38. El rey del campamento.
(Eladriel)
Hace largo rato que caminamos por el sendero del río.
Después de dedicarle una reverencia, Serk siguió las instrucciones de Azohr sin oponer resistencia.
Incluso si no nos pierde de vista mientras camina con los brujos.
Alzo las pupilas hacia el príncipe. Mi comisura izquierda toma un leve impulso.
Sonrío. Me aclaro la garganta al deslizar la mirada hacia su mano y la sensación de que, ahora, el tacto agradable de su piel solo se encuentra en mi recuerdo.
Desearía que sus pensamientos pudieran atravesar mi pecho. Si pudiesen acariciar mi corazón al buscar la salida, escucharían el susurro de su elección. Aprieto los labios con pesar. Si eso ocurriese, yo podría asegurarle entre besos que nunca dejaría de hacerlo.
Mim, Ebhan… Lugh y Lynn no se han despegado de mis espaldas.
Y solo lo veo a él. Por primera vez desde que coincidimos en Brenshire, quiénes nos rodean roban el poco aire que nos envuelve a ambos.
La intimidad. Ya he visto a la tierra quebrarse por su ausencia bajo mis pies.
No pudo evitar doblegarse a pesar de que mis alas ahora podían volar libres como antaño, tampoco la esperanza de que todo cambiase…
Si Azohr no desea estar a mi lado, ¿qué habrá cambiado en Nóssurël para mí?
—Prefiero el castigo de tus palabras al de tu silencio, Azohr —murmuro apenada.
—No te castigo, princesa —Azohr arruga el entrecejo. Tuerce el cuello de inmediato—. Guardo silencio porque no sé qué deseas escuchar.
—Quiero escucharte a ti —entrecierro los ojos desconcertada. Convierto mi voz en una súplica velada—. Anhelo escucharte desde que retomamos el camino y Serk se alejó.
Sus pupilas danzan sobre las mías. Encuentro sus bramidos adentrándose en mi mente a pesar de que guarda silencio.
—Por favor —insisto.
Calla. Una vez más. Aunque no puede evitar que la incertidumbre haga mella en su semblante en esta ocasión.
Contempla el alrededor. Echa un vistazo a quiénes caminan cerca nuestra.
Contengo el aliento al ver su pecho hincharse y llenarse de aire mientras sus pasos se aligeran para alejarlo.
No puedo apartar la vista de esa forma en la que ha decidido tomar distancia sin mediar palabra hasta que me lanza una mirada rápida sobre el hombro y sus pupilas se detienen a su derecha.
Asiento apenas comprendo sus deseos.
—Temo —Azohr mantiene su mirada al frente incluso si llego a su lado—. Siento miedo.
—¿De ellos? —señalo a los brujos que acompañan a Serk alzando las cejas.
—Todo se ha complicado y me atormenta, Eladriel —su mirada es tan sincera que me hace temblar—. Me asusta que el precio a pagar por tener inmortalidad sea no poder pasar la eternidad junto a ti como soñamos.
—No digas eso —niego. Lucho por liberarme de esa aterradora ira—. Lo único bello que logré encontrar en ser inmortal es que ahora tú lo eres.
—Soy inmortal —sonríe—. Ahora tengo corona —traga saliva—. Pero eso no nos hace iguales.
—Yo tampoco deseo ninguna de esas cosas —le recuerdo. Aliso el ceño turbado por el desconcierto.
—Sé que no te interesa la vida de palacio, pero no puedes olvidar lo que representa llevar una corona —sacude la cabeza en un gesto de negativa—. Eso es lo que nos hace diferente.
Mi mirada se endurece apenas terminar de hablar. Extiendo el brazo para detener sus pasos, alzo la barbilla cuando encuentro sus pupilas intranquilas observándome.
—Quien soy no depende de una corona o un estandarte. Menos de un linaje —tuerzo el gesto—. Si nunca hubiese sido princesa, aún seguiría siendo Eladriel —expando las pupilas—. Tu Eladriel.
—No comprendes cómo amo a esa Eladriel. A ti —asiente—. Pero… —su mirada profunda se pierde—. Me desgarra saber que nunca me amarás lo suficiente como para ser feliz lejos de esto.
Qué soberana locura la que cruza esa sesera.
No logra imaginar que yo nunca fui a pesar de habitarme hasta que él no alimentó mis anhelos.
Nunca imaginé que pudiese ser. Conocía mi título, eso es cierto, sabía que era la princesa de las hadas cuyo nombre es Eladriel…
Pero jamás conocí a esa fuerza indómita que él nombra princesa Eladriel.
Y lo hice porque sus ojos gritaban que era digna de serlo, de ser amada.
Él encendió en mi todas las ganas de demostrarle al mundo que dentro de cualquier universo roto, el dolor puede convertirse en valentía y sanar con fuerza.
Una que te hará invencible. Me mostró la sutileza con la que un sentimiento puede temblar o ser fiero entre latidos.
Me devolvió el aliento del placer. Saber que existe me hizo desear amaneceres, soñar con lunas que protegen amantes y sentir antojo de vivir.
Hizo que la música sonara en mi baile de legado y libertad.
—Lo que soy lo llevo en la piel. En mi cuerpo y lo que late tan fuerte en él, que ya no puede ser ignorado —rodeo sus manos. Apenas rozo su piel—. Y mientras más cerca estás, más puedo ser.
—Yo te siento lejos, Eladriel —el príncipe besa mis manos—, mucho más lejos de lo que me gustaría.
Me apoyo en la punta de los pies para examinar sus espaldas y ver si nos han dado alcance.
Ebhan y el resto caminan pendientes de Serk y el resto de la comitiva.
Sonrío. Este es el momento perfecto para desaparecer, aunque solo sea un breve instante.
Me aferro a su mano para hacerle caminar entre unos arbustos a un costado.
Sus dedos se funden con los míos mientras sorteo la maleza.
En apenas unos pasos, unos rayo de luz iluminan el frente, como si fuera un pequeño apartado.
Me aseguro de que me sigue con una mirada rápida al comprobar la presencia de piedras grisáceas de diferentes tamaños.
Puede que las hayan colocado los khaseri para descansar cuando han recorrido el bosque en otras ocasiones.
Volteo antes de llegar a ellas. Busco su otra mano, contemplo esa amplia sonrisa que siempre ilumina su rostro cuando nos perdemos.
Mi estómago titila por ello. Le hago tomar asiento y coloco un dedo bajo su mentón para elevarlo, que no se pierda detalle.
Esa curva alegre que adornaba mi cara desde que nos alejamos se amplía al encontrar el mejor rincón del mundo entre sus brazos. Esperándome.
—Voy a demostrarte algo —tomo asiento en una piedra más baja ante él.
Apoyo la espalda contra su pecho. Hundo la cabeza entre su mentón y el cuello cuando me envuelve con los brazos.
—¿Esperaremos a los laméntiras como último acto de amor? —su risa irónica susurrante me eriza la piel.
Cierro los ojos para guardarla entre mis recuerdos más preciados.
—¿Puedes recordar el día que llegué a Brenshire? —elevo la frente en busca de sus hermosos ojos.
—Podría hablarte hasta de esos cabellos rebeldes que asomaban entre el resto por el vuelo —me besa la comisura izquierda.
—Utiliza la magia como hiciste aquel día con la chimenea, príncipe —devuelvo la vista al frente—. Haz que este bosque sea Avka.
Mi sonrisa se dibuja al compás de la suya.
Me besa el hombro. Une su cuerpo con el mío al convertirse en el abrazo más sincero del mundo.
Entre sus brazos, el bosque ha dejado de ser troncos y maleza.
Puedo sentir en una de sus caricias el calor de la chimenea viajando hacia mi piel.
El día luminoso entre los árboles se transforma en la oscura noche bañando la cabaña en el reino nevado.
Las estrellas son como él. La piedra se convierte en el mullido sofá de terciopelo, la hierba bajo nuestros pies es tan reconfortante como las plumas de la alfombra.
El sonido del gramófono al tempo del crepitar de las llamas apaga el ruido de este lugar…
—¿Comprendes ahora? —musito cerca de su oído—. Solo te necesito a ti para estar en cualquier lugar que desee. Tú eres esa eternidad por la que mi alma lucha.
—¿Cómo puedo dejar de soñar con esto, Eladriel? —el príncipe llena sus ojos de tristeza.
—Si dejas de soñar con nuestro futuro, te traeré mil veces a esta piedra para que vuelvas a soñarlo —acaricio un lado de su rostro para que no sienta miedo.
—Ese futuro está oscuro si Néferien pierde, lo sé. Si no consigues salvar a tu pueblo —aparta la mirada más rota de lo que esperaba imaginar.
Acerco mis labios a los suyos hasta que nuestros alientos se rozan.
—Di que no es una locura pensar que somos más que esto —alzo el mentón para besarlo—. Convénceme de que escondernos del mundo en Avka es mejor que hacerlo nuestro bajo besos.
—Primero dime que convertirás mi respuesta en una promesa —murmulla sobre mi aliento—, y te diré todo lo que necesites escuchar.
Me incorporo para convertirlo en el centro de mi ser, pero Azohr… Envuelve mis caderas con ligereza para hacerme girar como si hubiese usado la magia para leerme el pensamiento. Me acerca a sus labios, pero a duras penas me rozan.
—Solo deseo saber qué esperas antes de confesarme —resuello al tacto sedoso de sus labios.
—Por una vez no uses tus labios para decirme te quiero —se aparta despacio. Sus ojos vibran—. Necesito escuchar qué sientes.
—Dudas de lo que siento —sorteo esa chispa brillante oscilando en sus ojos mientras me aclaro la garganta—. A mí me asusta…
—¿Es eso lo que te sucede? ¿Te asusta quererme? —la punta de sus dedos se hunde en la parte baja de mi espalda.
—Yo no te quiero, Azohr —convierto mi rostro en el preludio de mis sentimientos.
Puede que mi afirmación suene hiriente. Incluso ardiente si no es capaz de mirarme a los ojos antes de que pueda aliarse con sus miedos para darse por vencido.
—Yo te amo de una forma que me quema y me alivia —sentencio.
Poso las manos sobre su rostro para elevarlo con firmeza. Me obligo a darle la vuelta a mi corazón para decirle la verdad a esas pupilas que me piden sinceridad. Me sostengo en sus manos sujetándome para no pensar en esas espinas que quieren lacerarlo haciéndome callar.
—Me cautiva como me arrojaría a un abismo oscuro con tu nombre huyendo de una tierra llena de aliento y esperanza —aparto los mechones rebeldes de su frente—. Venero que tus ojos definan mis sentimientos, que mi piel responda a tus manos como suya…
Acaricio sus labios con las pupilas. Separo los míos cuando el tacto de sus besos aparece en los recuerdos que más anhelo.