Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 38. El rey del campamento. #7
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38. El rey del campamento. #7

—No, princesa —el rey elfo sonríe de forma tensa—. Los elfos solo revelaron lo que yo quise que revelaran.

—¿Tú? —hundo la punta con ligereza sobre la garganta de Serk.

—Yo envié los documentos con la información del fallo de la convergencia al reino elfo —Baron titubea. Las comisuras de sus labios oscilan y espero que no sea por la duda.

—¿Por qué? —respiro con cautela por no avivar la rabia—. ¿Por qué deseabas ver a los reinos en guerra?

Yo estoy más interesada en salvar la vida de este brujo que ese que ha sido su rey por años.

—Mi único objetivo era mostraros el camino hasta mí —Baron inclina la frente hacia un lado. De forma ligera, cauta—. Las criaturas de Órianth no bajan a las profundidades del bosque ancestral si no es necesario.

—¿Acaso crees que eso os librará de mí? —río—. ¿Dónde enviaste a los príncipes y los protegidos de la misión del solium?

—Están protegidos, princesa —el rey elfo cierra los dedos. Aparta las manos.

—Si los traes ante mí, negociaré con los dioses nuestra salvación a cambio de revelar el maldito agujero donde os escondéis —aparto a prisa la daga del cuello del brujo.

El brujo cubierto con pieles que vigilaba la entrada accede apresurado con el arco encordado en la mano y el rostro desencajado. Qué oportuno…

—¡Vienen arpías de los vientos! —el brujo rompe el aire con la voz.

—No te separes de mi —me ordena Azohr mientras su mano me atrae hacia su espalda—. Y ésta vez una orden, princesa.

Las espinas de la espada del príncipe han aflorado antes de salir de la cabaña.

Apunta al frente. Ajusto la empuñadura de mi daga a la forma de mi mano para que no se escape.

Ilas despliega las alas, Serk prepara su arco mientras Baron corre hacia el interior.

Recorro el alrededor en busca de esas criaturas que han causado el pánico, pero solo veo brujos que corren despavoridos de un lado al otro preparando flechas, lanzas de maderas, tomando piedras del suelo… Es el caos.

Sacudo la vista a distintos puntos del campamento en busca de Lynn. El teniente. Busco entre la multitud.

—¿Qué ocurre, príncipe? —pregunto mientras sorteamos algunas piedras que delimitan las calles para formar la espiral—. Los brujos tienen miedo.

—Esas arpías son las primeras criaturas creadas por los dioses de Órianth —vocifera Azohr sin detener la carrera—. Ebhan dice que son intentos de Azabel de moldear hadas, pero algo debió fallar.

—¿Hadas? —el horror se cuela entre los jadeos.

—Yo nunca las vi —me dirige una mirada por encima del hombro—, pero sé que son las madres del resto de criaturas del bosque. No permiten que otras criaturas les hagan daño.

—Pero los brujos del campamento viven en estas tierras —observo el desorden que gobierna el lugar. Los gritos—. ¿Por qué los atacarían a ellos?

—No los atacan a ellos, Eladriel —niega Azohr—. Matamos a laméntiras que no regresaron con las arpías.

—Dime que vienen solas, por favor —contengo el aliento—. Dime que no traen a esos laméntiras.

Hundo los pies en la tierra para detenerme. Estiro los brazos. La punta de mis dedos se clava con firmeza en el dorso de su mano para detener sus pasos. Aunque solo sea para recuperar el aire perdido.

—Las arpías gritarán cuando estén cerca. Tratarán de impedir que escuches tu magia —Azohr sujeta mis brazos. Me avisa entre pesadas respiraciones—. Si dejas que su voz te domine estarás expuesta a cualquiera de sus criaturas.

—Bien —asiento por inercia, porque en realidad no comprendo nada de lo que dice.

—No uses la magia si hay muchas criaturas alrededor y no estás segura de que tu magia podrá terminar con todas ellas —envuelve mi rostro con las manos para fundirse con mis ojos. Él también tiene miedo—. Será más fácil manejar las dagas y esquivarlos que detenerse a llamar a la luz.

—¿Todas ellas? —detengo sus pasos aferrándome a sus antebrazos—. ¿Cuántas hay?

—No lo sé —examina el alrededor con urgencia—. No sé lo que viene, pero estoy convencido de que vamos a salir de aquí— me besa la frente—. Y tú lo dirás antes de que lleguen —sus labios se detienen sobre ella—. Dilo.

Mi voz oscila entre el hormigueo en la boca de mi estómago y las ganas de hacerle comprender que, a pesar de todo, no tengo dudas de ello.

—Saldremos, lo prometo —me entrego a su pecho como última voluntad.

—Muy bien, princesa —musita Azohr a un beso de mis labios—. Esto es el fin, y tú y yo empezaremos de nuevo después de esto.

Me besa. Lo beso con el ceño fruncido. No sé si será una despedida, pero los dos utilizamos el último susurro antes de correr para decirnos cuánto nos queremos.

Los chillidos de los fénixes me obligan a levantar la vista al cielo.

Ebhan viaja a lomos de Ciea, sobrevuela el campamento estirando las riendas para poder descender.

Los lobos aúllan a lo lejos. Junto a Aranel y Joralf.

—Lynn —grito al príncipe—. No encuentro a Lynn.

—Tampoco la veo —Azohr sortea a algunos de los brujos que corren contra nosotros.

—¡Azohr! —clama Ebhan cuando Ciea toca tierra—. Corre a la parte sur.

El príncipe empuja su espera con fuerza y corre hacia los arbustos que coronan nuestra espalda.

—Los brujos de la parte norte necesitan ayuda, princesa —Ebhan corre hacia mí despojándose de la capa para desenvainar.

Volteo hacia ese lugar.

—Riexor no está, pero Hai y Ciea están cerca —me recuerda Ebhan con una sonrisa mientras se aleja.

En esa zona, las telas de cuero que estaban sujetas a picas acaban de caer cuando una criatura recubierta de una piel membranosa ataca a los brujos.

Separo los párpados al contar una veintena.

Esos pliegues cubren su cara por completo, las alas…

Pueden verse sus huesos. Apenas tienen tres dedos con uñas largas como dagas.

Sus piernas no parecen de este mundo. Se doblan hacia atrás sosteniéndose sobre unas pequeñas pezuñas puntiagudas.

Dejo caer la daga… Es imposible que me enfrente a todas ellas con una arma más pequeña que una de sus uñas.

Ni siquiera si cada uno de los brujos tuviera en su poder una lanza de magia.

Esa piel que envuelve sus rostros se retira lenta.

Cierro los ojos cuando sus labios deformes se separan y un chillido comienza a postrar al resto ante ellas.

Se tapan los oídos para impedir que ese grito estremecedor los mate.

Atraigo las partículas escondidas en el suelo abriendo las manos sobre él.

La luz comienza a recorrer la hojarasca destellante, escala con premura hacia mis dedos.

—¡Apartaos de ahí! —suplico a los brujos que aún quedan de pie en un bramido.

A duras penas pueden alejarse. Algunos de los caídos, aquellos más perspicaces, aprovechan para ponerse en pie cuando las arpías guardan silencio. Sus ojos se curvan para observar lo que envuelve mis manos. Hasta podría decir que temen a las esferas de luz.

Todas descubren su rostro según aprieto los puños.

Hundo la mirada en la primera de ellas, la que hizo que el resto quisiera darme muerte.

El silencio se transforma en un estridente rugido que sale de sus gargantas.

De todas. El aire desaparece cuando esos gritos impactan contra mí, no hay brujos en pie.

Fundo mis rodillas con la tierra. Escupo aire al lanzar la bola hacia delante antes de dejarme vencer sobre el suelo.

Solo me abandono un segundo para tomar aire. Un destello de luz aparece sin previo aviso para hacerme despertar.

—Levántate anacardo —brama Lugh mientras se acerca en una carrera—. Sabes que eso ha sido solo casualidad.

Algo en mi interior sonríe al verlo, aunque está roto.

Tardo un pensamiento en levantarme, en estirar el brazo en busca de otro rayo de luz.

Despliego las alas para levantar en el vuelo motas pequeñas y brillantes.

Me lanzo al aire cuando las arpías vuelan para seguirnos.

Envío la esfera mortal hacia una de ellas.

Sus alas se cierran cuando se dobla por el impacto y cae.

Lynn corre para tomar impulso. Sus dedos realizan una coreografía que mece las hojas con fuerza, se une a nosotros de un salto.

—Soltad las esferas de luz —Lynn desgarra su garganta para que su instrucción suene más alta que la de las arpías.

—¿Cómo eliminaremos a todas ellas? —arqueo los dedos con insistencia.

—Usaré el viento para que caigan —Lynn sacude los brazos.

Lugh solo se encoge de hombros. Separo los dedos con suavidad cuando Lynn ordena al aire que tome las bolas luminosas y las deslice con cuidado.

Arruga el entrecejo cuando el viento nos sacude a todos, excepto a ella.

Las arpías resisten el aire con mucha más soltura a pesar de que no parecen tomar los cielos a menudo.

Deja caer las manos. Las lenguas de fuego que nacen de las bombas de luz se acarician y saltan chispas.

Lynn toca la palma de su mano con uno de sus dedos, y entonces, las esferas impactan entre sí con fiereza e implosionan en una enorme sacudida.

Bato las alas para alejarme de esa explosión de fuego que arrastra a las arpías hacia las profundidades.

—¡Lugh! —la princesa Aranel grita desde algún punto del campamento.

Hasta Lynn busca el lugar desde el que puede provenir ese grito desesperado.