37. A un grito de la libertad. #6
Apenas se retira, los brujos que rodean al resto golpean el suelo con firmeza. La tierra sufre. Se alejan a pesar de que el arco no deja de estar cargado por intimar a aquellos que todavía tiritan en el centro. Solo colocan las medias lunas en el hombro cuando Serk emite una orden fija.
Ebhan y Mim mueven las pupilas tras sus movimientos.
Prestan atención a los más cercanos por miedo a que no cumplan su palabra y ataquen a traición.
Ahora que están libres, los lobos buscan hueco entre las piernas de la princesa elfa y su guardia.
Muestran los dientes llenos de rabia, encorvan el lomo en señal de aviso…
Borin se acerca a Lugh y comprueba que todavía puede tomar aliento. Lynn infla el pecho.
Ninguno de ellos debería preocuparse por sus vidas, solo Eladriel se ha vuelto el centro de interés de ese brujo y los que lo acompañan.
—¿Confías en lo que dice? —pregunto a la princesa entre dientes.
—Confío en que pueda ayudarnos a encontrar lo que necesitamos —Eladriel se aclara la garganta—. Se lo debo a Sane.
—Me preocupa que solo desee utilizar lo que hemos confesado para conseguir sus propios objetivos —mis labios se estiran por la sospecha.
—Ni siquiera sabemos qué desea —interviene Lugh de forma oportuna.
—¿No? —pongo los ojos en blanco. Suspiro—. Yo puedo hacerme una idea de lo que anhela de verdad.
Mim aparece, Ebhan llega con la respiración agitada y cara de susto. Aun puedo percibir los restos de palidez en su rostro. Puede que nos hayan enseñado a manejar la espada, pero controlar el miedo a que te arrebaten el aliento no puede dominarse con tanta facilidad.
—Necesito atención —Eladriel sujeta mi brazo, el de Mim. Nos acerca.
Ebhan se une, Lynn. Lugh propina un codazo a Mim esperando que le otorgue un mínimo espacio. Sus ojos se entrecierran cuando un solo manotazo del teniente sobre su sesera lo aparta.
—Sé que si Serk accede a mostrarnos ese lugar es solo porque está seguro de que obtendrá algo a cambio —establece la princesa en tono cómplice—. No revelarían donde se ocultan de otra forma.
—¿Cómo sabes que iremos a ese lugar? —mis miedos se revelan—. ¿Cómo sabes que no ha mentido?
—Si es cierto, no creo que los khaseri quieran recibir a los representantes de Néferien —Ebhan se vuelve uno con la razón para hablar—. Desconfiarán de nuestra presencia.
—Pero no es nuestra culpa —Mim deja caer los brazos.
—Es comprensible que nos crean cómplices de los dioses, ningún rey hizo nada por revocar esa sentencia —confieso a pesar de sentir remordimiento por Draegor.
—Su dolor es demasiado grande… —Ebhan se entristece.
—Él no confía en nosotros, pero sí parece hacerlo con Eladriel —tuerzo el gesto con incomodidad.
—Utilizaremos eso a nuestro favor —la princesa posa la mano sobre la mía de forma suave.
—¿Cómo lo haremos? —Lynn suena poco convencida.
—Trataré de unirlo a nosotros —Eladriel me hace temblar con sus palabras—. Si él acepta luchar, sé que no vendrá solo.
—¿Crees que abandonarán sus tierras después de ver cómo las protegen? —Ebhan ríe con sarcasmo.
—Ahora tienen un lugar en el que vivir en libertad —insiste Eladriel.
—¿En Émaxor? —Mim encorva la espalda. Alza las cejas—. ¿Quieres llevarlos a Émaxor?
—Ellos pertenecen a esas tierras —le recuerdo al teniente tras volverme rígido.
—No van a luchar por nosotros, lo harán por ellos mismos —sostiene Eladriel convencida—. Liberarán a los brujos de magia oscura de la fortaleza y defenderán a su príncipe.
Imagino que la seguridad que proyecta en sus palabras está relacionada con el hecho de que ella es ahora la princesa de Émaxor, por eso está tan segura de que Serk aceptará su propuesta. No tendrá problemas en luchar por su princesa.
—Espera, princesa —Ebhan abre la mano—. Aun si acepta, tenemos un problema más importante.
—Os escucho —asiente Eladriel.
—El solium —afirma Lugh tras poner los ojos en blanco.
—Sin el solium, no hay nada que defender —afirma Ebhan.
Esa mirada de desconcierto en él… Yo nunca antes la vi.
—Ellos también necesitan ese solium —Eladriel convierte cualquier duda en una certeza.
—Seremos más criaturas para repartir —Lugh rueda los ojos a un lado. El peso de su verdad cae sobre su cadera—. No creo que al rey Eliot le haga gracia.
—Si ellos aceptar partir a Émaxor, no —defiende la princesa—. ¿Cómo podrá ese saikh mantener ese mundo que ha creado con vida de no ser así?
—Entonces —algo de esperanza en el tono de Mim azuza a mi miedo porque la realidad lo quiebre—. ¿Podríamos terminar la misión en el tiempo establecido por los dioses?
Eladriel calla. Lo hace para recibir de mi mirada una respuesta que los calme. Mi silencio es suficiente para hacerles comprender que no disponemos de tanto tiempo como ellos creen. De hecho, no hay tiempo. No sé cuánto tardarán Shaqia o Efaris en recibir la visita de la guerra.
Me rindo ante el propio brillo de angustia que sé que revelan mis pupilas y la princesa lo sabe.
—Tendremos que hacerlo esta noche —Eladriel devuelve la atención al grupo.
—¿En la noche? —Ebhan duda. No sabe en cuál de los dos debe centrarse—. ¿Cómo podremos coger los cristales envueltos en la oscuridad de la madrugada?
—Eliot atacará Néferien —ese nudo en la garganta que Eladriel tensaba con la mirada se desvanece—. Lo hará mañana.
El príncipe recibe mis palabras con temor. Su mandíbula cae. En ese momento, la respiración de Ebhan se corta y ya no toma aliento. Ni el que mueve la princesa al acercarse a él para sostener su conmoción.
—Abandonaremos la misión, iremos a Néferien —Eladriel se vuelve el destino de su mirada perdida—. Pero no ahora, no sin el solium.
—Esas minas están vigiladas por la arpía de los vientos —murmulla Ebhan—. Ir en la noche es tanto como pedirle a la muerte que tome tu alma.
Ebhan dobla las rodillas. Se hunden en la tierra por contarle en confidencia que está abatido, que necesita consuelo. Que su mente divaga mientras me rompo al verlo.
—No subestimes al miedo, Ebhan, es tan peligroso como la muerte —Eladriel se coloca a su altura. Sostiene su sesera perdida con las manos—. Los dos pueden conseguir que te olvides de cómo se respira.
—¿Cómo vas a convencerme de que la noche nos dará el poder? —Ebhan aparta la mirada. Sus ojos resplandecen de pena.
—Todavía no tengo la respuesta —la princesa deja escapar el aire con pesar.
Los pasos de Borin se apresuran ahora que Serk y los suyos caminan tras él para darnos alcance.
Estiro la espalda. Ese brujo dirige al resto como si fuera su líder.
No puedo dejarlo pasar si es más joven que cualquiera de los que van detrás aceptando sus órdenes.
Ebhan coloca la mano en el cinturón apenas contempla como su sonrisa nace por romper la distancia con nosotros.
Con Eladriel. Sé que él también ve lo que yo veo.
—Princesa de las hadas —Serk se inclina. Le ofrece la mano—. Partiremos cuando lo dispongáis.
—Aun debo hacer una petición —Eladriel voltea.
Admiro la forma en la que su expresión se ha vuelto serena cuando Serk ha mencionado su nombre. Casi por instinto.
—Hablad y eso será todo lo que necesite para cumplirla —Serk se muestra más comprensivo aun.
—Deseo que nos acompañe —Eladriel da un paso a un costado. A mi lado.
Desde que Serk nos vio aparecer con el campamento acuestas, no lo he visto trazar una mueca de desagrado con tanta claridad como ahora.
Así trate de ocultarlo. Aunque no puedo asegurar nada solo con mirarlo a los ojos, parece que desea abrir la tierra que piso.
Pero si él supiese lo que azota mis pensamientos cada vez que me desafía con las pupilas…
—Caminará tras nosotros —Serk tuerce la sonrisa.
—Justo al lado —insiste la princesa.
—Si deseas información, caminará detrás —espeta el brujo como última instancia—. Yo decido a quién revelo la vida de los khaseri.
—Consiento —Eladriel acepta su ofrecimiento sonriente.
Espero la mirada de Ebhan desde el otro lado al ver que se aleja, pero no la recibo.
No hay alivio. Ella acepta su mano. Él la aparta lo suficiente como para permitirse el placer de enviarme una mirada de triunfo que me amarga la garganta.
Carraspeo. Envaino la espada tras la mirada que la princesa me dedica por encima del hombro.
—Puedo verte —Borin asiente al llegar a mi lado. Me ofrece su compañía—. No eres responsable de lo sucedido con Sane.
Golpeo su espalda de forma suave por confirmarle que anhelaba su presencia cerca.
—Aun no te dije cuanto lo siento —aparto la mirada hacia la princesa.
—Puedo ver que te has quebrado por la forma en la que evades mi mirada hace horas —Borin alza la mirada firme. Apenas sonríe—. Conozco tu sinceridad.
—¿Aceptarás mi gratitud si te confieso que la siento? —concentro la mirada en Eladriel—. Ella todavía está aquí.
—¿Qué harás cuando la misión termine? —Borin contempla a Eladriel caminando junto a Serk—. Brenshire no será una opción a la que volver.
—Hay un lugar, pero sé que no es lo que ella desea —el aire se desliza fuera de mí sin esfuerzos.
—¿Qué deseas tú? —el príncipe enano utiliza mi suspiro para interrogarme.
Y funciona…
—Las regiones nevadas de Avka —admito sin titubeos. Sin tener que elegir entre destinos.
—¿Acaso la princesa mencionó un sueño distinto? —Borin escudriña mi semblante de forma minuciosa.
—Puede que ella tenga más de un sueño, Borin —acepto cuando el aire por fin quiere apiadarse de mi pecho ardiente por mis afirmaciones.
—Apenas conozco a la princesa de las hadas, pero no deja de asegurarse de que estás tan cerca como te siente —arruga el entrecejo para analizar las miradas de la princesa a la lejanía.
—Hay anhelos tan intensos en ella, que son capaces de alejarla y hacerla temblar —la veo justo así, temblando por el coraje y el miedo—. Solo puede deberse a que los desea más que a mí.
Obligo a mis ojos a brillar con calma cuando ella los busca. Curvo los labios en una sonrisa cálida que le cuente que mi corazón no tiembla por su distancia.
—No comprendo qué quieres decir, Azohr —Borin se lleva los pulgares al cinturón de metal sobre sus ropas.
—Ella no puede alejarse de Órianth, desea salvarlo —mi sonrisa sigue adornando mi rostro, pero mi tono de ironía…