42. El elemento natural.
(Lugh)
Deslizo la lengua por el labio. Tomo aire ahora que las puertas de Eigton están de nuevo frente a mí mientras espero a la princesa.
Decidí no contestar ninguna de las últimas cartas que me envió.
Pensé que así desistiría de la idea de buscarme, que lo interpretaría como algo más que una simple despedida.
Estaba enfadado. Necesitaba que se diera cuenta.
Quería que ella sintiese eso que yo sentía cuando jugaba con mi mente con palabras que solo la satisfacían a ella solo para rechazarme.
Solo exigía volver realidad esas promesas que hizo.
Quizás por eso, la noche en la que dijo que se alejaría de Aendyl, me obligué a sonreír feliz antes de estrecharla entre mis brazos.
La besé en más de una ocasión. Me acosté junto a ella y le prometí en un susurro cercano que nunca me iría de su lado…
Su respiración sonaba calma, puedo recordarlo aún.
La observé por largo rato cuando su conciencia pasó al plano de los sueños.
Hasta que abandoné el cuarto. Ya no volví a verla hasta el día que esa dichosa misión nos reunió de nuevo.
Era mejor eso, que enfrentarme de nuevo a la idea de que sus promesas eran mentira.
Daría mis alas por presenciar su rostro cuando el guardia le informe de mi llegada.
Carraspeo. Traigo la imagen de Eladriel a la mente.
No puedo escucharme. Sé que no encontraré nada en Aranel que encienda mi pecho, sé que la princesa no se equivoca cuando asegura que debo alejarme.
Hasta yo sentí miedo de ella al conocer los planes que tenía junto a Tien.
Y solo lo hice por ella. Porque no podía guardar silencio y ser cómplice.
Sé que Eladriel sería juzgada por los dioses, pero romper la norma con el príncipe apuesto es el único pecado que le conozco.
Ella no quiere trono ni poder. Ni siquiera terminó con la vida de Aranel cuando tuvo la oportunidad.
Su legado no trae muerte y destrucción como aseguraba Aranel.
No puede entender que solo tiene un propósito, que el amor no puede estar condicionado por designios divinos.
Pude verlo en como anhela liberar al pueblo.
Me alejé porque yo siempre supe que mis deseos me habían cegado con tanta fuerza, que hasta le pusieron una venda al corazón.
—Señor Dirphen —anuncia el guardia que abandona el interior.
No sé qué pensar ahora que sus pupilas se sacuden con más nerviosismo que antes de ir a notificar mi llegada.
—Su majestad, la reina, os espera en la sala del trono —asiente el elfo.
—¿Le dijiste que deseaba una audiencia en privado? —adelanto el pie derecho. Estrecho los labios para hablar en voz baja.
—Así es, señor. Os dije la orden tal y como la dictó la reina —el guardia restira la espalda en su puesto.
—Bien… —suspiro—. ¿Y dónde está esa dichosa sala?
—Un guardia os espera en el interior para llevaros hasta ella —coloca la mirada al frente como si hubiera terminado la charla.
Arqueo las cejas al ver su descortesía. Doy un paso hacia atrás al ver como golpea el suelo con su lanza de punta dorada.
Hasta ahora, caminé por este palacio sin que ningún guardia me acompañase…
Claro que no había visitado otro lugar distinto a los aposentos privados de sus majestades elfas.
Tomo una bocanada de aire puro antes de entrar.
Deslizo la mirada por el alrededor. Uno de los soldados más cercanos a ella me espera ante las escaleras. Junto a ese azulado sillón que siempre quise probar y nunca pude. Golpea la lanza al verme aparecer.
—Señor —exclama el guardia mientras estira el brazo al otro extremo de la sala—. Acompañadme.
—¿No hay lacayos o criadas…? —ladeo sutilmente la cabeza hacia el lugar que ha señalado.
Ese condenado arma suena al compás de sus pasos según camina.
Toma una de las galerías de la parte baja del palacio.
Analizo de lejos sus pisadas antes de caminar tras él.
Retengo el aliento. Tengo que hacerlo. Apenas cuente tres, me acercaré rápido a su costado para hablar y…
Entonces me cogerá y hará matanza elfa conmigo…
Volteo sobre mí mismo. Aligero los pasos para acercarme a su espalda cuando solo el pasillo nos rodea.
—Atiende —golpeo su armadura de metal con el dedo—. Dime cómo te llamas.
—Si vuestra visita es a su majestad, no necesitáis conocer mi nombre —el guardia tuerce el cuello. Me dedica una mirada a través del yelmo.
—Puede que para ti sea lo correcto, pero yo necesito cierta cercanía para hablar en confianza —me encojo de hombros—. Conocer tu nombre estará bien por el momento.
—Vastêl —confiesa el guardia finalmente.
—Espero no arrepentirme de conocer tu nombre —me coloco a su costado de un pequeño salto—, porque necesito que me hagas un favor muy pequeño.
—Yo no hago favores a los invitados de su alteza —aunque crea que no, puedo ver como alza una ceja mientras me recorre con la mirada—. Aún menos a un hada.
—Que comentario tan apreciativo… —esbozo una sonrisa amplia.
Condenado elfo descendiente de fatuos…
—Los elfos no veis más que vuestro propio reflejo —chasqueo la lengua—. Y solo porque esperáis que os dedique una reverencia.
—Me ahorraré acompañaros a la salido tras el encuentro con la reina si os acuso de desacato —Vastêl tuerce el cuello de inmediato.
—Si solo me acusas de eso, estoy dispuesto a revelarte algo más importante —suavizo la voz para hablarle en confidencia.
—Yo solo me dedico a la protección de la reina —devuelve la vista al frente con poca importancia.
—Quiero hablar de la historia de tu reino. De la mentira que os contaron para continuar sosteniendo los deseos de los creadores —hasta yo me asombro de mi propia revelación.
Vastêl detiene la lanza tras el último impacto fiero.
Mis palabras lo han envuelto. Se coloca de medio lado y esa armadura horrorosa que lo cubre provoca un chirrido insoportable.
Es más desagradable que la condescendencia de la reina.
Eleva la frente. Desliza las pupilas hacia abajo para convertirme en su centro de visión.
Sus hombros se han relajado como si quisiera asegurarse de que, en efecto, soy un soberano idiota.
—Estás en el reino de la sabiduría, del conocimiento —ríe el guardia—. ¿Qué podríais enseñarme vos, que no se encuentre entre las paredes de la ciudadela?
—¿Conocéis la verdadera historia del rey de los elfos? —carraspeo. Estiro las comisuras de los labios hacia abajo—. ¿Y aun así presumís de ser sabios?
Su ceño se tensa cuando apenas termino de hablar, me coloco de medio lado como invitación a continuar la marcha. Me observa sospechoso, me atrevería a decir. Espero a que de él primero un paso para poder soltar el aire contenido por la tensión de su silencio.
—Si no conociese esa historia, no podría servir a los elfos —Vastêl rompe el silencio—. Hice un juramento.
—¿No te resulta triste que fuera perseguido por los dioses solo por amar a una bruja? —niego. Encojo los labios con pesar.
—¿Es que acaso escucháis lo que decís? —el guardia endereza el cuerpo. Su voz suena tan alta como incrédula.
—Tuvo que ser muy doloroso para él descubrir que fue el rey Eliot quién lo traicionó —dejo caer la mirada.
—¿Traición? —vuelve a detenerle.
Suspiro al verlo. Tomo su brazo metalizado para hacerlo caminar.
—Y ni siquiera lo castigaron por ello —arrugo la frente como si pudiera indignarme.
—Detén tus pasos, hada —Vastêl sacude el brazo para liberarse—. Habla claro sobre esa traición que mencionas.
Dibujo media sonrisa antes de dar media vuelta.
Funciona. Eladriel dijo que debía mencionar justo esa parte de la historia de Baron, que captaría la atención de cualquiera de ellos.
“Son leales, capaces de todo por justicia”.
Repitió esas palabras hasta que las coló entre mis sueños.
Insistió en que no me dejara llevar por una negativa, que continuara hablando del rey elfo hasta que solo les quedase ceder por su propio honor.
Espero que desvelar la realidad sobre la mentira de su diosa sea suficiente para hacer lo que la princesa desea.
Al final, ella solo quiere que conozcan que juraron lealtad a un rey y ahora sirven a otro. Tienen derecho a saber la verdad.
—Poco sé, salvo que Aelfraed pidió ayuda al rey Eliot para poder escapar con su amada secreta —asiento. Estiro los párpados con maravilla.
—Pero él mismo exilió a la reina Aerendyl —una arruga toma el entrecejo de Vastêl.
—Hay un matiz importante que debería abordar —estiro el cuello. Adelanto el pie derecho para acercarme a él—. Este Aelfraed al que has servido no es el mismo ante el que hincaste rodilla.
—Escúchame, pequeño hada… —la boca del guardia se llena de advertencia.
—Es así, Vastêl, querido amigo —resoplo apesadumbrado—. Tú rey amaba a la reina de magia negra.
—Pero… —entrecierra los ojos. Me observa desconcertado—. ¿Está vivo?
—Él no deseaba marcharse y dejaros. No quería abandonar a su pueblo —hundo las pupilas sobre las suyas—. Por eso ha regresado.
—Una reina de magia negra… —balbucea el guardia con torpeza.
—Si ambos desaparecían a la vez, despertaría preguntas entre el pueblo —junto el ceño sugerente—. ¿Qué dirían al descubrir que hasta los reyes sucumben al pecado?
—Los dioses habrían ejecutado al rey Aelfraed de ser cierto eso que cuentas —inclina la cabeza reticente.
—Lo intentaron. Desde ese momento, la sombra de la venganza planeó sobre las tierras de Órianth —doy un paso hacia atrás. Me cruzo de brazos.
—Ese rey al que juraste lealtad se ocultó para desafiar a los dioses, a todos aquellos que le quitaron lo que era suyo —alzo el mentón con firmeza.
—Entonces… —Vastêl separa los labios. Afila la mirada—. ¿El rey Aelfraed no está en Aeranthos?
—El rey que nació para ocultar la verdad se marchó a las islas de Aeranthos —apenas pestañeo ahora que me contempla con interés—. El rey que debes vengar, espera por vosotros.
—¿Dices que los dioses serán atacados? —el guardia separa la lanza del cuerpo.
Retrocedo de inmediato. Dejo caer los brazos. Quizás dije algo de forma equivocada, su aspecto ahora es el de alguien que podría aniquilarte solo con un pestañeo. En dos zancadas estoy a su merced. Trago saliva. Alarga el brazo para sujetar mi uniforme de vuelo, une su mirada a la mía.
—Dime qué sucederá con el reino —Vastêl estira el uniforme para elevar mi talones del suelo.
—Qué fuerza —arrugo los ojos. Paso las manos por sus brazos.