37. A un grito de la libertad. #4
—Es mejor que concentremos las fuerzas en buscar soluciones para conseguir el solium —Lynn se aclara la garganta.
—El hada paliducha tiene razón —Mim reconoce la idea de Lynn afirmando de forma enérgica—. Los brujos no saben rendirse.
—Que todos renunciemos sería injusto para Sane —Lynn voltea hacia el príncipe enano—. Para su dolor.
—Yo no me iré de este bosque hasta que mis manos estén repletas de ese cristal —brama Borin. Nos dedica una mirada uno a uno—. Continuaré solo en la noche si es necesario.
—Todos caminaremos contigo, Borin. También en la noche —tenso el ceño antes de echar un vistazo alrededor—. Cuando paremos en el río debéis refrescaros, comer algo. No nos detendremos hasta que lleguemos a esas desgraciadas minas.
—No resistiremos —Aranel se cruza de brazos. Su espalda se vuelve rígida—. Y eso no traerá a la princesa enana de entre los muertos.
—Puedes marcharte. Puedes elegir qué hacer —asesta Eladriel con cuidado de que la rabia no se le escape de entre los dientes—. Vuelve a Rhysartyr y ponte a salvo.
—Yo caminaré junto a Borin —Lugh se acerca al príncipe con gesto amigable—. Pero nosotros solos se lo pondremos demasiado fácil a esos laméntiras.
—Los brujos ya mostraron su apoyo al reino enano —Ebhan curva la espalda con ligereza para dedicarle una reverencia.
—Vamos a encontrar esos cristales —Eladriel se inclina sonriente ante él.
—Nos alejaremos del camino solo hasta que encontremos el río, pero después volveremos a la ruta —Celistra recobra su autoridad con una frase.
—Tomaremos el camino que sea necesario —Borin contradice las indicaciones de Celistra con calma. Con el tono de voz solemne.
—Los dioses enviarán una patrulla de ángeles para buscarnos si nos alejamos de ella —el ángel se acerca a los pegasos sin darle importancia al príncipe—. Entonces no importará si habéis encontrado el solium.
Borin no se deja vencer. Camina junto a ella moviendo los brazos mientras Celistra rehúye sus aspavientos.
Ni siquiera escucha sus reproches. Percibo la mirada de Ebhan y Mim en espera por mi compañía, pero se alejan cuando son testigos de cómo busco la mano de la princesa.
De mi semblante perdido. Lynn arrastra a Lugh así no quiera antes de que Aranel aproveche para acercarse a él.
—Tenemos un problema, princesa —murmullo a Eladriel sin alejar la vista del grupo.
—Cinco días son demasiados —susurra la princesa.
Veo a Borin desaparecer entre los matorrales en compañía de Celistra. Ese estado en el que su alma está perdida hiere me hiere cada vez que está frente a mí.
Quiero salvar a los brujos, pero no quiero que ella abandone esta misión.
Si lo hace, Ravenbell quedará sin acceso al solium y haber permanecido en estas tierras no habrá servido para nada.
Solo estamos aquí por las hadas. Tengo al cancilier Drieden en las mazmorras de Brenshire, vamos a conseguir esos cristales para que el reino sobreviva.
Y luego… Deshacernos del inútil de Tien será tan fácil, que podremos estar lejos antes de que terminen los meses de verano.
En cuanto a Eliot… No creo que sea peligroso sin la compañía de esas fieras menudas.
—Debes encargarte de que nadie note mi ausencia ahora que no habrá guardias —la princesa adelanta el pie para ocupar mi campo de visión.
—No vamos a abandonar la misión, Eladriel —desdoblo los brazos. Envuelvo los suyos con las manos sin poder evitarlo.
—No hay opción, príncipe —recorre mis manos con la mirada—. Los ejércitos de Brenshire y Émaxor no tendrán quién les guíe cuando los ataquen.
—Ebhan dirigirá el de brujos verdes. Le daré instrucciones a Mim sobre el pueblo oscuro mientras buscamos esos cristales —me concentro solo en que mi tono de súplica sea suficiente.
—Pero Ebhan es el representante de Néferien, él no puede abandonar —toma los ropajes que envuelven mi camisa—. ¿De qué servirá que se marche sin el solium?
—¿Te preocupas por Ebhan? —beso sus labios a prisa—. ¿Quién representará a tu reino si te marchas tú?
—No debes preocuparte por las hadas —cierra los ojos.
—¿No? —frunzo el ceño. Dejo caer los brazos según me alejo—. ¡Estamos aquí porque salvarlas era tu deseo! —vocifero—. ¡Querías salvarlas antes de nuestra huida!
Eladriel hace silencio. Sus labios se cierran con delicadeza a pesar de que mi interior vibra con intensidad. Me contempla sin perder detalle, llorosa.
—Brenshire también necesita ser salvado —sus pupilas bailan. La princesa me observa confundida.
—¡No por ti! —la rabia hace que mi voz retumbe entre los árboles antes de poder contenerme—. No por nosotros, Eladriel —niego—. Debes entenderlo antes de perderte.
—Pensé que te hacía feliz la idea de salvar Brenshire. Pensé que te agradaba que fuera tan importante para mí como lo es para ti —Eladriel deja caer el peso de su cuerpo como salida a la decepción.
—¿Cómo podría pedirte una voluntad que ni yo poseo? —doy un paso hacia ella. Sostengo su frente sobre la mía.
—Azohr… —solloza.
—Sería capaz de marcharme a cualquier lugar sin pensar en nada más que eso que has imaginado —suspiro—. No importan los castillos. No importan los reinos.
—Brenshire no es solo un castillo —algo en su garganta se rompe. Sus palabras se entrecortan—. Algo nuestro vive ahí, mi príncipe.
Me rindo ante ella por un segundo. Justo cuando sus labios se encuentran lentos en un beso con los míos. Acaricia mis dedos con suavidad mientras me permito escuchar su respiración. Esa misma que siempre se le escapa cuando tiene que decir un pero…
—Sé que no eres como yo —entrelazo los dedos con los suyos. Beso el dorso de su mano—. Sonreiré contigo incluso si no deseas abandonar este reino jamás.
Algo en mitad de mi pecho quiere impedir que continúe…
—Solo deseo que no sea en vano, princesa —beso sus labios.
—Cada segundo desde que llegué a ese castillo valió la pena, príncipe —Eladriel alza la mirada. La llena de anhelo.
Su mano se separa de la mía para dedicarme una caricia lenta sobre el rostro en la que me pierdo.
—Tú has llenado de presencia mis silencios.
Tus ojos me han curado más veces que la magia y te has atrevido a leer mi alma como si no supieras el final de nuestra historia —sonríe—.
Hay lugares en mí que solo responden a tu voz y se entregarían a los demonios por hacerlo en un lugar donde seamos libres. Lejos.
—Atrévete a pedirlo en voz alta, Eladriel —trago saliva. Intento que el cuerpo me deje de temblar—. Hazlo secreto si te asusta. Dilo en un susurro cercano a mi oído, y Hai llegará en segundos.
Eladriel enmudece. Mi voz desaparece entre sus ojos en espera de su respuesta.
Me inquieta que recorra cada punto de mi rostro mientras retrocede.
Que se aleje. Busca un punto distante al que ojear sin miedo a perderse, lo sé.
Es un condenado segundo eterno. Trago saliva al verla cada vez más distante.
Al ver a sus pupilas detenerse al borde de las mías con la respiración acelerada de quién se encuentra entre dos voluntades.
Llego a tres. Tres veces trata de hablar entre titubeos hasta que toma aire.
Sus brazos ceden mientras los míos se vuelven rígidos.
Sacude la cabeza en un gesto de negativa a pesar de que mi tripas continúan vibrando.
Pero dentro suya… Envuelve un lateral de mi armadura.
Se impulsa para hundir la cabeza entre mis brazos y me abraza.
Me besa mientras su mano escala hasta mi cuello y sabe a la condición de no volver atrás. A que justo tras esto…
—¡Azohr! ¡Eladriel! —la voz de Ebhan suena envuelta en un grito aterrador. —¡Ya vienen!
Me detengo ante el miedo a perder. Este momento, a ella…
Dirijo una mirada hacia la parte este del bosque cuando Eladriel no puede evitar ladear el cuello en esa dirección.
Ese maldito grito hace que lo que estaba a punto de ser el fin de Órianth, continúe frente a nosotros con más fuerza que nunca.
Envuelvo con más seguridad que nunca su cintura.
—Sus palabras no serán escuchadas si lo ordenas —contengo nuestra respiración entre las manos al desnudarle mi esencia—. No importa si es Ebhan.
Hace un esfuerzo porque el aire pase por su garganta.
Desliza las manos sobre el cuero hasta encontrar el punto de mi pecho que le calma.
Lucha por mantener sus ojos centrados en los míos.
Luchamos para que nada nos haga salir de este momento.
Esas voces se pierden en el eco cuando un par de lágrimas brotan de sus ojos, de los míos.
Nos fundimos en un beso. Sabe tanto al deseo, como a la traición por habernos elegido a pesar de todo, y la deslealtad nunca supo tan dulce y devastadora como entre sus brazos.
Sin contenerse, sin apartar sus labios de los míos, forma un puño al cerrar mis dedos.
Me pide en un jadeo que llame a Hai, a Riexor…
—¡No tenemos tiempo! —la voz de Ebhan vuelve a estremecerme, aunque no quiera escucharla. —¡Azohr!
La llamada a la libertad termina ante ese nuevo grito de auxilio.
Nuestros besos se apagan y cada vez me cuesta más confiar en que alguna vez puedan mantenerse encendidos.
Puedo sentir su dolor en la forma en la que me mira, solo le rezo a su alma porque pueda ver que ya no tiene poder para sostener el mío.
Desenvaino la espada. Ella desenvaina su daga.
Veo como su pecho se infla al compás de mi respiración al echarnos a correr hacia el interior del bosque.
De ese alarido. Su preocupación se ha transformado en esa fuerza que usa para alinear la punta afilada con sus objetivos. Elevo media sonrisa.
No puede evitar ser tan suya como siempre. No puedo evitar ser tan nuestro.
—¿Pedirás a Hai venir si te confieso que desearía estar a tu lado en el invierno de Avka? —el aliento de la princesa se entrecorta por la carrera, pero ni eso le borra la sonrisa.
Me lanza una mirada sobre el hombro. Esquiva algunas ramas justo a tiempo.
—Vernos entre el fuego y la nieve —sugiere Eladriel.
—¿Eso es una propuesta? —mi media sonrisa se convierte en una completa.
—Es una promesa, príncipe Bradosck —sentencia antes de sortear un matorral.
Nos deslizamos entre los árboles cuando la vegetación chilla.
La maleza en esta parte del bosque ancestral convierte el camino en un desafío.
Corto algunos de los tallos más altos con la espada, la princesa utiliza la daga con ejecución afinada.