Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 40. La noche de las batallas. #5
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40. La noche de las batallas. #5

—No puedo ir contra lo que mi corazón siente, así no funciona mi magia —la mente de Serk se pierde en Fiena. Lo hacen sus ojos—. Ella os ha elegido a vos.

La magia que apresa a la bruja se adentra en ella.

Su piel se transforma en la misma oscuridad de las sombras.

Arquea los dedos. Se consume y su espalda se dobla por el dolor.

Cierro los ojos. Aunque solo sea por suspirar por su vida un segundo y cumplir sus deseos antes de que desaparezca por completo.

No deseaba su muerte, pero… Yo mismo lo hubiera hecho si Serk no hubiese utilizado su poder antes.

Eladriel asiente con la esencia ensombrecida.

Solo puedo sonreír por verla en pie. Esa curva se transforma en una línea recta al ver su mirada de peligro, sus cejas arqueadas.

En un hermoso pestañeo lleno de su presencia, el silencio ha bañado sus gestos.

Sus movimientos se vuelven lentos, pesados; utiliza todo su ferocidad para desgarrar la voz.

Mi respiración se detiene a pesar de que trato de luchar por no dejar de hacerlo.

El sonido se convierte en un hilo. Chillos y lamentos dejan de sonar estridentes a mi alrededor.

Siento la vista cansada cuando mis rodillas caen al suelo, lucho por no cerrarlos ahora que sé que corre hacia mí.

Apoyo las manos. La oscuridad se acerca más rápido que ella incluso si hundo la punta de los dedos por no separarme de su luz.

Me dejo caer cuando siento que se apaga.

—¡Princesa! —escucho la voz del teniente a lo lejos.

—¿Te quedarás aquí mientras vienen a por nosotros? —el bramido de Tien se desdibuja.

Mi cuello se resquebraja en un golpe de tos. Todo se vuelve escarlata.

“Nunca imaginé que la muerte tendría tu rostro, princesa. Te quiero”

—No te atrevas a despedirte, ¿me oyes? —mi alma se marcha con él tras esas palabras.

Mis piernas solo responden al cuerpo tendido de Azohr.

El teniente siguió mis pasos con la espada estirada y las sombras de la magia verde envolviendo su mano.

Ciea rompe el aire con un graznido. Efaris y Shaqia descienden.

Las sacudidas de las alas oculta los gritos de amenaza que Ebhan lanza contra Godrick.

Tien vocifera al compás. La luz baña mis manos y se refleja en la espada que el brujo sujeta entre las manos después de haber atravesado el abdomen del príncipe. La sangre corre entre sus labios.

El hijo del cancilier monta uno de los fénixes blancos. Justo cuando el hilo rojo que recorre el rostro de Azohr toca el suelo.

—¡Drakorios! —emito la orden.

Las bestias dejan de embestir a los muertos del ejércitos.

Las gemas de mi corona se encienden. El destello de las partículas rodeando mis manos se enciende sobre ellos, entre las escamas que conforman sus cuerpos.

Las motas tintinean. Detengo los pasos a poco de alcanzarle.

El mundo vibra bajo mis pies por la carrera de los animales obedeciendo a mi llamado de guerra.

Lanzo la esfera directa al centro de su espalda justo cuando el llanto desborda de mis pupilas.

El viento toma mi cabello. Los drakorios avanza presto, fluyen a mi alrededor con el único deseo de transformar su esencia en lamento.

El fuego de la luz le alcanza para hacerlo caer.

Las fauces hambrientas de justicia del ejército desarman sus últimas intenciones…

Alzo la barbilla cuando el dios de la muerte alcanzó a Godrick.

Un fénix chilla. Ebhan apresura a Ciea solo por conseguir dar alcance al infame de Tien.

Volteo hacia Mim. Hacia Lugh. El horror me agrieta el corazón cuando lo recuestan sobre la fría tierra de la necrópolis como si fuera una de las almas que preparar para entregar al dios de la muerte.

Me incendio. Sus ojos se cerraron. El rencor me acelera la respiración.

¿Cómo se atreve ese bastardo a sonreír desde las alturas después de lo que hizo?

El fuego conquista mis pupilas. Mi don se expande por dentro y quema.

Despliego las alas para darle alcance a ese bastardo desprovisto de coraje que mi padre pretende convertir en rey.

—Eladriel —la voz de Lynn se cuela helada entre los mechones de mi cabello. Su mano sobre el hombro—. No vuela solo, Ebhan trata de darle alcance.

—Quiero que muera, Lynn —aprieto los labios. Los dientes. Los puños—. Quiero matarlo.

—No ahora —niega cuando mis ojos rojos se han posado sobre ella—. Los muertos siguen aquí y Azohr podría convertirse en uno de ellos.

Sus palabras derraman sueños. Una garra nace de la boca de mi estómago hacia mi garganta amenazando con quebrarme.

Me roba la respiración para ahogarme. Contemplo el reino.

El alrededor se ha llenado de almas apagadas con poder.

Caos. Mim trata de sanar al príncipe con la expresión destruida.

Muerte. A Lugh le tiembla la daga con la que trata de proteger al teniente y su cometido sin saber qué debe hacer.

Confusión. Ebhan persigue a Tien mientras el fénix lanza llamaradas de ira.

Venganza. Efaris y Shaqia toman sus manos porque Azohr se muerte. Inquietud.

Yo no sé cuál de todas ellas debería sentir…

Dejo caer los brazos. Mi respiración rota me abre y cierra el pecho cuando los pensamientos de mi mente amenazan sin compasión a mis valores.

Mi moral. Todo eso en lo que creía hasta ahora.

Me aferro a mí misma con tanta fuerza, que me doblo cuando me desgarra un grito de dolor y rabia.

Se refleja en el rostro de los presentes.

En las hojas que caen ante mi tristeza como reverencia.

En el silencio que se forma después a modo de respeto por mi alma en cenizas.

No elijo este destino. Mi corona brilla con más intensidad que antes, pero si la de Azohr está apagada…

La magia de este lugar se ha desvanecido con esa sangre que corre por el suelo.

De qué sirve que Brenshire esté en pie si él no lo está…

Las almas que salve ahora por moral no podrán darme su calor.

Me niego a creer que es el fin. Incluso si Mim arruga el ceño cuando un par de lágrimas recorren sus mejillas por la pérdida de un amigo.

Hasta si la princesa de los elfos llora a pesar de que su alma vacía no siente nada.

—Princesa… —Efaris estira la frente en un gesto de compasión que me duele más que lo que veo.

Eso quiere decir que todo es cierto y no fruto del cansancio. No es culpa de la magia.

Me enfrento a esa pena que quiere anclarme al luto.

Aun si todavía respira. Inhalo aire como si fuera la primera vez que mis pulmones respiran.

Lo suelto. Detengo el temblequeo en la barbilla y trago.

Me refugio en los anhelos que Azohr y yo hablamos de cumplir mientras me seco las lágrimas con la camisa sucia.

En el baile de arena y el niño que el rey elfo nos mostró.

En el reino de Xharum y las noches en su compañía.

Ese mismo fuego que abraza mi alma es el que me hace caminar, aunque para ellos todo esté perdido.

Si sobrevive, ya nunca más permitiré que la paz se interponga entre nosotros. No tengo el alma de mi padre, pero mi corazón late diferente a la de Twig. Yo no quiero tener piedad.

—¿Teniente? —una de mis lágrimas se rompe al llegar ante él.

—Su magia sanadora siempre fue fuerte —Mim susurra.

Mueve las manos sobre el torso sangrante de Azohr.

—Dime si aún vive —contengo el aliento hasta que sus labios se separen.

—Vive —sentencia el teniente.

Dejo que el peso de mi cuerpo descienda tras ese suspiro de alivio.

Mis gotas de pena se marchan. Aprieto los labios al obligarme a ver la hendidura en el abdomen del príncipe, se estrecha con el tiempo.

Sé que no habrá tranquilidad hasta que todos estemos muertos.

Ninguno podremos ser felices en este lugar porque dejarnos vencer no será una opción para quiénes anhelan nuestra destrucción.

Nunca dejarán de intentarlo. Yo debo encontrar nuestro final.

—Mi señora —le dedico una reverencia a Efaris.

—Él estará bien —carraspea la reina tras apartar la mirada de la herida.

—¿Se marcharon todos los brujos de los pueblos? —pregunto con la mirada aun perdida en Azohr.

—-No debes pensar en eso en este momento —envuelve mi rostro entre sus manos—. Ebhan ya tiene a soldados luchando.

—Responde a mi pregunta, Efaris —alzo la mirada hacia la suya—. Por favor.

—Borin los hizo cruzar la frontera —la reina asiente desconcertada.

—¿Hay soldados de infantería con vida? —mi mirada se templa.

—Creemos que no muchos —deja caer las manos despacio.

—Que los fénixes monten en sus lomo a los que queden —hundo la mirada en cada uno de ellos—. Ordena que sobrevuelen la necrópolis y esperen a las instrucciones de Lynn.

—¿Las mías? —Lynn se señala. Estira los párpados—. Pero yo… —sus pupilas tiemblan.

—Necesito viento y luz para la magia oscura —reafirmo la postura.

—¿Quién va a darte ese poder? —Efaris niega—. Solo Azohr lo tiene.

—Mim —tuerzo el gesto hacia el teniente con autoridad—. Cuida al príncipe. Lo montarás en Shae y lo llevarás al castillo de los enanos.

—Eladriel —Shaqia aparta a la reina con firmeza para cruzarse de brazos ante mí—. No actuarás sin que los altos cargos de estas tierras hayamos dado una orden.

—Utiliza toda la energía de la que dispongas para salvar a aquellos que todavía pueden respirar —entorno los ojos en una señal de advertencia—. Porque de lo contrario, no solo Brenshire desaparecerá esta noche.

—Princesa Eladriel… —Efaris une los labios al comprobar que no tardo ni un segundo en voltear hacia ella.

—Los muertos han tomado todo el reino, no podremos detenerlos sin perdernos todos —el aire se clava bajo mis costillas—. Y aunque no fuera así, ellos nunca permitirían que Néferien quedase con vida.

—Escucha, Eladriel. Mírame —la reina envuelve mis brazos con ternura—. No moriremos ahora. No lo haremos así el rey Eliot nunca desista en el empeño de que lo deseemos.

—Nadie morirá, Efaris —me sacudo para apartarme de ella—. Pero ellos creerán que todos desaparecimos. Solo habrá ruinas y cenizas sobre estas tierras.

—¿Qué? —Shaqia ladea la mirada hacia su hermana.

—Quiero que utilicéis la altura a vuestro favor —asiento a ambas—. Debéis marcharos al reino de los enanos hasta recibir instrucciones. Encontraremos un nuevo hogar.

—¿Un nuevo hogar? —Efaris dirige una mirada de asombro al teniente. Al bosque—. Néferien es la tierra de los brujos, Eladriel. No hay otros reinos por los que ellos quieran luchar.

—Néferien nunca desaparecerá —asiento sonriente—. Néferien es mucho más que unas tierras y fortalezas.