Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 36. La misión del bosque ancestral. #8
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36. La misión del bosque ancestral. #8

—Si le cuento la verdad a Ebhan querrá abandonar la misión y nos quedaremos sin el solium. Si callo no podremos partir y no podremos ayudar a Efaris ni Shaqia —su espalda se dobla por la frustración—. De cualquier modo, Néferien desaparecerá.

—No, mi príncipe —hago desaparecer la llama para sujetar su armadura y enderezar su postura. Volverlo firme—. Vamos a encontrar esas minas antes. Robaremos ese solium si es la única forma de garantizar que los brujos se salven.

—No sabemos hacia donde vamos, seguimos los pasos de ese ángel —se aferra firme a mis manos. Me contempla con un brillo de ternura que me conmueve—. Algunos conocemos los peligros que hay, pero nunca nos adentramos tanto como para hacerlo solos ahora.

—Pero lo conoces mejor que yo —mi pecho de hincha a pesar de la incertidumbre—. Esta noche harás guardia mientras yo sobrevuelo el bosque con Hai para buscar el punto exacto de esas minas.

—Te quiero, princesa de las hadas —Azohr se inclina. Sus labios se encuentran precipitados con los míos.

—Te quiero, príncipe de brujos oscuros —atraigo su boca para devolverle un beso profundo.

Su lengua roza la mía en un instante, y al siguiente se aleja.

Azohr calla. Utiliza su dedo para pedirme silencio mientras su mano se une a la mía.

Sus ojos se cierran, se mantiene inmóvil a pesar de que yo no percibo nada extraño.

Ni siquiera mi intuición. Sus dedos se hunden en mi piel cuando una de sus cejas se arquea en señal de desconcierto.

Su mirada se dirige en un segundo hacia el trecho caminado desde el campamento.

—¡Nycthsaïs! —exclama Azohr.

—¿Nycthsaïs? —ni sé cómo consigo que mi voz abandone el cuerpo.

No tengo tiempo de llamar a la luz cuando un brusco tirón me pone en marcha sobre la vegetación oculta por la oscuridad.

—Son criaturas creadas en las sombras, las primeras. Salen de la tierra y tienen la gran habilidad de sanar en medio del combate —Azohr me regala ojeadas rápidas mientras corre—. Y solo son las crías de los laméntiras…

—¿De los qué? —vuelvo a sonar horrorizada.

—Son peligrosos, princesa. Esos malditos entes pueden usar tus deseos para transformarse —Azohr sortea con el antebrazo algunas ramas para impedir que nos golpeen—. Intentarán atraerte hacia sus crías para matarte, así que mantén la mente en blanco.

La chispa de luz cálida que se cuela entre ramas y hojas al fondo se vuelve grande. Más luminosa. El suelo cruje bajo mis pies según trato de discernir entre la oscuridad y los árboles a cualquiera de esos seres que Azohr ha mencionado. Vuelvo la vista atrás.

La noche sigue tranquila en el campamento.

Borin y Lugh caminan entre los árboles del otro extremo cuidando el sueño de Sane y la princesa Aranel.

Los lobos siguen echados. Los fénixes no chillan.

El príncipe es el único que parece sentir algo que logra perturbarlo.

Nuestras manos se separan al cruzar los últimos resquicios vegetales para tomar su espada y correr hacia Ebhan y Mim.

—¡Laméntiras! —Azohr sacude a Ebhan para que despierte. A Mim—. ¡Avisa al resto, princesa!

Me lanzo presta a cumplir con sus indicaciones.

—¡Despertad! —corro hacia las camas a chillo vivo—. ¡Laméntiras se acercan!

Me aclaro la garganta al pensar en Lugh.

Voltea sobre mí para alcanzar a ver los puntos perdidos del campamento hasta encontrarlo.

Azohr corre hacia ellos. Borin desenvaina la espada apenas recibe la noticia, pero mi anacardo…

Él solo abre los ojos ante la noticia. Mi estómago tiembla para que camine cuando el príncipe de los enanos se acerca para sacarlo de su impacto y hacerlo reaccionar.

Desenvaina la daga con rapidez y salta. Y para mí es suficiente.

Giro hacia la voz de Ebhan dando instrucciones.

—¡Azohr! ¡Mim! —Ebhan coloca su espada en guardia—. Proteger la entrada de las provisiones, que no las destruyan.

—Tú vienes conmigo —Azohr me señala con la punta de su espada.

Desenvaino la daga que llevo bajo el corpiño. Tomo las del bendito bolsillo de la pierna y empuño con fuerza una de ellas.

—¡Lynn! —doblo la espada por el grito.

Su pelo blanco se sacude. Sus ojos se encuentran con los míos. Elevo el brazo para que contemple la daga y su filo brillando bajo la luz de la oscuridad. Sonríe. Sus piernas se lanzan a la carrera mientras lanzo la daga a ras de suelo hacia su posición.

—Iskar —Aranel se coloca junto a su lobo—. Cubre a Lugh y al príncipe enano.

Celistra despliega las alas. Levanta el polvo cuando se impulsa. Analiza desde las alturas cada rincón de las copas de los árboles bajo la poca luz de la oscuridad. Los pegasos bufan, sus pezuñas golpean la tierra bajo un relincho aterrado. Los lobos aúllan al desconcierto.

—¡Entrada sur! —alerta Celistra.

Una criatura negra con largos y pesados brazos se mueve sigilosa entre los matorrales a nuestra izquierda.

Sus garras curvadas sostienen las ramas.

Joralf utiliza su lanza para apuntar a los huecos entre las hojas, da estocadas a los matorrales con la esperanza de que desaparezca.

Unos ojos alargados color celeste aparecen tras él.

Los míos se separan. De la profundidad emerge una figura peluda, encorvada en su lomo.

Su nariz es tan solo una fisura que decora su rostro disparejo que el guardia elfo consigue atravesar con su lanza.

Pero entonces, un rugido estremecedor hace temblar las hojas bajo mis pies.

Verlo me eriza la piel. Volteo. Doy un paso a la izquierda para salvarme de esa criatura oscura que se abalanza sobre mí sin misericordia.

Tomo aire para no darle la espalda. Cae cerca.

Se desliza entre las ramas y la hojarasca, levanta la maleza con su cuerpo y desprende ese olor a tierra que me recuerda a casa.

Abrazo la empuñadura de la daga. La punta se vuelve fija en él cuando me lanzo a terminar con su intento de levantarse para atacar.

Salto a su lomo. Envuelvo su cuerpo con las piernas, envuelvo su cuello con el brazo para hacer de su cabeza un blanco fácil.

Hundo la punta de la daga. La muevo ágil para rajar su garganta.

Ladeo las pupilas en busca del príncipe, pero Azohr parece que mueve la espada con soltura contra el nycthsaïs.

Lynn utiliza el viento para que Lugh pueda rajar su estómago.

Ebhan levanta la espada para embestir contra otra bestia que abandona las sombras.

Me centro en Mim. En como observa el medio del bosque con la boca abierta e inmóvil.

Y las palabras de antes resuenan en mi mente, un laméntira ha visto su deseo.

—¡Mim! ¡Fuera! —ordeno en un grito según corro para alcanzarlo—. No es Maren.

—¡Eladriel! —escucho la voz de Azohr desde lejos.

Empujo a Mim a uno de los matorrales. Mi pie se eleva para alejarse cuando esa luz que el teniente observaba entre los troncos de los árboles me detiene.

No es Maren lo que él veía. Es Twig. Ya no respiro ni el aire me responde.

Sujeta su estómago porque una flecha atraviesa su abdomen y la sangre se desliza sin piedad por su cuerpo en cada esfuerzo en el que grita mi nombre.

Su mano se abre frente a mí para que me acerque a consolarlo.

El sonido de su voz se pierde, pero no las palabras que puedo leer sobre sus labios…

Esas se reflejan en las lágrimas que se deslizan por mi cara y terminan en el suelo.

Doy pasos hacia él sin pensarlo. Su imagen cada vez se vuelve más nítida, más clara. Muestra su sonrisa cada vez más aliviada por tenerme cerca, como si pudiese calmar el dolor de esa traición que lo atraviesa. Entrecierro los ojos. La luz parpadea enturbiando su figura.

—¡Princesa Eladriel! —la voz de Sane hace que Twig arrugue el rostro.