36. La misión del bosque ancestral. #2
—Los representados ante los dioses no deben estar desprotegidos en las fronteras del bosque ancestral —el soldado gris eleva el mentón. No pensé que fuera a sentir ira—. Ante los creadores, ella es la responsable de vuestras vidas.
—Yo responderé por las hadas hasta que su princesa nos de alcance —Ebhan interviene con una dulce propuesta.
Sé que, antes de responder, ha estado en una batalla contra su propio instinto. Su cordura ha fracasado.
—Solo un hada puede responder por su pueblo, príncipe de brujos verdes —el ángel tuerce el cuello autoritario.
—Solo será hasta la llegada del reino enano —intercede Azohr con voz de mediación.
—Me temo que, en primera instancia, la misión tendrá que empezar sin la presencia del reino hada y el reino enano —afirma ese maldito ángel mientras su mirada recorre a cada uno de los presentes.
—¿Acaso los nervios por entrar ahí dentro os han vuelto idiotas? —Aranel sonríe con pérfida ironía—. Los necesitamos.
—Princesa Aranel… —el ángel da un paso a un lado. Hacia ella—. Vos lleváis la corona de los elfos, pero yo porto el designio de los dioses.
—La princesa de las hadas y quiénes la acompañan poseen dones poderosos y nadie lucha mejor con las armas que los enanos —Aranel pisa firme, sin temblar. Sostiene la mirada en alto.
—La princesa de las hadas es solo una ciudadana al servicio de los dioses de Órianth —voltea el ángel—. Debe atenerse a las normas, a las consecuencias de su desobediencia.
Sella los labios y se aleja hacia el grupo de ángeles que rodean la carreta dorada.
—Ezerién, hazme entrega de la lista de la misión —ordena el ángel a uno de ellos.
Toma una pluma que guardaba en la armadura. Estira el brazo cuando Ezerién le extiende un pergamino. Los perros de los enanos ladran cuando consigue sujetar entre sus manos el papel.
La entrada del reino de Bhulkahdur se presenta como la perfecta oportunidad para salir de mi escondrijo sin causar revuelo por mi aparición.
Despliego las alas, me lanzo al aire. El sonido de las hojas en movimiento obliga al príncipe a dirigir una mirada a sus espaldas.
Incluso si sabe que ya no podrá encontrarme en el mismo lugar que hace un segundo.
En el aire veo mejor los detalles, Borin camina en compañía de una mujer.
Aunque me apresure en mi afirmación, diría que es su esposa.
Él mismo la nombró en el templo de los dioses.
Parece que su compromiso fue mejor de lo que mi padre y sus canciliers vaticinaron, hasta el rey Aelfraed esperaba un fracaso.
Les causaría demasiado dolor de cabeza comprender que se equivocaron si pudieran contemplar la tripa de embarazo que ella porta mientras sonríe.
Desciendo tras Lugh con sigilo. Coloco la mano sobre el hombro de Lynn sin previo aviso.
—No os asustéis —cuelo mi voz entre sus cuellos.
—Eladriel —Lynn ahoga un grito antes de exponernos.
—Estaba aquí, pero no podía salir. Debía evitar que sospecharan de mi cercanía al reino brujo —suspiro. Ladeo las pupilas a los soldados divinos—. Lo siento.
—Comprendo que me dejes a solas con esos verdugos desteñidos —Lugh sostiene mi antebrazo, hunde la punta de sus dedos—. ¿Pero dejarme solo con la princesa Aranel?
—Confía en lo que digo —aprieto los dientes. Le asesto una mirada de reojo—. Hubiera deseado estar aquí y decirle algo que no pudiese olvidar.
—¿Por qué? —Lugh frunce el ceño curioso.
—¿Princesa? —pregunta ese ángel al que han llamado Ezerién.
—Retomaremos la conversación, lo prometo —musito antes de abrirme hueco entre ellos.
—Monstruo de ciénaga… —Lugh trata de sostener mi brazo, pero no lo consigue—. ¿Es que todas las princesas os habéis propuesto desquiciarme?
Me coloco frente a los tres ángeles. Me semblante se vuelve inocente mientras sujeto las manos al frente al dedicarles una reverencia.
—Buenos días, criaturas de los cielos del dios padre —sonrío al recuperar la postura—. Disculpad los inconvenientes que mi retraso haya podido causar.
—Espero que las explicaciones que deis, coincidan con las dadas por vuestros representados —Ezerién dota su rostro de la seriedad propia del poder.
—Una reunión sobre elementos tácticos de la misión fue ordenada por mi padre, el rey Eliot. Eso pospuso de forma inevitable la hora de partida —afirmo de la forma más elegante y sumisa que conozco.
—Ese lamentable infortunio afectará la participación del reino de las hadas en la misión —declara ese ángel que pidió la lista con la pluma sujeta con vehemencia—. Desobedecisteis las normas dictadas por los dioses.
—No pondré en duda vuestra palabras, tachar mi nombre de esa lista que mencionasteis —sonrío—. La notificación sobre la ausencia de Ravenbell será inmediata si usas la pluma que abrazas con tanto consuelo.
—Es torpe, sale poco de palacio —Lugh salta al centro del camino para apartarme a mí—. O quizás antes se golpeó, o pilló corrientes de aire en el vuelo…
—Cállate —amplío la sonrisa—. Este soldado está en lo cierto cuando asegura que debo cumplir las normas.
—¿Quieres que guarde silencio? —pregunta Lugh arrugando el entrecejo—. No voy a morir ensartado por esa espada celestial que lleva envainada.
—De hecho, la elección de castigo me parece correcta —me rozo el labio inferior con el dedo en un toque fino—. Puede que Essoi decida asegurarse por sí misma del motivo por el que a las hadas se les impide iniciar la misión.
—Sus majestades, los dioses, no deben vigilar a sus soldados para asegurarse de que cumplen con su deber —Ezerién parece pensar que todo está a su control.
Como cualquiera que tiene poder.
—Supongo que le podréis explicar por qué el reino de su hijo no participa en la misión que garantiza su supervivencia, y la del reino que creó para él —guardo los labios entre los dientes de manera conforme.
Lugh guarda silencio. Aparta despacio su mano de mi brazo como si por primera vez no tuviera algo que añadir.
Arqueo una ceja. Ezerién se encuentra analizando lo que acabo de confesar como si fuese una imposible coincidencia.
No creo que tengan la autoridad suficiente como para poner en peligro la participación de dos tierras de Órianth si todos fuimos convocados por ellos.
—Si tales son vuestras advertencias, espero que vuestro nombre continúe en este papel por mucho tiempo —acepta el ángel al fin. Qué tono más desagradable…
—Podéis estar seguro de ello —asiento. Tenso la sonrisa.
Inclino la cabeza hacia delante. Mis cejas se elevan en espera de su respuesta.
—Luzniél —asiente el ángel.
—Querido Luzniél —inflo el pecho—. Os recomiendo ahorraros el discurso sobre las normas con los enanos, a los creadores no les agradará ver que os inclináis con gusto a desobedecer sus instrucciones.
Luzniél guarda la pluma en el mismo recoveco del que la había sacado, se aparta para cederle el paso al príncipe Borin y Sane. Tiro de la ropa de Lugh con tal de que comprenda que debemos recuperar nuestro lugar a un lado del camino.
Siempre que los veo, pienso en la curiosidad que me despierta el nombre de su raza.
Si muchas criaturas de mi reino tienen la misma altura que ellos, que son enanos.
Maren podría caminar junto a ellos y esconderse en sus tierras sin levantar sospechas a pesar de que envidia la fuerza de un insecto.
Y las alas serían un elemento delator indiscutible.
No podría mover las armas pesadas con la facilidad y precisión envidiable con la que los seres del fuego y la forja lo hacen.
Cualquier guerrero los admiraría. De hecho, escuché por la boca del cancilier Rohan que, Borin, fue el primero en la prueba de armas de su año debido al excelente manejo que posee del arco, la ballesta.
Su cuerpo se llenaría de urticaria al reconocer que es el mejor usando armas empuñadas.
—Buenos días, compañeros —saluda Borin. Su sonrisa parece tan humilde como la de su padre.
—Majestades —Sane se inclina.
Observo como los rostros de los brujos dibujan sonrisas por su llegada.
Les devuelven las reverencias con agrado y los enanos agradecen su recibimiento estirando las comisuras.
Borin me dedica una mirada amable que respondo con una curva alegre de bienvenida.
Sin embargo, para los elfos, su compañía no parece resultar tan agradable.
—Lamento que el inicio de la misión se haya visto afectado por nuestra culpa —Borin ni siquiera parece arrepentirse—. Mi prometida se vio obligada a detenerse por un momento durante el trayecto.
—Espero que la futura princesa de Bhulkahdur se encuentre bien —Ebhan hace gala de su amabilidad para darle importancia al asunto que lo merece.
—Así es, príncipe Ebhan. Agradezco vuestra preocupación —asiente Sane—. Los perros olfatearon algo cerca de la frontera y decidí ojear el lugar.
—¿Encontrasteis algo sospechoso? —mi ceño se arruga de inmediato.
—Nada de lo que preocuparse, princesa Eladriel —la princesa me dedica una sonrisa.
—Entonces, ¿cuál el motivo por el que decidisteis desafiar las órdenes de los dioses? —Ezerién interviene. Sus hombros se abren con autoridad.
—Los perros de Bhulkahdur no conocen los olores de las criaturas que se esconden en el bosque ancestral —Borin eleva la frente para contemplar al ángel a los ojos—. Su misión es avisar de cualquier peligro.
—Insistieron en un punto concreto cerca de este lugar —Sane media con calma—. Inspeccionamos los primeros metros de bosque, pero no encontramos nada salvo un ruido molesto para los oídos de los perros.
—¿Cómo dirías que era el sonido? —pregunta Aranel.
Si ella está dispuesta a entablar conversación, debe haber escuchado algo que es interesante destacar.
—Parecido al de metales impactando de forma pesada —Sane entrecierra los ojos. Aprieta los labios para recordar—. Era incesante. Sonaba una y otra vez de forma tintineante.
—Podrían ser los Mórothar —Aranel hunde la mirada en los ángeles.
—¿Tan cerca de la frontera del bosque? —Ebhan niega—. Están acostumbrados a la presencia de hadas por los cultivos lunares de Íkora cercanos a este lugar.
—No solo hay hadas aquí —Aranel ríe—. La presencia de animales y ángeles llama su atención.
—Perdón —Mim estira la mano. Tuerce el cuello hacia Ebhan—. ¿Qué maldición de Beliel son los Mórothar?