Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 36. La misión del bosque ancestral. #6
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36. La misión del bosque ancestral. #6

Su expresión se ha roto. No sé si siente culpa, si el placer toma su cuerpo al ver como sucumben a sus amenazas de filo escarlata.

Me encojo tras él. Mi pecho aún no se ha acostumbrado al pesado olor de la muerte, aunque mis pupilas ya no tiemblan ante él.

Esa pendiente natural que los brujos crearon para unir el Corte de Gaia con el interior del bosque ancestral se ha convertido en el lugar donde esas criaturas recibirán su descanso eterno.

Todavía encuentro culpa por sus caídas cuando Azohr dirige a Hai hacia el cuerpo inmóvil de Celistra.

Ese ángel no actuó. Él no preparó su lanza contra nosotros al descubrir que nuestra unión prohibida desafiaba a los dioses a plena luz del día.

Solo guarda silencio ante lo sucedido. Incluso si teme ser el siguiente que arda.

—No hizo nada —le recuerdo cerca del oído, pero sin dejar de contemplarlo.

—No puedo terminar con él —afirma Azohr tras lanzar un suspiro—. Sabe dónde están las minas, aunque deberíamos arriesgarnos a no encontrarlas.

—Podría haber actuado como Ezerién y Luzniél. Debería haberlo hecho, pero… —lo analizo con curiosidad desde el aire.

Me sorprende que no seamos el foco de su atención, el resto ni siquiera ha pestañeado cuando Hai ha descendido.

El príncipe desmonta. Su comisura ya se ha estirado para recibir mi gesto de molestia cuando estira la mano como gesto cordial de ayuda.

Por primera vez acepto su ofrecimiento. Aunque no sé si conseguí esconder lo suficiente mi expresión de desagrado.

—Sé que vuestra unión va contra la ley y deseos de los creadores —Celistra une sus manos al frente como señal de indiferencia.

—Prepara una de tus bombas de luz —me indica Azohr entre dientes.

—¿Qué hay diferente en ti para que esa ley no te haga sucumbir a los deseos de tus amos? —asiento sonriente—. No puedo verte como alguien dispuesto a destruirnos.

—No deseo hacerlo —me devuelve la sonrisa.

Una sonrisa de ángel.

—¿Deseas proteger tu vida? —mi ceño se arruga fugaz.

—No puedo saberlo —titubea Celistra. Su confesión va directa a la mirada del príncipe Ebhan—. Siento.

Palidece. El tono azul ceniza de su piel bajo los rayos de este sol ha cambiado, y Ebhan es el responsable.

Podría decir que ha despertado su curiosidad.

Incluso si nada en su aspecto es distinto al de esos ángeles que han terminado camuflados entre las rocas del precipicio, estoy segura de que ese sentimiento que ha despertado es el de una mujer.

Pero eso no tiene sentido. Según el profesor Gllimmer, los ángeles no han sido creado para sentir ni ejecutar sus propias decisiones.

No pueden elegir. Los dioses deseaban un ejército cuyas criaturas solo estuvieran enfocadas en obedecer sus peticiones.

Alguien perfecto para destruir sin compasión, sin preguntas. Sin libre albedrío.

Alzo la mirada sobre Ebhan desmontando de Ciea. Sus ojos se han centrado en Celistra invitados por la mirada profunda del ángel.

—Permite que la misión continúe para que nuestros reinos se salven —transformo el ceño en una súplica—. Si nos delatas, hadas y brujos desaparecerán

—Se ha roto la primera norma —Celistra aleja la mirada de Ebhan. Sus cejas se arquean pensativas, desoladas—. Los ángeles no podemos favorecer a los reinos.

—Nosotros nos entregaremos cuando la misión termine —Azohr rompe la angustia de su garganta para convencerla—. Mis hermanos perderán sus castillos si sigues las órdenes de los creadores. Morirán.

Celistra debate con eso que ha despertado en ella.

Sostiene la mirada del príncipe Ebhan como si fuera el detonante de sí misma.

Como Azohr lo fue conmigo. Su mentón baja una sola vez afirmativo.

Apenas unos instantes de silencio y profundidad han sido suficientes para tomar una decisión capaz de terminar con el mundo.

—Os prestaré mi guía hasta que la misión termine solo si el juramento de lealtad hacia mis órdenes no sea quebrado —Celistra sonríe. Sus labios rectos se transforman satisfechos.

—La princesa de las hadas te entrega su palabra —asiento antes de que se arrepienta.

—Entregaré la mía cuando tenga la seguridad de que podré permanecer junto a ella —Azohr busca mi mano, la hace suya.

—Que así sea —acepta Celistra con tono amable.

Voltea. Sus pasos se pierden entre los pegasos que han quedado bajo sus indicaciones, accede al carro en la parte posterior.

Retira la tela que cubre los víveres. Los sacos de tela donde han guardado las provisiones no permiten que el aire corra entre ellos.

La cuerda ancha que los sella lleva bordado el emblema del templo de los dioses, la constelación de la vida.

Sus actos se vuelven objeto de la mirada crítica de los presentes.

Comienza a descargar el carro.

—Repartiremos las provisiones entre los fénixes, pegasos y lobos —ordena Celistra haciendo gala del libre albedrío que ella sí parece tener—. El carro no soportará la bajada.

—La pendiente es demasiado peligrosa —le muestro los rasguños frescos que sangran—. Hay demasiada.

—Los enanos montarán los pegasos —Celistra ni siquiera levanta la mirada de los sacos. Salvo… —Príncipe Ebhan —enuncia.

Ebhan aparta la capa en silencio. Se acerca como si mantener una conversación a la distancia en la que se encontraban fuese imposible.

—¿Podéis garantizar que esa pendiente soportará el peso de los lobos? —pregunta el ángel. Sus movimientos se desatinan.

—Debería hacerlo —Ebhan sonríe.

Azohr, Mim, Ebhan… Tras haber concretado los nuevos pasos, se encargan de asegurar los sacos en los lomos de los fénixes.

Tensan la cuerda para impedir que caigan en el vuelo.

Joralf ayuda a la princesa a montar en su lobo.

Borin se arrodilla ante Sane, dobla su espalda para que ella pueda subir a los lomos del pegaso.

Sonrío. Ella me devuelve la sonrisa desde lo alto.

Lugh y Lynn golpean mi hombro para que continúe el camino y entregue los últimos sacos a los brujos para poder iniciar la marcha.

Aranel sacude las piernas sobre su lobo desde el borde de la pendiente.

Él obedece e inicia el descenso solo con sentir su orden.

Sus patas se mueven cautas sobre la vegetación del puente, las del lobo de Joralf siguen sus pasos.

Los pegasos sacuden las alas. Celistra los dirige mientras las hadas extendemos las nuestras para cubrir sus flancos.

Los chillidos de los fénixes cuidan la comitiva tras nosotros.

Desciendo. Las pisadas se escuchan pesadas al final del puente natural que han usado los lobos.

Los fénixes solo tocan tierra para que los brujos desmonten.

Borin aparta la maleza que rodea al pegaso que monta su prometa para impedir que golpee su tripa al bajar.

Aranel y Joralf aparecen y el sonido firme de las garras se detiene.

Agudizo el oído. Pensé que se debía a que los elfos no habían llegado, pero los ruidos de este bosque son distintos a los reinos que yo conozco.

Aunque tampoco suena a eso que los enanos han mencionado en el borde del camino.

Un temblor recorre mi espalda solo al recordarlos.

—El sol cae —Ebhan afina los párpados hacia los rayos que se cuelan entre los árboles—. Sería oportuno buscar un lugar donde pasar la noche antes de que la oscuridad nos impida encontrar un resguardo seguro.

—Deberíamos llegar al pie de las montañas del Norte antes de que decline —Celistra se detiene a su costado—. Es el punto más cercano a las minas.

—Si hacemos noche ahí, es posible que mañana encontrásemos la reserva —sugiere Ebhan. Su frente se arruga según debate en silencio con los brujos—. La misión podría terminar un día antes de lo previsto.

Su barbilla baja. Veo en ese brillo que trata de ocultar la necesidad que nace cuando sabes que debes salvarlos a todos, incluso a los enemigos. Tal vez, eso es lo que nos hace tan cercanos.

—Bajo el Corte de Gaia es más sencillo para los mórothar encontrarnos —Ebhan entrecorta la voz—. Permanecer juntos permitirá que sobrevivamos si los atraemos.

—¿Cuál de todos los ruidos que hay es el de esos bichos? —pregunta Lugh a las espaldas del príncipe.

—No te preocupes, si llega podrás identificarlo —Aranel sonríe a pocos pasos de acercarse a él.

—A ver, vuelve a hablar… —Lugh se golpea el oído. Sacude la cabeza poco convencido—. Nada, no consigo ponerme de acuerdo.

—Juegas con mi paciencia y apenas tengo, Lugh —la princesa esboza media sonrisa.

—Creo que ni el entrenador más reputado de mi reino podría descifrar qué sonidos hace una bestia como tú —Lugh concentra su atención en la lejanía con más fortaleza de la que esperaba.

En cuanto a ella… Su interés por acercarse a Lugh se desvanece cuando Lugh insiste en mantenerla alejada.

Y yo... Yo veo como me dedica la guerra tras un pestañeo.

Aunque, precisa como siempre, la mano de Azohr me ofrece su respaldo y su compañía.

Distrae mi atención. Su sonrisa es todo lo necesario para opacar el murmullo del bosque o cualquiera de esos habitantes que desean darme miedo.

Pero no es suficiente para apartar mis pensamientos.

Lo sucedido con Ezerién, con Luzniél, puede suponer nuestro fin, aunque también arrebata la oportunidad a la princesa y a mi padre de poder amenazarme con ello.

—Has eliminado a dos ángeles en las pocas horas que llevamos de misión —Mim se mueve torpe entre la hojarasca seca—. Debería sentir miedo por lo que viene ahora.

—No quería hacerlo. No el primer día, al menos —Azohr abraza la certeza mejor de lo que esperaba.

Incluso se encoge de hombros con poca importancia.

—¿No te asusta? —el teniente calla—. Es decir, cuando salgáis…

—Sabes que no temo lo que otros veneran. Menos aquellos reyes enviados para gobernar en sus nombres —Azohr resopla irónico—. Yo elegí a Eladriel incluso si pierdo todo.

—Es bonito lo que dices. Insoportable también —el labio superior de Mim se eleva. Su sonrisa de llena de desagrado.

Aunque sus ojos… Las pupilas no mienten.

—¿Qué ocurriría si se tratase de Mim? —asesta Azohr con cierta picardía.

Es que no pueden evitarlo. Ni siquiera en este momento.

—¿Maren? —Lugh irrumpe de un salto—. ¿Qué tiene que ver con Maren la llama con patas?

—¿Qué me has llamado? —Mim se acerca con más agilidad, que la que posee al caminar por su vida.

—Llama… —Lugh señala su pelo. Desliza el dedo sobre él—, con patas.