39. El reino de los susurros. #2
La princesa se aferra a mi abdomen al verme estirar las riendas de Hai para retomar el vuelo. Se mezclan los sonidos de los fénixes al tomar cada uno su camino. Se vuelven estridentes por la amarga despedida.
Las vistas a la capital del reino se han vuelto anaranjadas.
De un negro opaco y muerto que asustaría al mismísimo Beliel.
Una humeante nube de hollín recorre el suelo que antes lucía verdoso, deja atrás su rastro de maldad.
No el de las manos que ejecutaron las vidas, sino las de aquellos que no se conmovieron la con la visión del dios Móran abriendo la puerta de la muerte a niños y criaturas inocentes.
¿Quién podría continuar con aliento? No puedo hacerlo con calma cuando sobrevuelo estas tierras mientras ellos respiran con miedo.
Se perdió su esperanza. Dejo caer la mirada hacia la punta de los dedos de la princesa adheridas al cuero de la armadura.
Las alas de Hai se mezclan con las sombras de los restos calcinados. Recupero el aire.
Órianth arde, y siempre fue por nosotros.
—Ayúdame a escapar de la culpa, por favor —solloza Eladriel tras hundir la frente en mi espalda.
Sonrío a pesar del quebranto del orden. Por primera vez…
Sucumbo a sus órdenes con más placer que nunca antes.
Hasta Hai se ha rendido a ella y la forma en la que ha confiado en él para dejar de sufrir.
Estira el cuello y apunta al profundo abismo del cielo con el pico.
Se lanza a conquistarlo y los gritos se alejan, ya no son dañinos para el alma o la conciencia.
—Irán a ayudarlos —lo repito en voz alta para convencerme de que es cierto.
—Eso no hará que el recuerdo de su dolor deje de herirme —el tono de la princesa se revela tan afligido como esa forma en la que me abraza.
—No, pero detenernos aquí ahora no hará que dejemos de recordarlos —resoplo vencido por la realidad—. Será más doloroso.
—Sé que no es posible detenerse, solo los guardo para el momento en el que la justicia de mi destino decida actuar —su murmullo se vuelve denso.
Carsley queda atrás en poco tiempo. Hai sacude las alas sobre el camino que une la capital con el pueblo de brujos blancos.
Deslizo las pupilas sobre la formación de alma extinta.
Separo los párpados. Cada grano de tierra está atrapado entre nuevos visitantes que parecen no tener fin.
Sus armaduras no están tan impolutas como las de los soldados que custodian el bajo mundo bajo órdenes del dios de las profundidades.
El metal ha sido mordido por el tiempo en varios puntos.
La melodía de la caminata suena como si llevaran miles de año en batalla, pero los pañuelos azulados que cubren su cabeza lucen tan raídos como los que vi. Sin embargo, aquí… Hay miles de ellos.
—¿Estás viendo esto? —grazna Hai cerca de la muralla que protege Axior.
—Nunca vi algo igual —mi voz se convierte en un quejido.
—Porque no puede ser real… —el pánico destellea en Eladriel.
—Lo es —sorteo los vaivenes de las alas de Hai para contemplar la formación—. No necesitan detenerse para luchar. Han atravesado Carsley, llegarán a Axior, y todavía hay soldados cruzando la frontera de Néferien.
—¿Cómo vamos a terminar con ellos si ni siquiera sabemos cómo podemos herirlos? —la princesa se rehúsa a mantener las esperanzas, como el pueblo.
—Atacarán a los fénixes con las balistas y catapultas que arrastran —advierte Hai. Sacude el cuello para señalar su posición.
—Además, las armaduras de los brujos no están preparadas para protegerse de mazas ni espadas largas —Eladriel entorna los ojos con una maravillosa angustia sarcástica.
—Era suficiente para los que controlamos el aire —resoplo con ironías.
—¿Crees que el fuego de los fénixes sea suficiente para destruirlos? —Eladriel acaricia las plumas de Hai.
—No puedo asegurarlo —me lleno el pecho de aire—, pero nunca deseé tanto que el fuego destruyese.
Las calles de Axior aún pueden reconocerse, pero la vida de ese lugar… Las miradas de muchos de sus ciudadanos se pierden sobre Hai al vernos sobrevolar el pueblo. Como si calláramos acerca de eso que va a cambiarles la vida en un pestañeo.
El rugido de las puertas cediendo a la fuerza de la masacre se vuelve estremecedor.
Asola el pueblo. Cientos de criaturas han entregado su razón al miedo, los pies al más básico instinto…
Las calles han sido tomadas por los gritos.
Se proclaman conjuros que se lanzan a puntos perdidos.
Muchos han afinado las gargantas para desgarrarlas cuando, por salvarse, se agarraron al pánico profundo.
En Néferien, cada uno de nuestros suspiros son valiosos instantes de tregua a la muerte que no desea apiadarse de nuestras almas.
Hay calma en Berato. En Kithos. Creo que los tres hemos sucumbido a ella solo por apreciar la paz antes de que la noche se convierta en algo más oscuro que el simple sol durmiendo.
Antes de que la lujuria de lo oculto y lo secreto que ansía la luna tome el orden.
Lo que de verdad es inmortal. Y entonces se escucha un hito de resistencia.
Un baluarte ocupa las fronteras de Brenshire replegando criaturas que vociferan sin que hayan tenido que pronunciarse.
Esas armaduras del color del infierno que portan con compostura de soberanos…
Esas armas largas parecidas a los mandobles de los centinelas de Néferien apenas tocan el suelo entre sus manos.
—¿Esto es…? —la princesa mueve los labios en un titubeo.
Hai detiene el aleteo ante ellos. El aire viaja alrededor nuestra con soltura, pero al envolver a esas criaturas con rostro sombrío se vuelve opaco.
El graznido áspero de un cuervo atrae la atención del fénix.
Sus pupilas se expanden a la lejanía. Planea sobre el ejército replegado alrededor de la muralla del castillo hasta convertirse en polvo que cae como la lluvia.
Ni la magia oscura, ni siquiera vi a Gandar utilizar su poder con tanta destreza.
De esa bruma azabache emergen dos criaturas, y pecaría de insincero si no admitiese que ella es imposible de ignorar.
Su corona es tan oscura como el basalto.
Los diamantes destacan entre tanta penumbra…
Aunque el verdadero resplandor de esa mujer se encuentra en la forma en la que su acompañante la observa.
No debe envidiar el brillo de esas piedras.
—Príncipe de Émaxor —esa mujer de aspecto poderoso se dirige a mí como si nos hubiéramos visto en alguna ocasión.
—Os daría la bienvenida si os conociese —arrugo la frente.
—Traigo la respuesta a vuestro mensaje —dibuja una sonrisa.
—¿Mi mensaje? —elevo el labio superior confuso.
—El príncipe de Émaxor envió un mensaje pidiendo la ayuda de la diosa Amatara y sus ejércitos —alza la frente. Sujeta las manos al frente.
—Baron nos indicó el lugar al que debíamos llegar —confiesa ese hombre que la acompaña con una amplia sonrisa—. Aseguró que vendríais aquí.
—Te advertí que sus predicciones siempre son acertadas, querido —asiente la diosa.
—Estoy sorprendido, de hecho —esa criatura que está junto a ella nos analiza sin vergüenza.
—Aunque… —Amatara frunce el ceño—, confieso que esperaba encontrar a la princesa de las hadas a vuestro lado.
—Mi señora —Eladriel convierte su tono en el del protocolo.
—Me placer ver al fin una criatura de las tierras de Órianth que pertenece a mi familia —la diosa convierte su mirada en un pozo de nostalgia—. Eres nieta de la diosa de la luz.
—Debéis conocer la realidad con mayor detalle que yo —ríe la princesa tras un resoplido de ironía—. Mi padre no puede considerarse descendiente de Essoi, apenas le permitieron mantener la inmortalidad.
—Pero es la única criatura nacida de dioses —Amatara vuelve regio su semblante—. Para ellos, la creación de Eliot no es un acto de generosidad y equilibrio con la naturaleza, sino el fruto de un gran amor.
—¿Acaso debo pensar que están en lo cierto? —Eladriel tuerce los labios en una mueca de desaprobación—. Alguien con la naturaleza de mi padre no puede nacer de dioses buenos y justos.
—Desconozco el temperamento de Aivtor, pero recuerdo a Essoi en las profundidades junto a mi padre —Amatara abandona el protocolo en una mueca de tristeza.
—¿Por qué te alejó y te convirtió en una imagen del pasado? —una arruga domina el ceño de la princesa.
—Aivtor vivía en la isla de Ókata junto al resto de hijos del dios Azabel, pero bajó con su padre en una ocasión a las profundidades —la diosa se sostiene en su acompañante—. Ella lo vio. Sus ojos nunca dejaron de seguir sus pasos.
—¿Por qué no se lo impidieron? —Eladriel entrecierra los ojos.
—Yo se lo advertí. Le dije que padre la expulsaría del bajo mundo si se acercaba a él —Amatara baja la mirada cuando el recuerdo toma su voz—. Ella lo siguió y soltó mi mano.
—El dios padre fue más benevolente con ella que con su propio hermano… —Eladriel rueda los ojos hacia un lado con pesar.
—El lamento de mi padre por la traición de mi hermana retumbó en cada roca oscura del infierno —Amatara eleva la mirada escarlata como gesto de orgullo—, pero él jamás se atrevió a lanzarle un reproche por sus actos.
—Por el contrario —se apresura a afirmar ese hombre que abraza sus manos para calmarla—. Él decía que sabía cuánto dolía dejar ir a quién se ama con tanta intensidad.
Esa criatura la observa con un anhelo que asusta.
Ella solo esboza una sonrisa tímida. Supongo que ellos también saben qué se siente, la historia que contó Evander sobre su vida…
Ladeo la mirada con tanto cuidado hacia la princesa, que ella apenas percibe este momento.
Que puedo sentir cuánto quema lo que siento por ella.
—Azabel fue inteligente al lanzar esa proposición —continúa desvelando el hada.
—Azabel cedería a su amor si mi hermana alejaba a mi padre de su alma para siempre y dejaba atrás las profundidades —Amatara toma aire—. Aceptó sin pensar.
—Ese dios se ensañó tanto con el corazón de Beliel, que utilizó el amor para vengarse y terminar de romperlo —despacio, el hada niega.
Amatara golpea con suavidad la mano de su acompañante. Le regala una sonrisa aliada.
—Lo que ella hizo con nosotros no fue más que un cruel castigo —el hada apoya los labios sobre la piel de la mano de la diosa—. Quería destrozar el alma de mi amada.
—Porque yo no cedí —Amatara sonríe. Asiente sonriente—. No estaba dispuesta a dejar a mi padre atrás. Tampoco a Ijeim.