Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 38. El rey del campamento. #5
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38. El rey del campamento. #5

—¿Por qué no os castigaron a vos? —ladeo el cuello hacia el rey elfo. Mi semblante se ensombrece.

—Mi castigo fue peor que ningún otro, princesa —su voz se vuelve tan firme como su postura—. A mí me condenaron a sobrevivir a su muerte.

—¿Eres el dragón? —alzo las cejas al recordar esa historia de Glimmer en su clase.

Baron sonríe a pesar de que sus ojos se han inundado de lágrimas de recuerdo. Toma la mano de Ilas para acercarla.

—Me convirtieron en dragón. A mi amada Hécate la transformaron en la serpiente —Baron eleva el brazo de la princesa—. Y ella es nuestro eterno fuego.

Hécate. Escuché ese nombre la primera vez que fui al castillo de Brenshire.

El cuadro de gemas que a Maren le pareció tan maravilloso ya no pudo salir de mi mente.

Puede que Azohr esté sobrecogido por sus palabras, es comprensible, pero yo…

Esas piedras brillantes del marco estaban también en el despacho del rey elfo, en el cuarto de Elm.

Y entre los objetos enviados por la reina Aerendyl se encontraba el nombre de Baron.

—Dijisteis que os delataron —arrugo la barbilla—. Decidme quién fue.

—Un amigo. El mejor que tuve —asegura Baron con labios fruncidos.

—¿Fue mi padre? —endurezco la mirada.

La soberanía de su silencio me otorga el derecho a tomarlo como respuesta. Entonces desvío la mirada hacia Azohr. Me alejo de su mano para colocarla sobre el hombro de Baron.

—Siento que los dioses la mataran. Siento que convirtieran su recuerdo en leyenda —respiro con pesar por su pena. La luz de mi compasión se vuelca en Ilas—. Siento que perdierais a vuestra madre.

—El destino fue más cruel con ella de lo que pensáis, alteza —Serk quiebra la quietud para ofrecerle consuelo.

—Mi amada y piadosa Hécate pasó a ser sus brazos después de que Atenor, nuestro lacayo, viera como la dejaban en este bosque apenas nacida —Baron posa los labios sobre el dorso de la mano de Ilas.

—El alma de mi madre se desvaneció a pesar de ser más pura que la de ese ser que me abandonó —el dolor ha desordenado el rostro de la princesa.

—Cómo pudieron hacerlo… —el filo de mi mandíbula se tensa.

—Mi padre me consideraba una deshonra, una terrible desgracia —las comisuras de Ilas tiemblan en un intento de sonreír fallido—. Solo fui para él una criatura de la que deshacerse tan pronto como fuera posible.

—¿Cómo podría estar seguro de ello, si apenas habíais tomado aliento de vida? —aprieto los dientes al capturar ese brillo melancólico que ha tomado su aliento.

—Yo no podía cumplir con sus designios —la curva que moldea su rostro se alza con el ánimo lleno de seguridad—. Una mujer nunca podría heredar un trono.

Ella menciona ese hecho como si fuera trivial.

Como si se ya se hubiese acostumbrado a que ese pensamiento fuera suficiente para justificar ese acto aberrante.

Me aparto. Como si por eso fuera a poder contradecir a mi propia mente.

No es posible. No deseo que sea posible.

No puedo dilucidar entre los hilos que conforman mis pensamientos, y ya me he perdido en el fondo de sus pupilas a por más respuestas.

Es un hada. El único rey que ha gobernado las tierras de Ravenbell es aquel al que yo llamo padre.

Y ese desprecio a la entrepierna de una mujer solo podría haber sido impulsado por él y su malicia.

—¿Tú eres…? —ni siquiera me siento con ánimo de terminar la pregunta.

—Soy hija del rey Eliot —Ilas se apiada de mi titubeo y termina con mi sospecha.

La impaciencia con la que me observa indica que lleva siglos esperando para poder confesarse.

Carraspea. La entiendo. Se mantiene firme cuando convierto sus pupilas en espejo de las mías.

Supongo que es justo que el llanto aflore.

Ese color dorado en su cabello no me había recordado a la juventud de mi padre tanto como ahora que ha mencionado quién es en realidad.

Su mirada. Esa forma en la que sus ojos se redondean es tan hermosa como la de mi madre…

A su lado, el suspiro tenue del rey Baron consigue aliviarme también. Su cuerpo cede a todo eso que había contenido para sí durante siglos.

—Ella es la verdadera heredera del trono de las hadas. La única sucesora de la corona del rey —el rey elfo apacigua sus nervios para presentarnos a la verdadera princesa Ilas.

En medio de mis tinieblas, la punta de mi estómago me pide dar media vuelta y encontrarme con Azohr. Y me obedezco. Él parece suspendido en el momento. Nunca añoré un trono, tampoco esperaba encontrar una hermana, pero mi padre… Comprender de lo que es capaz me aterra. Ella es su hija.

—¿Por eso os delató mi padre? ¿Por salvarla? —las gotas de rabia ya no se sostienen en los lagrimales.

—No. Él nunca supo que Ilas estaba bajo nuestra custodia —por fin la mirada del rey elfo se manifiesta sin miedo alguno.

—¿Qué pasó con madre? ¿Por qué no os protegió? —camino hacia Ilas. Llevo las manos a la frente confundida—. ¿Por qué permitió que os abandonase?

—No la convirtáis en el objetivo de vuestra ira, princesa —Baron toma mis hombros para serenarme—. Para la reina Olet, Ilas llegó a este mundo como un alma muerta. Nunca supo que debía buscarla.

—¡Entonces decidme por qué el rey os traicionó!—mi frustración se escapa entre los vaivenes de sus pestañeos.

—Amé a otra raza, no mentí para colarme en vuestras cavilaciones —su voz se humedece—. Mi único pecado fue amar a una reina bruja cuyo poder no era conocido.

—Nadie sabe nada sobre vosotros. Vuestros nombres no forman parte de la historia de Órianth —me alejo aturdida de entre sus brazos.

—Porque los dioses los hicieron desaparecer —Baron inclina el mentón hacia abajo.

Toma a sus memorias de la mano para devolverse al asiento del trono.

—Nuestra historia generaría caos. Más que el causado por Amatara y su enamorado algunos años atrás… —el rey elfo bufa al reposar sobre la butaca.

—Dos criaturas que se revelaban contra sus creadores solo doscientos años después de la diosa oscura… —Ilas cruza los brazos sobre el abdomen—. El pueblo dejaría de temer a los dioses y sus normas si no intervenían.

—Para ocultar la verdad a los pueblos, Aphaea creó un nuevo rey elfo. Un nuevo Aelfraed —Baron deja caer el puño sobre el reposabrazos.

Su frente cae abatida sobre su antebrazo.

—Solo huíamos a un lugar donde amarnos —los sollozos de Baron hacen titilar a las velas—. No queríamos dañar el mundo, solo salvarlo.

Sin piedad, esas palabras azotan mi alma. Mis recuerdos han sido ocupados por el príncipe y ese miedo a que la muerte se haga realidad. Se ha llevado la seguridad de sus ojos. Curvo las cejas por él, por lo que todavía no vivimos y parece que se ha desvanecido.

—Deseo cambiar vuestro destino. Que no haya eternidades dolorosas de dragón ni muertes eternas de serpientes —Baron alza su alma desde el trono—. Os ofrezco mi reino. El hogar de la reina Hécate y el rey Aelfraed.

—¿Vuestro reino? —el aire rasca mi garganta.

—No estas tierras —ríe Baron.

—El reino que mi padre os ofrece tiene mucho más de lo que alcanzáis a imaginar —Ilas asiente y convierte sus argumentos en irrefutables.

—Esa proposición es demasiado generosa para almas resentidas —mi instinto se enciende como nunca antes—. Sé que Azohr está en lo cierto; pediréis algo a cambio, pero aún no descifro qué.

—Nada que deba asustaros, princesa —Baron arquea las cejas de forma fugaz—. Solo algo que traerá paz a todos los presentes.

—¿Y qué sucede si esos deseos que aseguráis conocer han cambiado? —mis labios temblequean por una tímida sonrisa.

—Ese que enciende tu pulso con fiereza solo al tocar tu mente sigue vivo en ti. Resplandece con más intensidad que nunca antes —el rey elfo derrama una sonrisa de orgullo—. Hacer justicia.

—¿Cómo puedo hacerlo? —tenso la sonrisa cuando crece sin remedio. Dirijo una mirada a Serk—. ¿Dando muerte al rey con corona alada como aseguró el brujo?

—Capturadlo para mí —Baron separa sus fosas nasales con placer. Su sonrisa se ha desvanecido—. Os entregaré mi reino a cambio de la cabeza del rey Eliot.

Yo convierto mi hálito en la ventisca del frío invierno mientras el contempla como me consume sentado en su trono con la postura templada.

Su alma parece haber encontrado reposo. Me pide que le entregue la cabeza de mi padre para cobrar su venganza cuando yo he evitado convertirlo en el centro de la mía.

Me sobrecoge el tacto de una mano en mi espalda.

Azohr se inclina en una advertencia íntima.

—Nosotros no necesitamos reinos, princesa —me recuerda Azohr como si hablase la experiencia herida.

No es la primera vez que percibo como su mano se vuelve fría sobre mí.

Su rostro ya se ha desfigurado demasiadas veces en mis sueños o bajo un simple pensamiento.

Más de las que me hubiese gustado imaginar.

Esos sueños, esas pesadillas… No puedo ver de nuevo como el acero atraviesa su pecho hasta hacerlo desaparecer.

Cada una de esas heridas que sangran en el lugar donde mis sombras claman me doblega ante el dolor.

A mi corazón cada vez le cuesta más trabajo no elegirse.

El silencio me recompone. Puede que hacerlo signifique rechazar el alma cálida de mi padre.

El aire se asienta en algún punto entre mi pecho y los gritos que contengo porque la idea de la muerte del rey pesa menos en mi alma que la del príncipe.

Tenía razón. Ya no me asusta pensar de este modo.

Sin embargo, hay vidas a las que no puedo renunciar.

Lugh, Maren, Mim… Ellos no pueden permanecer lejos.

—Traeré a mi padre para vos —reajusto la postura antes de hablar—. Solo si cumplís una condición.

—Yo doy las condiciones —Baren tuerce el mentón—. Su cabeza por el reino.

Así que, no me queda más remedio que dibujar un gesto de impaciencia con los labios al ver su repentino arrebato de autoridad. Cree que puede dirigirse a mí como si fuera una de sus princesas.

—Revelaré lo que sé a quién elija. Decidiré quiénes me acompañarán sin que podáis intervenir —cierro los puños como si custodiaran mi propio fuego—. De otro modo, cada uno buscará cómo acabar con mi padre por su cuenta.

—Me parece un precio justo a pagar a una criatura que será perseguida por liberar las tierras de Órianth —Serk estira los labios convencido. Sus cejas me dibujan un gesto de complicidad.