37. A un grito de la libertad. #7
—¿Y tú crees que podrá conseguirlo? —Borin separa los párpados para contemplar la fuerza indómita de la princesa ante él.
Lo que cautivó de ella fue la forma en la que logró enmudecerme.
No fue esa calidez rosada de sus mejillas ni la forma marcada de su cintura.
Tampoco la profundidad delirante que encuentro en sus hermosos ojos marrones custodios de su intensidad.
Nada de lo que brujos decían que me enloquecería de una mujer.
Me esclavizó su presencia. Esa forma en la que la biblioteca de Carsley se llenó de sus pensamientos sin que ella tuviese la necesidad de abrir la boca.
O, tal vez, eso solo fueron mentiras que yo me conté para entender cómo podía soñar con una criatura con la que solo compartí un saludo.
Quería ponerle palabras a la urgencia que mi alma sentía por contemplarla sin que ella quisiese llamar mi atención.
Ella tenía la luz que yo necesitaba para que mis latidos tuvieran propósito, y desde ese día, nunca más pudo dejar de latir por él. Por ella.
—Quiero estar a su lado para comprobarlo —estiro las comisuras con seguridad.
—El alma de Sane ha sonreído —Borin asesta un par de golpes en la parte baja de mi espalda a pesar de que lucha contra su altura—. Las puertas del castillo de Kioran están abiertas para vosotros como refugio.
—Ir a Bhulkahdur dirigiría la atención de los ángeles hacia los enanos. De Eliot —muevo el mentón en una negativa—. Te aprecio demasiado, a tu pueblo, no os pondría en peligro.
—Las alianzas entre Bhulkahdur y Néferien siempre fueron más que políticas, Azohr —se lleva las manos a la espalda de forma autoritaria—. Tú has formado parte de las guardias en las fronteras en varias ocasiones.
—Esa unión no se honrará con sangre de enanos, príncipe Borin —me rehúso a quemar sus últimos recuerdos.
—Aprecio a Ebhan, pero tú eres mi amigo —su tono nostálgico me hace bajar la guardia. Sonríe—. No esperes que te abandone cuando caminaremos juntos en la noche.
Quizás no debería ignorar su ofrecimiento, aunque no sea para la princesa y para mí. Puede que Néferien no resista. Incluso si Ebhan, Mim y todos llegamos para luchar por esas tierras, los brujos necesitarán un lugar al que poder ir si les fallamos.
—Voy a confesarte algo —bajo el tono de voz. Hundo la mirada en Eladriel—. Pero es importante que los elfos no descubran que tenemos esta información.
—El fuego enano guarda los secretos, príncipe —asegura Borin entre dientes.
—Sabemos que Eliot enviará tropas a Néferien en las horas de mañana —busco su rostro con desesperación—. Necesito ayuda con eso.
—No puedo preparar al ejército enano —da un paso a un lado que lo aleja, aunque sea solo para mirarme por completo—. No tendré tiempo para prepararlo.
—Te pido que abras las puertas de tu reino al pueblo brujo si llegado el momento necesitan un lugar al que huir —mi cuerpo pierde la tensión al confesarme.
—Los enanos siempre responderán al pueblo brujo. Y la corona —Borin me ofrece su mano sin vacilar.
—No deis un veredicto sin tener en cuenta que para ello debes abandonar la misión —observo su mano yerta en espera.
—Elegir la misión me costó la familia, aprendí de mis errores —Borin llena sus recuerdos de lágrimas.
—Te prometo que conseguiremos salvar Órianth —aprieto su mano con la misma fuerza con la que he pronunciado esa promesa—. Por Sane.
—El alma de Sane ya descansa, pero la mía… —asiente. Veo un destello de súplica en la forma en la que me señala al elevar la frente—. Evita que deba mirarte tal y como tú me miras ahora.
Trato de dibujar una sonrisa de agradecimiento a Borin mientras devuelvo el interés a la princesa.
Eladriel aun camina junto a Serk. Ya no tiembla.
Él ha descubierto que saciar su curiosidad la atrae fácilmente y ella contempla curiosa todos los puntos a los que señala.
Dirijo una mirada a las espaldas. A Ebhan encabezando el resto del grupo.
Las sombras de Hai, Shae y Ciea se ciernen sobre el bosque al sobrevolar de cerca la zona.
Ni siquiera podrían descender en este espacio si fuera necesario.
Serk levanta la cabeza. Sigue con habilidad la trayectoria visible de los fénixes entre los huecos amplios de las copas por donde se cuela el color del cielo.
Sujeta la mano de la princesa con agilidad y agudiza mis sentidos con ese gesto.
Cierro los puños. Mi pierna lucha por dar un paso cuando la mano de Borin sujetándome el brazal rompe la intención.
—Solo observa —murmulla Borin con tono sonriente.
—Tendrás que sujetarme con más fuerza —rugo de furia.
El blanco de mis pupilas se tiñe de magia oscura.
Eladriel curva la espalda, tira de su brazo en lo que entiendo como un enfrentamiento.
Mis pasos ya no se detienen por el tacto de Borin.
Ni tampoco cuando el chillido de uno de los fénixes mece las hojas por la cercanía con la que vuelan.
Abrazo la empuñadura de la espada aprovechando que mi corazón aun late despacio.
Contengo el aliento al recibir esa mirada apresurada de medio lado de la princesa antes de desaparecer.
Deslizo el brazo de la mano del príncipe con tanta fuerza, que apenas puedo darme cuenta de si corre a mis espaldas o el suelo lo tomó como rehén.
Veo negro y no es por la magia a pesar de que siento como se escapa por mi piel sin piedad.
El eco me regala entre los sonido de mi respiración, el del metal desenvainando. Giro. Borin corre apresurado tras percibir el rugido del acero tanto como yo, como todos los brujos que caminaban tras nosotros. Hasta los lobos de la princesa elfa se han lanzado a la carrera.
—¡Azohr! —exclama Borin con una sonrisa que baña su rostro.
Frunzo el ceño. Mi carrera cesa al comprobar que Eladriel somete a Serk con una de las dagas mientras una de sus bolas de luz está lista para impactar contra su rostro si ella lo decide.
Me muerdo el labio inferior. Ni la magia negra se atreve a enfrentarse a la princesa.
Lo entiendo, yo tampoco osaría desafiarla, es más peligrosa de lo que su cara inocente y su sonrisa abierta hacen ver.
—Hiciste un trato, ¿debo comprender que tu palabra no tiene valor? —anclo la vista ardiente en Serk mientras le muestro la hoja de la espada.
—Confías en ella demasiado, pudo ser una de sus peticiones —el brujo dibuja media sonrisa.
—Yo tengo magia negra, a mí no puedes engañarme —la sombra oscura de mis ojos ya no teme salir.
—Un brujo de magia negra no se escudaría detrás de una espada ni de una corona, estás de su parte —Serk borra la sonrisa orgullosa de la cara.
Arrojo la espada a los pies de Borin. Aprieto la mandíbula con tanta fiereza, que puedo sentir el sabor del metal en la boca.
Llamo a la magia. Cierro los ojos al sentir como esa oscuridad que antes me negaba, me habitan.
Aunque esta vez, la forma en la que lo hacen no es perceptible para mí.
Podría decir que es liviana. Arrugo la frente cuando la piel de mis manos se agita, mis fosas nasales se separan al subir por los brazos…
Abro los ojos cuando los siento tan oscuros y profundos como los que vi en Beliel.
Pequeñas motas azabache se desprenden de mi piel.
Salen solo para mantenerse alrededor y cada vez ocupan más espacio.
No se parece a una de las barreras de protección de la magia.
Tampoco son como las sombras que envolvían a la princesa cuando bajamos a la profundidades.
Un ojo que observa silencioso pestañea. Eladriel deja que las partículas de luz alrededor de sus dedos caigan sobre la hierba, el brujo une la espalda al tronco del árbol.
—El ojo de la conciencia —desvela Serk con el rostro oscurecido por la sombra—. Es el ojo de la magia del dios de las profundidades.
—¿Qué significa eso? —mi tono se vuelve áspero.
—Nuestro saikh habla de un hechicero cercano a él llamado Gandar Dugalf —asiente el brujo. Se separa lento del árbol. —Cuenta que custodia a uno de los elegidos por Beliel, uno cuya magia se quebró al nacer.
Gandar. Maldito viejo hablador, debería dejar de subestimarlo…
—¿Qué sabes tú de ese elegido? —alzo las cejas.
—Liberará su verdad porque otros fallaron antes —Serk se aleja de la princesa.
En pasos lentos, se acerca a ese ojo que observa.
—Dotaré de mi poder a quién incline a mi enemigo ante él, dijo Beliel —Serk declara con tono firme, elevado—. Arrodillará a la verdadera semilla del mal.
—¿Quién debe inclinarse ante la oscuridad? —Eladriel rompe su silencio. Contempla sin perder matices de sus pasos.
—Al rey que porta una corona con alas —manifiesta Serk—. Tú fuiste elegida para ser quién envaine la espada que le de la muerte.
Algo en ella se ha quebrado, pero también ha resurgido un brillo especial en su mirada. Eso es el fin. Puede que nuestro principio. Asiente. Asiento con la conciencia encogida al ver como su garganta se mueve por la decisión.
—Llevadnos ante vuestro saikh —ordeno—. Necesitamos su ayuda para que eso que dices se cumpla.
—Sí, mi señor —Serk se inclina.
Los brujos a mi espalda se arrodillan. Hunden la punta de la flecha sobre la tierra seca cuando ven como su líder se inclina, bajan la mirada. Contemplo como sus armas amenazantes ahora parecen haberse vuelto a mi servicio solo por haber mostrado mi magia.
La mirada de Serk se encuentra con la mía cuando alinea su espalda, sujeta sus manos al frente con seguridad. Sus brujos se alzan. Colocan sus arcos al hombro mientras sus pies golpean el suelo con determinación, sus gritos y puños ondean entre la vegetación.
Unos que nunca habría esperado escuchar.
—El saikh espera al rey de los Khaseri —asiente Serk.