37. A un grito de la libertad. #3
Algunas voces tenues comienzan a sonar al este.
La conversación sobre Twig se ha terminado ahora que rondamos el campamento y cualquier criatura podría encontrarse tras un matorral.
Cruzamos los últimos restos de maleza. Hemos regresado al mismo punto del que partimos.
Pero Borin carga algunos sacos de provisiones sobre los pegasos mientras Ebhan asegura los bocoy sobre Ciea.
Mim mezcla las brasas con la arena. Joralf alimenta a los lobos con algo de carne bajo la atenta supervisión de la princesa elfa.
Sonrío a Eladriel. Sacude junto a Lynn las mantas y las doblan para entregárselas a Celistra y que las guarde en las bolsas.
—Que el destino os abrace, malditos monstruos de ciénaga —exclama Lugh sonriente al llegar.
Ruedo los ojos hasta fijarlos sobre su sonrisa de agrado. Pero yo no sonrío.
—¿Qué? —Lugh se encoje de hombros.
—Ahora es cuando debes callar —dejo salir el aire frustrado.
—Luxoria matinia —anuncia Eladriel.
Lugh expande el blanco de sus ojos según se inclina a un lado. La mira confundido mientras nos dedica una reverencia.
—Un saludo neferiano… —la observo con media sonrisa de deleite.
—Efaris apenas ha tenido tiempo de enseñarme, pero confío en aprender más —sus mejillas se ruborizan.
—Alórea —le susurro.
—¿Qué significa? —Lugh sonríe.
Bajo la mirada para reír. Me esfuerzo en no delatarme ahora que la princesa dedica una mirada de reojo a Lugh.
—Espero que Efaris te revele pronto qué significa —beso la frente de Eladriel.
—Espero que sea la explicación de porqué elegiste hacer esa ronda sin mí —una sonrisa de reclamo se dibuja en el rostro de la princesa.
—Dormías —señalo al anacardo con el pulgar—. Y Lugh me obligó a hacer esa guardia en su compañía.
Une las manos al frente. Su mirada se vuelve examinadora, sus labios se estiran pensativos.
—¿Todo está bien? —la princesa entrecierra los ojos.
—Solo quería hablar con la sabandija con corona sobre la propuesta de vivir en Émaxor —y para mi sorpresa, Lugh dice algo que no alimenta sus dudas.
—Pensé que sería útil tener a alguien más torpe que un soldado en sandalias. Serviría como distracción si vienen los enemigos —me inclino hacia él solo para enseñarle me media sonrisa.
—Admiro tu inteligencia, pero tu sentido del humor… —ríe Lugh—. ¿Te enseñó una cabra?
—¿Admites que tu sesera tiene menos funciones que la de esos animales? —golpeo su espalda con la mano abierta.
—Habláis, pero no lo suficiente para que me importe las cosas que decís —Eladriel pone los ojos en blanco.
—No miento cuando te aseguro que hablamos sobre esa propuesta —Lugh se acerca a ella. Posa la mano sobre su hombro.
—¿Entonces, vendrás? —la princesa frunce el ceño en esa expresión de anhelo tan suya.
—Iré, aunque no tras la misión —ojalá su cuerpo transmitiera la misma seguridad que sus palabras—. Me gustaría estar con mis padres antes de que el tuyo me declare ingrato en Eryas. Despedirme.
—Si aceptas venir, ellos no podrán permanecer en Eryas —el brillo que ha tomado el control de los ojos de Eladriel le recuerda el precio.
—Se marcharán a las islas de Aeranthos, los convenceré de ello —Lugh me dedica una mirada afligida desde el borde de sus ojos—. Lo harán cuando descubran que, de otro modo, el rey los convertirá en sus objetivos cuando desaparezca.
—Venir a Émaxor significa traicionar a las hadas —Eladriel cruza las manos a la altura del abdomen—. Tendrás que luchar por los brujos si aceptas.
—Maren y tú pertenecéis ahora a Néferien —Lugh llena sus ojos de temblina. De decisión—. No puedo dejaros solas con semejantes bobos.
—¿Y qué pasará conmigo? —la voz turbada de Lynn llena el ambiente por sorpresa—. ¿Vais a dejarme con el rey y el hijo del cancilier?
—¿Ese es tu deseo? —arqueo una ceja—. ¿Tú deseas vivir en el reino de los brujos?
—¿Acaso te extraña? —de nuevo me sorprende. No esperaba ese arrojo.
—Eres un hada —guardo silencio.
—¿Y crees que ser un hada es suficiente para mi rey? —sonríe.
Sonrío.
—No lo sé —arrugo el entrecejo—. ¿Es suficiente para ti?
—No me importa las tierras donde vivir, solo quiénes vivan en ella —admite Lynn bajo la mirada orgullosa que le dedica la princesa.
—Tu princesa es Eladriel… —ladeo las pupilas hacia ella.
—¿Es que debo elegir? —la curva alegre en el rostro de Eladriel es tan grande como lo son sus palabras—. Me encantaría que estuvieses cerca.
—Tanto como a mí lejos —Lugh le enseña los dientes a Lynn en una mueca de desprecio—. Pero nunca se tiene en cuenta mi palabra.
—Quizás, marcharte a Eigton en vez de elegir Émaxor te aliviaría —Lynn se acerca a él. Golpea su brazo—. Me tendrás tan lejos, como Aranel estará cerca tuya.
—Prefiero despertarme a tu lado a pesar de que tu carácter me resulte más agrio que el jugo de una lima —Lugh estira los labios molesto.
—¡Príncipes de Órianth! —clama Celistra—. Reuníos alrededor de los restos de fuego antes de partir.
Alzo la mirada. Eladriel y Lynn dan media vuelta.
Celistra dedica una mirada rápida a Ebhan mientras él termina de ajustar las provisiones sobre Ciea.
Se sitúa en el centro. En silencio, en espera.
Encuentro la sonrisa de la princesa extendida por esa forma en la que el príncipe se ha apresurado por llegar a las cenizas.
Entiendo por qué una curva adorna su rostro.
Es como si de alguna forma lo hubieran nombrado líder de los reinos como la perfecta excusa para reunirse sin levantar sospechas.
Aranel se sitúa tras ellos. Aunque estoy seguro de que solo ha tomado esa decisión para poder desafiar a Lugh expandiendo la maldad de sus pupilas.
Sus lobos rodean a Ebhan y Celistra. A todos.
Sus fauces se vuelven amenazantes cuando Lynn enhebra el brazo alrededor del anacardo y su frente altiva rompe la autoridad que la princesa elfa desea imponer.
—Es la hora de continuar con el camino, los rayos de sol comenzarán a tomarnos ventaja. —Celistra toma el silencio para llenarlo de orden.
—Los animales deben refrescarse antes de continuar —intervengo en su discurso capturando la atención de todos—. Cerca de aquí debe haber agua. Un río o algún tipo de corriente.
—Estáis en lo cierto, príncipe —asiente Celistra—. El río Shanai rodea las montañas del norte y estamos cerca.
—Ese río aún está bastante alejado de las minas de solium —Borin quiebra su garganta. Su voz nace sin fuerzas apenas—. Sus aguas no pasan siquiera cerca de ellas.
Contengo el aliento. Es la primera vez desde anoche que separa los labios.
—Eso quiere decir que la misión se retrasará… —Ebhan apoya la mano sobre la empuñadura de la espada.
Hunde la mirada en Mim. En mí.
—Los dioses solo nos dieron cinco días para completarla —Eladriel rompe la fila con las manos en las caderas—. ¿Qué pasaría si no puede cumplirse?
—Sin un nuevo decreto firmado por los creadores, no podría permitir que la misión continúe —a Celistra no le tiembla la conciencia.
—¿No conoces este lugar? ¿No hay otro camino? —Ebhan tuerce el gesto. Sé que lo ataca la angustia.
—Solo puedo guiaros por la ruta que los dioses trazaron en el mapa —el ángel llena su tono de impotencia. Su rostro guarda menos expectativas que hace apenas un segundo—. Es la única información que poseo, príncipe de magia verde.
—Entonces ellos no quieren dirigirnos hacia las minas —mis pensamientos se agudizan—. Por alguna razón han decidido alejarnos del camino.
—No es posible —niega Aranel.
—Tiene sentido —Borin alza la voz. Está endurecida como el hierro frío—. No utilizamos caminos para llegar aquí. No podemos tomar cualquier dirección ni avanzar sin que Celistra lo permita.
—Lo que insinuáis podría ser peligroso —Celistra arruga el entrecejo de forma fugaz.
—Princesa Aranel —anuncia Eladriel. Su voz elevada opaca al resto—. Sé que conoces información sobre el bosque —su mirada se vuelve firme—. ¿Qué debemos hacer?
—Salir —afirma Aranel sin titubear—. Permanecer dentro durante demasiado tiempo no es recomendable. Que anoche nos atacaran significa que no desean que estemos aquí.
—¿Crees que podemos avanzar sin peligro si continuamos por la ruta que han establecido los dioses? —por primera vez contemplo como se apaga el brillo en los ojos de la princesa.
—No sé si esas bestias vendrán por nosotros de nuevo, pero es probable que haya arenas movedizas ocultas bajo la maleza. Estamos cerca de un río —recuerda la princesa elfa.
Me niego a creer que sea la compasión la que le haga apretar los labios. Debe ser la frustración de no conseguir sus deseos.
—Hay pocas, es cierto, pero un animal podría caer —Aranel acaricia a uno de los lobos.
—Entonces… —Mim se encoge de hombros. Dedica una mirada tensa y desconcertada a Ebhan—. ¿No llegaremos a tiempo?
—¿Eso es todo? —Lugh muestra sus manos antes de llevárselas a la cara—. ¿Hemos sobrevivido a este condenado bosque para morir ahí fuera?
—No —Borin lanza una negativa férrea.
—Exponernos para salir con las manos vacías no tiene sentido —Aranel se limita a elevar los hombros con indiferencia.
—He perdido a mi familia por conseguir ese solium —Borin abandona su puesto a zancadas. Camina hacia Celistra con el rostro herido—. No me quedaré sin mi esposa y sin esos cristales.
Celistra guarda silencio. No sé si sea por remordimiento, pero sus ojos se clavan en la valentía del príncipe enano.
Creo que siente curiosidad. Quizás de esa que te invade cuando analizas la tristeza de quién sufre.
Sus párpados se separan cuando ve como de los lagrimales de Borin nace una pequeña perla.
Ladea la cabeza. Sigue el recorrido que hace hasta encontrarse con el suelo antes de contemplar el resto de su pena.
—¿Qué es familia? —Celistra guarda una inquietante tranquilidad en su rostro.
—Amar —declara Eladriel apenas el ángel calla—. Familia es amar a otra criatura. Querer que respire tanto como respiras tú.
—¿Hablas desde la experiencia? —los buenos modales de la princesa elfa desaparecen en un suspiro—. Todos conocemos la cálida relación que mantienes con la tuya.
—Quizás podáis ilustrarla con la familia que habéis formado el comendador Aendyl y tú —sonríe Eladriel—. Cuéntale a Celistra acerca de ese hijo que esperáis.