Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 36. La misión del bosque ancestral. #9
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36. La misión del bosque ancestral. #9

No puedo dejarlo. Incluso si ese chillido que lo desgarra cuando una flecha atraviesa su cabeza no parece de hada.

Las ropas de Eryas comienzan a transformarse en piel rugosa, grisácea.

Twig arquea el cuerpo entre aullidos de dolor.

Dobla los brazos de forma antinatural. Hincha el pecho como si nunca más fuera a hacerlo y sus ojos alargados, grandes, se centran en la figura de la princesa enana. Sane prepara su arco entre tambaleos.

Cuando devuelvo la vista a mi querido padre, él ya no está. Es solo un laméntira que busca con instrucciones de muerte a Sane.

Mi daga se vuelve firme para impedirlo. No necesita girarse para salvar su espalda y enviarme contra uno de los troncos cercanos de un golpe.

Aprieto los dientes. El ambiente comienza a zumbar en mis oídos.

Cierro los ojos para guardar las fuerzas, apoyo las manos en el suelo para impulsarme hacia ese maldito bicho.

Arrojo una de mis dagas contra él a pesar del dolor que me aplasta la espalda.

—¡Azohr! —bramo. Llamo a la luz.

Me precipito con el alma en la garganta.

Pido a la luz del suelo que emane, pero el cosquilleo advierte que no se parece a lo que siento con la de mi reino.

Esa fiereza es distinta. Las partículas se unen en segundos para formar una esfera que vibra con venganza alrededor y la lanzo justo al centro de la espalda de ese laméntira.

Se queja. Sin embargo, sus brazos sigues sacudiendo con furia a la princesa de los enanos.

—¡Lynn! —las lágrimas se cuelan entre mis gritos—. ¡Lugh!

Vuelvo a llamar a la luz, aunque el tiempo me impide hacerlo.

Ya ni siquiera me interesa detenerme a sobrevivir respirando solo por darle mi aliento a Sane y que sobreviva.

Lanzo esa bola de partículas con destellos plateados sobre la bestia.

Su mirada azuzada por este bosque no siente misericordia de los gritos de auxilio de la princesa… Esos últimos que escuché.

Un rugido de rabia separa mis fosas nasales.

Mis ojos empujan las lágrimas hirientes de fuego y muerte.

Clavo la daga en su pecho una vez. Y otra.

Vuelvo a hundirla para desgarrar su cuerpo tal y como ha hecho con el de Sane.

Mi mano se arquea en busca de luz después de lanzar la daga contra el suelo.

La orbe brilla alrededor de mis dedos. Gotea derramándose sobre sus ojos, su torso peludo abierto y sangrante.

Para transformarlo en lo mismo en lo que él la convirtió a ella.

—¡Princesa Eladriel! —el grito de Ebhan me devuelve el sentido.

El llanto me desgarra. La luz cae de mis manos. Me dejo caer al suelo y ya no me importa si esa voz conocida es fruto del engaño.

—Princesa… —Ebhan se aclara la garanta al llegar a mi lado. Se coloca a mi altura—. ¿Estás bien?

—No sé si eres real —y no quiero comprobarlo.

El príncipe baja la mirada de forma pausada hacia el cuerpo destrozado de la bestia. Sus labios se cierran. Puedo ver como sus esperanzas se han roto al comprobar el estado de Sane.

Lynn y Mim aparecen agitados. Lugh contiene la broma entre los dientes al ver lo sucedido.

Mis lágrimas se derraman con más intensidad que nunca antes ante la llegada de Borin y Azohr.

El príncipe de los enanos cede al asombro por observar a su princesa yacer en el suelo llena de laceraciones que borran su piel.

Encuentra en un suspiro la fuerza para andar.

A pesar de que no se apresura, no deja de acercarse a ella.

Cae a su lado, en silencio. Eso hiere mi alma con más intensidad que si hubiese gritado al vacío en busca de calma.

Acaricia su cara, aunque no exista como antes.

No podría reconocerla nadie más que él y su alma.

Desliza la mano hacia su abdomen, cierro los ojos cuando su dolor sale ahora que tiene los restos de su familia entre las manos.

Sus yemas se aferran a las vestiduras de su amada para llorarla cuando las manos de la oscuridad se abalanzan a por su cuerpo sin vida.

La arrastran hacia las temidas tinieblas de este bosque.

Borin trata de impedirlo. Sujeta sus piernas con tanta intención como tienen en darle el último adiós que ambos necesitan.

Pero esa bestia sin alma no tiene compasión por su corazón quebrado por haber perdido la causa de sus latidos mientras trataba de salvar los del resto.

Se la arrebata para recordarle que este es el precio de la misión.

Me pongo en pie cuando Azohr y Ebhan sujetan a Borin para impedir que sucumba a las profundidades con ella. Se amarran a él con fuerza.

—No vas a hacerlo —Ebhan deja escapar su angustia.

—Quiero hacerlo —solloza Borin tras soltar sus armas sobre el suelo.

Inicia una carrera sobre el rastro que dejó el cuerpo.

—¡Detente! —exclamo. Mis ojos se abren ante la mentira que tendré que decirle—. ¡Ella me pidió que te dijese algo!

Borin siente mis palabras de inmediato. Tanto, que son capaces de detenerlo. Observo nerviosa como su garganta sube y baja con la esperanza de escucharlas. No sé qué decirle. Porque si fuera cierto que ella se despidió, no habría esperado hasta verlo caer para confesarlo…

—Por favor… —ese hilo fino de voz que susurra Borin es capaz de convencerme.

—Quiso entregarte su ausencia como herencia, príncipe —titubeo por un segundo—. Ella sabía que cuidarías tan bien de su recuerdo y el de vuestro hijo, como lo hiciste de su vida.