38. El rey del campamento. #2
—No necesito un lugar en Nóssurël para amarte, príncipe Bradosck —dibujo una sonrisa de orgullo por tenerlo entre mis manos. Estar entre las suyas—. Te amo de tal forma, que el mundo y los sueños están presos de lo que mi corazón siente.
—Entonces, tomar este mundo bajo no suena a locura —me atrae hacia él.
—No sé en qué parte del mundo podremos amarnos para siempre, pero ahora estamos en Avka —mi sonrisa se torna pícara—. ¿No crees que habría perdido la cordura si no empezase a hacerlo aquí?
—En ese caso, puede que el reino nevado desaparezca —advierte Azohr con una sonrisa divertida.
—Apresurémonos —propongo en una sonrisa—. Cerremos los ojos para que se convierta en lo último que veamos.
Nunca fuimos tan obedientes para amarnos.
Ni siquiera le mentí. He soñado con la cabaña, su compañía y la paz del silencio del invierno permanente tantas veces desde mi cuarto en Eryas…
El frío se había convertido en un duro maestro y me enseñaba que no podía sentir calor fuera de los rayos del verano.
Pero el frío de Avka es distinto. Ahora también soñará con esta roca perdida en medio del bosque ancestral, sus brazos envolviéndome.
No necesito cerrar los ojos ni usar magia, tampoco estar frente a ningún lago rojo.
Sonreír a su lado es suficiente para ser feliz.
Algo más fuerte que la luz de mi poder me envuelve al posar mis labios sobre los suyos, pero no hay angustia que me domine.
Él me acerca, yo lo quiero a un suspiro.
En sus besos encuentro la tranquilidad de quiénes ya han comprendido que elegirse no siempre es articular una palabra.
Una promesa. Los dos hemos enfrentado batallas que te acercan al dios de las profundidades, otras donde tuvimos que blandir armas…
Sin embargo, ambos sabíamos que la guerra que nos destruye está muy dentro nuestra desgarrándonos poco a poco.
En lo que somos y puede que ya no estemos dispuestos a ser.
—Iremos a ver a ese elfo de tus sueños y después nos marcharemos —declaro entre besos.
—Desapareció —Azohr contempla el alrededor.
El claro se ha vuelto a llenar de colores verdes y marrones. La piedra vuelve a ser dura. Más la música de su voz sigue tomando el aire melodiosa.
—Olvida el reino del invierno, Azohr —sentencio. Convierto mi sonrisa en una línea recta—. Tú eres el invierno.
—Un día más, princesa —el príncipe apoya la frente en mi pecho.
—Qué bien —Lugh interviene con sarcasmo.
Apenas calla, las ramas secas del suelo comienzan a crujir sin reparos. Con ira. Volteo la mirada a sus enfadadas zancadas.
—Me alegra recordados que no vinimos a pasear por el bosque —Lugh se cruza de brazos.
—¿Puedes escuchar cómo suena la envidia cuando te mira de frente? —Azohr sonríe. Eleva una ceja según lo recorre con la mirada.
—En realidad, alguien espera por la princesa… —Lugh deja caer los brazos.
Ese gesto es suficiente para transformar el del príncipe. El mío.
—Es quién tienes en mente —Lugh ladea la cabeza hacia un lado de forma fugaz.
—¿Por qué? ¿Qué sucede? —doy un paso hacia el frente.
—Serk dijo que llegamos al campamento —se encoje de hombros. Sus labios se tuercen en una mueca de poca importancia.
Azohr toma impulso para reincorporarse. Su mirada y la de Lugh se encuentran en un seña cómplice que no termino de comprender. Emprendemos la marcha. Dejamos atrás los matorrales que nos mostraron recuerdos mientras Lynn y Mim esperan al otro lado a solas. Con el semblante inquieto.
—¿Dónde están Ebhan, Borin…? —recorro el espacio con los párpados separados.
—Serk ordenó que os buscáramos —Lynn coloca las manos a la espalda con una sonrisa nerviosa.
—Lynn… —elevo las cejas ese velo que enturbia el rostro de los tres.
—Dijo que una criatura espera por ti —Mim me señala. Ladea la mirada hacia el príncipe.
—Quizás sea el saikh —me aparto algunos mechones de forma despreocupada.
—Me temo que no —asiente el teniente—. Ne mencionó nombres, pero sí que es una poderosa mujer.
—Alguien que ha estado esperando por siglos para conocerte —Lynn adelanta el pie derecho para ocupar mi derecha.
Sujeta mi brazo. El ceño de Lynn continúa fruncido a pesar de que he aceptado caminar con ella.
Detengo las pupilas en el borde de un pensamiento.
Apenas se ha separado de Lugh, lo amenazó con revelar qué tropas invadirían Néferien si él no se animaba a revelarme la verdad…
Sabe más información de que la insinúa, no tengo dudas.
Echo un vistazo al príncipe. Camina sonriente junto a él y al teniente y solo por esta visión me gustaría pensar que es feliz.
El cosquilleo nervioso que trepa por mi esófago con rabia al detenerme sobre Lugh… Sonríe cerca suya y no confío. Si se atreve a borrar su sonrisa, dañar a quién su hermana ama, puede que los dos nos arrepintamos de lo que suceda.
—Me alegra estar a solas contigo —golpeo la mano de Lynn con suavidad—. Porque quiero escuchar cómo esa dulce voz desvela todo lo que Lugh y la princesa Aranel ocultan.
—No sé nada, princesa —Lynn desvía su mirada a puntos lejanos a mí.
—Intimidaste a Lugh para que fuese sincero, te escuché —arqueo una ceja irónica—. Ahora que Maren y yo estamos fuera de Eryas, pasas mucho más tiempo con él.
—A duras penas conseguía verlo antes de la misión —niega Lynn—. Visitaba con demasiada frecuencia el reino elfo —estira el cuello con retintín. Sus labios se estiran con desagrado.
—¿Sabes? —dibujo una sonrisa que abre sus ojos—. Escuché hablar sobre los métodos de presión —carraspeo—. Podría pedirle el arco a uno de esos brujos, quizás si una flecha apuntase al centro de tu sesera podrías…
—Ellos se encuentran en Eryas, Eladriel —Lynn deja caer su mirada. Su voz casi suena perdida—. El rey les otorgó unos aposentos para sus reuniones.
—Lugh… —un nudo de decepción ocupa mi garganta para entrecortarme el tono—. ¿Se ha reunido con mi padre?
—Lo hizo. Y detesto ser yo la encargada de revelarte los secretos de Lugh —por fin se apiada de mí y se vuelve transparente.
—Entonces mátame, Lynn —rodeo la tela de su camisa rota por su confesión—. Di que fue él quien reveló a mi padre la verdad sobre la criatura que liberó a las esclavas.
—No deseo que mueras, princesa —Lynn traga saliva.
Una sensación aguda de dolor, o de ira, no puedo reconocer qué quema dentro, me recorre.
Hormiguea con fiereza. Acelera mi respiración solo de pensar en su nombre, se ensaña si lo imagino brindando junto a mi padre en la sala de asambleas.
Junto a Tien y su odio por él. Vuelvo a mirar por encima del hombro hasta encontrarlo.
Aquello que le divierte parece que se ha convertido en la peor de las tragedias ahora que se ha dado cuenta de que el blanco de mis ojos se ha llenado del escarlata de la furia desmedida.
Aparta la mirada. Sabe que no debe sentir miedo de mi poder, sino de mi silencio y eso que acaba de destrozar dentro de mí.
Lynn ha sellado los labios porque mi mirada se ha encontrado con el azul celeste del cielo para despejar las lágrimas.
Ya no se difumina el intenso verde de los árboles.
Veo la piel de su rostro tensarse por las que salen impulsadas sin remedio abatidas por el eco de esas palabras que no pueden dejar de resonar en mi mente. Cómo pudo hacerlo.
—¿Planeó el ataque a Émaxor? —intento que mi respiración no delate la rabia que me consume la esencia.
—Jamás pude descifrar lo que hablaban en privado —Lynn se inclina sobre mi hombro. Baja la voz.
—Lynn —humedezco la lengua. Cierro los ojos—. Si me mientes para protegerlo te prometo que…
—¿Crees que me desveló sus encuentros en una reunión en la taberna? —susurra de forma feroz—. Descubrí una carta en una de las visitas a su casa
—¿Y bien…? —tuerzo el cuello con impaciencia.
—Lugh se dirigía a Tien. Le aseguró que te vio con vida en Brenshire, que vendrías a la misión —Lynn me observa con ese silencio eterno que emana de la compasión—. El hijo del cancilier sospechaba de ello, no mentiré, pero él confirmó sus pensamientos.
—Lugh no visitó Brenshire —devuelvo la vista al frente.
Revuelvo entre las palabras de Lynn. Trato de navegar entre los recuerdos que de estos días en el pueblo brujo.
Vi a Maren en compañía del teniente en algunas ocasiones en el castillo, en los entrenamientos.
Nos reunimos con Ebhan, Efaris y Shaqia en alguna cena.
También hicimos asambleas en las que Gandar participaba hasta que dejó de aparecer en compañía de su vara.
Pero no él. No veo a Lugh desde la unión con Azohr en el bajo mundo.
—¿Crees que acudió a espiarme? —hasta el aire sabe a desengaño.
—Solo él podría darte esa respuesta —Lynn me envuelve con el brazo.
—Si fue capaz de hacerlo, él les ha dado la mejor venganza posible —mis esperanzas se deshacen según se afianza esa sensación de traición.
—Nadie abandonará Néferien —hunde la punta de sus dedos en mi brazo como si pudiera convencerme.
—No dudo de que Néferien obtendrá la victoria, no podemos permitir que sea de otra manera —recojo los trozos de desilusión y fe al tomar aire—. Pero ya no podré sentirme vencedora.
—Tú siempre has resistido, Eladriel —dibuja una tímida sonrisa.
—No deseo resistir, Lynn. No deseo que me rompan más —mi tristeza interrumpe el llanto—. No puedo romperme más.
—Si te rindes ahora no solo te habrán hecho pedazos, también les darás la oportunidad de jugar con ellos —me sorprende Lynn, nunca la escuché tan valiente.
—¿Rendirme? —sonrío con las fosas nasales separadas.
Me tomo un solo instante para encontrarme entre mis cavilaciones en ese puesto que ocupaba hace pocos soles atrás.
—Antes, cuando me dañaban sus ofensas, me había rendido —alzo la cabeza con seguridad—. Ahora sería capaz de destruir cada rincón de Eryas si se atreven a romper la última roca que sostiene mi moral.
—¿Eso significa que cumplirás con lo dicho por Serk? —su semblante se llena de horror.
—Me resulta curioso como la idea de esconder una daga frente a mi padre me hacía temblar —mi aliento se corta—. ¿O quizás lo insólito es que ahora la rabia pueda empuñar una con firmeza ante su garganta?
—Es tu padre… —titubea Lynn.
—Mi corazón solo reconoce a un padre y no es Eliot —ni siquiera debo detenerme en saber qué siento—. Ese rey que me dio una corona y sangre real no tiene familia.