Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 36. La misión del bosque ancestral. #5
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36. La misión del bosque ancestral. #5

—¿Por qué no usáis vuestra magia? —Azohr desquebraja el silencio de forma poco oportuna—. Nuestro reino podría bajar sin problemas.

—Ese no es el problema, príncipe —Ebhan ladea el brazo hasta que se detiene sobre el abdomen de Azohr—. Hay demasiada profundidad. No podemos garantizar que el puente natural se mantenga en pie el tiempo necesario.

—Has recibido una orden directa de un soldado de los creadores —Luzniél alza la voz.

Esa tiranía camuflada de poder me recuerda a ciertas criaturas…

—Todos los que estáis presentes habéis asumido el riesgo de perder la vida antes de adentraros en la misión —Ezerién nos analiza uno por uno. Los semblantes pesados.

—¡Haced ese puente! ¡Es una orden! —brama Luzniél.

Golpea su lanza contra el suelo. La punta de marfil envía un par de rayos a la inmensidad celeste.

Azohr tensa la mandíbula. Encuentro su incomodidad en cuánto me dedica una mirada de reojo a la que solo puedo asentir de forma sutil.

Me tranquiliza que suspire. Su brazo es el primero que se eleva en busca de Hai, y Ebhan estira la comisura derecha de sus labios en una mueca de resignación antes de llamar a Ciea.

Los fénixes han establecido el vuelo en dirección al borde del Corte mientras Mim todavía observa aletargado un punto perdido de la maleza.

Solo llama a Shae al comprender que la carrera de los príncipes hasta el precipicio es solo para montar.

Sus vuelos se dispersan. Hai enlaza el vuelo para alejarse hacia el extremo derecho del abismo mientras Shae se dirige al opuesto.

Ebhan toma distancia desde los lomos de Ciea.

Sombras verdes brotan de las manos de los brujos, abrazan la tierra para hacerla vibrar.

Las hojas comienzan a mecerse con suavidad.

Algunas de las raíces más colosales que jamás vi emergen de entre montículos húmedos de suelo que se separan de las pareces del precipicio.

El olor cambia. Ya no parece el mismo lugar.

Mim utiliza su magia para que las rocas que se van soltando caigan bajo la hilera de vegetación que los príncipes sostienen en el aire.

La sincronía de las magias de los brujos permite que el suelo colgante se pose con cuidado sobre las rocas que el teniente ubicó de forma estratégica.

Mis labios apenas pueden unirse, el asombro no lo permite.

Un descenso a nuestros pies de unas cuántas varas de ancho repleto de hierba y maleza, copas de árboles emergen entre tanta nube de arena.

El vuelo de los fénixes se ha visto opacado por una amarronada noche.

—Iniciad la marcha —indica Ezerién tras golpear su lanza.

—Las hadas utilizaremos las alas —estiro los brazos para impedir que Lugh y Lynn obedezcan.

—Caminaréis como el resto —Luzniél me dedica una mirada de enemistad—. No encuentro útil vuestra presencia, debo recordaros las normas que aceptasteis a cada orden.

—Los brujos no han garantizado que ese descenso natural sea seguro para todos —despliego las alas—. En estas condiciones, no puedo exponer a mis representados.

Luzniél alarga la pierna derecha para colocarse frente a mí en dos zancadas largas.

Su mano, amplia y uniforme, se hace con mi brazo antes de que yo pueda reaccionar.

Mis alas se cierran. Sus ojos opacos roban los rayos del sol que incidían satisfechos sobre mi rostro.

Anclo los pies al suelo aun si mis botas producen un sonido amargo al deslizarse cuando camina hacia el precipicio llevándome consigo.

Sacudo el brazo a pesar de que su fuerza parece algo innombrable.

Me lanza al suelo polvoriento y seco de una sacudida ágil. Me sujeto a la hierba para no resbalar. Tiene tanta pendiente, que sería imposible caminar.

—¡Vamos, princesa! —brama Luzniél sin que su semblante cambie—. ¡Ponte de pie!

El pecho de Lugh avanza antes que sus piernas. Lynn trata de contenerse. Nunca antes me hice cómplice del silencio para pedir que suplique por mí para calmar sus intenciones. Es suficiente con que este ángel se sienta desafiado por una criatura.

Rodeo una raíz que sobresale del terreno para ayudarme a poner en pie sobre el ligero desnivel al inicio de la pendiente.

Me sacudo los pantalones al conseguirlo.

Y cuando puedo verlo, cuando se sostiene frente a mí…

Me olvido de todo cuanto nos rodea con el objetivo de hacerle comprender por qué no me asustan sus amos. Que las hadas no bajarán.

Despliego las alas de nuevo.

—Las hadas no tomarán ese camino —aprieto los puños.

—Tu autoridad se quedó tras las murallas de tu reino, princesa —ríe Luzniél—. Estas tierras pertenecen a los dioses, a sus primeras criaturas. Solo ellos deciden.

—No esperaré a que tus dioses me autorices para usar la coherencia —mis dientes rechinan—. Si las hadas no tienen permiso para usar sus alas, abandonaremos la misión.

Ezerién, detenido junto a Celistra y los pegasos, no tarda en fundir su inconformidad con mis pupilas.

Entre sus pestañeos opaco se refleja un atisbo de compasión, pero sus ojos se llenan pronto de aversión y desprecio.

De castigo. Entonces decide caminar. Lo hace con tanta seguridad, que perdí las esperanzas de que su autoridad se mantuviese al margen antes de que su pie marcase el suelo al primer paso.

La piel gris de su rostro se llena de arrugas cuando estira las comisuras sonriente.

Alarga el brazo. Su mano se abre, separa los dedos a pocos pasos de usarla en mi contra en medio del chillido de un fénix.

Su expresión se tiñe de extrañeza. El aliento ardiente de Hai a un costado llena de los tonos más temblorosos del fuego parte de él.

—Permitiré que seas su cena esta noche si no ordenas a tus ángeles que se detengan —Azohr rompe el protocolo desde Hai.

Su tono admonitorio combina con la mirada cargada de intenciones.

Ezerién no desiste en la idea de estar alegre así la advertencia del príncipe no parezca una chanza.

Aunque se detuvo. Es cierto que sus yemas no se han encontrado con la tela de mi camisa.

Me acojo a este instante en el que está distraído con el aleteo del animal para intentar alejarme.

Todavía no di el paso hacia la seguridad cuando las líneas de arrepentimiento de su cara desaparecen. En un solo toque pierdo el equilibrio.

Un grito se atora en mi garganta. Estiro los brazos antes de recibir el desagradable abrazo de las piedras.

Antes de sostener cualquier rama que pudiera detenerme, ya me deslizo por la tierra húmeda y la hierba.

Trato de desplegar las alas. Cierro los ojos cuando una raíz me golpea el codo, la maleza desgarra la piel de los brazos…

No hay nada que impida que siga cayendo, salvo el graznido de Ciea.

Alargo el brazo turbada por la idea de la muerte.

Sus alas se baten cerca, puedo sentir como el aire levanta el polvo de la arena perdida entre las briznas.

La mano de Ebhan me aleja de ese martirio colorido. Trata de subirme sobre su fénix mientras utilizo sus plumas para ayudar.

—¿Princesa? —el príncipe inspecciona mis ropajes, algunas heridas.

—Estoy bien —confieso entre jadeos mientras trato de recuperar el aliento.

Abrazo su armadura cuando el temblor bajo mis piernas me avisa de que Ciea perderá la estabilidad.

El bufido de Hai en las alturas clama por ella.

Sus alas se alinean con el aire para volar hacia el más alto cielo, su pico se convierte en la brújula de las emociones del príncipe Ebhan.

Solo puedo admirar la forma en la que Borin toma la mano de Sani para apartarla con delicadeza, cómo protege sus vidas.

Los lobos de los elfos ladran. El bello que cubre sus lomos se ha erizado ante la fuente de luz dorada que brota de la pechera del animal.

Se lamen las amenazas enseñando sus dientes al fuego.

Ebhan se detiene en las alturas justo al lado de Hai. Despliego las alas. Establezco el vuelo para ocupar el espacio tras la silla de Azohr.

—No hagas nada —mi voz apenas roza su pelo—. Luzniél y Celistra están presentes, pueden intervenir.

—¿Estás dispuesta a abandonar la misión? —Azohr posa la mano sobre una herida de mi pierna—. ¿A qué los dioses descubran la verdad?

—Sí, pero… —bajo la mirada. Coloco mi mano sobre la suya.

Mis dedos apenas han rozado los suyos cuando la aleja.

—¡Te lo advertí! —vocifera Azohr. Tensa las riendas entre sus manos—. ¡Te dije que te detuvieras!

—¿Olvidas que tú acatas mis órdenes, príncipe arrogante? —Ezerién hace gala de su prepotencia arqueando una ceja con desdén.

—Yo no sirvo a esos que llamas creadores —niega el príncipe—. No te sirvo a ti.

—Vuestros reinos dependen de vuestra fe —sostiene Ezerién con una afirmación que suena a control.

—Casi la pierdo por tu desobediencia —Azohr envuelve las riendas alrededor de las muñecas. Hai separa el pico.

—El príncipe de Émaxor no tiene potestad sobre mis decisiones con relación a la princesa de otro reino —el ángel da media vuelta. Su ceño se llena de misterio.

—No actúo en nombre de mi corona ni de mi reino —la voz de Azohr suena como un grito de guerra—. La princesa Eladriel es mi esposa.

Ezerién contiene el tiempo entre sus párpados. No reacciona. Sin embargo, Luzniél ha preparado su lanza desde la posición que ocupaba a su espalda para tomar represalias. De la misma forma que hace la princesa en esa mirada torcida con la que le reclama a Lugh que haya guardado silencio.

Los guardias celestiales despliegan sus alas. Nos muestran la punta de la lanza. Azohr se deja caer sobre el cuello de Hai para entregarle las instrucciones precisas antes de que las cuerdas que lo envuelven se tensen.

—Cierra los ojos si no deseas ver lo que va a suceder —me ordena el príncipe a pesar de que su tono siempre se mantiene tierno.

El cuello del fénix se estira. Su cuerpo comienza a calentarse mientras Azohr da la orden. Mis piernas arden sobre su lomo, su pico se abre para asestarles ese chillido agudo y fino que es capaz de hacer que la muerte se santigüe. Una ráfaga de calor nos envuelve.

La llamarada se expande por el cielo azuzada por el propio viento.

Colores azules templados se observan en los puntos más lejanos que rodean a los ángeles.

Crezco sobre la incertidumbre para abrir los ojos.

El fuego se apodera de uno de los soldados alados ante la mirada atenta del príncipe.