38. El rey del campamento. #3
—Tú no eres así. No querías ser como él —entrecierra los ojos confundida.
—Ojalá pudiera decir que te equivocas —acepto. Me muerdo el labio inferior—. Pero soy igual de ambiciosa que el rey cuando se trata de algo que deseo más que a mi propia eternidad.
—Me niego a creerlo, princesa, yo te conozco —algo en ella le hace apartarse con sutileza.
Como si no pudiera ver que tiembla y ya su brazo no sostiene el mío.
—Él está dispuesto a matarme por dominar un trono, y yo lo enviaría con Beliel por salvarlo —hundo la mirada en ella más convencida que nunca.
—¿Y después? —Lynn arquea las cejas. —¿Podrás cargar con la culpa de eso?
Me aseguro entre sus preguntas de que Azohr sigue sonriente, feliz. De vernos de nuevo en el invierno de cualquier lugar mientras entre sus brazos es una cálida primavera.
—Me arriesgaré a comprobarlo —sonrío solo por ese sueño que nos envuelve.
Todavía siento como las cavilaciones se hacen dueñas de mi sesera.
Avanzamos sobre la tierra húmeda que delimita el cauce del río.
Observo el descenso de los fénixes tras haber sobrevolado hasta en tres ocasiones el alrededor.
Descansan en el agua. El sol comenzó a mirarnos desde el lugar más alto que ocupa en el cielo, la temperatura se vuelve insoportable estando en este mes.
Será peor según se acerque la convergencia.
La vegetación nos ha ofrecido una tregua durante largo trecho, pero el camino nos dirige una vez más a la maleza alta y los arbustos punzantes.
Me detengo justo en la entrada. Junto a Lynn.
Entrecierro los ojos aun en espera de la llegada de Lugh, Azohr y el teniente.
Aguzo el oído para alejar el sonido de sus pisadas.
Un siseo tenue, casi una ilusión, escala como la llamada de una de las serpientes de los bosques de Eryas.
Inspecciono el alrededor de las matas despertando a la escucha.
Los pétalos grandes de una de las plantas susurran con desesperación al suelo; son tan grandes, que podrían envolverme y robar cualquier rastro de mi esencia.
Retrocedo. A pesar de que sus tallos se retuercen, no me equivoco al afirmar que tienen mayor estatura que cualquiera de los brujos que vi.
Sé que no debo. Me alejo de ese hipnótico baile de colores que posee para hacernos creer que la ceniza puede brotar de la tierra.
Esta parte del bosque es distinta. Parece que se haya separado del resto de la naturaleza con intenciones de ocupar su propio espacio.
Franqueamos los primeros troncos caídos.
En todos ellos la madera ha muerto, y, a pesar de ello, su cuerpo se ha convertido en la vida de animales pequeños que lo necesitan.
Las raíces han conseguido mantenerse firmes a pesar de los milenios.
Apartamos ramas que sobresalen de matorrales oscuros.
Lugh tiembla por las finas telas de araña que unen los delgados tallos de las plantas con esos pilares de madera que conforman el eje del bosque.
Un punto de luz anaranjada se cuela entre las hojas en movimiento.
Los rayos de la rueda de fuego bailan cegadores entre las hojas sobre las nuevas vistas como si lo hubiera elegido merecedor de su vida y reposo.
—Esto… —Mim expande la mirada. Aparta una rama que quiere impedirle la visión.
—Es lo más increíble que he visto jamás —Lynn deja que su voz se entrecorte por la maravilla.
—Que hermoso lugar —mis párpados se niegan a pestañear.
Cientos de brujos nos reciben de pie, frente a la puerta de sus hogares.
Sus expresiones serias, esa mirada curiosa con la que examinan a los nuevos visitantes…
Soy incapaz de distinguir tantas caras. Sus casas están construidas para comprender caminos en espiral que conducen a una gran casa principal.
En algunos espacios dedicados al ganado hay picas que atraviesan el suelo cubiertas con pieles que forman una especie de cabaña improvisada.
Los ojos de una bruja en lo alto de unos de los árboles destellan.
Captan mi atención. Ahogo un suspiro de sorpresa al ver pequeñas casas construidas sobre las ramas más resistentes.
Muchas de ellas serían inalcanzables por un fénix si solo quisiera estirar el cuello para comer y no alzar el vuelo.
Cómo es posible que sean brujos con casas de barro que imitan la estructura cóncava de la ciudadela.
Sorteamos niños intrigados que corretean cerca de sus madres.
Nos miran con recelo por haber pisado sus tierras.
No puedo dejar de mirarlas, de admirar esas líneas que adornan al alrededor de sus labios, sus manos, el cuello.
La tinta azul que rodea sus pechos descubiertos…
Me resultan más bellas e interesantes que esos dibujos de tinta marrón que los hombres llevan en el abdomen.
No podía contar las diferencias que hay entre todos ellos.
Entre nosotros. Recuerdo la ropa que me cubre al ver como los brujos de los árboles solo portan telas de curo que se limitan a cubrir su intimidad.
Aunque a Serk no le cubre una camisa, sí que viste un pantalón de cuero con un cinturón de cuentas y plumas.
Quizás pertenezca al pueblo de esas criaturas que portan túnicas elegantes sin mangas sujetas con cortezas flexibles.
—Esperaba por vos, princesa de la casa Wínverin —enuncia una dulce voz.
Su anuncio me paraliza antes de que el aire arrastre el eco. Detiene a todos los que me rodean.
—En ese caso, revelaos —ordeno sin titubeos.
Una bruja despliega las alas entre las cabañas de los árboles.
Se lanza al vacío. Vuela con soltura sobre el campamento antes de descender cuidadosa a un lado de Serk.
Sus ojos quieren retener toda la información que pueda sobre mí, me recorre mientras dibuja una gran sonrisa.
Justo antes de asentir al brujo. Aunque la sonrisa que él esboza como respuesta a su llega no parece para nada satisfactoria, hasta en sus ojos hay algo diferente al observarme.
En su lugar, yo estaría asombrada por ver una bruja con alas…
Lynn me aprieta el brazo al ver que sus pasos elegantes la traen directa a mí.
Sujeta sus manos a la altura del abdomen mientras se desenvuelve con gracia.
Como si conociese el protocolo estricto de un palacio.
Aunque esa mirada se aparta rápido de la mía cuando la sombra de Azohr se escabulle entre nosotras.
Alza la frente en silencio ante el último paso de la bruja.
—Deseaba poder daros la bienvenida a mi hogar —una sonrisa baña el rostro de la bruja.
—Podré decir que me siento honrada cuando conozca vuestro nombre —ni siquiera puedo arrugar la frente del desconcierto.
—Soy la princesa Ilas Ashtone —me dedica una reverencia.
—Eladriel Wínverin —doblo las rodillas en una inclinación.
—No es necesario presentaciones, princesa —sonríe—. Yo sé quién sois.
—¿Cómo puede ser posible? —analizo las alas desplegadas a sus espaldas—. No conozco a ninguna bruja que posea alas de hada.
—Vuestros ojos no os engañan, si no vuestra mente —asiente. Esa curvatura alegre se vuelve impaciente por estirarse aún más-. Soy tan hada como los de Ravenbell.
—¿Vos? ¿Una princesa? —arrugo el entrecejo.
—No dejaron que Eryas fuese mi hogar —algo en la mirada de Ilas cambia.
Esa seguridad que mantenía sus hombros regios ha desaparecido.
—¿Mi padre? —el brillo de mis ojos se apiada de su pesar.
—Así es —traga saliva—. El rey de corona alada.
Sé de un hada cuyo destino terminó fuera de las fronteras de Ravenbell, Evander nos contó la historia de Amatara, pero… Su pelo es tan dorado como el de la princesa de los elfos y no opaca esa mirada familiar.
—Ahora ya estoy aquí —afirmo en un movimiento ligero.
—Es hora de que de hablemos, princesa Eladriel —ella afirma convencida, y yo todavía no sé a qué se refiere.
—Si habláis del solium, es cierto, no debemos perder tiempo —le asesto una mirada autoritaria.
Alejo mi vista de su figura solo por recorrer en un instante todos esos brujos que nos contemplan en silencio desde sus casas.
—Vuestros pueblos también lo necesitan —devuelvo la mirada a Ilas.
—Hace tiempo que conocemos el problema de la convergencia —Serk se hace dueño de la conversación con esa mirada intensa que empieza a incomodar.
—Dijiste que las criaturas de Órianth no visitan el bosque —Azohr arquea una ceja—. ¿Cómo podríais saberlo?
—Nosotros vivimos con ellos y apenas nos enteramos —ríe Mim.
—Mi padre nos reveló lo que sucedería —Ilas ladea la cabeza amable.
—¿Y quién es vuestro padre? —el príncipe recurre a su tono sarcástico.
—El rey Baron Ashtone —Ilas adelanta el pie derecho. Su gesto pierde la cordialidad en un instante—. El saikh de los khaseri.
¿Baron? Ese es el nombre que había escrito en uno de los pergaminos que ocultaba Elm en la sala. Sin embargo…
—Él espera por vuestra llegada desde hace días —Serk retrocede.
Tras él, la formación que parece acompañarle siempre da un paso hacia atrás.
—Por aquí —decreta Ilas señalando el camino a sus espaldas.
Serk se mantiene inmóvil. Sus ojos marrones se centraron en mis pasos, ahora en mi rostro.
A veces, puedo ver como no pestañea por unos instantes mientras se pierde en mí antes de encontrarse con la reprobatoria en las pupilas del príncipe.
Es un tanto siniestro. No querría, pero comprendo de dónde nace su fascinación.
Yo todavía estoy cautivada con esas largas trenzas que se sacuden a la altura de su cadera mientras camina.
—Princesa —el brujo me dedica una reverencia.
Aprovecha que Ilas nos guía para colocarse a mi lado y bajar la voz.
—Espero que la propuesta que os hice siga siendo válida tras la charla con el saikh —Serk arquea las cejas. Me contempla expectante.
—Por supuesto —sonrío—. Deseo conocer más sobre esas muñecas que mencionaste.
—¿Muñecas? —Mim se coloca a mi izquierda apresurado.
—Recuerdos. Se hacen cuando deseas mantener algo que amas muy cerca —Serk sonríe desde que acepté su propuesta, pero ahora se ha avivado.
—¿Por qué amarías un recuerdo? —Azohr rompe la distancia entre su cuerpo y el mío—. Abrazarlos es doloroso.
Sus brazos me envuelven antes posar los labios sobre un lado de mi rostro.
—Hay ocasiones en las que un recuerdo se vuelve la única forma de amar a alguien, mi señor —Serk aparta la mirada ahora que el príncipe está cerca.
—Suena un poco inquietante —Mim arruga la nariz. Niega.