Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 41. No sólo guerra. #3
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41. No sólo guerra. #3

—Pediré a Azohr y Eladriel que te liberen de la tarea que te encomendaron —Maren trata de dar un paso.

—Pero eso no es lo que quiero —la atraigo hacia mí.

—Voy a guardar silencio sobre lo sucedido, tranquilo. Alegaré que eso es lo que deseo —Maren me habla a pesar de que solo observa la puerta.

—Puedes decirles lo que quieras —bajo la voz hasta convertirla en un hilo fino de secretos—. Yo no dejaré de protegerte.

—Entonces pediré a Eladriel que te vigile. Impediré que te acerques —sus pupilas se estiran desafiantes. Esboza una sonrisa que sé que no es real.

—¿Quieres hacerlo? —mis dedos se aferran a su brazo.

—¿Te importa? —eleva las cejas mientras su espalda se vuelve recta—. Verme llorar frente a la chimenea no fue importante para ti.

—Me importa que estés cerca —mis pupilas batallan para aguantar su mirada—. Nada más.

—Estaré cerca y no obtendrás nada más —sacude el brazo para soltarse.

—¿Qué obtendré entonces? —doy un paso tras ella. Mi voz se vuelve grave.

—Más de lo que tú has podido ofrecerme en estos días —me mira sobre el hombro mientras se acerca a la puerta—. Al menos te concederé el honor de responderte los saludos.

Cierro los labios ante sus palabras. Solo sé que no puedo permitir que suceda. No puedo negarle que mi comportamiento ha sido el de un capullo emocional, pero, qué otra cosa podía hacer para que sus lágrimas no fueran más pesadas aún

—Maren —anuncio después de pensarlo solo un instante.

No se detiene y entonces solo puedo pensar en correr hacia el pomo y sujetarlo con firmeza.

Arqueo las cejas con más temor que en cualquier otra batalla en la que haya estado cuando sus dedos lo rozan antes que los míos.

No esperaba que estuviera tan segura de lo que piensa, porque ni siquiera yo sé qué debo pensar.

—No te vayas —alcanzo a pedirle de forma apresurada.

—Mantenernos a solas en este lugar podría levantar suspicacias —Maren arruga el rostro con retintín.

Apoyo la mano sobre la puerta justo cuando arrastra la hoja para abrirla.

Sus ojos escalan por el brazo hasta que llegan a los míos, resopla frustrada.

Se aparta. Se cruza de brazos. Me concentro en respirar para para olvidar la idea de impedir que se marche solo con un beso. A pesar de que es lo que más deseo.

—Olvida lo que he dicho, necesito que me escuches —sostengo sin apartar la mirada de sus ojos ahora que por fin me prestan atención.

—No lo mereces —Maren tensa la mandíbula ante mi insistencia.

—Deja ya de decir verdades y solo escucha —inflo el pecho mientras busco qué decir.

—¿Acaso vas a asegurarme que solo tu eres quién puede protegerme? —ríe.

—No —siento como el corazón empuja mi pecho.

En un segundo, mi lengua se ha secado lo suficiente como para que ninguna de las palabras que quiero decir se entiendan.

Mis labios se mueven. Me esfuerzo en ello, aunque debe pensar que soy inútil.

Me obligo a retirar la mirada de la suya porque el eco de mi preocupación se mezcla con la burla, es increíble que solo un gesto suyo pueda dividir tanto mis sentimientos.

Esa forma en la que siempre parece atenta a lo que tengo que decir hace que olvide como se unen las letras para hablar.

—¿Te encuentras bien? —Maren junta las cejas mientras se acerca.

Asiento deliberadamente. Trato de acentuar el gesto para que no dude de que, aunque pueda dar la impresión de que sufro un ataque de nervios, no es la realidad. Aún si lo es. Me baso en cómo sus ojos me analizan al transformarse en curiosidad para ser honesto con ella.

—Siento miedo —ladeo la mirada a un punto lejano para no ver su reacción.

—¿De qué? —su tono de urgencia me hace mirarla sin detenerme a pestañear.

—De que vivamos como Azohr y Eladriel —trago saliva para no huir de lo que siento—. De que se repita la historia de Lugh y Aranel.

—¿Por qué pasaría algo así? —sus pupilas brillan entristecidas—. Ellos eligieron una relación más compleja que la nuestra.

—Pero… —detengo la respiración un instante—. He empezado a anhelar algo más que tu cercanía.

—¿Mi…? —Maren titubea.

—Exponerte a la muerte es lo último que podría hacerte —la interrumpo antes de que el miedo me gane.

—Tú no puedes exponerme a la muerte —musita.

De un paso hacia delante. Otro más. Mis ojos siguen sus movimientos hasta que la ven a solo dos pasos de mis besos.

—Mis manos no te entregarían voluntariamente, pero te rondaría como lo hace sobre Eladriel —bajo la mirada hacia sus pupilas brillantes y cercanas.

—Mim —me llama y hasta mis rodillas ceden a ella—. Tú ya me proteges de ella hace semanas.

—Eso es lo único que puedo hacer por ti —verla sonreír es lo único que me hace olvidar la vergüenza—. Por nosotros.

—Por ellos —admite casi sin dejar que termine.

Muerdo mis labios cuando me responde los mismo que me he preguntado tantas veces.

—¿Por qué ellos sí pueden ser felices? —pregunta Maren con la voz quebrada.

—No lo sé —suspiro.

—Nuestro corazón también tiene derecho a latir por un amor —su mirada se expande suplicante sobre la mía.

Mis miedos se vuelven sombras grandes envolviendo mi mente.

—El mío no encuentra felicidad de esa manera —ojalá mentir convirtiese las palabras en realidad—. La muerte es una sombra demasiado oscura para que conviva con el amor.

—Pero nos arriesgamos a morir por ellos —Maren ya no esconde la rabia al fondo de su mirada.

—Porque son nuestros príncipes —le recuerdo—. Y nuestros amigos.

—Nadie me obligó a venir, Mim —Maren da un paso hacia atrás—. Luchamos porque ellos decidieron quedarse.

—Eso no es del todo cierto —inclino el mentón hacia un lado. Elevo el labio superior para rebatirle.

—¿Dices que miento? —su frente se tensa. Su voz suena a asombro—. Tú y yo estamos aquí porque nuestro corazón así lo pide. Por lealtad.

—Azohr es más que un amigo, Maren —guardo silencio.

—Eladriel es más que una hermana —Maren eleva la frente con ese brillo que tenía en la mirada.

—Él la necesita para ser feliz —confieso a su brillo con dolor.

—Ella lo necesita a él para saber qué es la felicidad —baja la mirada para unir sus manos al frente. —Pero… No es justo.

—Ellos se quieren. Son —anuncio para callar lo que yo siento—. No podría pedirle que se aleje de ella y verlo sufrir de nuevo —suspiro—. Quebrar la norma una vez es suficiente para enfrentar la muerte.

—Es admirable que dejes sufrir a tu alma para proteger la suya —su mirada se endurece.

—Quiero proteger la tuya —doy un paso hacia ella. —Siempre la tuya.

—La mía sufre —la forma en que sus ojos se enturbian me corta la respiración.

—¿Por qué? —me atrevo a preguntar ahora que la angustia me lo permite.

—Porque morirá. Lo hará protegiendo a un amor que no es el que la consume —se aparta para secar las lágrimas con cuidado.

Dejo caer el peso del cuerpo sobre las piernas al ver que se aleja.

Que a pesar de ello no puedo dejar de verla.

Se recompone después de sus palabras con facilidad, pero yo creo estar más roto que nunca.

Siempre sentí una presión en el centro del abdomen al estar a su lado, ahora siento como crece.

Miro mis manos y como tiemblan. Como mis brazos se sienten pesados porque la tensión me quema.

Mis piernas hacen flaquear la decisión de mantenerme firme mientras se abre la puerta, se mueven hacia ella.

Esta vez no habla de tulipanes. Su boca habla sobre algo que duele.