39. El reino de los susurros. #5
Me muerdo el labio inferior. Aunque desearía arrancarle esa dichosa vara de las manos, acepto sin oponer resistencia. No sin antes tomar aire por si fuera necesario tomar otra decisión a última hora. El suelo suelto y fino es más fresco que la sangre que corre por mis venas.
—Ahora vos, princesa —Baron levanta la punta del cetro hasta apuntar a su abdomen.
Eladriel desliza la mirada hacia mi mano antes de ceder y arrodillarse a mi lado. Posa su mano sobre la mía. No sabe cuánto agradezco que utilice el momento para acariciarla despacio solo por sacarme una sonrisa.
El rey elfo asiente por cada paso que retrocede.
—¿Por qué te alejas? —la princesa aleja la mano al estirar la espalda—. ¿Acaso es peligroso?
—Solo lo es para los enemigos de la superficie —Baron tensa los labios—. Pero debes mantener la mano junto a la del joven.
El aliento de la princesa se llena de dudas y aun así, su mano vuelve sobre la mía.
Cuento los segundos. Nada ha sucedido durante los primeros diez cuando me entrego a la mirada de la princesa.
Ella siempre busca detalles ocultos y sus ojos se vuelven más grandes que su sonrisa.
No podría descifrar si está asustada o desbordada.
Pero su hombro me parece un lugar tan hermoso en el que dejarle un beso ahora que el tiempo me permite admirarla…
Justo cuando mis labios se unen con su clavícula, el suelo tiembla. Desdoblo la rodillas apenas lo siento para ponerme en pie.
—¡No! —Baron alza el puño desde la lejanía—. ¡Debéis permanecer ahí!
—¿Quieres que caigamos en el abismo si la tierra se abre como en la superficie? —grita Eladriel.
—No sucederá, confiad en mi palabra —el rey elfo deja caer los brazos como gesto de súplica—. Yo os traje a mi secreto.
Nuestro miedo debe despertar la furia del suelo, porque se sacude con más fuerza después de ver que intentábamos huir de ella.
—No sé si esto funcionará, pero… —Eladriel alza la voz sobre el bramido de la tierra con incertidumbre y anhelo—. Confío en que elegir venir hasta aquí servirá.
—Sólo con que hayas fruncido el ceño… —río.
Algo duro roza la punta de mis dedos bajo la suavidad de la arena.
Mis dedos se curvan. Entrecierro los ojos horrorizado.
Podría pensar que el suelo se compacta para elevar mi mano sin que mi fuerza sea suficiente para impedirlo.
Entonces la princesa arruga el entrecejo justo de esa forma que no me agrada.
Los granos de ese polvo carbonizado se deslizan suaves alrededor de nuestras manos.
Las empuja un suspiro caliente. Una boca abismal de dragón emerge de forma serena.
Sus pupilas azules y marrones se detienen sobres las mías, las de la princesa.
Sus garras de clavan en el suelo y lo obligan a levantarse.
El bufido de la nariz de cuela entre nuestros dedos, nos invita a retroceder.
Ella no parece tener intenciones de dejar de sentir el tacto de su hocico, y yo solo deseo estar a su lado.
La arena negra se compactó para formar un cuerpo de saurio robusto.
La luz recorre sus escamas al abandonar su escondite.
—Este es el ejército de Xharum —Baron contempla el suelo después de que esta criatura inicia la marcha.
Tras él, otros deseaban manifestarse. Las serpientes de reinos desconocidos dejan atrás las paredes, se transforman en bestias que nunca habrían soñado tener ese tamaño. Toman a prisa los huecos entre columnas para encontrar la libertad.
—¿Qué clase de animales son? —me pierdo en la carrera de esas criaturas—. ¿De qué reino proceden?
—Fueron creados por mi amada Hécate —hace rato que el rey Baron ha enturbiado su mirada.
—Veo fauces de dragones, de serpientes… —Eladriel contempla la huida sin pestañear.
—Son drakorios y serteras —Baron sacude los párpados para limpiar su tristeza—. Vuestra magia es la que permitirá que nuestro ejército al fin tome venganza.
—Destrozaran todo lo de ahí fuera si permites que abandonen este lugar —doy un paso para irrumpir en su visión. Señalo la galería por donde marchan.
—No temas, príncipe —Baron sonríe. Una chispa de luz transforma el brillo de sus ojos—. Deben despertar a los hermanos que duermen sobre el castillo de magia verde.
—¿Dónde? —dejo caer el peso de los hombros hastiado.
—Las gárgolas ya descienden las torres. El fénix ha emprendido el vuelo para dirigir al ejército de alas —esa sonrisa de Baron destila más que veneno.
—¿Ellos podrán derrotar al ejército de muertos? —Eladriel aparece justo para avivarla.
—¿Cómo vamos a dirigirlos a ellos? —mi pecho se vence—. Ni siquiera podemos dirigir a nuestro fénixes.
—Porque solo responden a vuestras órdenes. Los soldados de los butkam no conocen la magia de la luz y la sombra unidos —asiente el elfo.
—No lo vi interesados en recibir instrucciones —Eladriel arruga la barbilla en un gesto pensativo.
—No aun —Baron estira el cuello inconforme—. ¡Orvúz!
Un brujo con manos sujetas al frente y más tela cubriendo su cuerpo que el los del campamento aparece. Nos dedica una pomposa reverencia.
—Mi señor —asiente el brujo con túnica abierta y camisa oscura.
—Dile a Sahán que ha llegado el momento —indica Baron entre dientes.
—Sí, su majestad —Orvúz se inclina antes de retroceder.
—¿Acaso Sahán traerá más criaturas que controlar? —pongo los ojos en blanco.
—Él traerá mi promesa —sus palabras se clavan en mis huesos.
Una bruja de cabello oscuro y largo sale de la oscuridad de la misma galería por la que Orvúz llegó.
Ellas también cambiaron. Un vestido negro la cubre por completo, lo aferra a su cintura con una tira de cuero.
Sus hombros se mantienen rígidos a pesar de que apoyado en sus brazos carga con un cofre de madera.
La tibieza de su semblante estremece. Dobla las rodillas en una reverencia al llegar ante el rey elfo.
Baron aparta la capa de un manotazo. Apoya la punta del cetro contra la madera del baúl, aparta los mechones de su rostro en un movimiento elegante.
Sus labios se unen cuando el pasador que atesora su promesa cede a sus instrucciones y se separa.
El blanco de su mirada se ha roto en un suspiro entre sus recuerdos.
—Mi más tesoro preciado —solloza Baron. Acaricia los detalles de la madera—. Aun puedo emocionarme al contemplarlo.
El bastón se desploma por el ligero vaivén del cofre.
Provoca un gran estruendo que rebota por las paredes.
Nos hace retroceder. A pesar de tocar el suelo por unos instantes, el palo alargado recuera la postura sin que Baron le preste atención.
Mientras él toma entre perlas y movimientos lentos de barbilla una corona.
—Estas coronas controlan al ejército, las tierras de bastión de oro —Baron desliza los dedos con tristeza dulce.
Quizás, entregar su legado no sea tan triste como verlo perecer para los restos. El color azul de los zafiros se refleja en sus pupilas hasta que baja la mirada.
—Ahora te pertenece —Baron estira el brazo con renuncia y más entrega que nunca.
—Tú eres el rey. Tú debes llevarla —doy un paso hacia atrás solo por declinar su ofrecimiento.
—¿Princesa? —Baron mantiene en alto la corona, pero sus ojos se inclinan hacia Eladriel.
—Yo… —Eladriel me contempla en silencio.
—La magia de los drakorios y serteras solo funcionará si ambos portáis las coronas —la advertencia de Baron se pierde en el eco.
Al contrario de lo que yo hago, Eladriel parece ignorar todo lo que el elfo dice.
Ella solo me mira. Yo aparto la vista cuando el pecho me avisa de que se hará dueña de ella, pero es demasiado tarde para convencerme.
Está demasiado cerca. Sus labios guardan un juramento.
Por un momento solo desearía que se convirtiese en alguien que no me convencerá de aceptar la muerte.
Cierro los ojos. Su mano se cuela lenta y segura por un lateral de mi cara.
Solo puedo resignarme a comprender que no puedo huir de lo que ella tiene que decir.
—Podemos irnos cuando lo desees —susurra con ojos brillantes y una sonrisa.
Mi alma se encoge frente a su voz. No esperaba que la promesa que guardaba era para mí. Mis esperanzas se agrandan incluso si suena imposible. Estaba preparado para encontrarme con una completa disertación sobre porqué aceptar las coronas y luchar por la salvación es nuestro deber.
—Princesa… —la corona en manos de Baron cae a medida que su brazo desciende.
—Yo ya tengo un trono sobre Hai —Eladriel toma mi mano—. La libertad.
—Os confundís y me desgarra —Baron toma la corona con fuerza. Se acerca.
—Esa corona nos ata a la muerte, a la guerra —la princesa endurece la respiración—. No hay posibilidades de huir.
—Huir os atará a las profundidades —Baron hace retumbar la arena de las paredes con su voz—. No podréis escapar de todos los destinos, princesa Eladriel.
—¿Hay esperanzas en alguno de esos destinos? —mi garganta se estrecha ahora que contengo el aire—. ¿Hay alguno en el que la sombra de Beliel no nos aceche?
—Solo aceptar esta corona y luchar —asiente el elfo con el labio temblequeante y la corona desplegada ante mí.
—¿Y ella? —contemplo el aro entre sus dedos a pesar de que no ansío tomarla—. ¿Ella sobrevivirá si luchamos?
—Si lucháis, estos muros se volverán testigo de mucho más que una vida —Baron agita su brazo con insistencia.
El rey voltea de forma brava. Deja la corona de nuevo en el baúl con labios torcidos por la impaciencia.
Sujeta el cetro con fuerza, dirige el pomo hacia la arena que dio vida al ejército de drakorios.
Las pequeñas motas oscuras que la conforman se balancean suspendidas en el aire como si el viento las llamase.
Se transforma en un pequeño torbellino. Entre pasos de baile, forman la figura de un niño apenas nacido que estira los brazos en llanto…
—Por mi honor aseguro que no hay magia oscura en esta profecía —Baron sonríe cuando la arena cae—. Un príncipe heredero llegará si aceptáis vencer a vuestros enemigos.
A pesar de que esa figura se ha desvanecido frente a mí, no puede irse de mi mente. Yo sí deseo ese destino.
—Debes escuchar mis advertencias. No encuentro beneficio si dejo que hoy predáis la cabeza —el rey elfo consigue tensarme el aliento—. Esta batalla no es mi causa, me interesa que vuestro corazón palpite para cumplir mi propósito.
—Yo sé que no deseas esa corona, Azohr —musita la princesa—. Debes saber que yo tampoco la deseo.