Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 39. El reino de los susurros. #7
86%

39. El reino de los susurros. #7

Trato de ignorar el chapoteo del agua al andar.

Sirve para ocultar el sonido de la respiración agitada por la incertidumbre y el miedo del que hablan esos cuentos escalofriantes.

Por primera vez puedo sentir la vulnerabilidad de estar en el lugar de Gandar.

Manoteo en la oscuridad hasta encontrar algo duro que impacta con mi mano.

Se siente punzante y dolorosa al deslizarla sobre ella, pero esta es la única opción que encontré.

El frío del agua en la parte baja de las botas hace unos segundos escala hacia la mitad del muslo.

De nuevo bajo la mirada. La inercia me hace querer ver que sucede, aunque puedo imaginarlo con los ojos abiertos.

La empuñadura deja de resultar pesada al cabo de cinco minutos más.

—No dejará de subir —Eladriel trata de no quebrarse a pesar de temblar de frío. O miedo.

Ojalá mi sesera abriese los pensamientos a una solución.

Por un segundo siento como si me hubiera rendido ante la idea de rendirme y abandonar la vida.

La princesa enlaza nuestros dedos a pesar de no conocer qué camino hemos tomado, cuál debemos tomar.

Ella transforma la angustia por encontrar una salida en vehemencia por ofrecerle un camino. Me hace correr. Intentarlo al menos.

Con el agua en la cadera la agilidad disminuye. Algunos pasillos más sin abandonar este túnel no nos librarán de hundir la cabeza en ella.

—No podemos avanzar así, vamos más despacio de lo que el agua sube —Eladriel se esfuerza para hablar.

—No sé hacia dónde vamos —declaro tras haberlo callado por un rato.

—Hay que detenerla para poder encontrar la salida —indica con una seguridad que ahora envidio.

—¿Pensaste algo? —sacudo la cabeza con frustración.

—Creo que sé cómo hacerlo, pero hará falta que funcione mi don —su voz segura me asusta.

—No lo veo una opción segura —le dedico una mirada sobre el hombro con urgencia.

—Hay algo en estas paredes que no es grato para el fuego de mi don —su voz se alza con frío, pero suena inquebrantable—. Si consigo lanzar una esfera que caiga la tierra, podré detener el paso del agua.

—O conseguir atraparnos bajo ellas —aclaro la garganta para disimular que pierde la cabeza.

—Bien, príncipe, espero con ansias la idea que se te ha ocurrido a ti para no morir ahogados —me reprocha con la calidez de su sarcasmo.

—Confío en ti —sonrío, aunque ella no pueda verlo.

El frío se vuelve punzante cuando su poder logra funcionar, cuando puedo ver como el agua que llega a mi cadera abraza su cintura.

Mi respiración se congela al comprobar la ferocidad con la que corre a nuestro alrededor.

Mis pupilas se detienen sobre la fiereza con la que ella la desafía con la mirada.

En cómo está dispuesta a perder su vida solo por ser quién elija cuando morir.

Me hace sonreír su obstinación, que utilice sus dos manos.

Su barbilla se inclina hacia abajo. Convierte al líquido en su objetivo con más claridad y confianza que cualquiera de los soldados que entrené.

—Seguirás mis órdenes, príncipe de Émaxor —Eladriel me mira por el rabillo del ojo con los brazos llenos de luz—. ¿Estás dispuesto?

—Siempre estoy a tus órdenes —elevo las cejas con sarcasmo.

Sus comisuras se elevan en una tímida sonrisa y se lleva la mía al mirar al fuego de nuevo.

Ni siquiera sentir que el agua vuelve a importarme.

Sus dedos se arquean con la lentitud de quién desea la victoria, la llama con cautela para hacerse su aliada cercana.

La luz ardiente envuelve la estancia con firmeza.

—No esperes el impacto para correr —Eladriel alterna la mirada entre el fuego y el agua—. La tierra comenzará a caer, y no sé desde qué punto lo hará.

—Me mantendré aquí hasta que vea cómo te alejas —elevo la barbilla. Mi mandíbula se tensa para no recibir réplicas.

—Azohr… —Eladriel utiliza el tono de aviso que siempre me inquieta.

—Lánzala y vámonos —ordeno de forma imperiosa—. No hay salida sin ti sujetando mi mano.

A pesar de que su pecho de hincha como sus fosas nasales, calla mientras eleva los brazos hacia la bóveda de tierra y roca. La esfera luminosa se concentra en la yema de sus dedos como si desease abandonarla. Se resiste a pesar de arquea los dedos con convicción.

—¡Hazlo ahora! —grita Eladriel.

—¡Aléjate tú! —grito antes de la negrura.

Un estallido sacude el aire, el agua y hasta mis entrañas.

Me lanzo al frente sin pensarlo hasta que la siento entre mis brazos.

La adentro en el agua, me hundo con ella cuando el temblor llena el aire de polvo y trozos de roca.

No es necesario ver para saber que nos ha envuelto una densa nube de peligro.

El estruendo todavía se sucede a lo lejos.

Me libero del agua levantando a Eladriel conmigo. Silencio.

Ante él, solo puedo apresurarme a buscar la cara de la princesa con las manos para asegurarme de que está bien.

Pierdo la cuenta de los besos que un par de segundos me permiten darle.

Su piel aún se siente cálida, aunque tirita bajo mis dedos.

Ya no me importa si el agua todavía crece y pide piedad por salir de aquí con nosotros.

Ni aun cuando puede arrastrarnos en sus anhelos.

—¿Cuánto más, princesa? —sin pensar, dejo que el cansancio del miedo se escape.

—Habrá un día en el que dejemos de sentirnos muertos. Está más cerca de lo que imaginas —sonríe, puedo verlo—. Mira.

Su mirada señala un lado del túnel. El agujero lleno de luz natural en la parte superior en el fondo de la siguiente galería.

De forma genuina dibujo una sonrisa. Bordeo su cintura para elevarla y estrecharla como nunca antes porque solo deseo celebrar la melodía invisible de su risa sobre los ruidos de temor.

El mejor sonido para recuperar la esperanza.

—Si alguna vez dudas de lo que eres, recuerda que fuiste capaz de detener el agua con fuego —le susurro a un centímetro de un te quiero.

—Si alguna vez dudas de lo que te amo —Eladriel musita para estremecerme—. Recuerda que lo hice solo para que tu corazón latiese un instante más junto al mío.

—¿Tanto? —mi sonrisa se desborda sin que pueda evitarlo.

—Como para no rendirme a lo escrito en un destino —sus labios se detienen sobre los míos.

Sus pies se encuentran con el suelo cubierto de agua cuando la hago descender.

Caminamos hacia la luz a lo lejos. Puedo apreciar árboles del bosque claro a través del enorme hueco formado por el desprendimiento de tierra.

La princesa despliega las alas. Las sacude para salir mientras yo escalo la montaña de rocas y polvo húmedas.

Fuera, el ejército de Amatara e Ijeim nos rodea provistos de lanzas firmes.

Para nada parecen amenazantes… Eladriel gira sobre sí misma.

Recorre el alrededor con la mirada. Su ceja se arquea al observar cómo cada uno de ellos golpea el suelo antes de arrodillarse ante nosotros.

Bajo un solo grito. Nuestras ropas están mojadas, estamos cubiertos de suciedad, y aun así todos ellos se inclinan solo por llevar unas coronas.

Dejo caer el peso de mi cuerpo de forma sutil sobre las rodillas al ver como los drakorios y serteras se han formado a la derecha.

No puedo evitar resoplar aliviado al ver el fénix de obsidiana que Baron mencionó, posado sobre una roca.

Está expectante ante los rugidos a lo lejos.

Las gárgolas se han colocado entre las bestias.

Todos tienen mirada brillante, ojos azules y marrones que jamás aprecié.

El chillido de un ejército volador de fénixes retumba sobre los susurros del bosque. Ebhan, Mim, Lugh… Todos.

—Brenshire está preparado, vuestros ejércitos esperan las órdenes —Amatara camina hasta el bulto terroso en el que nos encontramos.

—¡Azohr! —Ebhan clama desde Ciea. Descienden—. Y atravesaron la muralla de Brenshire.

—¿Dónde están Efaris y Shaqia? —empuño la espada apenas lo escucho.

—Luchan. Necesitan ayuda —confiesa Ebhan con las cejas arqueadas por la angustia.

Elevo la mirada hacia los graznidos de Hai. De Riexor. Eladriel guarda las alas solo para escalar por las plumas como una auténtica bruja haría. Me arranca mil sonrisas de orgullo su falta de miedo.

Sujeto las riendas de Hai. Tiro de ellas para que ascienda. Desde el aire puedo ver ejércitos de tierra de magia verde, blanca y negra. Los ejércitos se han desplegado y han formado los colores de una bandera frente a las puertas del castillo. Su valentía cubre el puente.

—¡Drakorios! —anuncia Eladriel—. ¡Buscad la necrópolis. Protegedla de los muertos de capa azul!

Sus patas se sacuden bajo gruñidos de sumisión. Sus cuellos levantados acatan la orden.

—¡Serteras! —Eladriel ladea el cuello al otro lado—. ¡Manteneos cerca del árbol e impedid que se acerquen a la entrada de Xharum!

—¿De dónde? —Mim arruga la nariz confundido. Observa a los animales levantar el polvo—. ¿Dónde habéis estado?

Observa nuestras ropas llenas de agua hasta casi la cadera.

—No hay tiempo —interviene Fiena sobre su fénix—. Los ejércitos de Ylros también han venido.

Aullidos de lobo acompañan a los aleteos de los fénixes.

Dirijo la mirada hacia Lugh de inmediato.

Él ha ladeado la cabeza cuando ha percibido el sonido convencido de que encontraría a la princesa y su guardia.

Y no se equivoca… Aranel aparece a lomos de un lobo entre los soldados de la diosa oscura.

—Quiero luchar con vosotros —manifiesta la princesa a pesar de que solo contempla a Lugh en las alturas.