Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 37. A un grito de la libertad. #2
80%

37. A un grito de la libertad. #2

Contengo los labios entre los dientes. Sabe que hacerlo es comprender que traicionó a quién, a pesar de haber engañado, está ahí.

—Eladriel no ha roto mi confianza como sí hizo Aranel contigo —señalo los árboles al fondo para continuar.

—Yo quiero a la princesa —Lugh vuelve a guardar silencio.

Por su tono diría que esa confesión le causa más vergüenza que orgullo.

—La quieres… —arrugo el entrecejo al recordar el semblante mientras se arrodillaba ante Eladriel—. ¿Tanto como para perder a quién nunca te ha hecho dudar de lo que significas para ella?

—Aun no lo sé —su voz se vuelve tímida.

—En el claro de Rhysartyr me amenazaste, pequeño insecto —río. Supongo que sonríe por el mismo recuerdo que yo tengo en la sesera ahora—. Dijiste que si hacía daño a la princesa, tendría que temer tu ira.

—Aun debes temerme, príncipe sin corona —Lugh me dirige una mirada de reojo. Su dedo levanta una amenaza—. Te cortaré esos mechones de caballero apuesto si sufre.

—Tú eres quien causa su sufrimiento —mis ojos se abren ante la confesión.

—¿Solo porque mi corazón ama? —por primera vez, consigo sentir su dolor.

—Por elegirla a la princesa elfa a pesar de que intenta destrozarte —mis palabras calan en su mirada. Sus ojos se empañan—. Por abandonarla a ella.

—No es cierto, maldito príncipe con ínfulas de elfo sabio —Lugh estira el cuello para lanzarme una negativa herida—. Estoy aquí. Estoy con ella.

—Puedes negarlo, pero los dos sabemos que no es Eladriel quien te hizo soñar con esta misión —estiro el brazo para detener sus pasos. Desenvaino la espada—. Por eso denegaste su propuesta de vivir en Émaxor junto a nosotros.

Corto un par de raíces prominentes que impedían el paso de un par de sacudidas firmes.

—Ella ni siquiera está en Émaxor —Lugh endurece el tono. Mueve las piernas a prisa para adelantarme.

—Pero ella siempre te elegiría a ti. A vosotros —sonrío al ver como sacude los brazos con rabia—. Ella solo desea que estéis a salvo.

—Mueves la lengua con una soltura impropia para una criatura que posee una cara cedida por la gracia de los dioses —Lugh se detiene. Cruza los brazos y adelanta la pierna—. Yo también te elegiría a ti.

—Negar todo lo que digo no te dará la razón —me muerdo el labio inferior al sentir que se me escapa la paciencia.

—¿Negar? —cierra los puños cuando me convierto en el centro de su campo de visión—. Los dos sabemos que ella te quiere. Que solo aceptó esta misión porque tú estás en ella —sacude los brazos como burla.

—Pero eligió quedarse contigo el día que buscamos la llave en el despacho del rey elfo —elevo la barbilla con cierta molestia—. Pudo proteger mis espaldas, pero ella prefirió no abandonarte a ti.

—Los príncipes no mienten, mi señor —Lugh niega. Su cuerpo se tensa—. Ella nunca mencionó nada.

—Tú debías centrarte en solucionar tus propios problemas —mis pupilas danzan sobre las suyas.

—Pero… —titubea. Su mirada cae.

—No sé cómo de doloroso sería perder a la princesa Aranel, pero sé cuánto quema estar lejos de Eladriel —asiento convencido—. No puedo imaginar como sobrevivirás si te faltan las dos.

El tiempo se hace con la voz de Lugh mientras camina. Sacude la daga contra la maleza alta. Me encargo de mantener una distancia que le permita estar a solas tanto como parece necesitarlo.

A estas horas la temperatura desciende tanto, que toda aquella superficie bajo la guarda del cielo se convierte en lágrimas de las nubes. A pesar de ello, no hay aire. La humedad en esta parte del bosque ha aumentado con respecto a las horas de ayer, puede que haya un río cerca. O un lago.

—Una patrulla de elfos vigilan a Twig. Lo hacen desde que descubrieron que Eladriel estuvo en Eryas —declara Lugh tras golpear con rabia la maleza en más de una ocasión.

—¿Qué has dicho? —hasta mis músculos se quedan inmóviles.

—Tien cree que Eladriel buscará a Twig —da media vuelta mientras jadea—. Se reunió con Aranel en el palacio de Eryas.

—¿Tú los vistes? —doy un paso al frente. La furia hace temblar mis ojos—. ¿Estabas allí?

—Aranel me habló sobre ello en una reunión —Lugh vacila hasta que sus pupilas se encuentran con las mías—. Cedió tropas elfas al rey Eliot para que la capturen si pone un pie en palacio.

La vegetación que adorna el suelo cruje bajo mis pasos de ira. Estiro los brazos. Sujeto su uniforme con fuerza para atraerlo.

—¿Y tú qué tienes que ver con esa decisión? —mis pestañeos casi rozan los suyos—. Sabes mucho más de ella que cualquiera de esos que has mencionado.

—¿Qué podría haberles revelado yo que no conozca Tien? —Lugh pregunta, pero no me responde…

—Lugh… —sacudo la cabeza por la tensión. Por la propia advertencia.

—Nunca podría hacer algo como eso contra Eladriel —su mirada se mantiene más regia que él mismo.

—Solo un pensamiento me pide creerte —suelto sus ropas. Lo alejo de un empujón—. Te guardarás esto que acabas de decir.

—No puedo callar, príncipe pretencioso —Lugh insiste en acabar con mi paciencia—. Es Twig.

Ya sé que es Twig. Sé lo importante que es para Eladriel.

Pero también estoy seguro de que sería capaz de abandonar la misión en un instante si llegase a sospechar de que está en peligro.

Eso daría al rey la oportunidad que busca.

Se convencerá de que es su deber salvarlo y no solo se pondrá a ella en peligro, también lo expondrá a él.

Ambos sentirán miedo por la vida del otro.

Y si sucede lo que Lugh asegura, él intervendrá para guardar la vida de la princesa antes de permitir que su señor venza.

Tener esta información es más poderoso que enfrentarlos.

—Conoces a Eladriel, es mala idea —apoyo mi brazo sobre su hombro mientras caminamos.

—Si no le digo anda ahora, no me perdonará cuando lo descubra —Lugh endurece el gesto. Parece que ya tomó una decisión.

—Tienes mi permiso para decirle que te obligué a guardar silencio —acepto sin pensar—. Yo enviaré a un brujo a ver a Twig para advertirle antes de que Eladriel vaya a Eryas.

—¿Vas a permitir que vaya a Eryas? —tuerce el cuello hasta que su frente está cerca de mi barbilla.

Frunzo el ceño por su cercanía. Arrugo la nariz antes de apartarlo.

—Lo descubriría así intentase impedirlo —suspiro. Sé que no puedo ir contra lo que desea—. No te preocupes, Twig sabrá qué hacer si eso ocurre.

—¿Es que acaso esa corona nueva que te han dado ha dañado tu sesera con el peso? —me recrimina Lugh con cara de desconcierto—. ¡La encerrarán en una celda!

—Entonces corre de vuelta. Díselo si lo deseas —señalo el poco trecho que falta para llegar al campamento—. Pero si abandona, si sus alas se despliegan… Te mataré Lugh.

—Tú no me asustas… —Lugh carraspea.

—Si continúas confiando en que Eladriel y yo nos parecemos vas a arrepentirte —espeto a media voz—. Ella os elige, eso es cierto, pero yo siempre la elijo a ella.

Que Lugh decida desafiarme de nuevo al mantener la lengua quieta pone a prueba mi mesura.

Tanto, que punzadas de ira se clavan en mi estómago.

Ese gesto de pasmo que ha adoptado su semblante es el que siempre tiene, pero tras el último pestañeo me mira diferente.

Al menos no me siento una odiosa criatura cuya única misión es intimidar a un pobre hada…

—Acepto. Pero no enviarás a un brujo a hablar con Twig, yo lo haré —anuncia Lugh con mentón inclinado hacia un lado y ojos estirados en seguridad.

—No, porque si sucede algo… —esbozo una tensa sonrisa que tiembla.

—Azohr, despierta —que use mi nombre me sorprende, creo que es la primera vez—. No voy a morir en manos de esa bestia con cuerpo de princesa si algo te sucede a ti.

—No puedes ver cuán importante sois para ella —estiro los labios con fastidio.

—¿No crees que querrá mantener con vida a la única criatura que la hizo abandonar Órianth? —adelanta el pie derecho. Luego el izquierdo. Y entre medias sacude la cabeza—. Va a dejar a Twig…

Ahora soy yo quién se ve obligado a tragarse las palabras.

No sé qué decir. Me gustaría creer que eso que afirma es cierto, pero yo sé que ella se resiste a marcharse.

Puedo sentirlo. Escucho con detalles como ansía ser libre fuera de este reino, que lo seamos juntos, pero…

Al fondo de sus ojos se puede ver como su alma vibra por aquellos que dejará aquí y le importan. Todos quiénes cree que debe salvar.

Puede que en el fondo yo acepte sus sueños porque no soy capaz de romperlos.

Solo deseo que sea feliz. Sé que se iría conmigo, pero su conciencia permanecería aquí.

Mi razón me quiebra la esperanza. Yo no quiero a Eladriel cuando siento que me pertenece, la amo cuando es tan suya que solo puedo admirarla.

Trago. Acepto, aunque sea doloroso, que ese reino que decidí construir para ella en mi corazón y esperó por años a que ocupase su trono solo podría mantenerse en pie si sonríe.

—Eladriel no tomará la decisión, yo lo haré. Ella no podrá dañarte —la tensión de mi cuerpo no admite réplicas.

—La tomaremos los dos —Lugh asiente de un solo golpe—. Yo hablaré con Twig y estaré cerca para vigilar que los guardias elfos no lo dañen.

—¿Twig confiará en ti? —pregunto.

—No tendrá más remedio que hacerlo si quiere proteger a su princesa —sonríe. Estira la mano para ofrecérmela—. Si Eladriel pone un pie en el palacio, te iré a buscar de inmediato.

—No es suficiente con estar cerca, hay que pensar algo para evitar que sufran si eso llega a suceder —acepto su mano sin dudarlo un segundo.

Este gesto de paz significa más para Eladriel, que para ninguno de nosotros dos, de eso estoy seguro.

—¿Cuánta guardia nos queda? —Lugh deja caer los brazos desganado.

—La suficiente para terminar de definir esta idea —mis ojos sonríen al verlo hastiado de caminar.

—Cuando terminemos la guardia, volverás a ser un asqueroso brujo —su codo se clava en mi costado.

—Pensar así es tu deber. Necesitamos información sobre Aranel y evitar que Eladriel sospeche —mi voz nace entrecortada por el golpe—. Confiaré en que ya elegiste.

—Ella nunca me falló —ni siquiera me mira para lanzar esa declaración.

Y eso, que ha conseguido tranquilizarme…

La guardia se extiende hasta que los primeros rayos del alba atraviesan las copas más altas.

Hace minutos que vemos a los fénixes sobrevolar la zona.