Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 36. La misión del bosque ancestral. #4
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36. La misión del bosque ancestral. #4

Discuten en voz baja desde que comenzamos el trayecto.

—Empiezo a arrepentirme de traerte a la misión —bramo en voz baja tras lanzar una mirada sobre el hombro a Lugh.

—Deberías hacerlo —Lugh interrumpe su discusión e inclina la cabeza hacia delante—. No pienso obedecer tus órdenes.

—Intenta alejarte con la princesa Aranel —entrecierro los ojos.

—Ya sé que no confías en ella, pero… —Lugh toma aire hastiado.

—¿En ella? —mis comisuras se elevan en una sonrisa tensa—. Es en ti en quién no confío, a ella no la conozco.

—Me ofendes, rata de las mazmorras —se detiene. Me mira con cejas alzadas—. ¿Acaso crees que tengo el instinto depredador de Tien?

—Lugh, no creo que ella te busque porque le importes —volteo. Ni la tristeza me puede contener—. Aranel te aprecia por tu cercanía a mí, porque sabe que puede convertirte en mi enemigo.

—Eladriel… —titubea Lugh.

—Casi lo consigue una vez —termino mi intervención sin importarme qué tenga que decir.

—Bien, entonces me acompañarás —propone Lugh con la espalda arqueada por la desesperación—. Tú sabes que es importante que hable con ella.

—¿Podrás confiar en su palabra? —mi pecho sube para que la impaciencia por su obsesión en la princesa no termine por destruirlo—. Ni siquiera ella debe estar segura de quién es el padre de esa criatura.

—Lo hago porque sé que es una posibilidad —confiesa Lugh con mirada brillosa. Aunque como me quema que sea de seguridad—. Volví a verla tras lo sucedido en el muelle de Néferien.

—Te dije que tú mismo acabarías delatándote —Lynn deja caer la cabeza. Reposa la mano sobre su frente.

—¿Tú sabías de sus encuentros? —despacio, mis pupilas se desplazan destellantes en rabia hacia Lynn.

—Él no me dejó decir nada —el dedo acusador de Lynn señala a Lugh proyectando la furia de mi mirada—. Dijo que volvería mis pecas grises en dianas para sus dardos.

—Eso no es cierto —Lugh establece una mirada de defensa contra ella—. Solo dije que molestarte con minucias no era necesario cuando te desenvolvías entre asuntos más importantes.

—Qué vergüenza… —Lynn arruga el entrecejo. Su semblante se llena de indignación.

—Estúpido monstruo de pantano… —mi voz se entrecorta. Mi respiración se vuelve lenta y precisa.

—No consigues asustarme —Lugh traga saliva, y sin embargo se atreve a mantener la mirada en alto.

—Llamaré a la primer mórothar que vea solo para que te arrastre a las profundidades de este maldito bosque —dejo caer los puños colérica contra el suelo.

—Esa cuerda de antes sonaba más prometedora —Lugh estría su barbilla en una mueca de pena.

Ojalá separarlo de ella fuese tan sencillo como desear que se mantenga cerca de mí todo el tiempo.

Es injusto, lo sé, pero sabría que está bien.

Si pudiese llevarlo a Émaxor y alejarlo del reino hada por un tiempo para que no pudiese acercarse a él nunca más…

Confesó su embarazo delante del reino de los brujos sin darle importancia a su honor, sus intenciones no son las de protegerlo.

Suspiro. Quizás deba darme por vencida. No puedo impedir lo que Lugh anhela.

—Ni siquiera el lugar más lejano al palacio de Eigton podría hacer que la razón volviese a ti —mi mirada cambia a la desesperanza al retomar la marcha.

—Te prometo que estaré a tu lado —Lugh se lanza a una camita apresurada para no dejarme atrás—. Pero entiende que debo descubrir si lo que Aranel afirma es cierto.

—¿Es que no entiendes? —mi brazo viaja presto hasta su pecho. Mi sonrisa se vuelve incrédula por su inocencia—. ¿Qué piensas que sucederá si es cierto que la princesa espera un hada?

—Los dos sabemos que morirá si yo no lo impido —Lugh sujeta mis brazos. Calla.

—¿Piensas impedirlo? —mis ojos se separan asombrados por su repentina osadía.

—¡Es mi hijo, princesa! —los bramidos de Lugh son envueltos por la cautela de que nadie nos escuche.

—¿Estarás junto a Aendyl el día que esa criatura nazca? —mis dedos envuelven sus hombros. Lo sacudo solo porque recupere el sentido—. Será interesante ver como estáis más nerviosos por descubrir quién es el padre, que por el bienestar de esa criatura.

—Si algo le llegase a pasar, no dudaría en ir a los ángeles y confesar la verdad yo mismo —Lugh sujeta mis cara y sus pupilas se expanden tan sinceras y angustiadas, que hasta logro sentir el dolor en el centro de su estómago.

—Si le permiten vivir, crecerá sin padres que lo cuiden —mis hombros caen por el peso de la realidad que él no puede ver.

—Te aseguro que el Aendyl no puede envidiarle nada a la princesa —ríe Lugh con sarcasmo—. No echaría a perder su posición con la facilidad que piensas.

—¿Qué quieres decir? —admito que ha conseguido despertar mi curiosidad.

—Tiene una relación estrecha con los gustos de tu padre —Lugh pone los ojos en blanco.

—¿Esas mujeres son de otro reino? —la insinuación me hace estirar la frente.

—Todas pertenecen al reino elfo —su mirada se aparta con desprecio.

—Entonces, no tenemos nada que hacer contra él —dirijo la mirada al grupo donde ella se encuentra.

Ahora sí, me marco como objetivo alcanzarlos antes de que resulte sospechosa nuestra lejanía. O peligrosa.

—Aranel solo lo permite porque estar a su lado significa el trono —Lugh corre hasta darme alcanza—. Y él solo permite nuestros encuentros porque sin ella, él pierde la corona.

Si fuese consciente de lo que dice… Está convencido de que formar una familia con ella es posible.

Todavía si es en esas condiciones. Sé que él ocupa parte del corazón de la princesa, pero hace tiempo que comprendí que no se convertiría en el dueño de su destino.

Lo que hay entre ellos solo es verdadero cuando unas sábanas ocultan lo que sienten.

—¿Ese es tu deseo? —mi voz mana quebrada ante su triste futuro. No es la familia que él merece—. Si esa criatura tiene la suerte de sobrevivir al nacimiento y su espalda está libre de alas, pertenecerá a la dinastía elfa. Serás su lacayo por el resto de tu vida.

—No permitiría que uno de mis hijos llevase una corona, sé el daño que hacen —Lugh convierte sus ojos en un lagrimal de súplica por sentir que entiendo su pesar—. Te dije que me iría contigo.

—No es la primera vez que aseguras algo como eso —guardo silencio. Me duele no poder confiar en él como antes—. No sé si ahora dices la verdad.

No contesta. Lugh decide quedarse sin palabras justo cuando más necesito que hable. Pocas veces lo vi abrazar al silencio con tanta preocupación. No sé si me asusta o me hiere.

—Lugh… —mi tono tiembla por mi propia herida—. Hacerme una promesa desde el dolor que te deja la culpa no hará que esto cambie. No debes cambiar por mí, tienes que elegir qué vida quieres vivir.

—Hace dos días que no acepto sus cartas —Lugh se vuelve valiente y sonríe.

—No pierdas la oportunidad de ser tú quién se lo diga, Lugh —Lynn aparece tras sus hombros con las cejas juntas.

—No lo veo conveniente —Lugh deja que los nervios le tomen la mirada.

—Por el amor a los dioses —resopla Lynn frustrada. Se deja vencer hacia delante—. La princesa Aranel recibió una misiva de Tien la última noche que Lugh y ella se reunieron.

—¿De Tien? —mi instinto me pide buscar a Azohr. Sus ojos azules que me miran a pocos pasos ya.

—Atacarán Néferien antes de que la misión del solium haya terminado —Lugh al fin se rompe, aunque haya necesitado aclararse la garganta primero—. Los ejércitos elfos marcharán a Eryas para proteger el palacio junto a la guardia real.

No quería escuchar algo como eso. No esas palabras susurradas en este lugar oscuro y profundo que parece perdido.

Pero lo esperaba. Me esfuerzo por estirar una sonrisa que parezca creíble que hace que Azohr acepte continuar en calma.

Aunque la opresión la debo tragar ahora que he desaparecido de su campo de visión.

La maldad nunca cesa. Esperaba que nada pudiese empeorar mi angustia, y, muy dentro, algo en mí vibraba porque sabía que esta era la mejor opción que mi padre tenía para asediar el reino de los brujos.

Tal y como lo intentaron el día del festival de las estaciones, imagino que los sanadores se han convertido en su objetivo principal. Émaxor.

—¡Atención! —anuncia Luzniél. Se detiene ante los pegasos—. Llegamos al Corte de Gaia.

La agrupación se detiene al borde del precipicio.

Me apoyo con cuidado sobre la punta de los pies para contemplar la profundidad que hay hasta el final.

Trago saliva. Es como si, por el instante que dura un parpadeo, hubiera podido ser testigo del abismal lamento que esbozó la tierra al desquebrajarse.

Le sonrío. Se debería sentir orgullosa por su resiliencia.

Árboles y matorrales crecieron para dar vida al suelo.

Incluso en la montaña del norte, cuya cima sobresale curiosa de pistear sobre las nubes.

Parece que todos han enmudecido. Hasta los soldados se han visto obligados a guardar silencio al comprobar que no hay caminos.

No hay puentes. El cielo ha bajado a nuestros pies, y bajo él, la tierra se ha convertido en sombras de oscura vegetación.

Los brujos podrían valerse de sus fénixes para descender y buscar los caminos ocultos del verdadero interior del bosque.

Nosotros podríamos desplegar las alas. Pero qué haremos con los elfos y enanos.

Ni siquiera un alarde de generosidad de los ángeles permitiendo montar los pegasos sería suficiente.

Estoy convencida de que no podrían soportar el peso de la princesa y su guardia, y el carro repleto con el peso de los lobos.

Y dudo que Aranel acepte subirse a un fénix.

—¡Qué mala suerte! —exclama Lugh con las pupilas plantadas en el fondo del precipicio. Mueve las manos de forma exagerada—. Nos volvemos.

—Ahora mismo, tu destino depende de tu silencio —envuelvo la tela del cuello de su uniforme para controlar su equilibrio.

—Tiene razón —Borin señala el suelo a varias leguas—. ¿Cómo llegaremos allí?

—Los brujos se encargarán de hacerlo posible —Ezerién rompe la formación angelical para dar una orden directa.

—¿Nosotros? —Ebhan se señala. A Azohr y Mim.

—La tierra os obedece, podéis moverla —resuelve Ezerién de forma certera—. Utilizaréis vuestro poder para que todos los reinos puedan cruzar.