Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 40. La noche de las batallas.
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40. La noche de las batallas.

(Azohr)

Brenshire se desvanece. Duele. Los fénixes escupen fuego sobre esos espíritus en vano.

Los pañuelos de tela raída azulada salen de entre las llamas sin haber perdido ni uno solo de los hilos que caen sobre las armaduras.

El metal de sus armaduras se resiste al calor del fuego con más eficacia que la piedra dura.

Las casas a medio derrumbar han desaparecido bajo su paso.

En esta ocasión las convirtieron en rastro de vidas pasadas y recuerdos de un futuro que eriza la piel.

Han instalado las catapultas frente al puente.

Rocas oscuras de material poroso impactan contra los muros mientras los ballesteros preparan los virotes bañados en la sombra de la venganza.

No quieren dejar ningún punto sin cubrir. Ni el propio cielo.

Mi vocifera sobre Shae. Le ordena que separe el pico una vez más contra los soldados que nos apuntan.

Ella obedece presta. Abre su boca córnea cuando las alas están a punto de ser atravesadas por un virote azabache.

Otra llamarada en vano. Solo ha servido para que el filo de sus armas se vuelva incandescente y más peligroso contra nuestras armaduras.

Ahora les resultará más sencillo arrancar almas.

Ladeo las pupilas. Un grupo de esos guardias sin alma caminan hacia las tierras del suroeste del castillo.

Han descubierto el camino para llegar a la necrópolis.

Sacudo las riendas para dirigirme hacia ellos.

—Desciende en el último claro del bosque, el más cercano a la necrópolis —ordeno a Hai al comprobar que hay más soldados de los que esperaba encontrar.

—¿Qué harás? —Hai sacude el cuello.

Retengo en mi mente cada una de las pisadas de los soldados apresurados por tomar las almas en reposo. Ese ansia hace que mi estómago tiemble.

—Utilizaré a los árboles del bosque para que impidan su paso… —trago saliva al alzar la mirada al frente—, las raíces son fuertes.

—¿Crees que las raíces detendrán lo que el fuego no puede? —granza Hai.

—No —tomo aire al ver como asciende hacia la copa de los árboles—. Pero eso nos dará tiempo para pensar qué hacer.

—Hace dos horas que no sabemos que nueva estrategia tomar —el chillido del fénix se pierde entre las hojas.

Sus alas se agitan fieras. Aletea hasta perderse entre las ramas, serpentea los troncos de los árboles.

Me aferro a las riendas. Hai se inclina antes de llegar al claro para poder girar, los pasos de los soldados se escuchan cada vez más cerca.

Coloco los pies sobre la silla. Vocifera cuando una rama larga y puntiaguda sale del último árbol.

Entrecierro los ojos para calcular la cantidad de terreno disponible que tendré cuando decida saltar. Doblo las rodillas ligeramente…

—¡Ahora! —le indico mientras tomo impulso.

Su pico se separa cuando los soldados aparecen entre los troncos de los árboles.

Solo aquellos que sufren su furia de cerca sufren, pero el resto…

Hai despliega las alas cuando las espadas de los muertos se alzan.

Endereza el cuerpo y asciende antes de que una sacudida termine por herirlo.

Apoyo las manos en la tierra fresca para reunir aire, me pongo en pie antes de que me atrapen según avanzan.

—Te espero al otro lado del bosque —anuncio a Hai al iniciar la carrera.

Recupero la visión del frente justo a tiempo para esquivar un ancho tronco. Dedico una mirada hacia atrás. Los soldados apresuran el paso. Me deslizo para romper la carrera. Apoyo la mano sobre la hierba.

—Vena sepulta —ordeno a la magia.

Cierro los ojos para que la magia verde llame a la tierra.

Sombras que se despiertan desgarran la tierra.

Las raíces nacen como un cimiento de la naturaleza.

Como una vena del cuerpo. Se tuerce mientras avanzan, el negro danzante de ese polvo que envuelve las paredes de Xharum se convierte en parte de la corteza.

Esa magia ya no puede dejar de ser parte de la mía.

Cada una busca un soldado. Escalan los escarpes, sedientas toman las grebas.

Apresan a los más osados y esa bruma oscura se escapa de la superficie.

Conquista las uniones de sus armaduras ornamentadas.

En segundos, ese metal se esparce con los huesos de esas almas hasta desaparecer.

Los árboles siguen mis instrucciones. Ellos envían sus raíces llenas de magia, pero no podrán impedir el paso de todos ellos.

Tras las primeras filas, cuando la luna se ve en el punto más alto, siguen apareciendo soldados.

Recuerdo los conjuros que el árbol de los susurros dio en sus últimos frutos, el hechizo de magia oscura para crear sombras en la noche.

El reflejo de los rayos argénteos de la luna entrega el bosque a las tinieblas.

—Umbrae noctis —desdoblo el brazo. Coloco la palma frente a ellos.

Las sombras caen en forma de siluetas ovaladas.

Se entrelazan en sus extremos, chirrían al arrastrarse por el suelo como las serpientes que sí vi en Avka.

Se retuercen entre las ramas secas y los matorrales hasta formar eslabones.

Envuelven los tobillos protegidos de los guardianes de la muerte, los encadena a la tierra sin posibilidad de avance.

Pero no se rinden. Tiran de ellas con intensidad para continuar con su camino, como si pudieran oler la cercanía de esas almas.

De entre las últimas filas visibles avanzan nuevos soldados. Claman. Sus voces blanden espadas en un movimiento ágil para cortar las cadenas de magia.

Estiro los párpados cuando anclan su mirada felina a la mía.

Cierro los puños cuando el graznido de Riexor me alerta.

Arrastro las pupilas entre los árboles. Eladriel sujeta su cuello con alas desplegadas.

El fénix vuela entre los tronos mientras separa el pico.

Ella se impulsa cuando el fuego brota contra los soldados de las primeras filas.

Me apresuro a correr entre los matorrales ahora que he dejado de ser el centro de su atención.

—¡Azohr! —brama Eladriel según desciende a mi lado.

En apenas un par de zancadas coge el ritmo de mi retirada.

—Las halas no podremos seguir volando y usando el don —la princesa guarda las alas—. Tendremos que montar en fénixes junto a los brujos.

—Mi magia verde detiene algunos, pero son demasiados —tomo aire para seguir corriendo.

—Lugh y yo lanzamos varias bombas de luz, pero es imposible reducir el número —voltea hacia el grupo que viene tras nosotros.

Sus bombas de luz son poderosas. Tanto, que casi nos cuesta la vida en ese túnel.

Es imposible que el poder de un solo ejército pueda destruir Órianth, ni siquiera si son descendientes de Beliel.

Alguno de los reinos debería tener la fuerza de derrotarlos si sus enemigos principales son los dioses.

Deberían haberlo previsto, enviar a los ángeles.

Aunque, puede que… “Usar estas coronas os dará el poder sobre Xharum”, aseguró Baron. Y ese reino no está bajo las reglas de los creadores.

—Quizás… —arrugo el entrecejo. Hundo la mirada en la princesa—. Si tu luz y mi magia…

—Te escucho, príncipe —jadea Eladriel con una sonrisa.

—Llama a la luz y yo llamaré a las sombras. Atacaremos juntos —detengo el paso en seco.

Inclino la cabeza hacia atrás para recuperar el aliento mientras ella responde.

Sus pasos cesan. Su respiración agitada le obliga a ceder al deseo de tomar aire.

Arquea la ceja perpleja por mi propuesta.

Aunque debo admitir que se ve demasiado serena para ser perseguidos por muertos que no parecen retractarse de sus deseos de ejecutarnos.

—¿Qué ocurre si sucede como en Xharum? —la princesa estira los labios.

—¿Moriremos antes de que ellos nos den alcance? —elevo las cejas sonriente.

—La magia de hadas y brujos nunca se ha unido —Eladriel arruga la barbilla—. ¿Qué tal si eso destruye el bosque?

—Entonces ellos también caerán —arrugo la frente de forma convincente.

Eladriel guarda silencio. Despacio, sus comisuras se elevan y dibujan una sonrisa sutil capaz de erizar mis recuerdos. Adelanta el pie para colocarse a mi lado. Acepta la propuesta con ojos brillantes.

—Me alegro de no verte rasguños todavía —las mejillas de la princesa se agrandan cuando amplía la sonrisa.

—¿Todavía? —una arruga toma mi entrecejo.

Desdobla los codos hasta que sus manos firmes apuntan al suelo.

Las partículas de luz en el interior suben cautelosas hasta la yema de sus dedos.

Cierro los ojos ante el primer destello.

Un extraño hormigueo me invade cuando pido a la magia oscura que aparezca.

Ahora se ha convertido en una sensación trivial comparada con la que me invade cuando ese ojo aparece en mi mente.

O puede que ya no me asuste aliarme con ella.

Las motas tintinean alrededor de Eladriel, su luz se intensifica sobre mis párpados.

Los separo para ver como el suelo se impone ante su poder.

Un velo oscurecido oscila alrededor de mis manos a la espera de que su don esté preparado.

Ajusta la mirada cuando su objetivo está más cerca que antes de pestañear. Estira los brazos.

—¿Estás preparado? —Eladriel estira el cuello mientras los observa.

—Ultima voluntas —proclamo.

Las sombras me abandonan. Ella lanza la luz.

Las tinieblas danzantes engullen los colores de las partículas claras de la luz.

Algunas intensas. Ahora hay motas oscuras que titilan con más deseo que antes y crece lo suficiente como para comenzar a separarse de esa esfera.

Orbita entre ellas. Se atraen, pero no pueden unirse.

Viajan hasta las primeras armaduras e impacta contra uno de los guardias.

El fuego oscuro provoca una oscura explosión.

El sonido tambalea la copa de los árboles, sacude el suelo.

En una mirada, la princesa me ordena que corramos.

Sorteamos los troncos caídos cubriéndonos la cabeza de esos trozos de armadura que caen en forma de lluvia.

Volteo cuando el ruido se ha reducido. El suelo se ha convertido en un cementerio de metal humeante a pesar de que los muertos corren entre las llamas.

—Hagámoslo desde el aire —sugiere Eladriel con zancadas urgentes.

—Necesitamos a Lugh, a los brujos de Baron —sorteo la hojarasca colgante sin detenerme.

—¿Sabes qué parte defienden? —su respiración entrecortada.

—La entrada al castillo —aparto un matorral de un lateral—. En Hai tardaremos solo un par de minutos en encontrarlos.

—Te sigo —me entrega una sonrisa.

La curva de sus labios convierte el bosque en un laberinto de naturaleza interminable.