36. La misión del bosque ancestral. #7
—¿Quieres descubrir lo que hace un puño de brujo? —Mim tensa sus recomendaciones. Su tono se afila.
—Es refrescante encontrar a un brujo amable —Lugh pone los ojos en blanco. Señala a Azohr—. Tu príncipe no hubiera dado importancia a mi opinión antes de golpearme la cara.
—¿Se burla, o realmente no distingue un pergamino de un saco de arena? —Mim tuerce el cuello. Busca nuestra mirada confundido.
—Las hadas todavía dudamos —Lynn contiene la risa—. Aunque Maren siempre aseguró que si no fuera tan torpe…
—Que linda el saco de babosas en ayuna —Lugh arruga la nariz.
—Debes reconocer que siempre has sido el espejo de una mula —Lynn se cruza de brazos.
—Empiezas a despertar en mí sentimientos peligrosos, blanquita —las cejas de Lugh se elevan en señal de aviso—. Como desear que los bichos de nombre impronunciable aparezcan para llevarte.
—Me sujetaría a tu brazo para arrastrarte conmigo —Lynn deja escapar una carcajada.
—Me agarraré al pelirrojo para salvarme —asiente Lugh tras aferrarse al brazo de Mim—. Parece fuerte. O me sueltas, o caerá otro inocente.
—Eres una criatura bastante desagradable —Mim bufa frustrado por su cercanía.
—Es solo porque eres cercano a Maren —lanzo una mirada por encima del hombro hacia el teniente.
—No soy cercano a Maren —Mim empuja a Lugh para apartarlo—. No me agrada Maren.
—Si fuese tú, también me avergonzaría de admitirlo en alto —Lugh se sacude. Su piel se ha erizado bajo un escalofrío—. Es asqueroso solo pensarlo.
—Al menos, ella no es la princesa Aranel —Lynn acaba de establecer un golpe magistral.
—Gracias, blanquita —ríe Mim.
—Yo no me sentiría orgulloso —Azohr alza la voz sin apartar la mirada de los pasos de Ebhan ante él—. Te burlas, pero él tiene el coraje de admitir que quiere a la princesa.
—¿Y tú? —el tono del teniente se vuelve frío—. ¿Cuánto tardaste tú en aceptarlo?
—Un segundo. Lo que tardé en enamorarme de sus ojos —Azohr me dedica una mirada sincera.
—Solo has dicho eso porque ella está presente —Mim rueda los ojos a la derecha.
—Sé de qué manera el miedo se apodera de ti, pero yo no estaba cerca de Maren como lo estás tú —Azohr tuerce el cuello para responder desafiante a su indiferencia—. No tardé en aceptarlo, soñé con no hacerlo.
—Ojalá sentir fuera algo fácil, teniente —suspiro—. A veces escucharse duele más que dejarse de lado.
—Lo que yo escucho no suena a Maren —Mim llena su semblante de molestia.
—Excepto tú, todos podemos escucharlo —sentencia Azohr.
La noche se abatió sobre el improvisado campamento.
Los brujos todavía tensan las cuerdas de cáñamo para asegurar las lonas de cuero que han utilizado como techado improvisado.
Mim amarra los nudos. Celistra reparte las mantas de lana de uno de los sacos que Lynn y yo descargamos de los fénixes.
Servirán como refugio de la madrugada cuando el fuego de la hoguera haya dejado de calentar.
Joralf cava un hueco en la tierra en el que guardar la carne y el queso, los sacos de pan.
Asegura que los bocoy de agua y vino se mantendrán más frescos en la humedad de la tierra que fuera de ella.
Detengo los pasos con la bolsa de provisiones al hombro.
Aranel permanece sentada examinando el puñado de hojas que Ebhan recogió por si fueran necesarias como comida o medicina.
Su condescendencia no necesita ser gritada.
Lugh aparece tras unos matorrales. Lleva los brazos repletos de ramas secas que utilizar como leña.
Duda. Patea la parte baja de los arbustos con trabajo para poder pasar.
Uno de los tallos finos sale despedido cuando levanta el pie y golpea el arco de Sane que camina a sus espaldas.
Alguien debería haber ido con ella para protegerla de él.
Los lobos descansan bajo el sonido blanco y ululante de la luna.
Se echaron a descansar después de haber tomado agua fresca que les calmase de la respiración agitada por el calor del verano.
Debo ser la única que no puede conciliar el sueño.
Borin y Lugh se marcharon a cumplir con el primer turno de guardia esta noche mientras Ebhan y Mim descansan.
Aranel se acomoda entre las mantas junto a Lynn.
El silencio no se escucha como puertas pesadas ni armaduras que caminan, pero tampoco se parece a la calma.
—¿Qué quieres? —la voz turbada de Azohr me alerta.
Tuerzo el cuello apenas se cuela por mi oído. Mi ceño se arruga por esa expresión que se apodera de sus cejas cuando tiene miedo. Me inclino para apoyar la mano sobre su pecho al ver que se mueve acelerado.
—Solo dime quién eres… —los labios del príncipe son separados por una súplica angustiada—. Hazlo y tendrás mi palabra.
—Despierta —le pido en un susurro suave que no enturbie el sueño del campamento.
Algunos gemidos de frustración abandonan su garganta.
Parece que quién está a su lado, en su mente, no tiene deseos de resolver a sus dudas.
Retiene la manta entre sus dedos. Un impulso lo sacude.
Lanza un jadeo en un intento de reincorporarse que se ve impedido por un agónico quejido de dolor que apoya de nuevo su espalda al suelo.
—¿Azohr? —trago saliva al ver como envuelve mis muñecas con ira.
Sus párpados se separan después de que mi respiración se ha contenido.
Desliza las pupilas hacia sus manos apresando mis brazos después de haberme reducido bajo él en un movimiento.
Alisa la frente. Destensa la mandíbula. Toma aire y se aparta de inmediato mientras busca por el alrededor atusándose el pelo que le cae por la frente en repetidas ocasiones.
—¿Qué sucede? —tomo asiento.
Me apoyo en la mano para ponerme en pie al percibir en los rayos de luna como las motas de miedo se deslizan todavía por su frente. Acaricio su cara en un roce lento.
—Lo siento —Azohr detiene mi mano para besarla—. No supe que eras tú quien estaba cerca.
—¿Tienes deseos de alejarte, tomar el aire…? —señalo los matorrales con un golpe de cabeza—. Creo que estoy lista para buscar esa leña.
—Sabes luchar, pero no recibir órdenes —aun jadea cuando acepta el ofrecimiento.
—No estoy para nada de acuerdo, mi señor —rebato su afirmación.
Baja el desnivel de las camas, extiende la mano para ayudarme a sortear las piedras.
Antes de abandonar el campamento, no me queda más remedio que dedicar una sonrisa amable a Ebhan desde la distancia.
Lo hago como agradecimiento. Sus ojos se han convertido en el faro de los sueños de todos los presentes, pero cuida en especial de Mim y la forma en la que está dormido cerca del fuego con una jarra de cerveza volcada. Asiente conforme.
La luz de esa fogata cada vez más lejos impide ver el alrededor con claridad. El silencio especial del grupo se ha ido. Arqueo la mano para recibir la luz de la luna, la energía de las estrellas si es necesario… Una pequeña llamarada con tintes plateados en sus puntas oscila sobre la palma.
—¿Qué soñabas? —me atrevo a preguntar ahora que hay un espacio en el que detenernos.
—No lo sé —y la confesión del príncipe parece sincera—. No podía ver nada, solo escuchaba una voz.
—¿Pudiste averiguar quién era? —sonrío.
Azohr aparece con premura ante la luz de mi llama para examinarme con la mirada.
—En esta ocasión tampoco conseguí descubrirlo —el príncipe inclina la frente hacia un lado. Se muestra pensativo.
—¿Has soñado con algo parecido antes? —como si fuera un eco, mi cabeza imita su gesto.
—Solo un par de veces, pero esa voz no se mostraba tan insistente como hoy —sus labios se arrugan debido al desconcierto.
—Es como si te estuviese llamando… —doy un paso hacia él.
Como si ese llamado que menciono fuese el acto más seguro del mundo y Azohr fuera a desaparecer para siempre.
—Mencionaba mi nombre, el bosque de los susurros —Azohr sacude la cabeza en un intento de invocar las palabras de esa criatura—. Del árbol.
—Azohr —a pesar de mi semblante asustado, de mi cuerpo vibrando… —. Creo que deberías hacerle caso a esa voz.
—Es solo un mal sueño, princesa —la risa nerviosa le delata—. Gandar me aseguró que era fruto del cansancio.
No. Estoy segura de que no fue acertado.
La noche en la que el gran hechicero acudió a la fiesta en Émaxor mencionó algo sobre un elegido llamado.
Recuerdo que Azohr habló sobre esas palabras de Gandar mientras caminábamos fuera del castillo, antes de que partiese a Eryas.
He recordado esa conversación, la última conversación antes del compromiso, muchas más veces de la que me gustaría haberlo hecho.
—Me asusta que desee algo de ti —coloco la mano sobre su brazo—. ¿Recuerdas la noche de la fiesta en Émaxor?
—Recuerdo todo de esa noche —Azohr sonríe.
—La conversación tras salir de la salsa del consejo… —arqueo las cejas sugerente.
—Tus recuerdos sobre ese lugar no se parecen en absoluto —insiste en sonreír.
—Azohr —mi tono se vuelve serio—. Gandar habló sobre un elegido, tú lo mencionaste preocupado. Una criatura que solo necesitaba ser llamada.
—Sé por dónde vas, Eladriel —su dedo se estira uniforme y en desacuerdo—. Yo no soy ese elegido.
—Yo no estoy tan segura como tú —mi mirada cae rendida a la certeza.
—No lo soy porque serlo significa que tendría que permanecer aquí —su dedo se cuela en mi barbilla. Nuestra mirada se encuentra en una apelación—. Y tú y yo prometimos que nos marcharíamos tras la misión.
—Pienso cumplir mi palabra —afirmo de forma imperceptible salvo para mí. Mi sonrisa desaparece—. Pero…
—Eladriel… —Azohr se aleja. Un gran resoplido abandona su mente—. ¿Hasta cuándo?
—Lugh asegura que mi padre atacaré Néferien —ese nudo que cruza mi garganta desde la mañana al fin se alivia.
—¿Y confías en su palabra? —su mirada se endurece así eso me haga culpable de su dolor.
—Lynn lo confirmó —mis hombros caen—. Y es lo único que tenemos.
—Ni Émaxor ni Carsley ni Éxavor están preparados —el príncipe se lleva las manos a la cabeza mientras busca un punto en el que poder fijarse para pensar—. Brenshire está completamente desprotegida.
—Podemos enviar un fénix a Néferien para que viaje a Carsley —camino tras él solo porque tiembla—. Eso solucionaría parte del problema.