40. La noche de las batallas. #6
—Entonces… —Lugh se aclara la garganta—, ¿moriremos?
—A partir de esta noche, los habitantes de Néferien serán declarados sin vida ante el resto de reinos de Órianth y los creadores —miro el anillo al haber roto mi promesa. Este castillo desaparecerá.
—No deseo abandonaros —Aranel interviene con el ceño angustiado—. Pero Rhysartyr quedaría sin corona si acepto tu propuesta.
—No deseo abandonaros —interviene Aranel, dando un paso al frente. —Pero Rhysartyr quedaría sin corona si acepto eso que propones.
—Aendyl aún está en Eigton, ¿no es cierto? —arqueo una ceja al convertirla en el objetivo del rabillo de mi ojo.
—Él no está preparado para dirigir un reino. Su formación es puramente militar —la pena de la princesa no me conmueve en lo absoluto—. El pueblo elfo me necesita.
—No dejaré que te marches —dibujo media sonrisa—. No confío en ti, princesa.
—Aún son tus nervios los que hablan —Efaris estira los brazos para tratar de sosegar el incendio de mi alma.
—Si dejo que se vaya se aliará con mi padre y le desvelará la verdad —doy un paso hacia un lado presta para alejarme de la reina.
—Tien no callará sobre lo que sabe —Aranel inclina la frente hacia delante a modo de recordatorio desesperado.
—Princesa… —la reina asiente.
Sé que miente. Yo sé que no es sincera. Lugh está presente y podría asegurar que está aquí solo para convencerlo de viajar con ella.
Shaqia calla. Se apiada de ella a pesar de que su mirada no es tan pura como la de la reina.
Me equivoco al mirar a Lugh. La forma en la que ruega entre pestañeos que la deje partir…
—Bien, Aranel —acepto bajo un suspiro de resignación—. Ve a Rhysartyr y toma tu ansiado trono.
Camino hacia ella.
—Guarda silencio sobre lo que sabes y ocúpate de los elfos —ensancho las fosas nasales.
Mis dedos se llenan de luz de fuego.
—Porque si uno de los brujos es ejecutado sabré que has sido la culpable —dibujo una sonrisa tan tensa con mis dedos arqueados—. Y entonces haré que el fuego te derrita hasta convertirte en un recuerdo.
Joralf empuña la espada como si pudiera hacerme algo con ese metal. Tuerzo el cuello. Sus movimientos se detienen ante mi mirada fulminante, pero no ese arie de desconfianza.
—No debe asustarte mi advertencia, princesa Aranel —inclino la cabeza hacia un lado—. Es una oportunidad para demostrarnos a todos si te marchas por lealtad a tu reino o a mi padre.
—Prometí defender Néferien y retirar los guardias elfos de Eryas y cumpliré mi palabra —la princesa me dedica una reverencia.
Joralf se inclina antes de montar sobre uno de los lobos. Espera hasta que Aranel desaparece entre los árboles para ir tras ella.
Doblo las rodillas junto al cuerpo del príncipe.
Me dejo llevar por la necesidad de su cercanía incluso cuando una grita atraviesa su estómago.
Acaricio su pecho. Pido a mi mano que deje de temblar por miedo a que enturbie la magia del teniente.
Intento dominar la sacudida incesante de mi barbilla que se ha rendido al terror más feroz que jamás experimenté.
Uno los labios a su piel. Le dejo mis lágrimas.
Aparto los mechones empapados de su frente ahora que la corona reposa a un lado.
Lloro por sus ojos azules perdidos. Ni siquiera tenerlo entre mis brazos se siente igual de cálido y valiente que hace tan solo unos minutos.
—¿Qué debo hacer, Mim? —sollozo.
—Él necesita alejar los lamentos y la muerte —el teniente mantiene la mirada baja—. No puedes hacer nada más por ayudarlo.
Alterno las pupilas sobre las de Mim. Delizo la lengua entre los labios para retirar las lágrimas mientras mis dedos sujetan el rostro del príncipe con cuidado.
Me inclino despacio. Mi frente se encuentra con la suya.
Dejo que un último sollozo se me escape cerca de los labios antes de obligarme a sonreír.
—No te apagues, luz que arde en mis inviernos —acaricio con suavidad la piel de sus manos. Beso sus labios—. Haz que la corona brille. Dame poder y te prometo que esta noche empezará nuestro futuro.
—¿Qué harás? —Mim posa la mano sobre mi espalda.
—No lo sé —afirmo mientras le coloco la corona al príncipe—. Pero lo sabré.
Mis labios saben al metal de los suyos después de unirlos una vez más. Aparto la sangre con las ropas. Me impulso. Coloco la espalda recta apenas me pongo en pie. Señalo el sur en un golpe de cabeza que advierte a Lugh de que debe acompañarme.
Despliego las alas y encuentro el aire junto a él.
La marea de muertos que lucha por adentrarse al territorio de los brujos no tiene sentido.
Ya tomaron todas las almas de la necrópolis.
Abro los ojos al ver un camino de cuerpos brujos bajo los escarpes plateados de los soldados.
Pensé que el fin de las muertes era reclutar almas, pero tienen la capacidad de ser selectivos y rechazar las que no son de su agrado. Hay cientos de ellas perdidas.
Con los vivos, los muertos no sienten remordimiento.
Despedazan a los que apresan tal y como la princesa Aranel haría…
Ella no es un soldado de los espíritus, pero su interior está igual de yerto.
Desperté al lado de Lugh los ojos sonrientes de la princesa fueron los primeros que vi, sigue confiando en que no tener su don me hace ignorante.
Ella quiere marcharse por poder y yo salvar al pueblo elfo que desee tener otra oportunidad.
—Lugh —anuncio ahora que guarda silencio sobre la multitud que batalla.
—Eladriel… —sonríe Lugh de forma nerviosa.
—¿Por qué callas? —me esfuerzo en mostrar un tono amable.
—¿Qué puedo decir después de que hayas asegurado que Néferien volará por los aires? —la curva alegre de sus labios desaparece.
—Sólo tengo una ligera idea de cómo conseguir eso —dirijo la mirada al otro lado del bosque.
—No hay fuego que levante tierra —inquiere en tono burlón.
—Quiero saber si estás de mi lado, Lugh —sentencio—. O si por el contrario, has pensado en pedirle a Serk una de sus muñecas para guardarme en tus recuerdos.
—¿Por qué dudas de ello? —su voz se llena de un honor que no le corresponde—. Pensé que luchar por el reino de tu amado sería suficiente para demostrarlo.
—¿Por qué debería ser suficiente que hagas lo correcto? —mi frente se tensa ante su comentario.
—Porque hacer lo correcto es estar de tu lado —ladea el cuello sin demora para ensartarme una mirada llena de indignación.
—Sé que hablaste con mi padre. Sé que le confesase que fui yo quien liberó sus esclavas —convierto el vuelo en nuestra propia guerra—. Revelaste que aún vivía, Lugh.
—Me arrepentí —baja la mirada.
Quiero entrar en cólera, pero él parece más enfadado que yo. A riesgos de aceptar que de forma definitiva me he vuelto loca, percibo en la manera en la que su boca se ha estirado que se ha ofendido. Como si le molestara que le exija una verdad que nunca antes ha dicho.
—¿Crees que sólo por eso confiaré en ti? —pongo los ojos en blanco.
—No deseo estar entre la princesa Aranel y tú —Lugh me mira con un brillo incesante y decisivo en la mirada.
—Entonces ya elegiste tu camino —aprieto los labios.
—¿Me obligarás a hacerlo si deseo quedarme junto a ti? —sus alas baten con más cautela que antes.
—Tienes una misión importante de la que encargarte si de verdad ese es tu deseo —asiento.
—Eladriel… —Lugh mueve los labios.
—Lugh —mi tono se vuelve severo—. ¿Ella te obligó a tomar las decisiones que tomaste?
—Dime qué debo hacer —acepta Lugh. Sus hombros caen resignados.
—Quiero que reflexiones sobre tus palabras —mi vuelo se vuelve lento—. ¿Estás seguro de que deseas aceptar?
—Soportar su ausencia será menos doloroso para mi conciencia que soportar la tuya —inclina la frente como aceptación.
—Te advierto de que tendrás que ser fuerte, no podrás dejarte llevar por lo que sientes por ella —mi tono de aviso le hace fruncir el ceño—. Lugh. Si me traiciones, me harás matarte.
—Solo habla —una emoción distinta brota cada vez que pestañea.
—Se desatará una guerra contra los dioses —una llamarada de fuego cercano de un fénix que lucha me sobrecoge—. El rey Aelfraed será quién nos ayude.
—¿Aelfraed? —Lugh me esquiva en último momento—. ¿Ha vuelto de Aeranthos?
—Salvar el mayor número de criaturas elfas es la prioridad de esta misión. Debes conseguir que se unan a nuestra lucha antes de morir por ella —elevo la frente al guardar el siguiente pensamiento en la punta de la lengua—. Tú serás quién los reclute.
—¿Yo? —se señala a pesar de que no hay nadie más a quién pudiera habérselo ordenado.
—Irás a Rhysartyr para encontrarte con los guardias reales y les avisarás de que su verdadero rey los espera —mi tono de princesa se vuelve más regio que nunca—. Aquellos que quieran descubrir la verdad tendrán que unirse a nosotros y tomar el camino a Xharum.
—Se quedará sin soldados, sin pueblo para formar —Lugh aligera el vuelo apenas callo—. No puedo hacerle esto a Aranel.
—Si ella descubre donde nos ocultamos se lo revelará a mi padre —le recuerdo arrugando la frente.
—Pero ella lleva a mi hijo —puedo sentir la angustia y la tristeza que sostienen su razón ahora.
—Siento como deseas ese niño, escucho como te late el corazón al saber que lo perderás —cierro los ojos al recordar el mío, el que nunca pudo ver la luz.
—Sé que tú no eres ella, sé que en ti hay piedad —balbucea. Su boca se separa por la confusión…
—Mi alma también ardía cada día que tuve que aceptar que no podría tener al mío entre mis brazos —aprieto los puños con fuerza, los dientes para callar.
—Prometió retirar las tropas de elfos que envió a Eryas —insiste Lugh en un susurro—. Ha luchado por Brenshire.
—Te reunirás con ella en Eigton. No quiero que omitas que reclutas a los elfos para mí —sostengo mientras ignoro sus murmullos suplicantes—. La convencerás de que los deje salir de Rhysartyr.
—Por favor… —persiste en su intento de convencerme—. Tú eres mi trozo de tripa…
—Cuando acepte te asegurarás de que lleguen al reino de Xharum, y no volverás a verla hasta que los dioses o el destino decidan lo contrario —le ordeno sin compasión por sus ojos llorosos.
—Entendido —asiente sin apartar la mirada de la mía.