Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 37. A un grito de la libertad.
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37. A un grito de la libertad.

(Azohr)

Hace rato que contemplo el cielo que guarda la cuarta vigilia de la noche.

Eladriel continúa durmiendo. No pestañeo.

Sé que no encontraré descanso si yo me doy el placer de cerrar los ojos.

Y cuando lo hago, solo recuerdo que Ebhan fue más rápido que yo al utilizar su magia con ella para que pudiese recuperar la calma tras lo sucedido con Sane.

El conjuro hizo que en minutos ya no pudiese hablar.

Su mente cayó rendida entre mis brazos. El ruido de metal entre las estrellas dirige mis pupilas al punto exacto donde Mim toma un par de jarras, al otro lado del campamento.

Deslizo la mirada sobre Borin con miedo a detenerme en él, porque cuando lo hago…

Su mirada cobriza y rota posada por haberse perdido sobre la hierba oscura me lacera la conciencia.

Esas lágrimas que oculta, la queman. Él sufre su soledad, y yo me aferro a la espera de que mi princesa dé el siguiente respiro. Trago saliva.

Siento culpa de que me aterre su realidad.

No he sido capaz de acercarme, poner la mano en su hombro y pedirle que aparte la bravura.

Que el dolor no entiende de gallardías ni cinturas cuando necesita salir.

Lo dejo sentado con la soledad de la luna así me condene.

Sé que lo hago solo por darle otra tregua a mi pecho y que el miedo no lo consuma.

Ese sonido lento que nace de Eladriel es más fuerte que el remordimiento.

Yo no puedo ocultar las lágrimas con la excelencia real que Borin muestra.

Ser testigo de la respiración de la princesa me somete al llanto incluso horas después de que el príncipe enano haya dejado de escuchar la de su amada.

Y sé que todavía espera el siguiente suspiro como yo lo espero…

Hundo la cabeza entre las manos. Puede que dejar que el aire salga alivie la tormenta que ruge dentro.

Quizás si Ebhan utilizase esa magia que durmió a Eladriel solo por alejarme un rato de la culpa, apagaría las disculpas que tengo en la punta de la lengua.

Lo siento. No era su amada quién debía luchar contra esa bestia para salvarla, pero si no hubiese llegado…

Mis párpados se separan para recibir la figura del príncipe enano.

Esa mirada errante que lo encadena a un profundo duelo sería la mía.

Sin embargo, si yo hubiese acudido a ese primer grito de ayuda, si hubiese corrido más, él no sería el fantasma de sus ilusiones.

—Azohr —la voz de Mim me sobrecoge. Elevo la mirada hacia él—. Esa cara de susto no te pertenece. Tú también debes convencerte de que no hay culpables.

La sonrisa compasiva del teniente me obliga a fijarme en ella. Me ofrece una de esas jarras llenas de cerveza de la montaña que preparaba hace un momento.

—Lo sé —acepto la jarra. Doy un sorbo—. Pero… —ladeo la mirada hacia Borin.

—Entiendo —Mim desliza la lengua para recoger los restos de cerveza de los labios. Ni siquiera lo mira—. Eladriel está aquí, pero Sane no.

Dar otro sorbo es lo más acertado que puedo hacer ahora. Me hace guardar silencio.

—Todos lo intentamos —Mim sorbe lento. Su frente se arruga ante lo más conveniente—. Tú luchabas contra un nycthsaïs cuando Eladriel gritó por ayuda. Ella luchó contra un laméntira hasta destruirlo.

—Pediré a Celistra que te preste su pluma, así podrás tachar otro punto de esa lista que has creado para consolarme —acudir al sarcasmo me arquea la ceja.

—Qué te habrá visto la princesa… —Mim eleva el labio superior antes de llevarse la jarra a la boca—. Tu carácter desagradable no sería capaz de conquistar a nadie.

Las ramas de los matorrales se sacuden en la parte oeste.

Nos alerta. Aranel aparece en compañía de su guardia y los lobos por la entrada cercana a las provisiones.

Terminaron su ronda. Tomo aire. Eladriel debía acompañarme a la siguiente, pero continuaríamos la marcha una vez que la guardia terminase.

No descansar ahora le impediría continuar con el resto del camino.

Poso la mano sobre la manta que la protege del frío.

Sonrío. Creo que, aunque yo lo desease, la magia de Ebhan le impedirá levantar un dedo para luchar así ella se esforzarse en recordar como invocar su poder.

Me tomo el contenido de la jarra de un buche.

Es la primera vez que me alivia el estómago a pesar de sentir que me pasa por la garganta una sopa en vez de algo que debe refrescarme.

Apoyo la jarra a un lado. Desdoblo las rodillas para ponerme en pie.

Me sacudo las manos en ese par de pasos que me separan de la princesa y mi espada reposando a su costado.

Su mano envuelve con fuerza la funda. La beso como despedida, aunque mi corazón destelle traición hacia el dolor de Borin.

¿Cómo no podría ser feliz si ella está cerca? Más cerca de lo que yo nunca imaginé.

—Te quedarás junto a ella —ordeno a Mim mientras ajusto la espada a la cintura—. No la dejes sola. Menos aún con Aranel.

—Ebhan se encargará de cuidar a Eladriel —Mim eleva las cejas. Me desafía al terminarse el contenido de la jarra de una sentada—. Yo te acompañaré en esa ronda.

—No necesito ayuda —arrugo la frente a modo de advertencia—. Cumple con mis órdenes.

—No dejaré que recorras los alrededores de este bosque maldito con la única compañía de tus pensamientos —el teniente separa los brazos. Señala el campamento—. Ella no está sola, Azohr.

—Yo te acompañaré en la guardia —sentencia la voz de Lugh a mis espaldas.

Las cejas del teniente se alzan al compás de las mías.

Da un paso al lado. Eleva el mentón para contemplar que esa afirmación no es producto del cansancio por todo lo sucedido.

Ni por la cerveza. Asiente. Entiendo que es una confirmación a que nuestra razón aún está intacta.

Volteo tras contemplar su cara de asombro.

Lugh con observa curioso, como si pudiera analizar nuestro silencio. Y me hace sonreír…

—Tú ya has hecho la guardia que te pertenece —me cruzo de brazos.

—¿Es que acaso eres la princesa? —Lugh hace una mueca de burla con la barbilla.

—No —dejo caer los brazos para volverme hacia Mim—. Pero será a mí a quien pida explicaciones si algo te sucede ahí fuera.

—¿No te asusta lo que diga cuándo le confiese que te has atrevido a despreciarme? —su humor estúpido no consigue despertar mi gracia, más bien…

Le dedico una mirada afilada por encima del hombro.

—No miento —Lugh ríe satisfecho. Sé que no miente—. Le diré que su amado príncipe y la llama portátil fueron crueles conmigo mientras ella no podía defenderme.

—Te… —entrecierro los ojos.

—La conozco mejor que tú, príncipe petulante, sé cómo hacer que crea mis palabras —Lugh cambia el peso de una pierna a otra en espera de mi decisión.

—¿Es que vas a ceder a sus amenazas? —Mim inclina la espalda hacia delante. Su rostro se llena de indignación—. ¿Has pensado en el castigo que supondrá tener que sufrir su compañía?

—Le diré que no —sonrío. Le dedico una mirada de reojo—. Pero tú explicarás a Eladriel que él miente cuando despierte.

—Os deseo una guardia segura y sin incidentes —Mim me golpea la espalda antes de darse media vuelta.

Cierro los ojos. Contengo la risa cuando, en apenas dos segundos, el teniente ya se encuentra haciendo compañía a Ebhan.

Me coloco la espada. Hundo la mirada en Lugh impaciente porque termine de ajustar lo necesario, y esa indiscutible cara de victoria que me hace entender por qué Eladriel lo aprecia.

Repaso las dagas ocultas. Le entrego a ella mis plegarias antes de marcharme.

Me entrega como aliciente el tono natural de sus mejillas adornando de nuevo su rostro por haber entrado en calor.

Es tan hermoso ahora, como en esas ocasiones en las que se intensifica.

Yo ya inicié la marcha cuando él todavía contempla con cara absurda a la princesa.

Sonríe. Me enternece esa forma en la que sacude las pestañas para impedir que sus lágrimas arruinen la misión.

Golpeo su hombro con firmeza. Señalo la arboleda al fondo y su espalda se dobla en una reverencia a la princesa antes de acatar mis instrucciones.

Tuerzo el gesto. Nunca antes le vi rendirle pleitesía y sé que ella jamás le permitiría hacerlo.

Cada vez que voltea para dedicarle una mirada fugaz hasta perderla de vista agudiza mis sospechas.

—¿Sucedió algo con Eladriel? —pregunto apenas ese mal presentimiento ruge en medio del abdomen.

—No… —niega Lugh de inmediato. Aparta la mirada.

—Esperaba una respuesta más elaborada de una criatura que no sabe callar —resoplo antes de dibujar una sonrisa.

—¿Es que celas mi relación con la princesa? —Lugh eleva la comisura izquierda.

Río. Admito que la compañía del pequeño hada es más amena de lo que esperaba.

—Escuché cuando Aranel reveló llevar un hijo tuyo —alzo las cejas de forma fugaz. Chasqueo la lengua—. El protocolo me obliga a darte la enhorabuena, pero me agradas y no deseo mentirte.

—Imagino que debo agradecer tu sinceridad, mi señor, pero tampoco me place mentirte ahora que empiezas a hablarme con amabilidad —Lugh rueda los ojos a la derecha. Su voz se vuelve un hilo de ironía según habla.

—Entonces no mientas —detengo mis pasos. Aunque creo que mi sinceridad no le pilla por sorpresa—. Di que sucede con Eladriel.

—Solo… —sus párpados caen apenados—, hay distancia entre nosotros.

—¿Y eso te hace inclinarte ante ella? —inclino la frente hacia delante con recelo—. Parece que te sientes culpable.

—¿Cuál sería mi ofensa? —a modo de reacción, Lugh me dedica una mirada de sorpresa.

—Te alejaste de ella —me encojo de hombros.

—¿Qué harías si el pelirrojo pecoso te hace elegir entre él o la compañía de la princesa? —su garganta se sacude. Su mirada se vuelve rígida esperando mi respuesta.

—¿De verdad crees que el pelirrojo pecoso me haría elegir? —me cruzo de brazos. Sonrío.

—Tienes razón —Lugh estira los labios resignado—. La llama portátil agacharía la cabeza como si llevase una lima en vez de una espada.

—Yo elegiría a Eladriel, Lugh, porque sé a quién elijo —adopto una postura seria para evitar que las bromas oculten lo que calla—. ¿Tú dudas?

Lugh calla. Sus pupilas brillan como si apenas pudiera comprender a qué me refiero.

Los dos conocemos las diferencias entre Eladriel y su princesa, pero tal vez a él le duele aceptar que las separa algo más que la corona a la que representan.