Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 39. El reino de los susurros. #4
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39. El reino de los susurros. #4

El arma y la armadura ligera se sienten como si fueran plúmbeas en la corta distancia que nos queda.

Cuando el calor me hace soñar con cerveza fría de la montaña.

Un ruido seco me saca de esos sueños mientras humedezco los labios.

El polvo carbonizado se desprende de una de las paredes hasta conformar un soldado preparado para atacar si es preciso.

—Traigo a los invitados de Baron —desvela Ijeim con tono solemne.

—Mi señor —se inclina el guardia antes de abrazar el tirador con los dedos.

Contemplo la puerta según la hoja se abre.

Su envergadura permitiría a un fénix acceder si necesidad de encoger sus patas.

Los pilares de los marcos nacen de la tierra para sostener la pared con fuerza.

Reconozco algunas de las palabras grabadas alrededor del marco plateado y brillante, frío.

Solo puedo leer “aquí vence justicia”, pero, no comprendo las que están en elfario.

Nada más adorna este espacio salvo un alrededor discreto.

Sin antorchas ni decoraciones ostentosas.

—¿Bajo qué parte de Brenshire nos encontramos? —elevo la vista hacia la bóveda pétrea.

—Cerca de la tierra que se amiga con el mar —confiesa Ijeim.

—Es imposible —dejo caer la mirada con urgencia sobre él—. Hemos tardado un soplo de tiempo en llegar aquí.

La hoja se separa por completa cuando el guardia abandona la sala. Nos dedica una reverencia tras abordar el espacio que había dejado vacío.

—Mi señor os espera —el brujo pierde la mirada en el protocolo.

Ijeim asiente antes de cruzar la puerta, pero la princesa ni siquiera ha intentado dar un paso. Contempla a esa criatura que guarda la puerta. Arqueo las cejas en espera de su respuesta hasta que señala el interior con un golpe de pupila.

El baile colorido del fuego de las antorchas se refleja en el suelo de mármol grisáceo para avisar sus venas negras y doradas.

Caminamos entre columnas de piedra con frisos ornamentales de oro.

Ladeo el cuello hacia los motivos florales con hojas de acanto y racimos de color dorado que están grabados en ellas a modo de adorno.

Los arabescos se entrelazan entre sí. Sigo las vigas de metal que atraviesan las paredes, el pan de oro de cerca.

Nunca vi tanto de ese metal con brillo áureo.

La claridad se hace evidente bajo los tres candelabros lujosos que cuelgan del techo de piedra. Todas sus velas destellan.

—Me complace deciros que os esperaba —Baron sonríe a un lado de la sala.

Volteo hacia el lugar del que emana la voz.

El rey elfo sujeta un cetro fino con una gema ovalada y con caras pulidas a la perfección.

Como si el mejor de los enanos orfebres la hubiera puesto ahí con cuidado.

Luce ropa distinta. Sus vestiduras se han vuelto tan elegantes como su bastón de mando, propias de un rey de verdad.

Esa larga capa tan oscurecida como su media melena se hace una con el suelo.

Su reflejo en el suelo lo vuelve lóbrego.

—Seáis bienvenidos al castillo que gobierna vuestro nuevo hogar —Baron golpea el cetro mientras camina sonriente.

—Aún no hemos cumplido con tus deseos —arqueo una ceja por el bonito lugar—. ¿No será demasiado pronto para lanzar tales afirmaciones?

—Empezaremos por este lugar, príncipe Bradosck —Baron eleva su comisura izquierda.

—Estamos aquí como deseabas —elevo la barbilla. Afilo la mirada al encontrarme con él de cerca.

—No sabéis cuánto os lo agradezco —asiente—. Tendremos una breve conversación sobre cómo lograr nuestros objetivos.

Baron suspira de alivio al apoyar la punta de su bastón de forma definitiva.

—Después podrás disfrutar del amor de tu princesa aquí, en mi oscuridad —el rey elfo sacude la capa para que adorne su postura.

—¿En la oscuridad? —me cruzo de brazos fascinado por su comportamiento.

—Aquí, las sombras que acechan la vida de la princesa no pueden acceder. No hay temores —apoya la mano sobre mi hombro. Señala la puerta con el mentón—. Quiénes conocemos el acceso siempre os protegeremos.

—¿No os parece cruel alimentar sus ilusiones con medias verdades? —Eladriel da un paso a un lado para colocarse frente a él—. Establecí una sola condición para aceptar tu propuesta, pero aún no me has dado tu respuesta.

—Mi querida Ilas aseguró que se trata de una idea de la que ambos podemos sacar provecho —Baron apoya las manos sobre la empuñadura del cetro—. Yo consigo soldados que luchen por mi causa, y tú, a quiénes deseas mantener cerca.

—Traernos aquí no era necesario para pactar —Eladriel tuerce los labios con recelo.

—Quería mostraros lo que hay tras esa batalla que os acecha —Baron gira sobre sí contemplando el lugar—. ¿No es maravilloso? —sonríe.

—¿Crees que me lograrás engañarme con un futuro hecho con magia? —arrugo la frente con ira—. ¿Has visto por tu espejo lo que hay ahí arriba?

—Hace años que lo veo —confiesa el rey elfo con la expresión contenida.

—¿Te revelaron esos sueños como acabar con miles de soldados muertos? —bramo sin poder reprimir la cólera—. Lo único que yo sé sobre eso es que nuestras magias y no dones no serán suficiente para derrotarlos.

—Joven Bradosck, no os perdáis en minucias —Baron curva una ceja.

Esa calma con la que me habla logra impacientarme todavía más.

—No podremos volver aquí después de salir —rompo la distancia entre nuestros cuerpos—. Di algo convincente para que dejarte vivir sea la opción correcta.

—Tu magia y su don pertenecen a este reino, y un pueblo siempre responde a su señor —Baron señala con la punta del cetro una estancia al fondo—. Por aquí.

—Postergaremos la visita por el resto del castillo, mi señor —estiro las fosas nasales.

—No tengo prisa por mostraros Xharum, príncipe —Baron muestra los dientes por una amplia sonrisa—. Os estaré esperando junto al trono cuando todo haya terminado.

—Dinos eso que necesitas para que podamos volver —Eladriel posa su mano sobre el brazo de Baron—. Debemos volver a por los que queremos y siguen fuera. Ellos esperan que protejamos Brenshire.

—Eso estamos haciendo, querida princesa rebelde —el elfo golpea el suelo con la vara en cada uno de sus pasos.

Camina por el salón, entre las columnas. Desaparece en un instante mientras la princesa y yo aguzamos el oído al eco de sus pasos para seguirlo.

No deja de asombrarme este lugar. Esos tronos de piedra engastados en la pared con cojines de color granate en el asiento deben ser los que mencionaba Baron.

Entrecierro los ojos ante los detalles del espejo ovalado en medio de ambos, tiene la misma decoración que ese que Serk nos mostró en el campamento.

El solio elevado sobre escalones de sillar desgastados por el tiempo, candelabros del mismo lujo que el resto de los rincones…

Entiendo que no fueron elegidos solo para que alumbren el camino al trono, son demasiado bonitos y finos.

Al otro lado, las escaleras son tan imperiales como las de cualquiera de nuestros castillos o a palacios. Aunque en el fastuoso reino del rey Eliot hay pasamanos ornamentados con oro ni peldaños revestidos de manera perfecta. La alfombra no posee ni una mota de polvo.

—Nunca vi unas cráteras tan bellas —Eladriel sonríe.

Contempla las enormes vasijas colocadas en bases de piedra frente a alguna de las columnas.

—¿No te sorprende que todo en este lugar sea de oro? —dejo escapar la voz entre los dientes al contemplar el contenido de esas cráteras—. Hasta las monedas de ellas son doradas.

—Me resulta mucho más curioso que alguien que no tiene relación con ninguna otra criatura, desee imponer su riqueza como ellos —Eladriel admira el alrededor.

—¿Crees que será cierto eso de que será nuestro? —trago saliva—. No hablo del trono, sino del silencio de este lugar.

—Es un buen lugar al que huir —se encoge de hombros con una sonrisa—. No es fácil de encontrar.

—Si todo sale tal y como ese elfo ha asegurado… —busco su mirada entre sus ansias de curiosidad—, ¿aceptarías venir aquí por un tiempo?

—Si todo sale como el rey elfo asegura, te entregaré el trono de Xharum, príncipe Bradosck —sonríe con seguridad.

—¿Lo harías? —elevo las cejas.

—¿Entregarte el trono? —ríe con burla.

—¿Vendrías aquí? —insisto.

—Lo deseo tanto como tú —a pesar de que las comisuras de sus ojos se estiran burlonas, su mirada parece honesta.

Baron recorre galerías de tierra engalanadas hasta el llegar al final de una de ellas.

Desemboca en una estancia tan amplia como la del trono, pero vacía por completo.

Demasiado humilde para estar dentro de un castillo.

Las rocas de los muros están llenas de pinturas.

Fauces de serpiente, cuello de cobra y un par de cuernos curvados y puntiagudos.

Dos colas con puntas metalizadas… Cualquiera podría confundirlas con el venenoso aguijón de un escorpión, aunque, también recuerda al filo de una daga.

Su cuerpo resultaría bestial para el ataque, sin embargo, ninguna de las serpientes que vi en Avka poseía patas robustas provistas de garras doradas.

Ni esa mirada tan amenazante a pesar de estar sin vida.

Baron nos señala el punto exacto en el que detenernos sobre la arena suelta bajo esas paredes. Es tan negra, que la punta de mis botas se camufla entre las motas sin esfuerzo.

—Os presento al ejército de Xharum —Baron se entrega a la alegría.

Estira los hombros mientras se llena el pecho del aire de este lugar.

—¿Ejército? —contengo los labios entre los dientes antes de proferir alguna ofensa—. ¿Una estancia llena de rocas y arena?

—Y magia —Baron golpea el suelo con su cetro.

Se acerca con gesto orgulloso y barbilla arrugada por la emoción.

Sus pasos sobre la arena suenan como el tiempo quebrándose.

Estira las comisuras cuando ocupamos su campo de visión, ladea la capa con suavidad para que la punta de su vara pueda reposar sobre el suelo.

La autoridad con la que nos mira es la que tendría cualquier rey.

—Une tus manos con la arena —me ordena Baron. Ni siquiera pestañea.

—¿Qué? —admito que su indicación me ha sorprendido tanto, que no puedo moverme.

—Arrodíllate y deja descansar tus manos —el rey elfo golpea mis rodillas con el bastón.