Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 40. La noche de las batallas. #2
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40. La noche de las batallas. #2

Solo puedo verla a ella. A través de las hojas y la maleza contemplo las alas en reposo de Hai, justo en el lugar en el que le indiqué que debía esperarme.

Sonrío. La estructura de piedra negra de la necrópolis se alza imponente tras salir de entre los árboles sombríos por la noche.

Extiende el cuello. Apoya el pico sobre la tierra. Eladriel despliega sus alas para lanzarse al vuelo mientras escalo las últimas plumas blancas que rodean el cuello. Tomo asiento cuando Hai encorva las patas para impulsarse.

Un graznido cercano a nuestras espaldas se convierte en eco.

—Azohr —el teniente aparece con vista turbada sobre Shae—. ¿Qué ocurre? Abandonan la entrada al castillo y se dirigen hacia aquí.

—¿Cuántos soldados perdimos? —me encomiendo a la verdad de su rostro antes que a la de sus palabras.

—No puedo asegurarlo —Mim desliza la mirada despacio—. Del ejército de infantería solo sobrevivieron quiénes huyeron de las puertas.

—Debes buscar a Lugh. Dile que venga a la necrópolis —ladeo el mentón hacia un lado en un gesto de negativa—. Nosotros buscaremos a Serk.

—Ebhan le ordenó a Lugh proteger el árbol de los susurros junto a Lynn —se encoge de hombros.

—Ahora el príncipe Ebhan no está aquí —afilo la lengua.

—Pero… —Mim frunce el ceño.

—Escúchame con atención, teniente —tuerzo el cuello con la advertencia dando forma a las pupilas.

Ladeo las riendas para que Hai se acerque a Shae con cuidado de que sus alas no impacten.

—Lo único que consigue detener a esos malditos espíritus es magia negra y luz de hada —inclino la frente hacia delante. Hundo la mirada en él—. ¿Crees que la princesa y yo tendremos el poder suficiente como para terminar con ellos sin ayuda? ¿Esperas que perdamos la vida?

—No, mi señor —Mim aparta la mirada.

—Lleva a Lugh sobre Shae. Necesitamos su poder incluso si sus alas ya no responden —endurezco la mirada—. Sigue mi orden o probarás el fuego de Hai.

—¿Qué es… eso? —la voz da la princesa se hiela.

Sigo el recorrido de sus ojos y eso que la congela. Una fina línea blanca de fénixes del reino de Ylros lidera el horizonte, se acerca con tono amenazante. Mim arquea una ceja. Dirige la mirada al horizonte blanquecino y su gesto se transforma en el dueño de su silencio.

—Fénixes de Ylros —suspiro.

—¿Hay soldados sobre ellos? —Eladriel se inclina hacia un lado para contemplar con atención.

—¿Acaso es…? —los músculos de mi espalda se tensan al comprobar quién lidera el vuelo.

Godrick sujeta las riendas con precisión a lomos del fénix nacarado.

Se deleita con el teniente. Me convierte entonces en esa sombra que le corroe.

El rencor le muerde más a él que a mí, esa mirada repleta de repulsión delata sus alianzas.

Aunque no sé quiénes son, distingo la armadura que portan quiénes montan los fénixes que dirige. Son hadas.

—Son guardias de mi padre —la princesa aparta la mirada como si tuviera de qué avergonzarse.

—¿Y están liderados por Godrick? —un resoplido irónico brota del centro de mi pecho—. Esto no me lo esperaba.

—¿Cómo puedes reconocerlos desde aquí? —Mim pestañea. Estira la vista.

—Reconozco a Valdur —Eladriel hunde los hombros—. Es uno de los soldados de mi padre.

—¿Crees que el hijo del cancilier habrá venido con ellos? —ladeo la mirada para captar la atención de la princesa.

—Ojalá pudiera darte una respuesta —niega Eladriel.

Las alas de los tres primeros fénixes se baten fieras. Hai decide elevarse. No grazna como aviso y da media vuelta mientras yo busco las riendas desesperado por no caer. La princesa se aferra con fuerza a mi armadura cuando vira.

—¿Príncipe? —Mim apaga la expresión.

—Ves y busca a Lugh —vocifero.

El aire a nuestro alrededor se llena de chillidos que suenan como himnos de guerra.

Lamentos profundos que casi no tienen voz, se rompen al escapar de las gargantas de los soldados fríos.

Ya atravesaron el bosque y golpean las rocas de la necrópolis.

A lo lejos, las catapultas derriban árboles.

Las puertas de madera ceden a pesar de que los drakorios sostienen muertos entre sus colmillos.

Incluso si sus ojos centellean con la misma magia que surgió de la unión de nuestros dones.

Hasta que esa polvareda oscura que cubría las raíces nace de los huecos entre las escamas. Los devoran.

—Funciona —susurra Eladriel aliviada.

Una ráfaga de luz blanca a mi izquierda toma el borde de mis pupilas cuando la voz de la princesa se apaga. Godrick se detiene al lado de Hai. Muy cerca. No puedo culparlo por darnos alcance cuando nos distrajimos con la llamada de los muertos.

—Buenas noches, mi señor —Godrick sonríe de medio lado—. Princesa —asiente.

—¿Cómo te atreves a atacar a tu propio pueblo? —arrugo la nariz al distinguir sus facciones bajo la luz del fuego bajo nosotros.

—Solo vine a buscarte a ti —amplía la sonrisa hasta que ocupa todo su rostro—. Debo llevarte a un lugar muy especial.

—No dejaré que vuelvas a llenar tu pecho de aire fresco si te acercas a él —las palabras abandonan la boca de la princesa con la peor de las advertencias. La calma.

—No esperaría menos de una princesa enamorada —Godrick alza la barbilla mientras sus dientes rechinan—. Pero si ya pensaste en mi final, no permitiré que él se quede sin el suyo.

Tira de las riendas con firmeza, con la misma intensidad con la que tensa la mandíbula. El lomo de su fénix se inclina para vencerse sobre Hai. Impacta con fuerza contra su ala. Un desgarro de dolor intenso viaja por todo su cuerpo, puedo sentirlo bajo mis piernas. El aleteo se detiene.

La princesa despliega las alas cuando Hai grazna entre aleteos.

Sus alas apenas tienen fuerza, ella ya lo dijo.

Se impulsa hasta una de las ramas gruesas, estira el brazo y alarga los dedos para que me sostenga a ella.

Cedo a su ofrecimiento. Ella lo sabe, pero trata de que no sienta que no podrá aguantar.

Sus ojos se cierran con fuerza. Su garganta lanza un grito que estalla en llamas en la mirada de Godrick. En los guardias a su lado.

—Valdur, ayúdalo —clama Eladriel—. Por favor.

—Vamos —sonríe Godrick—. Obedece —asiente—. Podré pedirle a mi fénix que picotee tu cara antes de ordenarle que te desgarre la garganta.

—¡Ebhan! —Eladriel lanza un alarido que cierra mis ojos.

Bajo la mirada hacia el suelo. Eladriel dejará de tener fuerzas para sostenerme antes de que pueda devolverle la mirada. Me aclaro la garganta. Me adecento para conocer a la muerte.

Elevo la vista cuando el ala del fénix de Godrick sacude el viento frente a mí. Alarga el cuello. Acerca el pico hasta que roza nuestros dedos. Él sonríe.

—Es tan fácil acabar contigo, que apenas lo estoy encontrando divertido —ríe el brujo—. Ni siquiera debería molestar al fénix ordenándole que escupa su fuego.

Se inclina sobre el cuello del animal. Lo acaricia al comprobar que sus ojos están fijos en nuestras manos.

Godrick tira de las riendas. Eladriel ahoga un gemido cuando el afilado pico del fénix se hunde sobre su piel.

Se aferra a la mía con más fuerza. Vel golpea mi brazo, contengo la respiración.

La sangre brota. Contemplo cómo se desliza a través de la punta córnea, cómo brota de la mano de la princesa en el instante en el que se retira para asestar otro embate.

Los brazos de Eladriel tiemblan. Mi pecho tiembla por el anhelo de la magia negra. Mis ojos se llenan de un velo oscuro cuando él encuentra interés en un punto lejano. Ladeo las pupilas y…

—¡Eladriel! —apenas me da tiempo a decir algo más.

El fénix de Fiena estira las patas y golpea a la princesa. Sus ojos se cierran. Su fuerza se desvanece cuando pierde la consciencia.

—Sphaera sacra —anuncio llamando a la magia blanca.

Una sombra pura envuelve su figura. Ese ligero velo no puede detener la caída, pero sí el impacto.

Dedico este último momento a mirarla. A asegurarme de que está bien.

Sus ojos cerrados impedirán que vea mi muerte.

Yo cerraré los míos para ceder a Beliel con la piel estirada por el recuerdo de cualquier momento a su lado.

El sonido de su voz que esperaba escuchar para siempre.

La caída deja de sentirse. La tierra dura no toca ninguna parte de mi cuerpo.

—Mi señor —Serk me dedica una reverencia.

El brujo aparta esa barrera oscura que me cubre.

—Gracias, Serk —asiento.

—Mi señora sufriría al despertar si no os viese con vida —el brujo sonríe.

—Azohr… —una desconocida voz a mis espaldas me llama.

Arrugo el ceño al contemplar como la mirada de Serk se pierde. Su mandíbula cae con ligereza. Carraspeo al apartar la vista. Dedico una delicada mirada de reojo tras de mí, contengo el aliento ante ese cuerpo con años sin vida en pie. Sin muestras de amenaza. Volteo sobre mí.

—Mi querido hijo… —esa mujer con pelo oscuro y ondulado sonríe.

Mis pupilas se rinden al asombro que me causa su voz.

Sus palabras. Es como si la noche se hubiera adueñado de mis secretos y nada alrededor tuviese sentido salvo ella.

Mi vida se detiene si me he olvidado de cómo se respira.

Ella me llama de una forma que yo siempre deseé escuchar.

Como alguien que siempre soñé con abrazar…

—No —mi voz se convierte en un hilo sin fuerzas—. No podrías verte así.

—Por fin estás frente a mí —esa mujer eleva la barbilla. Su mirada se llena de felicidad.

—Tú estás muerta —el filo de una lágrima lacera mis ojos.

—Es por eso por lo que estoy aquí —separa los brazos sonriente—. Tu madre está aquí.

El timbre de su voz… Nunca quise imaginar cómo sería escucharlo.

Y es tan dulce como esperaba, tan calmada y serena como anhelé cada noche.

Su ceño tranquilo comienza a arrugarse. Algo la enturbia y me daña.

Tenso el cuello al ver como sus ojos se llenan de miedo ante la sombra de Serk acechándola con una espada en la mano.

Su mirada está llena de deseos de hacerla desaparecer.

Empuño la espada para desenvainarla. Coloco el filo perlado de la hoja en su cuello.

—Aléjate —exijo en un bramido—. No te acerques a ella.

—Mi señor, debo hacerlo —Serk adelanta el pie y me ignora.

Rodeo la empuñadura con más vehemencia. Trago saliva. Mantengo la espada regia en el centro de su garganta cuando las espinas comienzan a brotar.

—Te mataré —dejo que mis lágrimas inunden mi cara con rabia.