Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 40. La noche de las batallas. #7
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40. La noche de las batallas. #7

—Si cumples con lo que te pido, tendrás mi confianza de nuevo —acepto su mirada crítica con firmeza—. Si la quiebras una vez más, si vuelves a poner a Azohr en peligro, haré que mi conciencia olvide como se siente la misericordia por ti.

Lugh calla el poco trecho que aún queda para llegar al árbol y sus tropas de serteras.

Amatara e Ijeim se mantienen imponentes en la puerta como si fueran los guardias de un castillo.

Rectos y silenciosos. La madera del tronco abierto sobresale imperfecta.

A mis ojos, la perfección se ha convertido en la entrada a una nueva esperanza.

A una nueva vida. Desciendo hasta detenerme sobre las brizas de hierba que dan acceso a las escaleras, la tierra aún luce más oscura bajo la cuarta vigilia. La brisa las sacude, las calma…

—Princesa Eladriel —Amatara rompe su formación apenas me ve.

—Necesito vuestra ayuda —la inquietud en su rostro llena de urgencia mi pedido—. Hirieron al príncipe y la oscuridad de su magia se desvaneció.

—¿Él vive? —Ijeim avanza presto hacia la diosa.

—Vive —dibujo un silencioso sí—, pero no podrá luchar.

—El teniente buscaba a Serk y su don oscuro —Lugh se inclina sobre mí dejando escapar su voz.

—No sería suficiente con Serk —cautivo mis labios entre los dientes para guardar silencio.

—No serviría —interviene Amatara con expresión de pérdida—. La fuente de la magia del príncipe Bradosck no brota solo de Vémtix, es parte de mi padre. Es más poderosa que cualquier otra.

—Llamadlo a él. Pedidle que ascienda al medio mundo y luche —uno mis manos en una súplica.

—Eso no es posible. Si mi padre interviene de nuevo entre las criaturas, se desatará una guerra entre él y el dios padre Azabel —su mirada de negativa se hunde en mí como una flecha.

—Entonces bajaré a buscar a Baron —arqueo la espalda para recuperar la postura—. Tal vez él…

—Baron tan solo es un elfo, princesa Eladriel —Ijeim me obliga a aceptar la realidad.

Mis pupilas se deslizan erráticas entre ellos.

Sobre Lugh y la manera en la que sus ojos se han llenado de un brillo de clemencia.

Mi garganta ahoga la certeza de que, por más que mis rodillas se claven hasta llegar a las profundidades, no habrá nadie que pueda responder a mis ruegos.

Ni siquiera cuando tengo la firme sensación de que yo no tengo la respuesta.

La incertidumbre siempre ha sabido como jugar conmigo, es capaz de arrancarme todas las lágrimas que la angustia me hizo tragar.

—No puedo hacerlo sola —dejo que mis manos caigan al suelo, como mi lágrimas—. Prometisteis que él se salvaría.

—Lo hará —Ijeim rodea el brazo de la diosa cuando mi llanto ensombrece su alma—. Tú ya sabes cómo salvarlo.

—No miento —mi seguridad se escapa en cada palabra que sale de mi boca—. Os daré mi alma para que os sirva si es el precio a pagar para saber qué debo hacer.

—Princesa —Amatara se coloca a mi altura. Frente a mí—. No tenemos la respuesta.

Aunque no quiero dejar de mirarla, mis labios se unen para aceptar que debo hacerlo.

No puedo pedirle que convenza a esa mano que estruja mi cuello que deje de luchar.

Recibir la ayuda de Beliel es más complicado que rendirme a llorar a los dioses, él no acepta plegarias.

Pero ellos no me salvarían. Baron dijo que la magia de este reino solo funcionaría si las dos coronas tenían poder.

Los espíritus solo desaparecen cuando mi luz envuelve las sombras.

Aunque ahora llamase a las partículas de la noche para que alumbraran el camino al interior de Xharum, ya no tendría el mismo poder que hace unas horas.

Me arrodillo sobre la tierra fina que tintinea bajo la luna. La observo con añoranza. El recuerdo del fuego de la cueva se traga mis pensamientos como hizo con el túnel. Debía tener cuidado con ella para evitar que esa lengua de fuego acabase con el reino al…

Las lágrimas que corren por mis mejillas salen inquietas. Cierro los ojos para llamar a mi poder mientras hundo la punta de los dedos para tomar un pedazo de tierra. Esa llamarada que casi nos devora está en mi mente y resplandece más que bajo tierra.

—Esto… —contengo la arena en el puño. Doblo el codo.

—¿Tierra? —Lugh encorva la espalda con ligereza.

Las partículas de luz me envuelven lentamente las manos, se acercan curiosas a esa arena fina que se escapa de entre los dedos. Los restos oscuros se convierten en pequeñas chispas de fuego que se precipitan centellante al suelo. Sonrío. Si utilizase esta tierra que reacciona a mi poder…

—Esta arena es magia negra. Como el reino de Xharum o el ejército de drakorios —abro las manos con urgencia para agarrar otro puñado—. Por eso reacciona a mi luz de la misma forma que la magia de Azohr.

—La arena mágica está bajo el reino… —Lugh señala el abismo bajo nosotros.

—Pero Néferien podría llenarse de este polvo y la luz podría reaccionar sobre él —el instinto me alza el mentón. Contemplo al hada—. Todas las tierras arderían como el interior.

—Tendrás que soplar mucho —Lugh coloca las manos en su cadera como si así hiciese su comentario más ingenioso.

—Tal vez los soplidos fieros del viento… —Ijeim enciende el entrecejo.

—Querido —Amatara le dedica una mirada de medio lado. Posa la mano sobre su pecho—. El territorio es demasiado extenso para que puedas conseguirlo solo.

—Lynn también puede hacerlo. Yo he visto como su poder le hace controlar el aire —me impulso mientras mis pupilas se queman por el fuego de la impaciencia. —Resistirá.

—No esperemos más en ese caso —asiente Amatara. Hunde la mirada en las brasas de la mía.

—Lo más sensato sería crear una tormenta de arena —Ijeim quiebra su barbilla—. Pero entonces… —aprieta los labios—. El bosque de los susurros se envolverá en fuego. La entrada al reino de Xharum desaparecerá.

—¿Podemos alejarlo de este lugar de alguna forma? —Lugh deja caer la mirada sobre la entrada del reino.

—No lo haremos —trago con torpeza al ver el árbol frente a mí abierto en canal—. Nada puede quedar en pie si queremos que ninguno de ellos nos encuentre.

—¿Es que acaso tienes otro lugar al que huir? —Lugh se inclina hacia delante. Su tono se carga de sarcasmo.

—Dijisteis que este lugar estaba conectado a todos los reinos de Órianth, ¿no es así? —me pongo en pie. Sacudo mis manos.

—Eso presume Baron —declara la diosa.

—El príncipe Borin acogió a todos los brujos. Estoy segura de que no tendrá reparos en que los altos pasemos un par de noches allí hasta que Azohr esté recuperado —recorro mi ropa para retirar el polvo de ella.

—Eladriel —Lugh eleva las cejas. Une sus manos para hablar mientras trata de colocar mis pensamientos—. Incluso si hay otra entrada, no puedes ocultar todo un reino brujo dentro de Bhulkahdur. No habrá posada para todos.

—Sé que Baron nos observa, siempre lo ha hecho —estrecho la mirada entre los árboles cercanos en busca del búho—. Él nos dirá dónde debemos ir.

En el rostro de Ijeim encuentro una proposición silenciosa mientras el corazón me advierte a través de latidos de que no soportaría otra respuesta negativa.

Hay un ejército a mis espaldas esperando a retirarse si afirmo.

Uno de muertos que debe encontrar descanso.

Y este ni siquiera es mi hogar ni mi legado.

No encuentro la forma de ser justa con ellos a pesar de desearlo.

Si conservo sus casas, no tendrán piedad ni de aquel que vague hambriento sobre las tierras humeantes, pero si convierto el reino en cenizas…

Puede que jamás acepten seguir a quién se atrevió a destruirlo.

Para muchos seré cómplice de mi padre y solo habré ejecutado esta orden para satisfacer sus deseos. Incluso si lucho hasta perder la vida.

No hay una decisión correcta. No hay equilibrio. A pesar de que logre salvar nuestras vidas, la muerte siempre nos perseguirá en nuestra memoria. Al menos nunca dejará de pesar en la mía.

—Hazlo —le ordeno finalmente al hada.

—Debéis alejaros de la necrópolis antes de que la nube de tierra avance. Los que quedan sobre las tierras deben ser evacuados —Ijeim estira el cuello, los hombros.

Posa los labios sobre la mejilla de la diosa antes de estirar una sonrisa satisfecha.

—Solo el hada que me acompañe, mis manos y vuestro poder debe estar cerca para que no se pierdan más vidas —Ijeim despliega las alas.

—¿Qué pasará con vuestro ejército? —deslizo la mirada sobre ellos.

Amatara eleva la mano. Sus dedos se deslizan con delicadeza en una amorosa llamada a los soldados de armadura solemne.

Su sonrisa cálida según asiente evoca un gesto de ternura propio de algo más que una simple reina.

El metal que impacta contra el suelo. Tomo el brazo de Lugh para retroceder.

Los brazales, el peto, hasta la cota de malla que debería protegerles el torso del filo de espadas enemigas cae cuando el cuerpo que les daba vida se desvanece.

Unas extrañas criaturas que se arrastran como si fueran sombras babeantes avanzan hacia la diosa oscura.

—¿Son…? —pregunta Lugh con el semblante lleno de horror.

—Evander las llamó vhelmar —avanzan bajo chillidos agudos.

Sus estructuras viscosas comienzan a unirse hasta formar una silueta completa que pueda dedicarle una reverencia. Alas con plumas nacen de los laterales de esa forma viscosa. Un cuello fuerte, pico grande y ojos. Un gran fénix.

Amatara sube a una de las alas. El animal la recoge para ayudarla a montar sobre su sombrío lomo.

Encoge las patas para impulsarle al cielo estrellado.

Ijeim sonríe. Según desaparece, extiende las manos sobre la arena del suelo con labios rectos y concentrados.

Las primeras motas toman altura. Se llevan con ella el negro de la roca que conforma las paredes del reino oculto y pierde intensidad cuando la nube comienza a tomar forma.

Recorro su estructura imponente tan grande como los torreones del castillo de Brenshire.

Me sobrecoge el sonido que hacen al partirse para desaparecer.

El color oscuro de la tierra camufla el bosque con la noche, ahora es su dueño. Y sabe que debe hacer que este sitio descanse

—Ya ni siquiera logro sorprenderme —Lugh chasquea la lengua ante la figura oscura ante nosotros.

—Debéis marcharos ahora —indica Ijeim bajo gritos que sobrepasen el estruendo de la tierra.

Observo como la ola negra avanza justo cuando Lugh se agarra a mi brazo.