39. El reino de los susurros. #3
—¿Cómo os librasteis de la muerte si os impusisteis al dios Azabel? —me humedezco los labios preso de su romance.
—Una vez más, mi padre se reveló contra su hermano —el pesar quiebra el rostro de la diosa una vez más—. Pero pagó por ello.
—Solo permitió al rey Selim permanecer en las profundidades —asiente Ijeim.
—¿Mató a tus hermanos? —los labios de Eladriel se separan. Su ceño se llena de tormenta.
—Apresó a todos —confiesa Amatara—. Aún están en su poder.
—¿Por qué? —alzo el hombro. Me arrepiento apenas lanzo la pregunta.
—El poder. El dios del cielo está convencido de que crearíamos un poder más grande que el suyo —las emociones de esa diosa parecen un reflejo de las mías—. Uno que él no pueda dominar.
—No hizo falta dos razas para crearlo —Eladriel arruga la nariz—. Él mismo le dio el poder.
—Por eso la reina de magia negra fue ejecutada. La mataron y condenaron a todos los brujos cuyo poder proviene de la magia de mi padre en esa fortaleza —Amatara anima a la curva de sus labios—. Por eso estoy aquí.
—¿Esa es la verdad? —la voz de la diosa se convierte en un hilo que mis pensamientos recogen—. ¿Por eso fueron condenados?
—El don de temor a los dioses de los elfos impidió que Baron se enfrentase a ellos, pero Hécate… —Amatara contine la historia por un segundo entre los labios—. La bruja no soportó ver como la espada se alzaba para ejecutarlo y no dudó en lanzar hechizos de magia oscura contra los dioses de Órianth.
—Ninguno de ellos fue herido, pero los dones de los dioses no respondían con eficacia a ese poder —Ijeim me clava la mirada. Como si sus palabras fueran dirigidas hacia mí—. Entonces ella se creyó poderosa.
—Condenaron a la magia negra antes de ejecutar a la bruja, la vieron demasiado peligrosa —la diosa también me convierte en el centro de su discurso.
—Se deja llevar por algo más profundo que sostener las decisiones de los creadores —el hada alza las cejas con firmeza—. Se guía por las emociones.
—Todos aquellos que nacieran con esa magia debían ser apartados del resto y custodiados para impedir que el caos tomara Órianth —Amatara separa los labios para dejar escapar una carcajada—. Ya no habría un poder más grande que el suyo.
—Hasta ahora, querida mía —sonríe Ijeim.
—Debo darte la razón, querido —la diosa suspira de forma ambiciosa.
Me recorre con la mirada sin prisas, deteniéndose en sus propios pensamientos mientras.
—Mi padre te cedió la inmortalidad porque tu magia oscura es tan poderosa como la de Hécate —revela la diosa como elemento esclarecedor. Mueve las pupilas hacia la princesa—. Como la luz que recibió Eladriel al nacer.
—A menos que esa magia que mencionas pueda derrotar a los soldados que intentan acceder a la necrópolis, me temo que nosotros tampoco podremos cumplir el deseo de vuestro padre —mi sonrisa se dibuja incómoda.
Hace soles que convivo con el deseo de sentir lo contrario y que mi voluntad no se encoja ante el peligro.
—Por desgracia, vuestro poder no es suficiente para terminar con ellos —Ijeim sella los labios. Se arrugan como si fuese una sentencia firme.
—Sim embargo… —Amatara se aclara la garganta—, ni Baron ni yo estamos dispuestos a dejar Brenshire sin asegurarnos de que sobrevivís a esta guerra.
—¿Baron está aquí? —lanzo las pupilas a todos los rincones de Brenshire.
—Es imposible… —titubea la princesa—. Es decir… —baja la mirada—. Se quedó con Serk e Ilas en el campamento cuando nosotros montamos en los fénixes.
—Él solo abandonó su reino para el encuentro —la diosa inclina la frente hacia delante de forma sabia—. Y solo él conoce el camino por el que se accede a ese lugar que ahora es vuestro.
—Pero hay miles de fénixes sobre los cielos de Néferien —las manos de la princesa caen por el prodigio—. Lo hubieran detenido.
—El camino está dentro de la tierra —Amatara dobla el brazo y le ofrece la mano a Ijeim—. No solo lleva al campamento, desde ese castillo se puede acceder a cualquier reino.
—Nos confió el lugar al que debíamos guiaros —Ijeim acepta la mano de la diosa sonriente.
Ambos voltean. Dirigen la atención al bosque de los susurros.
Entiendo por la forma en la que la princesa envuelve mi abdomen, que desea seguir sus instrucciones.
Hai sacude el cuello. Señala a las alturas cuando la diosa y el hada despliegan sus alas, se lanzan al vacío mientras el ejército prende la marcha tras ellos.
Salvo los soldados que portan el mandoble.
Desde este lado del castillo se puede observar el bosque de los susurros con facilidad.
Sé que es su objetivo, pero ellos parecen saber el lugar en el que se encuentra el árbol de los conjuros.
No buscan entre claros ni frutos. Es como si se sintiesen atraídos por ese tronco en concreto.
No hay otra forma de explicar que caminen con tanta soltura por este lugar, estoy convencido de que ninguno de los reyes y príncipes de este reino vieron a la diosa por ninguna parte antaño. No se mencionó nada sobre ella.
Ordeno a Hai que descienda inclinándome sobre su oído cuando la formación cesa sus pasos frente al árbol.
Detiene el aleteo justo a un lado del punto en el que Amatara e Ijeim se encuentran.
Toco tierra mientras ellos analizan la copa frondosa de cuyos verdes están oscurecidos custodiados por su ejército.
Extiendo la mano para ofrecerle mi ayuda a la princesa. Ella sonríe y ya nada parece tan malo.
—Disfrutas de ver como mi ceño se arruga, príncipe de Émaxor… —Eladriel acepta. Esboza media sonrisa.
—Tal vez, princesa —alzo la comisura izquierda—. En algunas ocasiones.
—Si supieras lo que cruza por mi mente, no te atreverías a mostrar esa sonrisa burlona —me contempla con una mirada pícara.
—Hay ocasiones en las que se arruga porque no te gusta lo que sucede, como ahora —me acerco a su espalda para poder susurrar—. Otras, porque te encanta.
—Te equivocas —me dedica una mirada por encima del hombro.
—Estoy deseando saber en qué —me muerdo el labio inferior para no dejar que se me escape la risa.
—Detesto que me ofrezcas la mano para bajar de Hai, pero siempre frunciré el ceño al sentir el tacto de tu piel sobre la mía —carraspea antes de estirar las comisuras—. Como ahora.
—Entonces ya sabes por qué te ofrezco la mano —le confieso en bajo sin apartar la mirada de la diosa—. Siempre será un buen momento para verlo.
Amatara inspecciona la corteza rugosa del tronco.
Agudiza la vista ahora que está cerca como si eso le fuese a permitir atravesar el grosor de la madera para contemplar el interior.
Eladriel le dedica una reverencia. Me inclino ante ellos.
Amatara se gira según sus labios dibujan una moca de poca importancia.
—¿Por qué venimos a este lugar? —miro el alrededor—. No hay nada que no conozca.
—Vuestro nuevo hogar está aquí —Amatara señala el árbol. La tierra.
—¿Aquí? —la princesa eleva el labio superior desorientada.
—Brenshire nunca podrá ser nuestro hogar —suspiro para guardar silencio—. No mientras los dioses tengan poder.
—Néferien es mucho más de lo que se puede ver a simple vista —sonríe Ijeim. Separa los brazos para señalar el bosque oscuro por la noche.
Eladriel me mira confusa. Yo arrugo el entrecejo.
El suelo comienza a sacudirse y la diosa solo sujeta las manos al frente con gracia.
Mantiene una compostura difícil de explicar cuando el resto sucumbimos al temblor.
Apenas mi rodilla toca el suelo, una grita recorre el tronco del árbol con una precisión que resulta hipnotizante.
El árbol se abre desde la base hasta la última de las ramas.
La tierra se desprende y arrastra hierba y la humedad marrón que la envuelve toma el aire para perfumarlo.
El color de las hojas se ha convertido en la oscura obsidiana, tan negro como la profundidad que se ha dibujado en la tierra.
Rocas caen. Erigen una escalera que se pierde en la inmensidad de las tinieblas del abismo bajo el árbol.
Algunas ramas se engastan en las paredes para recibir el fuego.
Aunque el aire corriendo a prisa sacude las llamas e impide que el camino se muestre con facilidad.
Solo sé que inicia en estas brizas de hierba que piso.
Ni la tierra de las profundidades fue capaz de sorprenderme tanto. Caminé alrededor de este árbol durante guardias sin sospechar que esto se escondía bajo él.
—Os entrego el reino de Xharum —Amatara señala la escalera con una sonrisa abierta—. De magia rota y fuego negado.
—Amatara se mantendrá en guardia junto al ejército hasta que regreséis —Ijeim camina hasta colocarse en la entrada.
—Hay un ejército de muertos en camino —Eladriel da un paso al frente con las manos abiertas por su propuesta—. No tenemos tiempo para visitar reinos.
—Vamos a por vuestro ejército, princesa —Ijeim dirige la vista al abismo al tomar el primer escalón.
Él solo continúa. Susurra para pedirnos que guardemos silencio y solo sigamos sus pasos.
Solo ha bajado algunos escalones cuando ella se presta a aceptar sus indicaciones.
La claridad de la luna facilita el descenso al principio, pero, cuando la claridad blanquecina deja de rodearnos, avanzar es caminar a ciegas.
El ambiente se vuelve denso. Aunque no es incómodo como las sombras de la magia negra tomando aire de tu respiración.
Un destello amarillento brota en el rabillo de mi ojo.
Eladriel utiliza una de sus llamas de luz para iluminar más allá de nuestras sombras, apunta al frente en un movimiento firme.
Esperaba encontrar túneles en el interior.
Al menos, este túnel es amplio y holgado, y no posee ese olor desagradable del aliento de la tierra para estar bajo ella.
Me sorprende. El barro se ha desprendido del marrón para tornarse negro.
Cae como la arena fina de los muros de cualquier castillo en la superficie.
Sin embargo, cuando toca el suelo, el sonido no es nada parecido…
Es tan mudo como una nube. Ijeim parece cerca.
Sortea con exactitud las curvas en la oscuridad, no parece propio de alguien que nunca estuvo aquí.
Una luz clara brota a la derecha de un tramo de galerías más finas como fin del paso subterráneo.
Aquí el aire todavía es más escaso. La temperatura es más alta que la de la superficie, quizás por eso respire con tanta dificultad…