Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 40. La noche de las batallas. #3
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40. La noche de las batallas. #3

—Ella no está viva —Serk entorna los ojos con tristeza.

—Guarda silencio —niego entre dientes. Bajo la mirada por un instante para dejar de escucharlo.

—Abandonó la necrópolis, su majestad —el brujo insiste en desobedecerme—. No puedo dejar que se acerque a vos.

—Si tocas a mi madre con esa espada te haré desaparecer —elevo mi voz hasta que suena tan solemne como la advertencia de su rey.

—¡Azohr! —la voz de Eladriel toma mi ceño de forma fugaz.

Sello los labios. Aun sostengo la espada entre el cuello del brujo y mi decisión firme de mantenerlo alejado de esa figura que dice ser mi madre. Mi respiración se vuelve lenta al sentir a la princesa. Su aliento me abraza.

—Deja que Serk lo haga —Eladriel posa la mano sobre mi hombro.

—No puedo —niego—. No quiero hacerlo.

Ante ella no puedo fingir que mi alma sigue en pie. Esas lágrimas se convierten en llanto sin remedio al sentir su petición como una confirmación a los gritos de mis pensamientos. Sé que no es real lo que veo.

—Mi pequeño de corazón valiente —la mirada de mi madre se llena de dulzura.

—Recuerda a Sane y el laméntira que le dio muerte —Eladriel hunde la punta de sus dedos en mi brazo—. Ella me salvó de caer en manos de mis miedos y mis deseos.

—No dejes que sufra de nuevo por tu ausencia —la voz quebrada de esa mujer parece tan presente. Tan real—. ¿Permitirás que la muerte me aleje de ti una vez más?

—Ojalá pudiera devolverte a tu madre, mi príncipe —la princesa sacude la cabeza. Su voz se rompe.

Serk acerca la espalda al cuello de mi madre.

Mis pupilas siguen sus desplazamientos. Sacudo la espada, las espinas se manifiestan con más fuerza.

Una gota de veneno emana de cada una de sus puntas.

El brujo contiene un lamento cuando una de ellas comienza a hundirse en su piel y en segundos lo arrodilla.

Su arma cae. Sus ojos se abren apresurados.

Busca el suelo con las manos, se envuelve el cuello cuando su respiración se rompe.

—Tan solo deseo un abrazo —pido en una súplica que quema mi pecho.

—Si lo haces —solloza Eladriel—. Si cedes —sus labios se posan sobre mi brazo—. Ya nunca más podré sentirte.

Envuelve la tela de mi camisa entre los dedos.

—No me dejes —la sacude.

Su tristeza se deja vencer sobre mí. La miro y veo su dolor antes de que su mirada se alce ante mi silencio.

Sus ojos viven. Brillan de esa forma en la que me gustaría ver los de mi madre.

Ladeo la mirada hacia ella. Hacia la figura que me espera con brazos estirados…

Conozco mis deseos. Suspiro al rendirme al tacto de la princesa pidiendo por mi compañía, hace tiempo que no anhelo nada más que su existencia.

Dejo caer la espada.

Llamo a la magia hasta que las sombras furiosas se hacen con mi brazo.

La presencia de mi madre se enturbia. Su mirada suplicante sigue fija en mí a través de las estelas oscuras, mi pecho se detiene ante el recuerdo de la vida abandonando un cuerpo.

Del dolor que produce ser testigo. Una bola de luz envuelve la mano de la princesa.

Incluso en una lucha por desenvolverse de esos hilos, esa mujer camina para darme alcance.

Arquea el brazo. La envía y el sonido de una nueva explosión nos cubre, los restos de su recuerdo.

Bajo la mirada al hacerla perdido por segunda vez, aunque en ninguna de las dos ocasiones haya conseguido tenerla entre mis brazos por un instante de tregua.

—Pide a Ebhan que cure a Serk —observo al brujo mientras aparto los restos de lágrimas.

—¿Por qué Ebhan y no tú? —Eladriel se arrodilla junto a él.

—Porque yo voy a buscar a Godrick —separo las fosas nasales.

Tenso la mandíbula mientras recorro el alrededor.

—No me quedaré aquí mientras tú buscas a ese maldito traidor solo —la princesa se pone en pie solo para cruzarse de brazos—. Yo también deseo que mi fuego lo consuma.

—¡Trozo de tripa! —Lugh corre a lo lejos con la mano elevada.

Mim corre apresurado a su lado. Rodean a Serk al ver como su cuerpo se ha paralizado en el suelo. Tiene las manos engarrotadas, los ojos abiertos por completo. El teniente me mira al ver mi espada en el suelo junto a él.

—Ayúdalo, Mim. Por favor —aprieto los labios—. Tiene el veneno de las espinas.

—¿Pero qué ha hecho? —Mim mueve los labios entre titubeos.

—Solo me protegía de mi madre —dejo caer la mirada sobre el brujo tendido.

—¿Tu madre, dices? —Mim vacía la cara de expresiones. Su postura se vuelve rígida.

Él solo busca la confirmación de que no me volví loco en la princesa. Ella asiente. Mim me devuelve la mirada, su gesto está lleno de pena como cuando éramos niños. Detesto que me mire como a ese niño que sufría.

—¿Viste a Godrick? —rompo su silencio antes de que se quiebre aún más.

—No —afirma el teniente.

Hojas de punta afiladas viaja desafiando al aire en forma de ráfaga.

Ha pasado tan cerca de mí, que sería difícil no distinguir cada una de las nervaduras que recurren su estructura.

Apenas tengo tiempo a seguir su trayectoria.

Se clavan en la piel de la princesa hasta hacerla caer.

Mim tuerce el cuerpo, sostiene la espada en la mano mientras compruebo que la princesa está dormida.

Recojo la mía antes de colocarme a su lado.

—¿Esa es Fiena? —Mim se balancea sobre sus rodillas en espera de que se acerque.

—Lo es. Ella nos atacó con el fénix —la ira expande mis fosas nasales al comprobar su compañía—. Pero me preocupa más quién camina a su lado.

—Que mal me sienta siempre ver al idiota de Tien —Lugh eleva el labio superior—. Si me permitís… —desenvaina la daga.

Su pie no se ha separado un palmo del suelo cuando el filo de mi espada se detiene frente a su pecho. Ni siquiera está cerca. Se detiene de inmediato. Ladea el cuello hasta que sus ojos entrecerrados examinan el metal brillante. Estira los labios indignado.

—Asegúrate de que Eladriel está bien —le ordeno sin apartar la mirada del hijo del cancilier.

—Que se encargue el pelirrojo musculoso de cuidarla —Lugh arruga la frente en una mueca de fastidio.

—Mim debe encargarse de Serk antes de que el veneno cumpla su efecto —dirijo una mirada de urgencia al teniente—. No dejes que los nervios te hagan fallar.

Un aullido hace callar a Lugh cuando sus labios se separaban. Se traga sus palabras.

Lobos de los elfos se colocan con dientes amenazantes frente al entrenador y los brujos que lo acompañan.

Sus rugidos nos sorprenden más a nosotros que a ellos.

Tien dirige una mirada desafiante a Aranel, frunce el ceño de la misma forma en la que yo lo hago.

Lugh sonríe a la princesa y su guardia. Le dedican una mirada de victoria al hijo del cancilier como si sus alianzas hubieran estado claras desde el principio y todos esperásemos su heroica llegada.

Todavía no comprendo por qué está aquí.

—Me sorprende que hayáis elegido este momento para revelaos contra vuestros hermanos de armas —no puedo ocultarle la ironía ni la sonrisa.

—Yo no tengo aliados, príncipe Bradosck —Aranel alza el rostro con frialdad.

Contempla el alrededor de forma serena a pesar de que está lleno de muerte. Ella asusta más que dos ejércitos de muertos asediando el reino. Más que ese fantasma de mi madre.

—¿No te asombra tu propio cinismo? —le dedico una mirada acusadora—. Mueren niños inocentes. Engañaste a quién dices amar con su primo y lo ejecutaste…

—Eso no guarda ninguna relación con el hijo del cancilier —la princesa mantiene la cabeza en alto.

—Lo sé —asiento —Pero él te ayudó —mi mirada se posa gélida sobre Tien.

—Y Eladriel salvó mi vida en el campamento —confiesa. Me mira con pupilas inquietas—. Es mi deber estar aquí.

—Conozco tus planes, princesa —le dedico una mirada de reojo—. Sé que tus guardias trabajan para el rey Eliot.

Aranel se humedece los labios. Desvía la mirada antes de torcer el cuello en busca de Lugh con un brillo en la mirada que está roto. Él ni siquiera le presta atención. Por primera vez solo mira a Eladriel y ella lo siente.

—No puedo dar la orden de que se retiren porque estoy en esta lucha —Aranel expande las pupilas sobre mí—. Lo haré en cuanto regrese a Eigton.

—Mientes —río.

—No podré salvar la vida de Eladriel si decide ir a Eryas así retire a mis guardias —acepta tras un suspiro de resignación—. Pero no deseo hacerle daño a él. Ya ha elegido.

—Bien —sello los labios mientras observo al hijo del cancilier—. Ordena a los lobos que protejan a la princesa. Diles que ataquen si Tien se acerca a ella.

—¿Lo vas a enfrentar? —Aranel junta las cejas.

—Primero debo enfrentar a quiénes lo acompañan —solo Godrick me interesa en este momento.

Aranel silba con maestría. Los lobos obedecen.

Estiran las orejas puntiagudas y se retiran sin interrumpirme el paso cuando los encuentro a medio camino.

Envaino la espada. Aprieto los puños cuando mis pisadas se aligeran.

Pedí a Yeziel que se encargase de vigilar a Fiena porque sospechaba de ella.

Sé que Godrick la ama. Esperaba que la utilizara, pero no sabía que le hice tanto daño como para aceptar sus planes.

Tanto como para estar cerca de Tien y alejada de los brujos.

—Qué bonito gesto, Bradosck —Tien sonríe—. Te has molestado en venir a recibirme.

Veo como sus dedos se arquean hasta encontrarse con la palma de sus manos. Se aferra a ellas.

—Aprecio el gesto, no me malinterpretes —el hijo del cancilier señala a sus costados—. Pero ellos me habrían indicado el camino.

—Eres tan cobarde, que necesitas a esos que anhelas destruir para poder proferir amenazas —escupo un resoplido burlón.

—Qué egoísta has resultado ser —chasquea la lengua. Niega—. ¿No merezco que los brujos se alíen conmigo para ayudarme a recuperar lo que es mío?

—¿Te refieres a la princesa? —alzo las cejas—. ¿Al cancilier Drieden? —inclino la frente hacia delante—. ¿O a tu hijo?

—Es una lástima, ¿no es cierto? —suspira. Dedica una mirada fugaz a Godrick—. Esperaba que sus vidas fueran tan importantes para mí como para detener mis planes.

—¿Acaso no es eso lo que te ha traído hasta aquí? —arrugo la frente.

—No fueron sus vidas —su voz se vuelve áspera—. Fueron mis propósitos.