Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 37. A un grito de la libertad. #5
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37. A un grito de la libertad. #5

Un desafío a la muerte en los talones. Una ligera oscuridad refresca el ambiente ahora que la luz del día está siendo devorada por las tupidas copas vestidas de peligro.

Hay rincones donde los reflejos del sol pueden cegarte.

Ya casi no se aprecian las pisadas sobre las ramas secas que crujen sin descanso por la prisa, solo el metal impactando contra el silencio.

Desaparece. La quietud que precede al ruido de la batalla consigue estremecerme.

Nunca enfrenté una guerra, pero estoy convencido de que hay ocasiones en las que los rugidos de las espadas asustan menos antes de luchar, que el propio sonido del vacío.

Corro delante de la princesa por los aullidos de los lobos sacudiendo las ramas.

Apenas termino de sortear el par de raíces que casi me hacen caer cuando un círculo de criaturas que tensan las cuerdas de sus arcos apunta a Ebhan.

A Mim, Lugh y el resto. Hasta Aranel ha perdido ese aire de arrogancia al ver la poca importancia de su corona ante el dios de la muerte.

Los lobos rugen, pero no pueden liberarse del poder de esos seres.

Recupero la postura. Eladriel quiebra sus pasos al encontrarse con mi espalda.

Separa los labios por un quejido de asombro al ver que una de esas flechas se orienta hacia nosotros al percibir la llegada.

—Azohr… —musita Eladriel sin parpadear.

Voltea el único de ellos que no sostiene arma entre sus manos.

No me inspira confianza. Me observa de la misma forma que yo a él, con la misma mueca de desagrado.

Hasta que Eladriel da un paso que la acerca a tomar mi mano para entregarme en confianza ese pequeño temblor que la recorre.

Y entonces ella atrae su atención. Su expresión se desvanece solo con convertir a Eladriel en el objeto de su curiosidad.

Al entrecerrarla sobre su rostro. Aprieto los dientes al comprobar que guarda en esa mirada lo que yo sentí esa primera vez que la vi.

—Luxoria matinia —ese ser detiene sus pasos a menos distancia de mi ira de la que debería.

—¿Eres…? —arrugo la frente al reconocer el saludo.

Analizo os dibujos sobre su torso desprovisto de ropas y armaduras. Las trenzas que decoran su cabeza y parte de su espalda.

—Siempre seré un brujo, pero hace mucho que dejé de ser parte de Néferien —confiesa sin prestarme atención. Sin apartar la mirada de la princesa.

Busco de forma discreta la empuñadura de la espada ante la negativa que Ebhan dibuja con las pupilas. Doy un paso para colocarme ante Eladriel. Desenvaino la espada de forma limpia, las espinas despiertan al sentir que les otorgo la libertad para recorrer la hoja. Apoyo la punta contra el suelo.

—No deseo hacerle daño —revela el brujo con una sonrisa que no me agrada.

—Me hacen desconfiar esas flechas cuya punta amenaza la vida de los nuestros… —elevo el mentón con la misma seguridad con la que endurezco el tono.

Arroja un grito agudo que no consigo entender.

Esos… brujos que tensaban las cuerdas bajan los arcos, aunque el arma se mantiene preparado en las manos.

Continúan rodeándolos. Sonríe como si hubiera sido testigo de la cara de alivio de algunos de los que estaban siendo amenazados por sus hombres.

Ellos tiemblan y él solo sacude el cuello para contemplar con más atención a la princesa.

—¿Cuál es tu nombre? —el brujo insiste en atravesar mis palabras para hacerse con sus ojos.

—Eladriel —asiente la princesa.

—¿Eres una bruja? —su curiosidad le hace dar un paso. Peligroso.

—Pertenezco a las hadas —sonríe Eladriel de forma tímida.

Despliega sus alas. El brujo se aparta cuando se abren por completo, sus ojos muy abiertos las analizan con susto. Pestañea ante las uniones que la conforman. Estira el dedo. Lo eleva despacio y se otorga el derecho de acercase solo por la curiosidad del tacto, de posar sus manos en ella.

Levanto la espada antes de que su pie pueda apoyarse en el suelo para completar el paso. Nunca la sentí tan ligera.

—Dinos tu nombre —la punta de la espada refleja su mentón.

—Serk Thamar —la barbilla del brujo ni siquiera tiembla sobre el filo.

—¿Qué clase de brujo eres? —la acerco. Dejo que la punta roce suave la piel de su garganta.

—Mi magia es negra —asiente con orgullo. Dibuja media sonrisa—. Todos los que pertenecemos al clan Khaseri somos brujos oscuros.

—Él es el príncipe de magia negra en Néferien —revela Ebhan.

Su sonrisa nerviosa aparece cuando Serk calla. Ahora todos los que rodean amenazantes a Ebhan y el resto me toman a mí como su objetivo.

—En ese reino no se permite nuestra magia —Serk me dedica una mirada que parece atormentada—. Todos nosotros nos vimos obligados a huir para no ser encerrados.

—¿Hay más como vosotros? —pregunto cuando elevan el arco.

—No importa cuántos seamos —espeta el brujo sonriente.

—Azohr no os haría daño —Eladriel guarda las alas. Tiende las manos por apaciguar—. En su castillo hay brujos oscuros que son libres.

—Hace milenios que no hay brujos oscuros en libertad —Serk me contempla sin pestañear.

—Yo los vi —insiste la princesa.

Eladriel posa la mano sobre la empuñadura de la espada. Sobre la mía. Trata de que no apunte a su gaznate y cree que cederé a sus deseos.

—Han sido protegidos por el rey Draegor —Eladriel rueda los ojos hacia Ebhan—. Por el príncipe de magia verde.

—¿Protegidos? —Serk arquea una ceja—. No es protección lo que necesitamos, es justicia.

—Ellos tienen justicia —sonríe la princesa—. Tienen una vida.

—¿Qué clase de justicia es esa? —aun con la espada cerca de su vida, el brujo no se rinde—. La libertad no la da un nombre.

—Pero sí la posibilidad de levantar una espada por él —le recuerda Eladriel sin temblar.

—¿Por qué vais hacia nuestras tierras? —Ser entrecierra los ojos. Ya no presta atención a mi amenaza.

—Solo buscamos agua —confiesa la princesa mientras sostiene su mirada—. Agua para poder refrescarnos y calmar la sed de nuestros animales.

—Las criaturas de los reinos no visitan el bosque —Serk suaviza la tensión que sostenía en la mandíbula, en las pupilas—. ¿Qué necesitáis de este lugar?

—Las minas. Acceder a ellas —mi tono se vuelve sentenciador.

—Solo hablaré con el hada —el brujo ni siquiera me mira para revelar que ha decidido ignorarme.

—Si vuelves a equivocarte en la respuesta… —bajo el arma hasta apuntar al centro de su pecho.

—Ejecutarán la orden de disparar si no bajas la espada —Serk levanta el brazo para dar la señal.

—Ordénales que lo hagan —Eladriel da un paso al frente que la acerca a él—. Pero que sus flechas también terminen con mi vida si ya no podré tener su presencia cerca.

—Princesa… —mi voz se convierte en el eco de la rabia que ruge dentro.

—Y si no lo hacen y me queda aliento… —la princesa traga saliva. Sus pupilas resplandecen—, tendrán que enarcar nuevas flechas cuando convierta tu muerte en mi venganza.

—¿Princesa? —Serk abate el brazo confundido.

—Soy la princesa de las hadas —Eladriel alza la frente.

—Entonces cumpliré con vuestros deseos, pero no con los suyos —el brujo no parece titubear ante ella como yo lo haría.

Mi pecho burbujea solo por el anhelo de que ella desprecie sus palabras, pero sé que tomará otra decisión.

La contemplo en espera. Hasta que apoya la frente sobre mi antebrazo como último recurso contra mi voluntad.

Tomo aire. Las espinas que recorren la hoja se retiran cuando sienten que ya no las necesitaré.

Bajo despacio la espada. La punta aún no se amigó con el suelo cuando Serk sonríe por lanzarse al camino hacia ella.

La arrogancia con la que estira la espalda me pide subirla de nuevo…

—¿Qué hay en esas minas para que unos príncipes se atrevan a visitarlas? —la inquietud de Serk me parece más afilada que inocente.

—Solium. Cristales llenos de la primera luz de la creación de Órianth —la princesa sujeta las manos al frente por su cercanía—. Los reinos los necesitan para detener el problema con la convergencia solar.

—Solium… —el brujo estira los labios satisfecho.

—¿Sabes dónde están? ¿Ellos lo saben? —Eladriel separa los brazos. Inclina la cabeza a un lado de forma ligera.

—Algunos de los brujos del clan saben llegar a esas minas —la postura de Serk se vuelve firme ahora que ella parece estar más confiada.

—¿Debo tomar esas palabras como una propuesta de ayuda? —la sonrisa de la princesa comienza a dibujarse.

—Puedo llevaros nuestra aldea —el brujo sonríe y de forma amable—. Quizás nuestro saikh os pueda ayudar con lo que buscáis.

—Antes te cedería la espada para que me cortaras el cuello —hundo la espada en la tierra.

—Acepto tu propuesta —declara Eladriel sin dudarlo. Incluso si eso dibuja una sonrisa más amplia en el rostro de Serk—. Pero tengo una sola condición.

—Nosotros no necesitamos ayuda, princesa —el brujo baja la frente en un gesto de advertencia.

—Solo os acompañaremos si pueden caminar en libertad —la princesa señala a Lugh, a Lynn. A Mim y todo el grupo.

—Necesitaría un acto de fe para complacer esa condición —sugiere Serk con tono aguzado.

—Deseo su libertad, estoy dispuesta —Eladriel ignora sin remordimientos la mirada de desaprobación que hace rato le dedico.

—Quiero hablar —asegura Serk. Aunque me moleste aceptarlo, parece sincero—. Solo deseo que el príncipe de magia oscura nos permita hablar.

—¿Me pides que me aleje? —las espinas en la espada vuelven a despertar bajo mi mano.

—No —Serk sacude las trenzas de su cabeza en una negativa—. Le pido a la princesa que elija si desea confiar en mi palabra, o no.

—¿Confiaría en quién desprecia a la criatura que amo? —Eladriel se rehúsa—. Mi charla y compañía solo serán entregadas a quién reverencie al príncipe.

Serk da un paso atrás. Tarda un segundo tras la confesión de la princesa en colocarse de medio lado para inclinarse ante mí.

Sonríe. Solo cuando ella se convierte en el centro de su campo de visión.

Aprieto los dientes. No me agrada la facilidad con la que ha cedido a ella.

Que acate sus órdenes como si le tuviera lealtad, sonriente…

La reverencia. Nadie negocia con tanta entrega sin saber qué ganará con ello.

—Llévanos hasta el río, podrás hablar con ella por el camino —capto su atención al levantar la espada para guardarla—. Pero no irá sola.