39. El reino de los susurros. #6
—¿Si acepto…? —entrecierro los ojos. Alzo la mirada a Baron para no escuchar su voz—. ¿Aseguras que este será nuestro destino?
—Encontraréis dolor y muerte hasta conseguirlo —el elfo frunce los labios con pesar—. Pero mi reino os traerá la fuerza y seguridad que necesitáis.
—Aun podemos encontrar un lugar en el que no tengamos que tomar un trono —junto a su tacto, por primera vez siento su promesa una realidad.
Aunque no puedo negar que es un sueño. La consciencia de su piel me hace recordar que no puedo arrebatarle esa esencia tan suya.
Sé que no desea esa corona, pero es una princesa que no necesita llevar una para liderar.
Endurezco la mandíbula al comprender que no puedo hacerla huir por la eternidad.
Que se enfrentará a los dioses en algún momento sin la ayuda del rey elfo y los ejércitos que nos ha ofrecido.
No quiero negarle una vida, la felicidad, solo porque yo no desee lucir una corona ni verme sobre un trono.
El mandato no está entre sus anhelos, pero mi compañía no será suficiente para ella.
—Dijiste que Brenshire era algo más que un castillo por el que luchar —inclino la cabeza hacia un lado de forma sutil para entregarme a la princesa—. Quiero saber qué es para ti.
—Eres tú —confiesa Eladriel sin esperar ni un segundo—. Te encontré allí todas las veces que te necesité, sus muros fueron el refugio de nuestra noche de bodas…
—Entonces prepárate para ser reina —le dedico una reverencia al elfo como respuesta a su propuesta—. Y para luchar.
Baron eleva el brazo para chasquear los dedos.
Sahán se acerca. El rey recoge la corona del baúl mientras su cejas me llaman en un discreto zarandeo.
Hundo la rodilla en el suelo al llegar ante él y la corona elevada.
Bajo la mirada al sentir como la madera de las ramas que la conforman apenas se posa.
Escucho los pasos de la princesa cuando el elfo ya ha dado media vuelta para tomar la otra.
Qué hermosa. Sus ramas son finas y claras.
No tiene zafiros azules ni diamantes, solo perlas, rubíes y esmeraldas de color verde.
Tampoco la refinada flor de lis, pero sí fénixes que escupen fuego y las llamas escalan por toda la estructura.
Como si fuera su propio hogar. Se coloca a mi altura con las manos enlazadas a la altura del abdomen.
Siento en su silencio gratificación y orgullo a pesar de que el silencio solo la hizo sonreír.
Baron le coloca la corona y es aún más hermosa de lo que yo jamás imaginé verla.
Las piedras preciosas del emblema de su soberanía se llenan de luz. Las del mío.
—La magia del ejército y del árbol está en vuestras manos —Baron toma su bastón con más energía que nunca—. La guerra ya ha dado comienzo en Brenshire.
—¿Del árbol de los susurros? —la suspicacia de la princesa le eleva las pupilas antes de que Baron haya terminado sus movimientos.
—Ahora es el acceso a este lugar —la frente de Baron de estira en un gesto de sabiduría.
—Debemos marcharnos ya —desdoblo la rodilla tras un impulso.
—Observad con inteligencia —el rey elfo estira los párpados sobre Eladriel—. Confío en que la poseéis.
—Rey Baron… —la princesa titubea.
Su mirada se mece entre la del elfo y mi mano.
—Mi señora —Baron le dedica una reverencia.
Rodeo el brazo de Eladriel para tirar de ella hacia la salida mientras Sahán se deshace en pleitesía.
Tomo la salida que utilizaron esas bestias para salir como única referencia, me guío por las antorchas que alumbraban la estancia en la que nos encontrábamos.
La negrura nos acoge como a la entrada. Y, de la misma forma, la princesa forma una llamarada resplandeciente y se apresura a tomar el primer lugar para alumbrar con eficacia.
Después de haber recorrido varios pasillos, todavía estamos sumidos entre las sombras del lugar y las luces de la princesa. Ni siquiera sé si elegí el camino correcto.
—Detente —Eladriel deja de caminar.
Apenas le doy más importancia a lo que pide, pero esa forma sospechosa en la que abarca el espacio con la mirada…
Me pierdo en la forma en la que su dedo índice me pide que haga silencio.
Camina con sigilo hacia la pared, aguza el oído.
Apoya la mano con cuidado de no molestar a la arena que descansa en ella y hacer su cuerpo.
Un arco súbito de sorpresa se dibuja en mi rostro al verla.
—¿Qué haces, princesa? —guardo una sonrisa entre los dientes.
—¿Escuchas? —susurra Eladriel.
—¿El qué? —llevo la mano al pecho mientras tomo aliento.
—La tierra —cierra los ojos—. Cruje desde hace minutos.
—Deben ser Ebhan y los ejércitos —doy un par de pasos hacia ella—. Tenemos que salir de aquí antes de que sea demasiado tarde.
—No es eso. Yo sé que no es eso —un velo de incertidumbre recubre su rostro—. Parece que quiere hablar.
—¿La tierra? —me cruzo de brazos. Arrugo el entrecejo—. ¿Y qué crees que quiere decirnos?
—¿Te burlas? —la princesa tuerce el cuello con mirada afilada. Arquea una ceja.
—Nunca —esbozo media sonrisa.
—Puede que no regresemos, Azohr —aparta la mirada hacia el muro con tristeza—. ¿Y si es una advertencia?
Mis brazos caen despacio al verla. No puedo borrar la sonrisa ante ella y convertirla en una línea recta y sin sentido.
No hasta tenerla entre mis brazos. De lo contrario parecerá una despedida y no podrá calmar nada de que siente.
Rodeo su cintura para besarla. Dejo a la prisa por salir partir junto al miedo, con ellos no puedo detener ejércitos de magia pura ni corazones imponentes.
La yema de sus dedos se desliza por mi brazo, mi mejilla.
La débil llamarada que sostiene con su otra mano se desvanece entre besos cuando la princesa la deja caer sobre el muro.
El pulso de la tierra nos golpea con vehemencia.
Se cuela entre nuestros labios y provoca una chispa que llena de fuego la negra arena del muro.
Aparto a la princesa de un impulso. Nos cubrimos la cabeza cuando la bóveda comienza a escupir pequeños trozos de roca deseosa por asediarnos.
Ambos hemos visto lo que acaba de suceder, incluso si no podemos describir al detalle qué ha sido esa ráfaga clara de luz.
Estrecho los ojos al verla desaparecer. Un amplio agujero repleto de raíces y gusanos ocupa el lugar donde los colores hirvientes se mezclaron con las tinieblas.
—¿Pero qué…? —la incertidumbre hace vacilar a la princesa.
Sobre su mano vuelve a resplandecer el fuego de la luz. La acerca con cuidado.
—Solo pude ver como la oscuridad se iluminaba tras el fuego —me acerco a la pared con cautela.
—Consiguió abrir la pared —Eladriel desliza la mano por la tierra abierta.
—¿Crees que fue tu don? —tomo arena de la pared con los dedos.
—Sentí el frío de la roca en la mano antes de dejar de llamar a la luz —niega—. Pero, el fuego…
—Tocó la arena antes de que pudieras dejar de hacerlo —interrumpo su pensamiento.
A través de una mirada de silencio me resigno a aceptar que se alejará.
Que debo alejarme con ella. Me coloco a sus espaldas cuando la luz erupciona de nuevo sobre la palma de su mano, coge fuerza solo arqueando los dedos.
Se vuelve intensa. Luce tan cálida, que podría calentar a un grupo de vigías en el invierno más puro de Avka.
Eladriel toma aire. Eleva la frente cuando su garganta sube y baja al contemplar el muro. Dobla el codo con lentitud.
—No vas a hacerlo, ¿verdad? —mis ojos se tornan asustados ante la certeza que presenta en lanzarlo.
—Lo que hay aquí parece reaccionar a mi luz —confiesa sin dejar de mirar el agujero.
Mece las piernas al compás que su cuello se estira. Abro los ojos cuando sus brazos se desdoblan feroces y envían la bola de fuego contra la pared.
El aire se llena de rocas y polvo. Se expande sin control por el muro cuando las chispas ardientes tocan las partículas negras.
Me estremece el rugido que sacude la tierra.
Me eriza la piel que en un solo instante pueda percibir los detalles ocultos en las tinieblas, los tonos naranjas, rojizos y amarillos en las pupilas amarronadas de la princesa…
Mi cuello vira para asegurarme de que, la lengua de fuego que relame el brillo de sus ojos, es real.
—¡Deprisa! —exclama Eladriel cuando el fuego se acerca a través de ellos.
Antes de pestañear, antes siquiera de que pueda abrir los ojos, ya he ejecutado su orden.
Jamás vi a alguien huir tan rápido, y mi cuerpo tiene la sensación de que ninguno de los dos avanzamos.
Dedico una mirada sobre el hombro a la llama que avanza rápido entre las paredes de barro y rocas.
Confiaba en no encontrarla. Tomo el último resto de aire fresco que queda en el ambiente antes de tragar la calor de la herencia de la muerte.
No podremos correr lo suficiente para escapar.
No hay magia que pueda darle paz a nuestras piernas.
Devuelvo la vista al frente con el aliento lleno de desesperanza justo para ver como Eladriel gira en una de las galerías.
La penumbra del fondo significa que el final está tan lejos como el nuestro cerca.
Hasta que la claridad colapsa por el silencio negro.
El fuego desaparece bajo el sonido de respiraciones de cansancio.
De incertidumbre y más miedo que nunca. Encierro el aire en el pecho cuando percibo un murmullo líquido.
Bajo la mirada a pesar de que las sombras me ciegan.
El sonido del rumor del agua no solo refresca el ambiente mientras nuestras manos se encuentran, también corre entre nuestros pies.
—Intento crear luz, pero no puedo llamar a mi don —la voz de la princesa tirita.
—No hay nada al frente por un breve trecho, podemos continuar —mis nervios aprietan su mano con fuerza.
—No sabemos por dónde debemos girar para encontrar la salida —jadea.
—No podemos esperar que el agua continúe creciendo —sacudo la cabeza a los lados en busca de un punto de luz de referencia.
—¿Cómo saldremos de aquí sin luz? —su otra mano se aferra a mi brazo—. Todo aquí reacciona a mi don.
—Tú no puedes acercarte a los muros —le ordeno—. Agarra mi armadura con una mano y usa la otra para la daga —tiro de ella para atraerla a mí—. ¿Me oyes?
—Sí —afirma todavía con tono oscilante.
—No importa si no ves, si tienes dudas atacas —carraspeo. —Tú eres lo más importante.
Escucho el sonido del metal de la daga abandonando el hueco entre el cuero y la camisa de Eladriel.
La cuerda que asegura mi armadura está tirante.