38. El rey del campamento. #4
—Para nosotros se ha convertido en la única forma de recordar a quiénes tuvimos que dejar atrás por proteger nuestra vida —Serk dedica una mirada de reojo al teniente.
Se dobla en una reverencia. Se apresura a dar alcance a Ilas y su formación ahora que nos llegamos al final de uno de los brazos de la espiral que rodea esa casa principal.
—Detesto que seas inoportuno, pero admito que tienes razón —sonríe Azohr al ver como Serk se aleja—. Eso que menciona es bastante extraño.
—No lo veo tan extraño… —carraspeo. Estiro los labios en un gesto molesto.
—¿No lo crees? —Lugh ríe. Pone los ojos en blanco—. Estoy bastante seguro de que habrá hecho una muñeca tuya para guardarla.
—Puede que quiera entregársela a alguno de los nuestros por piedad a su alma —hundo mi mirada de ira sobre él solo por haberse atrevido a hablar.
Algunas sonrisas afloran en los rostros de los brujos del campamento.
Como si se acostumbraran a nuestra presencia.
Al menos, nos contemplan con mayor entusiasmo del que veíamos en el resto.
Desearía hablar con ellos, preguntarles qué sienten y conocer sus voces.
Saber cómo vibra la piel bajo el sentir de la libertad absoluta.
Me pregunto si estarían dispuestos a cambiar el afable tacto del barro que conforma su independencia, por el oro reluciente d cualquiera de los reinos de ahí arriba.
O si, por el contrario, desean vivir como aman, amando al resto como sueñan.
Qué les traería hasta aquí. El aire se me pierde tratando de encontrar la respuesta a la pregunta que me hago desde que Serk mencionó quien era.
No sé cómo han conseguido olvidar ni cuál es el secreto para hacerlo.
Ilas corta el paso. Esa casa que gobierna el campamento ya no es tan pequeña como la hacía la lejanía.
Es una bestia de madera ensombrecida más imponente que la que Azohr levantó en el reino de las nieves.
La hierba esmeralda recorre los primeros tablones de los muros.
El tiempo ha ennegrecido esa parte de la estructura.
Bajo el techado, Serk y la hada se colocan frente a una puerta abierta.
El interior se percibe tenue por el fuego alumbrando, amplio.
Un brujo abandona la casa. Se coloca centinela en uno de los marcos ensartando sus pies descalzos sobre la tierra seca del exterior.
Sus pupilas encuentran reposo en ese mismo suelo cuando una voz solemne brota entre los tablones y la arcilla de los muros. Dicta una orden clara, concisa.
—Traed a la princesa de las hadas y al protegido de Gandar —ordena esa voz desde las tinieblas.
Desde que llegamos al campamento, no he logrado ver a Ebhan ni Borin.
Ni el resto. No hay lobos recorriendo el lugar, sus aullidos indicando la posición de vuelta cuando nos alejamos demasiado han desaparecido.
Ese guardia brujo sin ropas impide el paso de Lugh, de Lynn y el teniente.
Y aun así, solo nos toma un segundo poner un pie dentro de ese lugar para cumplir con los designios de esa voz.
Puede que él tenga tantas ganas como yo de descubrir quién es si así todo termina.
Incluso si ahí dentro se encontrase el final.
Una vez más, nuestras manos se encuentran para atravesar juntos lo desconocido.
Apretamos porque solo el miedo a no vivir nos haría detenernos ahora, quizás sea eso lo que más admiro de él.
De nosotros. El tembleque se mantiene férreo desde que nos encontramos en ese castillo de magia verde, pero nunca fue suficiente para ocultar el coraje. De otro modo, no estaríamos aquí.
—Aproximaos, queridos —esa criatura nos llama. Ríe—. Estoy impaciente por veros fuera de ojos y espejos.
—Yo… —murmura Azohr. Mira el frente confuso.
—¿Sabes de quién se trata? —pregunto entre dientes.
Ilas y Serk se han colocado frente a una silla robusta de madera.
Su respaldo está formado por un enorme dragón con alas estiradas que custodia a una serpiente, pieles que adornan el asiento.
Un gran fuego ilumina el lugar. Candelabros de oro en forma de pergamino cuelgan del techo, se aprecian mejor los detalles de los estandartes que decoran el espacio.
Hay velas consumidas, otras que gotean los últimos restos al lado de la butaca real.
Alfombras de plumas como las de pueblos brujos, estatuas de lobos y fénixes…
No se parece en nada a lo que vimos fuera.
Sacudo presta las pupilas sobre Ilas al ver que ejecuta un movimiento. Serk da un paso a un lado. Permiten el paso de una figura que… Sé quién es.
—¿Rey Aelfraed? —separo los labios dudosa de mi propio juicio.
El elfo esboza media sonrisa que huele a orgullo. Asiente. Despacio. Su mano se muestra bajo los vaivenes del fuego de las velas invitándonos a romper la distancia que nos separa de su trono.
—Ahora, mi nombre es Baron Ashtone —el elfo se sitúa recto e imponente ante el asiento.
—¿Desde cuándo el rey de los elfos gobierna un campamentos de brujos oscuros? —el príncipe parece menos sorprendido que yo.
Incluso diría que suena molesto.
—Desde el principio de los tiempos, querido Azohr Bradosck —el rey elfo ocupa su trono.
—Entonces, ¿hace milenios que los protegéis? —Azohr rueda los ojos hacia Serk.
—¿Cómo es eso posible? —empujo el pie casi sin remedio. Mi cuerpo me empuja hacia delante—. Vivías en Eigton… —fijo la mirada sobre el rey—. Hace solo días que os habéis retirado a las Islas de Aeranthos.
—Cómo todo aquello que estáis a punto de conocer, esto que veis tiene una sencilla explicación —Baron adopta un aire arcano que aviva aún más ese misterio que lo envuelve.
Estira la capa. Abre la mano para recibir el cetro que Serk posa con un gesto firme sobre ella. Alza la barbilla.
—No soy el Aelfraed que conocéis, ese rey de los elfos ya está en la isla de los inmortales buscando su reposo —Baron hace el silencio suyo y lo quema con su confesión.
—Entonces, ¿no sois el rey del pueblo elfo? —me esfuerzo hasta en pensarlo, parecen la misma criatura.
—Sí, princesa. Yo soy el verdadero rey de los elfos —Baron apoya ambas manos en el cetro. Despega la espalda del asiento—. El primer elfo que la diosa Aphaea creó. El primer gobernador del pueblo de la sabiduría. El verdadero Aelfraed.
Se pone en pie. Sonriente, deja atrás el trono con la frente en alto y la barbilla temblando por sus propios pensamientos.
Quizás, esa capa oscura y pesada que parece protegerlo le otorga un aire más enigmático de lo que merece.
Se tensa. Su cuerpo responde a la poca distancia que nos separa.
Esa media melena oscura resiste el peso de una corona desgastada por el tiempo donde una hermosa serpiente de esmeraldas verdes y un dragón protegen una gema roja.
Tan oscura como la sangre vertida. Podría tocarnos con el aire de uno de sus pestañeos.
Ojea a Ilas y Serk, sujeta sus manos al frente según camina alrededor nuestra.
No lo conozco, pero sí al Aelfraed que asegura estar en Aeranthos.
Esa sonrisa amplia que tiene esbozada entre los carrillos se debe a pura satisfacción.
Aunque crea que no puedo apreciar ese atisbo de calma con el que nos mira.
—Mi esfuerzo ha dado logros más que satisfactorios —al fin, Baron se detiene.
—No os comprendo —Azohr se observa. Me observa.
—No hay misterios que descifrar, joven príncipe —Baron tuerce los labios con poca importancia. Voltea—. Estar junto a la princesa de las hadas es algo que deseabas más que conservar tu propia esencia.
—Pero… —el príncipe separa los labios.
—Sentía tu anhelo. Sus ansias de libertad —Baron sacude la capa al llegar al trono para girarse—. Yo sé todo lo que sucede en las tierras de Órianth, lo que sucede en este instante.
—Eso no me otorga las respuestas que yo necesito —Azohr da un paso al frente—. Aun no sé qué esperas de nosotros.
Sus manos se tensan cuando Serk, desde un lado del trono, responde de la misma forma.
—Deberíais agradecer al khaseri, mi señor —Serk agudiza la mirada sobre Azohr—. Después de todo, ahora sostienes la mano de la princesa gracias a él.
—¿Gracias a él? —río el príncipe—. Pasé años con anhelo, ¿dónde estaba él?
—Mi padre debía esperar el momento oportuno para poder ayudaros —Ilas irrumpe con el rostro suave. Con esa sonrisa calmada.
—El espejo debía vibrar cuando aparecieses, princesa —Baron inclina la cabeza sobre mí—. Y lo hizo cuando el entrenador volaba cerca de los árboles.
—¿Tien? —el peso de mis hombros vence. Mis manos se abren.
Si menciona que el destino lo pondrá en mi camino como acto de lealtad, soy capaz de destruir a este elfo que dice ser Aelfraed. Lo juro.
—Yo ordené a ese búho que emprendiera el vuelo para que impactase contra él —el rey elfo suspira aliviado—. Y no he dejado de enviarlo en este tiempo.
—¿Y qué obtendréis vos de esta unión? —Azohr no se ha vencido, sigue tan tenso como desde el inicio de la misión.
—Lo que yo puedo obtener es poco en comparación con todo lo que puedes lograr ti —Baron deja que la luz incida sobre su corona en un movimiento.
—No aceptaré más poder. Tampoco me interesa ser el rey de ningún brujo como asegura él —Azohr señala a Serk sin apartar la vista de los pasos del rey elfo.
—Hace demasiado tiempo que os observo, sé cuáles son vuestros deseos —Baron se coloca junto a Serk. Golpea su espalda—. Es a ellos a quiénes me dirijo, príncipe Bradosck.
—No esperaba otra cosa si te relacionas con las bajas profundidades —el príncipe tensa el cuello a pesar de que su tono irónico lo hace ver calmo—. Sé que estáis al servicio de Beliel.
—Por eso conozco el destino que os espera si no aceptáis mi propuesta —Baron chasquea la lengua. Su pecho sube pesado—. Antes que vos, yo amé a quién no debía amar. Vi su vida escurrirse entre mis brazos, su muerte…
Acaricio su mano. A pesar de que él solo puede contemplar al rey elfo, yo solo puedo observar cómo su garganta sube y baja por esas palabras.
—No solo el amor arrebata almas —Azohr sostiene mi mano con fuerza para mantener la cabeza en alto.
—Nos delataron —el aliento de Baron se revela dolorido aun.
—Lo siento —mi garganta se cierra.
—Los dioses la prendieron con su ejército de ángeles. Ella ni siquiera opuso resistencia hasta que me encontró preso y con una espada cerca del cuello —la voz rota del elfo no consigue dolerme tanto como ese rojo que ha tomado la mirada del príncipe.