39. El reino de los susurros.
(Eladriel)
Ciea ruge y el aire retumba. Las sacudidas de las alas de los fénixes lo cortan amenazantes desde que abandonamos el campamento.
Fiena llegó. Reveló que la hueste del ejército de los muertos asediaba el reino.
El tiempo solo nos permitió pedir a quiénes deseasen salvar Néferien que nos acompañasen.
Por intentarlo, al menos. Los planes del rey de las hadas ya dificultaban el triunfo, pero ha elegido la caída del día para detonar la guerra…
Con eso, ha reducido la victoria a una ínfima posibilidad.
En la oscuridad, la magia no garantiza la gloria.
La princesa se aferra a sus propias manos.
Sus nervios la traicionan. Me lo negaría, pero la observo y ya ha mordido su labio por un par de ocasiones.
Arquea las cejas. La preocupación le obliga a dirigir la mirada hacia Lugh.
Lynn. Estoy convencido de que no es la idea de alcanzar la muerte lo que le asusta, pero sí le inquiera que ella nos de alcance.
Guardo silencio. Solo callo. Ebhan y Borin conversaban en un susurro a lomos de Ciea cerca de las fronteras del reino, aunque ellos también han sellado los labios.
La forma en la que Mim dirige el vuelo tras inspeccionar junto a Fiena el estado de la capital no deja indiferente a ninguno.
La llamarada que brota de la ciudad de magia blanca se vuelve viva al reflejarse en mis pupilas. Graznidos toman el cielo. Ya no es necesario que el teniente revele las trágicas noticias. El ejército de fénixes de Efaris sobrevuela la eterna caminata de muertos que destruyen nuestro hogar.
—Consiguieron adentrarse en Carsley… —Mim rueda las pupilas hacia Ebhan. Asiente—. Irán al pueblo de Axior.
—¿Cuál es la situación de la capital? —Ebhan apenas tiene fuerza en la voz.
—El castillo sigue en pie, pero la ciudad fue arrasada por completo como sucedió en Brenshire —Mim sacude la garganta—. El fuego de los fénixes calcina todo, salvo a esos muertos.
—Vayamos a Ladmir antes de que llegues, Ebhan —Borin golpea el puño contra la pierna—. No esperarán nuestra presencia.
—¿Crees que no esperan a nuestros ejércitos? —el príncipe suspira.
Su mirada cae sobre el cuello de Ciea.
—Puede que… —Eladriel calla. Hasta la respiración ha guardado silencio.
—Deseo escucharte —Ebhan alza la frente presto.
La boca del príncipe se tuerce. Ella sostiene su mirada cuando a él la paciencia ya comienza a abandonarle…
—Esperan luchar, pero… —carraspea Eladriel—. ¿Y si no hubiese ejércitos que los impidieran avanzar?
—Deberías retirarte a descansar si en verdad consideras esa barbaridad —Ebhan separa los párpados antes de fijar la mirada sobre el caos en llamas.
—No vamos a dejarlos vencer, solo reuniremos a todos los ejércitos de brujos en Brenshire —la princesa arquea las cejas sugerente.
—¿Reunir a todos en Brenshire, dices? —el semblante de Ebhan se turba en desesperanza.
—Conseguirán atravesar Carsley y llegarán a Axior sin que podamos hacer nada —Eladriel estira la comisura izquierda resignada—. Sus soldados aumentaron y aún deben pasar por Ladmir y Berato antes de llegar a esa Necrópolis.
—No podemos proteger a todos los pueblos, pero evitaremos que tomen la necrópolis si todos lo impedimos —apreso entre mis labios el temblequeo de las pupilas de Ebhan.
—Debemos retirar los ejércitos de fénixes y las infanterías brujas —Eladriel asesta una mirada autoritaria a Ebhan. A Borin, Lugh, el teniente… —. Las familias abandonarán los pueblos y huirán de Néferien.
—¿Recuerdas lo que hablamos en el bosque? —tuerzo el cuello hacia Borin apenas Eladriel calla—. Es la única forma de impedir que continúen reuniendo almas.
—Todos acudirán a Bhulkahdur —asiente el príncipe enano.
—Enviaré a algunos de mis guardias y topas aladas para que ayuden a los tuyos —elevo una ceja cómplice como agradecimiento.
—Azohr… —musita Eladriel.
Le dedico una mirada suave por encima del hombro. Su ceño está tan crispado como cuando dejamos el bosque ancestral atrás.
—¿Qué les pasará a los heridos que hay en Carsley? —la princesa observa el fuego que ha tomado la capital—. No podemos relegarlos a la muerte.
Poso la mano sobre su pierna. Solo me queda asentir a su petición, aunque… Ebhan no parece disfrutar de los susurros que compartimos.
—Enviaré sanadores a Carsley y Axior —hundo las pupilas en el rostro afilado del príncipe.
—Sabes que los sanadores son los brujos más importantes para Néferien, Azohr —el príncipe desciende el mentón con sutileza a pesar de que vi otras veces ese gesto de negativa.
—No podemos perder a ninguno antes de saber cuántos heridos habrá al terminar la guerra —Mim intercede por piedad al incómodo silencio.
—Habrá criaturas que mueran si no son atendidos ahora, seres inocentes —Eladriel vuelve su voz en la de la razón—. Son mortales.
—Estoy de acuerdo, princesa —Ebhan tensa la mandíbula—. Pero olvidas que este es mi pueblo, mi reino, y soy yo quién decreta las órdenes.
La forma en la que su tono se ha vuelto desafiante despierta esa urgente necesidad de callar la arrogancia que envuelve en una capa imponente. No parece propia de un príncipe como él.
—Sabes que no podemos hacer uso de la magia durante demasiado tiempo —el teniente me dirige una mirada urgente que luce conciliadora.
—¿Qué sucederá si no hay suficientes brujos verdes tras la guerra? —Ebhan inclina la cabeza a un lado de forma ligera—. Entonces nadie podrá ser salvado.
—¿Podrás explicarles a esos que sobrevivan por pura voluntad entre las ruinas por qué los abandonaron? —Eladriel eleva la voz por encima del príncipe.
Esa conciencia suya no permite contradichos.
—¿Les dirás que no fueron heridos en el momento que vos elegisteis correcto? —la princesa niega en un par de movimientos—. ¿O esperas que perdonen que, por un momento, sus vidas fueron menos importantes para los altos cargos que las de los soldados que deben protegerlos?
—Un grupo de veinte sanadores partirá preparado para buscar heridos y supervivientes —ordeno a Ebhan.
—Azohr… —Ebhan arrastra mi nombre como advertencia.
—Esta lucha no tendría valor si dejamos atrás esas vidas que ellos quieren arrebatar —insiste Eladriel.
—No expondré… —una arruga de molestia toma el ceño de Ebhan.
—Yo soy el líder de los mendaveris, Ebhan —corto esa expresión antes de que se profundice—. Soy el príncipe de Émaxor y acabo de ejecutar una orden.
Aseguro las riendas de Hai alrededor de las muñecas para no apartar la vista del príncipe y su intento de intimidación.
—Sareth liderará la misión, es el más habilidoso con la magia sanadora —espero que sea suficiente aclaración para dar por concluido este debate.
Él sabe que me rindo ante su autoridad. El silencio que se cuela entre nosotros puede confundirse si no se presta la debida atención. Debe comprender que solo empiezo a cumplir con sus anhelos y demuestro mi poder.
—Teniente —anuncia Ebhan antes de desviar la mirada hacia Mim—. Te encargarás de viajar a Émaxor para comprobar si fue atacada. Avisa a los brujos si no es el caso y traslada el ejército a Brenshire.
—Mi señor —Mim dobla la espalda sobre Shae.
—Yo reuniré a los ejércitos del pueblo de Kithos y Berato e iré a Brenshire —Ebhan expande el pecho mientras me convierte en el centro de sus pensamientos—. Vosotros id hacia la necrópolis.
—¿Dónde se encuentra Maren? —pregunta Eladriel.
—Debe estar en Émaxor —la expresión de Mim se ha deshace.
—Búscala, Lugh. Asegúrate de que ella y su familia se encuentren a salvo —la princesa se obliga a guardar la compostura que al teniente le falta—. Diles que la princesa les ordena abandonar Néferien de inmediato.
—Deseé no decir esto fuera de una de las clases, pero… —Ebhan chasquea la lengua resignado—. La espada puede romperse, la magia puede fallar, más el coraje es el arma más poderosa dentro de una batalla.
Sonríe como solo él podría hacerlo después de ver el fin ante nosotros.
—Y los brujos somos los más bravos —asiente el príncipe confiado.
—¿A quién le encomendaremos ahora que nos guíe ante lo que sucede? —Borin se confiesa en voz alta.
—Si ya no podemos entregarles nuestro destino a los dioses, hagámoslo a las estrellas —Fiena rompe su silencio sonriente.
—Las estrellas son demasiado hermosas para cargarlas con semejante acto —irrumpe Eladriel con una sonrisa—. Nuestro destino solo puede encomendarse a las manos correctas. A las nuestras.
—¿A las nuestras? —Mim eleva el labio superior—. No confiaría mi vida a ese incordioso hada que proteges.
—¿Esperas que los dioses te protejan mejor? —la princesa estira las comisuras. Bailan irónicas.
—La guerra no se enfrenta igual cuando el alma sabe que la guían —Fiena se acomoda en el asiento de su fénix—. ¿No estás de acuerdo?
—¿Debería? —niega Eladriel—. Escoger a quiénes forjan mi destino como guías, es tanto o más como aceptar que mi voluntad ya se inclinó ante ellos.
Eleva la punta de su adorable barbilla con una seguridad que envidiaría uno de esos soldados sin vida.
—Mi voluntad no se arrodilla ante nadie —sentencia la princesa.
—¿Ni siquiera ante los dioses? —Fiena dibuja un surco de sorpresa en la frente.
—Menos aún ante mis enemigos —Eladriel calla…
Y se hace el silencio.
El mutismo toma el viento. Puede que los fénixes continúen meciendo sus alas para sostenerse, pero es todo el rastro de sonido que hay.
Solo ella y yo hemos comprendido sus palabras.
Porqué las dice. Quizás hay criaturas que no están preparadas para aceptar que aquellos a quienes admiran nunca existieron.
Que ese es el mejor de los destinos. A pesar de que revelamos que nos enfrentaremos a ellos, nos guardamos el motivo por el que Eladriel quiso aceptar.
Es suficiente por ahora con que traten de entender que los brujos, una vez más, sean los que partan hacia las profundidades en nombre de la justicia. Puede que sea suficiente por siempre.
—Que nuestras manos nos guíen en esta batalla para hacernos vencedores —decreto tras aclararme el nudo de la garganta.
—¡Por las manos que blanden espadas! —Ebhan levanta el puño—. Esas que solo se doblegan ante el corazón.