rabia que me produce verla tan calmada cuando yo estoy a punto de romperme—. Solo un iluso hubiera aceptado estar tan cerca de alguien como tú.
—No lo tomes como un ataque, es demasiado difícil manejar lo que ya Eladriel controla —Aranel pone los ojos en blanco—. Y a ti te mueve como si fueras un títere.
—¿Tus manos están limpias? —tuerzo la comisura de la boca en una mueca de desagrado—. Gobiernas al idiota de Tien, al ignorante de Aendyl y al perro de Joralf.
—Pero sonrío —estira los labios en una mueca de orgullo que me repugna—. A ti en cambio no te veo feliz con la decisión que has tomado.
—Ojalá pudieras engañarme solo con hablar como una reina —resoplo. Dibujo una sonrisa—. Serás todavía más infeliz cuando el pueblo elfo te abandone. Cuando descubra que me abandonaste por un trono vacío.
—No te abandoné, Lugh —Aranel deja caer los brazos sobre la silla del trono—. Tan solo me encargué de nunca hubiera un nosotros.
—Lo había. Tu jurabas que se transformaría en algo imparable —estiro el dedo acusador hacia ella—. ¡Llevas a mi hijo dentro!
—Podría serlo. Tú hubieras obtenido más que una verdad que no te corresponde si hubieras aceptado mantenerte leal a mí —cierra el puño para golpear el reposabrazos.
A pesar de que ella lucha por no mostrarlo, su mirada está tan entristecida como la mía.
—Habríamos sido felices —musita.
—¿Cómo el encargo de tus aposentos privados? —exclamo. Mi respiración suena acelerada—. Prefiero perder la cabeza, que ocuparme de atender a los hombres que recibas en tu cama cuando me elijas a mí.
—La perderás. Ese es el camino al que te llevará haber elegido estar cerca de Eladriel —se inclina hacia delante en el asiento—. ¿Qué harás cuando ella desaparezca?
—¿Por qué aseguras que lo hará? —sonrío.
La madera de la puerta provoca un estruendo seco al ser golpeada. Aranel eleva la mirada de inmediato hacia ella. Se ha preocupado más por el golpe, que por mí en todo lo que llevo aquí.
—Adelante —dicta la reina.
Ya nunca más podrá ser mi princesa. No hay rastro de ella.
De forma sutil contemplo por el rabillo del ojo como, tras la hoja, Joralf aparece con el semblante blanco y turbado. Camina a prisa por la estancia para acercarse la reina. Antes, sus ojos se encuentran con los míos para lanzarnos una mirada mutua de desprecio. Qué mal me ha caído siempre.
—Siempre llegas a tiempo, mi querido Joralf —Aranel se levanta apresurada para recibirlo—. Dime que traes buenas noticias.
—Mi señora —Joralf le dedica una reverencia. Carraspea al dirigirme una mirada de reojo—.No sé si debería hablar en su presencia.
—Tranquilo. Estaba por desvelarle nuestro pequeño secreto a Lugh —la reina sonríe de medio lado. Sujeta las manos al frente.
—¿Nuestro secreto? —titubea el guardia.
—No te preocupes, yunque ambulante, no me interesa nada que tenga que ver con sus planes —elevo las cejas con retintín.
—Le contaba a Lugh, que no debe tomarle demasiado cariño a la nueva unión que ha forjado con la princesa Eladriel —revela Aranel con voz apagada.
—Sabio consejo, majestad, como siempre —asiente el guardia.
—Yo le preguntaba por qué —estiro el cuello hacia la bisagra con ego.
—¿Cumpliste con lo que ordenamos el hijo del cancilier y yo? —la barbilla de Aranel se eleva mientras sus labios se fruncen expectantes.
—Todo ha salido como lo deseabais, mi señora —se inclina Joralf sonriente—. El rey Eliot encontró sin vida los cuerpos en sus aposentos en las horas de la mañana.
—¿Aranel? —doy un paso al frente solo porque el recuerdo de Twig aparece en mi mente.
Cómo me molesta que me ignore solo por estar enfadada…
—Ahora que todo ha salido como esperaba, puedo contarte de qué se trata —sonríe Aranel.
Acepta la mano del guardia para bajar los escalones. Sujeta su vestido con más gracia que su moral.
—Tenía que arrebatar la calma a tu princesa —ríe la reina.
—¿Le has hecho algo a Twig? —no puedo evitar que mis manos se tensen ante el sonido de su risa punzante.
—La estancia de Twig en Eryas es dañina para Eladriel, pero la de Eseo podría resultarle placentera en algún momento —suspira. Su pecho se llena de placer—. El rey Eliot estaba demasiado complacido con el niño.
—¿El hijo de Tien? —mi ceño se frunce confundido.
—Le hizo muy feliz descubrir que por fin tenía entre sus manos ese heredero para su corona —Aranel ríe. Su carcajada nunca sonó así—. Lo creyó cuando Tien dijo que Eladriel lo había descubierto y planeaba acabar con él.
Sus labios curvos se borran hasta convertirlos en una mueca de tristeza. Se sienta en el trono mientras convierte su mirada alegre en una de pesar.
—Es una lástima que no vaya a despertar nunca más, hubiera sido un príncipe muy apuesto —la reina estira los labios como si pudiera sentir algún tipo de dolor.
—No me atrevo a preguntarte qué has hecho… —mis ojos se llenan de lágrimas de impotencia. De rabia y rechazo.
—Debía morir para que Eliot no se conformase —declara la reina con la frente marcada por una falsa tristeza—. Eladriel aún debe volver, todavía tenemos que hacer muchas cosas juntas.
—¿Ordenaste su muerte? —ojalá la repulsión me dejase pasar la saliva…
—No permití que sufrieran, le di órdenes a Tien para ello —se recuesta sobre el respaldo del trono—. Incluí efectos sedantes en el veneno que tomaron él y su madre.
—¿Por qué arrancarlo de los brazos de Maren para eso? —me muerdo el labio inferior solo para que mi voz se contenga—. ¿Por qué terminar con la vida de quiénes lo cuidaron como el niño inocente que era?
—Es su hijo, Lugh —Aranel eleva los hombros como si se tratase de cualquier bestia—. Solo él tenía derecho a decidir por su destino.
—Imagino que mentiste al asegurar que retirarías a la guardia elfa de Eryas… —contengo una lágrima en espera a su respuesta.
—A esos guardias se les ha duplicado el trabajo —olvida su tristeza cuando la comisura izquierda se le eleva ladina—. No solo deben capturarla por la traición al reino, también la buscan por asesinato.
—Confié en que tu arrepentimiento fuese sincero —la vergüenza por mí mismo me hace desviar la mirada del trono.
Cómo podría mirar a quién amo cuando desgarra vidas solo por crueldad. Cómo podría amarla.
—Esperaba que hablase tu enfado —me paso las manos por la cara solo por despejarla.
—Se lo advertí, Lugh —la punta de los dedos de la princesa se hunde en el reposabrazos del trono—. No puedo dejar que no reciba consecuencias por desafiarme.
La puerta se zarandea en otra ocasión. Incluso diría que quién golpea con tanta estridencia lleva demasiada prisa.
La hoja se separa. Un guardia elfo recorre la distancia hasta Joralf antes de que pueda terminar de pestañear.
Se inclina ante la reina. Respira. Pero solo hasta que Aranel afila la mirada al ver que tomar aliento le parece más importante que informarle de lo que sucede.
—¡Destapa esa maldita boca que tienes! —Aranel se levanta bajo un alarido.
—Mi señora —jadea el guardia—. Uno de los soldados está reclutando oficiales de la guardia real
—¿Qué has dicho? —hasta la corona de la princesa se sacude.
—Camina clamando por justicia —el guardia se humedece la lengua. Baja la mirada—. Asegura tener en sus manos una orden firmada por el verdadero rey Eliot que debe ejecutarse de inmediato.
—¿Está preparado todo? —Aranel baja los escalones para situarse frente a Joralf.
—Todo está listo, mi señora —Joralf sacude la armadura solo de la emoción que le produce complacerla.