41. No sólo guerra. #2
Me inclino ante el príncipe enano. Luego ante la reina y la princesa oscura. Aunque el entrecejo curvado por el desagrado de Shaqia no me agrada en lo absoluto. Nunca me gustó. Me asusta la forma en la que se peina esos bucles. Golpeo la puerta.
La guardia separa las hojas. Inclinan la cabeza en un gesto de respeto al verme tras la puerta. Qué desagradable la pleitesía. Por fin puedo tomar aire de forma tranquila ahora que estoy lejos de la mirada de los altos cargos. Y ahora debo buscar a Maren…
Hace dos días que no me acerco a ella. Incluso si para eso debía pasar más tiempo del que me gustaría con ese hada insoportable al que la princesa llama anacardo.
Escuché un par de veces como Maren sollozaba.
Me acerqué al hueco de la hoja para observarla, deseé acercarme cuando sus ojos llorosos me descubrieron mirándome a través de la puerta.
Me arrepiento de no haberlo hecho. Debí haber ido a su lado.
No debería haber convencido a su tristeza que no me importa, que sus lágrimas no eran suficiente. No sé cómo me recibirá ahora…
—Teniente —la voz alegre de Lynn quiebra mis pensamientos—. Buenos días.
—Blanquita —asiento sonriente.
Recorro a su alrededor al encontrarla sola. Me observa con una sonrisa tímida.
—¿Esperas a alguien? —alzo las cejas.
—Eladriel me pidió que la esperase aquí para tomar juntas el desayuno —sonríe Lynn con ese sonido tan adorable que se escapa de su nariz.
—Ha abandonado ese cuarto… —mis comisuras se elevan alegres—. Eso significa que por fin podré ver al príncipe.
—En realidad —da un paso sigiloso. Arquea las cejas, hunde en mí su mirada grisácea—. Azohr no desayunará con nosotras.
—¿De verdad? —una chispa de recelo toma mis ojos.
Ella solo permitió que entráramos a revisarlo, eso es cierto. Pero pensé que él la acompañaría cuando ella decidiese salir de esos aposentos.
—¿Por qué la princesa te busca solo a ti? —estiro los labios con desconfianza.
—Debíamos hablar sobre algo importante —Lynn separa los párpados. Su voz se vuelve lenta.
—Bien —tomo aire sin más importancia—. ¿Sabes si Maren está en sus aposentos?
—¿Me seguirás preguntando por ella como estos días? —dibuja una sonrisa burlona—. ¿O has decidido acércate al fin y hablar con ella?
—Me preocupo por ella porque es mi deber —el aire hormiguea en mi garganta—. Cortarían mi cabeza si algo le sucede.
—¿Crees que será necesario que alguien ponga una espada en tu cuello si ella sufre? —inclina la cabeza hacia un lado.
Yo dejo caer la mandíbula al escuchar la forma en la que acaba de increparme.
—No sé qué intentas decir, blanquita —una arruga me toma el ceño.
—Tu mirada se rompe, teniente —espeta el hada como si fuera la dueña del conocimiento—. Tu sufres tanto como ella.
—Te equivocas —sacudo la cabeza. Me obligo a dibujar una sonrisa.
—Maren está en la biblioteca —suspira Lynn al compás que deja caer su brazo—, pero hoy solo desea la compañía del silencio.
—Gracias —asiento como agradecimiento.
De nuevo, me centro en las rocas de los muros.
En las antorchas oscilando en cada uno de mis pasos para hacerme olvidar esta charla.
Intento recordar lo interesante que me pareció siempre la cantidad de formas que los enanos hacen con el metal caliente.
Quiero negar las palabras del hada pálida, pero sé que hace días que no puedo dejar de pensar en ella.
No sé por qué. Cuando escucho su llanto, algo en mí se quiebra.
Anhelo el sonido de su risa, incluso esos gritos de terror que profiere cerca de mi oído a lomos de Shae.
Esa nariz arrugada al recibir una de mis órdenes.
Hasta extraño esas mejillas que se vuelven rosadas al ver como mis brazos se cruzan por haberme ignorado.
Por primera vez, ninguno de estos engastes me causa curiosidad.
Contemplo al príncipe desde que descubrí a quién amaba.
Admiro su valentía, que se imponga ante todo solo que Eladriel es la fuerza que le hace luchar.
No descansa. Solo lo hace porque la compañía de la princesa es más importante.
Pero… Yo no sé si podría soportar la sombra que a ellos les acecha.
Tampoco sé si resistiría las visiones de su muerte por estar a mi lado.
Giro al pasillo del ala este. Creo recordar que nos reunimos con Borin en la biblioteca cuando hablamos sobre la defensa del reino enano.
Tomó esta dirección, estoy seguro. Camino hacia la puerta abierta, la luz natural se escapa de ella como el resto de veces que la he buscado.
Miro a través del hueco. Busco frente a las estanterías de roca dura y grisácea.
Está sobre el sofá con la mirada perdida en el ventanal a su lado.
Al menos, no llora. Contengo el aliento.
Me aferro a ella y su respiración serena por un segundo antes de abrir la puerta.
Antes de ver qué cara pondrá cuándo sea yo quien entre.
—Teniente… —anuncia Maren. Su mirada sigue perdida.
—Buenos días, Maren —carraspeo. Cierro la puerta a mis espaldas—. ¿Puedo…? —señalo la estancia.
—Adelante —sentencia.
Dejo caer la mirada. Avanzo en silencio.
Sujeto las manos a la espalda hasta llegar a su lado, me mantengo recto mientras la observo.
Estiro las comisuras en una mueca de impaciencia al ver que no me otorga el permiso para tomar asiento.
Chasqueo la lengua. Hace rato que calla.
Rueda la mirada hasta encontrarla con mi figura, la eleva despacio.
No puedo dejar de ver como sus pecas se han vuelto tristes.
Maldición, está rota, lo sé. Y más guapa que nunca.
—¿Qué haces? —arruga el entrecejo. Su nariz se arruga de forma sutil.
—Aún no he recibido tu permiso, no puedo tomar asiento —declaro sin pestañear.
—Olvidaba que tienes estúpidas normas sobre protocolo —se recuesta sobre el sofá tras resoplar. Aleja la mirada—. Puedes tomar asiento.
Deslizo la lengua sobre el labio para tratar de aminorar los nervios que me producen la frialdad con la que me mira.
No estoy acostumbrado a que su voz suene tan distante y poco cálida.
Tomo asiento más cerca de lo que me hubiera gustado admitir que deseo.
No puedo evitarlo. No quiero ahora que mi pecho se detiene al verla con tanta ira.
—Sé que no te encuentras bien —inflo el pecho antes de dejar que las palabras me pierdan.
—¿No mientes? —resopla de forma irónica—. ¿Quién ha osado a enturbiar tu paz con mi tristeza?
—No ha sido necesario que nadie lo hiciese —sello los labios. Bajo la mirada hasta sus manos—. Yo… Te he visto estos días.
—Al menos puedo sentirme aliviada —tuerce el cuello para clavarme una mirada de reproche—. Llegué a pensar que solo eras un producto de mi imaginación.
—Comprendo tu ira —me aclaro la garganta antes de continuar. Me acerco a ella con discreción—. Pero en este lugar no has estado expuesta a peligros. No era necesario mantenerme tan cerca.
Su silencio calienta mi sangre. Calla y me tienta a sujetar sus manos para hacer que me escuche.
Ese brillo apesadumbrado de su mirada se transforma.
Se vuelve opaco ante la luz que hace un segundo parecía hacerla vibrar con algo más que tristeza.
La culpa por ello cierra mis ojos. Yo sé que lo que acabo de decir no es lo que me mantiene lejos, hace noches que trato de encontrar la manera de poder ser sincero con ella.
Sé que tengo miedo de que todo cambie. Me asusta que las cosas no estén como hasta ahora y tiemblo ante la idea de que no vuelva a escucharla hablar.
—Maren —susurro.
Dejo caer la mano sobre la suya, pero la aparta en seguida
—Tu vida me importa —confieso.
—Quizás te importa que respire porque de lo contrario te matarían —me dedica una mirada de decepción que me llega dentro.
—No —sacudo la cabeza apurado—. Es decir, me encanta que respires, pero no es solo eso.
—Aquí no hay peligros —una lágrima cae por su mejilla. Cierro los ojos para no verla—. Te interesaba que estuviese a salvo, tus actos han hablado.
—Eso es cierto —me inclino hacia ella—, pero solo porque me importas.
—Ojalá pudiera tomar tus palabas como sinceras —niega.
—Lo son —insisto. Apoyo los codos sobre las rodillas—. ¿Qué necesitas para creer en mí?
—Lo necesité —sentencia. Me culpa y tiene razón—. Una palabra de ánimo tal vez, una mirada de apoyo de alguien querido…
—Lo hice solo por no confundir las cosas —dejo caer la cabeza entre mis manos.
—No te preocupes —ríe y su ironía duele—. Comprendo que tu cabeza estaba perdida en ti, en lo que realmente te causa preocupación.
Vuelve a tener razón, pero no es Azohr ni Eladriel. Ni siquiera son las tierras de Brenshire o Carsley las que han perturbado mis sueños últimamente.
—Mantenernos cerca es peligroso ahora —recoloco la postura para alejarme de ella—. Dará que hablar entre enanos y brujos.
—¿Por qué? —Maren estira la comisura izquierda—. ¿Acaso mencionaron algo?
—No. Aunque si nos ven juntos con frecuencia, pueden suponer que algo existe entre nosotros —aparto la mirada avergonzado—. Existe una norma que lo prohíbe, ¿recuerdas?
—Solo deseaba el mismo hombro en el que pude llorar cuando pasé la primera noche en Émaxor. Cuando dijiste que ejecutaste a Rani —Maren deja que sus lágrimas broten y se apiaden de la tristeza que yo no puedo sostener.
Cada uno de sus gemidos de dolor se convierten en un castigo más duro de soportar, que un reino destruido.
—¿Acaso esa norma prohíbe que seas mi amigo? —pregunta Maren para terminar de hundirme.
No lo prohíbe, pero desear no ser solo su amigo es lo que me aleja.
Me alejé porque antes de que toda esta batalla ocurriese, deseé sus labios mientras hablaba de insípidos tulipanes.
Lo hice porque ella no opuso resistencia a ese acercamiento.
Porque me atemoriza que no pueda ser su apoyo, y ella no aguante siendo el mío. Que sufra como Eladriel lo hace.
No puedo decirle que no, porque entonces nos pierdo a los dos.
—Lo siento —asiento. Tomo sus manos una vez más—. Yo aún quiero serlo.
—No, Mim —Maren se levanta de forma inesperada—. No lo deseo.
Levanta los pies segura para dar un par de zancadas. Sus puños están tan apretados como su gesto de ira.
—Espera —me impulso para sujetar su brazo.
Envuelvo la tela de su camisa con suavidad y ella no trata de continuar. Ahora entiendo al príncipe… Seguro que se reiría de mí si me viese contemplar el cabello de la lombriz pelirroja con deseos de perderme en él.