42. El elemento natural. #2
—Si no mencionas algo de interés, os llevaré ante la reina para que le reveléis la verdad a ella —su nariz casi roza la mía.
—Tal vez, a la reina… Pero sería fascinante si pudieras contarlo entre el resto de guardias —deslizo las pupilas hacia sus manos envolviendo la tela de mis vestiduras—. Me resultaría demasiado pesado jugarme la vida con cada criatura a la que deba revelarle la verdad.
—¿Anhelas morir? —sacude el rostro impaciente.
—No —estiro la frente con burla. Hasta desafío diría—. ¿Pero qué clase de pregunta es esa?
—¿Qué? —los párpados de Vastêl comienzan a separarse.
—¿Es que esperas que afirme? —río—. ¿Acaso alguna criatura dijo que sí alguna vez?
—Sois un erudito del disparate —confirme el guardia, sujetándome del brazo para tirar de mí.
—No sé qué es eso… —suspiro—. Te doy mi palabra de que todo lo que dije es cierto. Hasta ocultaron archivos para que no pudierais encontrarlos.
—Los elfos sabios tienen acceso a los archivos secretos de la ciudadela —alza una ceja como si solo por eso pudiese dudar de lo que le confesé.
—La princesa mencionó algunos, pero no consigo recordarlos —poso las manos sobre el metal que cubre las suyas. Mi ropa—. Mi sesera trabajaría con más eficacia si no me amenazaras con el aliento.
—¿La princesa? —Vastêl luce como si quisiera morderme el alma.
Sus dedos de acero me liberan con más calma de la que esperaba. Aunque prefiero que me corte el gaznate este guardia antes que la princesa por haber sido tan estúpido de mencionarla.
Aunque, ya que mi lengua se soltó...
—Es la princesa Eladriel quién ayuda a tu rey. Ellos quieren que el pueblo elfo se una a la venganza contra Eliot —aprovecho que me suelta para retroceder con sigilo.
—Debería apiadarme de vuestra alma y llevaros a la enfermería —ríe el guardia—. Vuestro juicio debió perderse en el vuelo.
—Fue el rey Aelfraed el que me pidió que me dirigiese al pueblo elfo —insisto a pesar de que mi cuello comienza a oler a punta dorada—. Aún debes escuchar algo más.
—Lo tomaré cómo vuestro último alegato —Vastêl envuelve la lanza con fuerza entre los dedos.
—Un guardia elfo se acercó al rey Aelfraed. Pidió su permiso para formar una familia —repito las palabras de la princesa—. Él accedió, pero convocó una reunión días después para retractase de esa decisión.
—Toda la guardia elfa conoce esa historia —aleja la lanza del pecho.
—Podréis encontrar ese y otros documentos con su sello al retirar la flor de metal de la esquina derecha de la chimenea —mis pupilas se expanden ante ese movimiento de brazo.
—¿Esperas que la reina nos dé permiso para acceder a su despacho? —el guardia dobla la rodilla para lanzar un paso.
—Tendréis que actuar sin que ella lo descubra —arrastro el pie con discreción—. En esas cartas de mandato que Aelfraed redactó, autorizó a los elfos que lo desearan a dejar estas tierras y servir en su nuevo reino.
—¿Su nuevo reino? —Vastêl borra la expresión de su rostro.
Ahora entiendo por qué no se encarga de los archivos de la ciudadela…
—¿Falta mucho? —me aclaro la garganta.
—¿Mucho? ¿Para qué? —el guardia sacude la cabeza confundido.
—La reina —espeto con cierto retintín—. Me espera en la sala del trono.
Vastêl elige guardar silencio. Me rodea el brazo y golpea la lanza contra el suelo antes de llevarme a rastras ante su majestad.
Detiene mis pasos ante la refinada puerta de pocos detalles.
Lo único que me gusta de este reino es que son sobrios hasta para ser ostentosos.
Las criaturas de Eigton se dedican a leer, a aprender todo lo que pueda retenerse.
No necesitan perder el tiempo admirando otra cosa que no sean letras y textos.
Y yo me aburro solo de pensarlo. Aunque Aranel siempre asegura que no hay mayor placer que el de alimentar la sesera, mi estómago clama por una langosta.
Es tan asombroso que sea tan parecida a Eladriel, y nunca pueda encontrar nada afín entre ellas.
—Avisad a su majestad de que, el señor Dirphen, ha llegado —indica Vastêl a uno de los centinelas de la puerta.
—No olvides lo que dije —murmuro a través de la comisa de los labios—. Ahora es el mejor momento para comprobar si mentí, o fueron otros los que lo hicieron.
—Guardo lealtad a mi reino —susurra el guardia sin moverse ni un centímetro.
—Si cambias de opinión, tendrás que marcharte conmigo cuando mi reunión termine —ladeo el cuello. Mi ceño se llena de advertencia—. Solo yo puedo mostrarte el camino.
La puerta se abre tras un sonido fino y pulido. El centinela que accedió para avisar sobre mi presencia abandona el interior. Toma supuesto.
—La reina os espera —el guardia golpea la lanza.
Dedico una última mirada a Vastêl antes de aceptar la invitación de Aranel. Su mirada ya se ha alejado de la mía, solo se apoya en la lanza con determinación.
La puerta se cierra apenas mis pies tocan el suelo de la sala del trono.
Entrecierro los ojos a ese fogonazo de luz natural que se cuela a través de los grandes ventanales triangulares.
La piedra de los muros se vuelve más blanca aún.
Matifica las hendiduras del pergamino que conforman los respaldos de los tronos, incide sobre las decoraciones azules y doradas.
La corona de Aendyl descansa sobre los libros tallados en una roca entre las butacas.
La mirada de Aranel se cierne sobre mis pasos. Tuerce la boca. Puede que le sorprenda que camine con tanto aplomo a pesar de que ella siempre pensó que no tenía. Yo la convencí de eso. Creyó que mi única misión era servir a sus deseos incluso si para ello debía arrebatarme la voz.
—Buenos días, princesa —sonrío al ver como sus guardias ahora se acogen al protocolo al recibirme.
Los soldados junto a las butacas extienden la punta de la lanza hasta que el brillo se refleja en mis ojos. Adelanto el pie de una zancada como respuesta. Aranel apoya el codo sobre el reposabrazos del trono con autoridad, eleva la mano de forma ágil para detenerlos.
Ellos vuelven a su formación mientras la princesa se pone en pie.
—¿Princesa? —Aranel arquea una ceja.
—Yo siempre te veré como mi princesa —estiro las comisuras hasta que esa curva alegre toma todo mi rostro.
—Lugh, debo darte doy la bienvenida a Rhysartyr —alza la frente. Sonríe —. Una vez más.
—Pero en esta ocasión no aceptaste mi audiencia privada —dirijo una mirada a los guardias sobre el trono.
—Mientras Aendyl se encuentre en palacio, mis audiencias deben realizarse aquí —asiente. Señala el asiento con la palma de la mano.
—No le doy la importancia al sitio que has elegido, pero… —señalo a los guardias alzando las cejas por un momento.
Aranel une las manos a la altura del abdomen. Su barbilla baja con sutileza, observa de reojo a uno de los guardias. Me devuelve la mirada con una sonrisa tímida. Separa los labios para tomar aire mientras se coloca en el centro del trono con postura regia.
—Reimián, Ileciel, dejadnos a solas —Aranel señala la puerta con un movimiento firme de cabeza—. Que Joralf venga a verme cuando regrese al palacio.
—A sus órdenes, mi señora —reverencia uno de ellos.
Ni siquiera le dan la espalda para bajar los tres escalones que separan el solio del suelo.
Se alejan apresurados por cumplir sus órdenes como si fueran vasallos del rey Eliot.
Poso la mirada sobre la princesa. En esa forma en la que juega con sus dedos al caminar sonriente hacia mí.
Tenso la espalda. Ahora ya sé que disfruta de verme postrado ante ella.
—Sé que has venido por orden de la princesa —Aranel esboza media sonrisa—. Aunque todavía no logré descifrar con qué intención lo hizo.
—Solo hablar con la verdad —dejo caer los brazos cuando está a un paso de que pueda besarla.
—¿De qué verdad hablas? —entrecierra los ojos. Alza ligeramente la mirada mientras sonríe—. ¿Tú verdad, o la suya?
—No hay diferencias, Aranel —niego en un gesto tan sutil, que temo que no lo haya podido percibir.
—Te equivocas, tú lo sabes —adelanta el pie despacio. Me corta el aliento—. Hay puntos en esa verdad tuya con los que yo no puedo discrepar.
—Estoy seguro de que cambiarías de opinión si pudieras leer mis pensamientos con la misma excelencia con la que lees los archivos de tu reino —sonrío de forma tensa. Miento como nunca antes mentí.
—Sé lo que deseas —una de sus cejas se alza con ese toque de condescendencia que me quema.
—Lo deseo, pero tú ya no lo controlas —sentencio.
Me obligo a mantener la mirada firme sobre la suya a pesar de que las rodillas me tiemblan por no perderla.
La sostengo sobre sus ojos. Tienen un toque risueño a pesar de que no cedo a sus palabras.
Y eso que para mí estar junto a ella ahora es peor que probar una de esas torturas que me prometía el rey Eliot…
—¿Tendré que recordarte las últimas palabras que dijiste? —Aranel endurece la mirada. Sus manos se cierran.
—¿Crees que he podido olvidarlas? —contengo la respiración en medio del gaznate—. Tú tampoco lo hiciste. Por eso tus guardias me trajeron aquí y no a las mazmorras.
—No te oculté lo que sentía, Lugh… —su garganta se sacude temblorosa—. Sabes que te quiero.
—Esos recuerdos son todo lo que nos une ahora —retrocedo. Su entrecejo se arruga.
—Entonces dime —sus ojos se abren. Sus pupilas se expanden.
Arquea los brazos con ligereza. Se atreve a dar ese paso que yo retrocedí.
—¿Por qué aceptaste su orden? —niega la princesa—. ¿Por qué permitiste que se aprovecharan de este sentimiento?
—Eladriel debe revelar la verdad al pueblo elfo —confieso.
Siento como mi pecho se encoge al ver como si mirada se transforma.
—¿De qué verdad me hablas? —Aranel estira la espalda. Respiro porque la aleja.
—La del verdadero rey de los elfos —hundo los pies en el suelo solo por no mostrar mi cobardía y huir.
Aranel eleva el labio superior. Temblequea como nunca antes, y eso que fui testigo del castigo que profirió a algunos de sus guardias.
—¿Te has atrevido a traicionarme? —su voz se transforma en un bramido de reproche. Sus ojos azules se vuelven rojos, su piel blanca—. ¿Se lo revelaste?
—No hizo falta traicionarte —guardo silencio mientras contemplo como su mirada está fuera de sí—. Sabes que ese rey sigue vivo.