36. La misión del bosque ancestral. #3
—Son cuerpos vacíos de las almas comidas por necrovinos —Ebhan coloca la mano sobre el hombro de Mim.
—¿Y qué quieren esos cuerpos? —Lugh separa los párpados con susto. Muestra la palma de sus manos con ligereza—. Si están muertos.
—La planta devora las almas, pero utiliza sus cuerpos para enviar a buscar más presas —sonríe Azohr al ver su cara de susto.
No sabía que todos tenían tanto conocimiento sobre lo que hay aquí.
—¡Luciten! —exclama Lugh llamando la atención del ángel—. Táchame de esa lista.
—Luzniél no tachará ningún nombre de esa lista —amarro la tela de su uniforme entre los dedos—. No te irás.
—¿No? —Lugh resopla irónica—. Ese ángel solo necesita un motivo para menear la pluma sobre mi nombre y no voy a desperdiciarlo.
—Lugh —grito en voz baja tras atraerlo—. Te prometo que utilizaré una cuerda para atarte a mí hasta la vuelta si no cierras la boca antes de que ese ángel te escuche.
—No te creo —arruga la frente. Ladea la cabeza hacia un lado con indiferencia.
—Cogeré la cuerda del cuello de Luzniél si es necesario —declaro entre dientes.
—No quiero que uno de esos necrovinos se coma mi alma, ¿entiendes, maldita princesa? —su cabeza se mueve en una negativa temerosa. Cejas arqueadas en tristeza.
—La mejor de tus opciones es aceptar esa cuerda —sugiere la voz de Azohr a nuestras espaldas.
—Tu ingenio está en su punto más álgido, príncipe Bradosck —acepto con ironía mientras volteo—. Pero tienes razón en asegurar que podríamos avanzar en parejas.
Me cruzo de brazos. Doy un par de pasos hacia él.
—Lugh podría ir conmigo —mis pupilas se hunden en las suyas—. ¿Y con vos, príncipe, a qué princesa llevaréis?
—Si vas a usar esa cuerda, pienso disputarme el puesto de Lugh —Azohr se inclina hacia delante con sonrisa burlona.
—Querido príncipe —estiro los labios con sorna—. Vais a necesitar algo más que una frase ingeniosa si deseáis ganaros mi confianza.
—¿No es esta la forma en la que nuestras almas se entienden? —sonríe.
—¿Solo las nuestras? —arqueo las cejas de forma fugaz.
—Princesa… —el príncipe me observa con cierta sorpresa.
—Príncipe Bradosck —me inclino ante él. Sujeto a Lugh para apartarnos.
—Puedo conseguir esa cuerda solo estirando el brazo —su amenaza me detiene cuando la lanza con tanta solemnidad.
—No te quedará más remedio que hacerlo si deseas mi compañía —devuelvo la mirada al frente.
Aun no contemplo el paraje al otro lado del camino cuando el rabillo del ojo me permite capturar cómo el príncipe dibuja una sonrisa.
Me hace retroceder. Eleva las cejas desafiantes.
Despliega el brazo y su mano apunta directa al cuello de uno de los ángeles.
Sus dedos comienzan a arquearse en un movimiento firme, la magia negra comienza a mostrarse por su cuerpo.
Mi primer instinto, aunque esperaba que fuera lanzarme sobre él, es asegurarme de que no hay ángeles contemplando su extraordinaria tontería. Y luego me abalanzo sobre él para impedir que la descubran.
—Que recurrieses al chantaje es lo último que esperaba —le reprocho en un susurro—. Menos uno capaz de terminar con tu vida.
—No te obligaré a que camines a solas conmigo, pero iré cerca de ti —Azohr ya no hace chanzas, su mirada se ha llenado de ira—. No dejaré que dudes de que te quiero en un lugar como este.
—Eso es obligarme, príncipe —uso el puño cerrado para golpear su pecho. Aun si es un roce apenas perceptible.
—¿Eso significa que estás de acuerdo? —chasquea la lengua irónico.
—No —niego sonriente.
—Vamos… —Azohr se resigna.
—¿Qué tal si lo haces a mi lado? —tomo su mano—. Como lo prometimos en Brenshire.
—Que escena tan encantadora, continuad así durante toda la misión —sonríe Aranel a un costado. Eleva la ceja izquierda—. Tal vez, los ángeles os vean y terminen con vuestro sufrimiento antes de que os haga daño perderos.
Doy un paso hacia atrás. Al espacio suficiente para impedir que el fuego que me produce escuchar su voz, no se vea atraído por lo que sale de su boca.
—Ese hijo que lleváis en el vientre hará que os corten la cabeza si lo descubren —le recuerdo mientras sujeto las manos al frente.
—¿Acaso el amor os vuelve estúpida? —Aranel rueda los ojos con hastío—. No pasearé con él de la mano por el reino.
—Qué importa el reino… —ladeo el mentón a un lado con suavidad—. Me gustaría saber qué pensará Aendyl cuando vea que el heredero elfo que esperaba, en realidad es un hada.
—Agradezco que el futuro de mi reino sea de vuestra preocupación, princesa Eladriel —la frente de la princesa sube con tanto orgullo, como ella arrogancia posee—. Mas os recomiendo concentraos en el presente. Estáis aquí, ante ellos y en el lugar oportuno para desaparecer sin que pregunten.
—Vos estáis conmigo —dejo caer los brazos. Alzo la frente al mismo punto que ella—. Yo no he olvidado la promesa que os hice el día del festival de las estaciones.
—¿Qué promesa? —ni la voz de Lugh consigue quebrarme.
—Si mi padre hacía el compromiso con Tien oficial, acabaría con su vida —le confieso a Lugh mirándolo a los ojos sin temblar—. Quizás deba hacerlo ahora y evitar que sufras más cuando la pierdas.
—Uno de esos necrovinos se comería mi alma antes de que vos pudierais dañarme —la suspicacia de Aranel ya ni me asusta.
—Os escupirá —declaro con una convicción que hasta al cielo pasma—. Y entonces os arrancaré la vida.
Aranel guarda silencio. Sus ojos se deshacen sobre los míos con el mismo brillo de rencor, que de despedida. Sabemos qué pasaría si alguna de las dos se girase para abrir la boca, pero… Algo en ella cambia cuando deja de sostenerme como el centro de su atención. Y Lugh es quién está detrás.
—En presencia de todos los representantes de las tierras de Órianth, procederemos con la lectura de las normas establecidas por los dioses para la misión —proclama el ángel del que aún no conocemos el nombre con voz serena.
—Los príncipes deben aceptar este reglamento en su nombre y el de sus representados antes de dar comienzo y adentrarse al bosque ancestral —Luzniél recorre a los príncipes con la mirada.
Ezerién desenrolla un papel de cortas dimensiones que logra sacar a pesar de la torpeza demostrada de un lugar remoto de su armadura. Y para esto necesita hasta tres intentos. Se aclara la garganta mientras amplía el pecho como si eso le diera más importancia al contenido.
—Los príncipes se verán obligados a comunicar cualquier cambio o infracción a los ángeles guías de la misión —comienza a leer Ezerién. Su voz llena el aire—. Se condenará a quiénes abandonen el espíritu de equipo ordenado por los dioses, cuyo objetivo es garantizar la unión frente a la reserva.
—Los representantes tienen prohibido adelantarnos. Solo accederán a las minas una vez que nosotros hayamos inspeccionado el lugar —Luzniél ni siquiera necesita leer.
¿Es que acaso eso será mero protocolo?
—Se permitirá la retirada de un cristal por reino para su estudio, siempre que no se consiga con alguno de los dones otorgados por las razas —Ezerién continúa—. Se honrarán las normas divinas impuestas por los dioses en la creación bajo vigilancia de los soldados de los creadores.
—El castigo para aquellos que las incumplan supondrá la ejecución inmediata —asiente Luzniél—. No importa si es representante o representado.
—Celistra —anuncia Ezerién tras acercarse al ángel—. Recuerda a los presentes cuáles son las normas divinas.
Celistra asiente sonriente mientras Ezerién guarda el pergamino.
—Están prohibidas las relaciones amorosas entre razas. Se protegerá el equilibrio natural del reino, incluso si eso significase sacrificar el don —Celistra toma aire—. La intervención divina será limitada en todos los asuntos de estrategia, incluidas luchas o guerras entre las criaturas.
—Si alguna criatura del bosque ancestral ataque nuestro campamento, los ángeles solo podremos defender —confirma Luzniél a la última norma—. No utilizaremos magia para evitar favorecer a los reinos.
—Las criaturas de Órianth serán sometidas al honor y justicia de los dioses, siendo exiliada a la isla de Draenith toda aquella dispuesta a desafiar su autoridad —Celistra vuelve a tomar la voz principal—. Juraremos lealtad a estas normas y protegeremos al reino con nuestra vida.
No puedo evitar mirar al príncipe. Sus cejas marcan el mismo gesto que las mías ante lo indicado. Bajo la mirada hacia las imperfecciones de la tierra a modo de respeto fingido por los dioses. Al juramento que siempre se recita antes de iniciar una misión en su nombre.
—Juro por la llama de Shaone, por la sabiduría de Aphaea.
La magia de Vémtix, la muerte de Móran, la guerra de Kona y los dones de Aivtor y Essoi …
—recitamos al unísono—. Que no cruzaré la frontera del amor prohibido para no romper la pureza de las razas.
Defenderé este reino con mi vida y entregaré mi voz a la verdad y mi alma al conocimiento.
Que mi nombre se borre si traiciono al templo.
—La misión puede dar comienzo —indica Luzniél complacido.
Los soldados angelicales se ponen en marcha.
Dirigen a los pegasos a través de los primeros arbustos al final del camino.
La maleza es la gran parte de la vegetación.
Este lugar ha sido abandonado a su suerte, como esas criaturas que viven en sus tierras.
Los grandes árboles se encargan de tapar la gran mayoría de luz natural apenas nos adentramos unos pasos hacia el interior.
El bosque se ha oscurecido. Se vuelve más complicado sortear esas piedras prominentes que la mala hierba oculta, las raíces serpenteantes…
El propio musgo impide ver un paso más allá de la posición en la que nos encontramos.
Hay quiénes pelean contras los helechos o ramas trepadoras.
Este sitio mezcla los colores de los reinos en solo hojas y troncos. No hay diferencias entre tonos cálidos ni fríos, todos tienen una historia que contar.
Luzniél abre paso dando uso a su magia. Aparta la maraña de ramas que impide que avancemos aportando subtonos de crujidos a las pisadas de los pegasos.
Aranel monta su lobo junto a Joralf. Los perros fieles de Borin y Sane caminan cerca de sus piernas.
Los fénixes sobrevuelan a los brujos. Pero Lugh y Lynn…