38. El rey del campamento. #6
—¿Órianth? —en un par de zancadas, Azohr pasa por mi lado para colocarse decidido ante ellos—. Liberar Órianth no lo habíais mencionado como venganza.
—Tranquilo, querido príncipe de magia oscura —Baron ladea una sonrisa—. Tendremos tiempo para pensar cómo deshacernos de los dioses una vez Eliot haya desaparecido.
—¿Por qué nuestros enemigos crecen cada vez que abrís la boca? —el príncipe entrecierra los ojos. Su voz podría cortar el aire.
—Vuestros enemigos nunca fueron pequeños —Baron deja escapar una sonrisa pícara.
—Los dioses te arrebataron a tu serpiente. La mataron —Azohr eleva la voz sin temor. Se aleja del protocolo al cruzar la línea de la confianza—. ¿Quieres que yo pierda a la mía para unirme a tu sufrimiento eterno?
—Si matáis a Eliot y no desaparecéis, irán a por vosotros —brama el rey Baron para hacerlo callar.
El elfo señala un costado del trono mientras Ilas toma el cetro apoyado en el trono para entregárselo.
—La perseguirán por haber dado muerte a —Baron alza las cejas—. ¿Olvidáis que no es un rey cualquiera? Sus padres son dioses.
Serk envuelve un pequeño espejo ovalado apoyado sobre una de las mesas de madera.
Observa sus detalles con cuidado, como si fuera la primera vez que lo ve.
La distancia me impide ver con claridad sus detalles.
Aunque el dorado reluce bajo las velas para mostrar grabados de plumas de fénixes y flores de lis. Y cobra vida.
—Este espejo muestra las revelaciones de Beliel. Lo que las tierras de Órianth sufrirán —Baron recibe el espejo con cuidado. Su voz se vuelve un hilo de despedida—. La sangre que la bañará.
Un punto oscuro ilumina el centro del espejo apenas le da la vuelta.
Se expande como si fuera un velo hasta ocupar todo el cristal, como las sombras de la magia negra.
Incluso se escapan por el marco. Se transforma en una pintura de la noche.
El reflejo del príncipe Ebhan aparece junto al del teniente, esquivan rocas que caen desde lo alto de un torreón sobre sus fénixes.
Maren y Lugh sacuden las alas. Huyen de ángeles que los atacan con bolas de luz blanca esperando que no los hagan caer.
Pero fracasan. Twig corre en llamas al costado de una muralla prendida por el fuego de un fénix de Ylros.
Antes de que las sombras terminen la revelación, todos hemos desaparecido.
Mi padre no aparece, pero no es necesario.
Los dioses han encontrado el único lugar al que había deseado marcharme desde que conozco su existencia.
Han visitado el reino helado que parecía tener el poder de terminar con todo, incluso con la muerte.
El aire se me escapa aterrorizada. Camino hacia el príncipe.
Toco sus manos para aferrarme a la cordura antes de que esa ilusión logre convencerme de que es real.
Sus ojos me buscan para tranquilizarme. Sus labios templan mi frente.
—Lo siento, luz de mis inviernos —beso sus manos por si no puedo sostenerlas de nuevo.
Me separo de ellas porque la mirada confundida de Azohr es capaz de atravesar mi conciencia.
Busco en el aire que tomo el convencimiento necesario para no dar marcha atrás al estar más cerca del rey elfo de lo que me permitiría una negativa.
Siento la mirada de Serk. De Ilas. Sin embargo, la mía le pertenece a Baron tanto como a mí me pertenece la suya.
—Acepto. Lucharé contra los dioses —mi lengua se mueve con una seguridad viperina.
—Eladriel…. —Azohr. Su voz suave alcanza a acariciarme la mejilla.
Ladeo el cuello para mirarlo por encima del hombro ahora que Baron me ha concedido el permiso.
—Mataré a cualquier dios que intente convertirte en dragón y no permitiré que tengas el destino de la serpiente —mis dientes chirrían por la imagen del espejo—. No hay lugar donde ser feliz. No hay deseos de liberar reinos ni almas que salvar si no está la tuya.
—Aceptar la propuesta es deseable, pero por desgracia no es suficiente —Baron alza la ceja desde el trono. La voz—. Necesito magia para que mis ejércitos luchen contra ellos.
—¿Qué ocurre si esa revelación del espejo es solo magia? —Azohr ignora sus palabras. Solo está centrado en mí—. ¿Qué sucede si es una mentira?
—Tengo entendido que vuestro romance ya no es solo un secreto entre hada y brujo —Baron tensa el ceño.
Azohr sujeta mi rostro y lo acerca al suyo.
—Puede que Celistra revele la verdad en este instante —la voz de Baren se cuela entre sus manos y llega a mis oídos—. Tal vez, la princesa Aranel sea quién os delate a vosotros.
—Los dioses podrían estar buscándoos desde que sus ángeles cayeron —Ilas secunda los avisos de su padre.
—¡Guardad silencio! —vocifera Azohr.
Sacude la cabeza preso de la rabia contra Ilas y el rey elfo cuando mis ojos se tornan inquietos por los latidos de su corazón.
—Todos los que se atrevieron a romper sus normas fueron condenados a algo mucho peor que la muerte, príncipe —la insistencia del elfo en destrozar mis ilusiones es el aliciente que mis miedos necesitan—. No seréis diferentes a ellos.
—Crearon a un rey para callar la verdad. Borraron reinos de los mapas, Azohr —Ilas, por el contrario, llena su tono de voz de una esperanza desgarradora—. No podrás encontrar justicia si Eladriel muere y sabes que sola no podrá salvaros.
—Por favor… —mis manos envuelven las suyas. Esa fuerza oscura suplica por su vida—. Prefiero perdernos juntos, que observar durante la eternidad como te fuiste.
—Tú querías la libertad de las hadas, no enfrentarte a los dioses —Azohr acelera su respiración.
Siento su tristeza, su cansancio, en esa mirada azulada que me pide clemencia.
—Tal vez esta sea la forma correcta —arrugo el entrecejo con anhelo—. Liberarlos de sus normas. Liberarnos a nosotros.
—Sabes que no deseo eso con tanta intensidad como tú —su frente se apoya sobre la mía desesperada, lo sé.
Qué haría si lo dañase a él por salvar al mundo… Si mis deseos arden solo cuando sus pupilas lo hacen. Bajo la mirada como respuesta. Como una negativa a ese plan de Baron. Y apenas mis pupilas reciben la madera como vista, el príncipe me sujeta con delicadeza la barbilla para elevarla.
—Si esa es la felicidad escogida por ti, la decisión que te calma —su mirada está llena de gritos de arrepentimiento—, prefiero perder reinos y cabañas ocultas antes que a tu esencia.
Se equivoca… Yo nunca escogí entregar a mi padre ni a los creadores.
Nunca elegí sentir el deber de liberar un pueblo de quiénes le dieron vida.
Durante mucho tiempo he tratado de cegarme.
Era demasiado doloroso comprender que nadie sostenía mi dolor, nadie me salvaría de él.
Durante demasiado tiempo se han condenado criaturas por amarse, pero no a quienes arrebatan vida sin juicios.
No a quiénes abandonan hijos por pecado.
No a quiénes son capaces de encerrar a sus mujeres entre sus dedos.
A quién es capaz de ver a su princesa tantas veces cerca de la muerte que estremecería a la criatura más maliciosa de Nóssurël.
A quién relegó a una criatura a la suerte de las bestias.
Aquellos que impusieron las normas y la justicia no han sabido actuar. No han querido hacerlo.
—Quememos Órianth, príncipe Bradosck —beso sus labios—. Hagamos justicia.
—Me inclinaré ante la propuesta de Baron si esas son tus órdenes —siento la rabia de la convicción entre sus labios.
Todavía no ha recibido la confirmación del príncipe cuando Baron ya sonríe.
Comprendo su ansia después de llevar milenios esperando encontrar una afirmación que casi pierde.
Se levanta del trono con una energía envidiable.
Sus dedos se mueven en una señal de llamada a Ilas y Serk.
Se unen a sus zancadas amplias que levantan su capa para hacerla ondear.
Como si tuviera prisa por delimitar las opciones.
—Mis queridos guerreros —Baron posa una mano sobre mi hombro. La otra sombre el del príncipe—. ¿Sabéis qué es lo siguiente que debéis hacer?
—No —Azohr pone la atención en Serk y su cercanía.
—Volveremos a Órianth para llevaros a vuestro nuevo hogar —el rey elfo establece el próximo movimiento como si ya lo hubiese pensado—. Debemos planear como enfrentar la batalla que ensombrece Néferien.
—Primero debo hablar con el príncipe Ebhan. Con Mim y el resto de criaturas que venían con nosotros —aparto su mano de mi hombro envolviendo su muñeca con delicadeza—. ¿Dónde se encuentran?
—Los enviamos a las minas de solium con un grupo de brujos guías —Ilas separa los labios antes de lo que lo hace su padre.
—No tardarán en regresar —asiente Serk con ojos sonrientes.
—Entonces esperaremos hasta que regresen de esas minas para decidir cuando nos vamos a ese reino que quieres entregarnos —arqueo las cejas.
Observo a la princesa recorriendo su postura. Luego a Serk.
—Eso no será necesario —Baron dirige la mirada a la salida mientras señala con la mano a su princesa—. Ilas se encargará de guiarlos cuando regresen al campamentos.
—No pondré un pie fuera de esta cabaña hasta que no tenga uno de esos cristales entre mis dedos, rey elfo —coloco la mano en mi cintura. Busco la empuñadura de la daga.
Desenvaino la daga con mesura y para mi sorpresa Baron libera una amplia sonrisa.
—No aceptaré ningún acuerdo hasta que no compruebe que sus cabezas siguen sobre sus hombros —la tensión me atraviesa la garganta cuando la hoja amenaza la suya.
—Puede que sea demasiado tarde para vuestros deseos si esperáis —Baron separa los párpados desafiante.
—¿Importará tu venganza cuando los pueblos desaparezcan? —el filo de mi daga refleja la media melena del rey.
—Ningún pueblo desaparecerá, princesa —Serk coloca la mano sobre la mía.
Sus dedos envolviendo mis intenciones para sosegarlas vuelve a mi ira casi apoteósica. El tacto de su piel me estremece. Doblo el codo para embestir el cuello del brujo ahora que su mano se separa de la mía convencida de que ha conseguido sus propósitos.
—Basta de secretos, Serk —mis pupilas se dilatan como señal de advertencia.
—El sol no sufrirá ninguna rotura —Baron interviene. Sus manos se estiran cautas de no rozarme—. Los cristales de solium no son necesarios.
—Elfos, dioses —deslizo la mirada sobre el filo de acero para dirigirla a ese temblequeo de sus labios—, ¿dices que engañaron al pueblo?