40. La noche de las batallas. #4
—Si hubiera sabido tu falta de empatía, no le habría ordenado al guardia que guardase la cabeza del cancilier para entregártela como acto de buena fe —sonrío. Alzo la barbilla—. Podrías despedirte de él mirándole a los ojos, como hice yo antes de cortar su cuello.
A pesar de que lucha por no enmudecer, sus ojos ya se han quedado en silencio.
—No creas nada de lo que afirma —Fiena da un paso al lado. Se dirige a él, pero su mirada se mantiene inmóvil sobre la mía—. Yo misma lo vi con vida en el sol de ayer.
Su voz. Tras escuchar la de Tien, suena en armonía. Nunca la escuché tan turbia como hoy.
—¿Por qué? —aparto la mirada rabiosa del hijo del cancilier para asestársela a ella—. Tú nos avisaste de la guerra.
—¿De qué hubiera servido la muerte del reino entonces? —Fiena desorbita la mirada sobre el fuego a su alrededor—. ¿Crees que hubiera tenido sentido si la princesa y tú no estuvierais aquí para caer con él?
—Ella no merece tu odio. Yo nunca te hablé de ella —la ira me hace elevar la voz.
—Ella debe pagar su sufrimiento, maldito bastardo —Godrick profiere un bramido que apenas me resulta interesante—. Como tú.
—Yo la quería a ella —confieso a Fiena tras ignorarlo—. La quería antes de que tú aparecieras.
—Pero me humillaste —una mota vibra de rechazo vibra en sus ojos mientras me recorre con ellos—. Dijiste que solo estaba a tu lado porque el príncipe Ebhan lo ordenó.
—Yo… —me encojo de hombros—. Solo fui sincero contigo.
—¿Seguías órdenes cuándo estábamos bajo las sábanas? —deja caer los brazos con saña.
—Sí —afirmo sin pensar.
La forma en la que mi mirada profunda secunda mis palabras la desconcierta. Aunque no es la primera vez que he sido sincero con ella. Se inclina hacia atrás mientras sus pupilas danzan sobre las mías.
—Yo solo quería estar a tu lado —Fiena enmudece.
—¿Te importaron las veces que te dije que yo no? —al fin puedo dejar que la rabia me lacere.
—Tú sabes cuántas veces lloraste. Cuántas te escuché —su gesto se endurece.
—Yo sé que esos encuentros que Ebhan organizaba se debían a tus peticiones —por primera vez no siento nada cuando vocifero ante ella—. Sabías que no podía decirle que no si él daba la orden.
Hay algo en el centro de mi garganta que ha desaparecido con el sentimiento de traición. Ya no me recorre nada cuando ve a mi tono encolerizarse.
—Que callaras no era mi culpa. Que aceptaras no dependía de mí, sino de tus propios miedos —su tono se llena de molestia.
—Aceptaba porque si no hubieses sido tú, él insistiría en descubrir quién era la mujer que deseaba que ocupase tu lugar —contengo el aliento—. Y no podía hacerlo.
—Me distes tantas malditas explicaciones —tuerce las pupilas a lo lejos. Hacia la princesa—. Pero nunca mencionaste que era un hada —sonríe—. Pensé que detestabas a todas.
—Veías como bebía cada vez que entrabas en mi cuarto. No tengo recuerdo de la mayoría de nuestros encuentros —quiebro la postura con rabia. Mi voz con ira—. ¿Acaso eso no era suficiente?
—Pero… —Godrick entorna los ojos confundido. Ladea la mirada hacia Fiena—. Me dijiste que…
—Azohr —Fiena susurra de forma detenida—. No puedes negar que…
—No lo niego. Puedo verte —detengo sus palabras—. Pero tampoco puedo negar cuando, incluso ebrio, pedía que te marcharas.
—No era fácil verte así mientras te vestías —su mirada se apaga.
No puedo evitar que eso que la daña ahora me lastime a mí.
—Siento todas las veces que te hice daño. Todas las que te hice irte solo porque yo volvía a la realidad —suspiro. Aprieto los labios un instante para coger aire—. Prefería eso a hacerle creer a tu corazón que lo quería.
—Ebhan prometió que me llevarías a bailes. Dijo que te acompañaría a cenar al castillo de Carsley —Fiena intenta juntar los restos de su voz—. Pero nunca salí de tu cuarto.
—Ojalá hubieras elegido a otro para conseguir tus objetivos —me aclaro la garganta—. Tal vez, los dos hubiéramos sido más felices.
—Tú dijiste que él te buscaba. Que te utilizó —Godrick avanza hasta colocarse frente a Fiena. Su postura se encoge dolorida—. Que sólo por eso no podías estar a mi lado.
—Lo hizo —Fiena asiente tras dedicarme un gesto de desprecio—. Lo niega, pero me utilizó cuando cedía ante mí para olvidarla a ella.
—Tú eres tan culpable como esa princesa arrogante —Tien arruga la nariz—. Todo cambió cuando vino a buscar tu ayuda.
—Vi como voló sobre Hai a pesar de tener alas. Después de eso tú desapareciste por días —Fiena agudiza la mirada sobre Eladriel—. Tien dijo que ella solo tardó horas en pedirle que se alejara de él.
—La noche antes a vuestro encuentro estuve en su cuarto —Tien sonríe. Un destello altivo se cuela entre su pestañeo.
—¿Me culpas a mí de tus fracasos? —ni siquiera me esfuerzo por reprimir la sonrisa.
—Ella me deseaba. Se entregó a mí —eleva las cejas—. Y tú lo arruinaste todo con tu asquerosa magia.
—¿La magia? —me muerdo el labio inferior. Inflo el pecho—. ¿Piensas que quiero a Eladriel como la quieres tú?
—No hay otra explicación —Tien ladea la mandíbula. Estira los labios con soberbia—. Utilizaste esa magia oscura para engañarla.
—Ella no es inocente —Fiena deja escapar el aire con desdén—. También debe morir.
—Guarda silencio, estúpida. La necesito —Tien curva una ceja al mirarla de reojo—. Debe entregarme el trono de las hadas.
—Tú lo prometiste —la confusión hace temblar las pupilas de Fiena. Se coloca ante él—. Me acerqué a ti para eso.
—Te prometí una venganza, pero a ella no podrás hacerle nada —Tien la aparta de un manotazo. Hunde la mirada sobre ella—. Cortaré tus manos si lo intentas.
—Que agradable es estar de acuerdo contigo —doy un paso hacia Fiena.
—Cedí. Solo lo hice porque prometiste cumplir nuestros deseos —Godrick se acerca a las espaldas de Tien. La observa desolado.
—Siempre lo odiaste —Fiena arquea las cejas suplicante.
Solo él se conmueve. Solo él siente real esa tristeza que ha tomado su rostro.
—Tú querías hacerlo, ¿recuerdas? —Fiena se lleva la mano al pecho.
—¡Yo quería acabar con él, no con la princesa! —los alaridos de Godrick suenan más fieros que nunca—. No con todo mi pueblo…
—Te quiero —Fiena sonríe. Sus labios temblequean—. Y juntos podemos acabar con él —su entrecejo se arruga—. Pero…
Godrick separa los labios para tomar aliento.
Alza la mirada hacia Tien. Desenvaina su espada y estira la punta para amenazar al hijo del cancilier con ella.
Su brazo tiembla con una seguridad que, por un instante, consigue erizarme la piel.
Llevo la mano a la empuñadura ahora que su cordura parece haberse escapado.
—¿Deseas hacerle daño? —el tono de Godrick parece venir de lejos. Sus palabras nacen de forma irregular.
—No dejes que una dama te confunda —musita Tien con más calma de la que el brujo desearía.
—¡Vete! —brama Godrick—. ¡Vuelve a tu reino!
—Debemos eliminar a tu príncipe en primer lugar —Tien sonríe. Su rostro se llena de amabilidad—. Cuando obtenga el trono, yo me encargaré de que la princesa de las hadas pague por todo el daño que nos ha causado.
—Mientes… —vacila el brujo—. Llevamos demasiado tiempo esperando por su muerte.
—Tú eres el responsable de lo que sucede —declara Tien con una tranquilidad que resulta hasta digna de ser codiciada.
—¿Yo? —Godrick estira el arma con firmeza.
—Azohr sigue con vida —el hijo del cancilier entrecierra los ojos—. Hasta que no lo elimines, Fiena no podrá encontrar su felicidad.
El brujo tiembla. Acerca la espada a su cuello, es cierto, pero no podría herirlo así lo quisiera.
Y duda. Veo como sus labios oscilan entre la desconfianza y el miedo.
Deslizo la mano hacia el mango de la mía cuando al fin la deja caer vencido hasta que la punta golpea las briznas verdecinas.
La venganza escarlata que gobierna su filo me encuentra. Igual que el fuego de su ira.
Godrick me amenaza con su arma. Yo solo contemplo a Fiena y esa forma en la que se balancea nerviosa.
No sé si se debe al deseo por mi muerte, o al miedo por ella.
Se gira. Estiro los hombros. Me dedica una reverencia antes de convertir las vistas a mi espalda en su nuevo paisaje favorito.
Al menos, eso parece indicar el brillo de su mirada.
Es tan intenso que no puedo prestarle atención al de la espada de Godrick cerca.
Posa su desprecio sobre Eladriel. La busco entre Mim y Lugh, lucho por hacerlo antes que ella.
Mi respiración se queda suspendida en el aire que levanta esa ráfaga que pasa por mi lado.
Fiena corre. Sus manos se han llenado de magia verde y la princesa es el objetivo para ella.
Joralf desenvaina la espada, Aranel envía sus lobos.
Godrick baja el arma. Llama a su poder, crea el conjuro de hojas puntiagudas que ella utilizó con Eladriel.
Se clavan bajo el denso pelaje del animal.
El sedante que guarda los reduce en apenas segundos.
Estiro el brazo para llamar a la magia negra apenas mis ojos reflejan sus intenciones.
Levanta ramas perdidas del suelo. Corren junto a ella advirtiendo con incisiva advertencia a la princesa de que se han aliado con el propósito de la bruja.
El conjuro de la muerte abraza mis dedos…
—¡No! —Godrick golpea el suelo con la espada.
Serk ha hundido los pies frente a Eladriel. Extiende el brazo hacia Fiena, las sombras oscuras se arrastran viperinas. Se doblan para escalar sus piernas. Se enredan alrededor para hacerla levitar. Conquistan su cuerpo, invaden su abdomen y rodean su cuello para que la muerte sea más agonizante.
—¡No quiero que le hagas daño! —Eladriel deja caer los puños cerca del brujo—. ¡Es una orden!
—Lo siento, mi señora. Os atacará si retiro la magia —Serk estira las comisuras de los ojos. Su magia se vuelve férrea.
—La muerte no es el único castigo —Eladriel camina a su alrededor sin apartar la mirada de Fiena—. ¡Te arrepentirás cuando la magia desaparezca y recuerdes que es tu hermana!
—Mi reina… —Serk da un par de pasos hacia atrás solo por alejarse de ella.
Mi reina… Ni siquiera yo he podido llamarla así.
—He perdonado su vida —sé que la frustración la ropa. Eladriel está desgarrada porque no la escucha—. ¡Yo no deseo que muera!