Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 36. La misión del bosque ancestral.
77%

36. La misión del bosque ancestral.

(Eladriel)

Según lo que Ebhan dijo, o quizás sería más apropiado pensar en sentenciar, debo esperar a que todos los reinos estén presentes para aparecer.

Los ángeles deben ser testigos de mi llegada.

Asegura que se extrañarán si, al llegar, ven a la princesa de las hadas en compañía de los representantes de los brujos.

Como si no fuera suficiente insólito irrumpir sola, y después de que Lugh y Lynn hayan acudido por Ravenbell sin mí.

Arqueo una ceja al observar la posición de Azohr tras las ramas sobresalientes de los arbustos donde me oculto.

Me lanza, y perdí la cuenta de cuántas, una mirada sutil sobre el hombro.

Sonríe. Puede que le resulte gracioso ver como contengo la frustración entre los labios por no hablar y delatarme.

Si no fuera porque le prometí que haría caso a las recomendaciones del príncipe por una vez…

Yo debería estar ahí, junto a él. Tan regia como Ebhan o Mim.

Aparto la mirada. Me morderé el labio inferior como canal de desahogo para soportar el coraje de sus pupilas burlonas.

Hundo la punta de los dedos en las piernas para distraer la atención.

Respiro. Dejo que la vida pase antes de volver la vista hasta ellos.

El muy descarado… Se atreve a ladear la sonrisa y arquear una ceja.

Afilo la mirada. Me apresuro a tomar aire suplicando por calma.

Retiro las ramas más imponentes para salir del escondite cuando sus labios se separan en palabras que no consigo discernir.

—Si vuelves a poner esa cara, no podrás con mi ira —le advierto en gritos susurrantes.

Sus párpados se separan, pero esa mueca de sorpresa fingida…

Sacude la cabeza en un gesto de negativa antes de recolocar la postura.

La mirada al frente. Apenas he podido contemplar lo hermosa que es su presencia cuando el aullido de lobos advierte de la llegada de la princesa Aranel y su guardia privado.

Avanzan seguros por el camino mientras analizan al príncipe Ebhan, los fénixes…

Para ser justos, Hai y el resto sobrevuelan sobre esos animales como si no hubieran probado bocado en días.

—Que grata sorpresa encontraros a solas por una vez —Aranel sonríe se forma encantadora. Seguro que ser agradable la envenena—. Hasta ahora, siempre os he encontrado en compañías poco recomendables.

—Debe ser que ambos disfrutamos de frecuentar a quiénes no debemos —asiente Azohr.

—De hecho —Ebhan dobla la espalda en una reverencia—, parece que esas son vuestras circunstancias favoritas.

—¿No encontráis lamentable, príncipe Ebhan, que los lazos de los elfos no sean tan estrechos con vuestro reino, como lo son con Ravenbell? —Aranel dobla las rodillas. Suspira con cara de pena.

—No, ciertamente —confiesa Ebhan estirando los hombros con poca importancia.

—Conciso, pero honesto —el príncipe inclina la frente a un lado de forma ligera.

El lobo de la princesa detiene sus fauces a pocos pasos. Joral, que apenas acaba de descender del animal, se acerca a ella con premura. Estira el brazo en ofrecimiento de su mano para ayudarla a desmontar.

—Es una lástima —Aranel chasquea la lengua. Sus pies tocan el suelo—. La princesa Eladriel no puede salvarse, pero Néferien y sus brujos…

—¿Cómo podrían salvarse ellos? —Ebhan separa los brazos con firmeza, los deja caer a cada costado de su cuerpo.

—Me sorprendéis, príncipe Ebhan —Aranel suelta la mano de Joral dibujando una sonrisa leve en su dirección—. Pensé que sabríais distinguir una propuesta de una alianza.

—¿De verdad creéis que una simple alianza podría detener las intenciones del rey Eliot? —Ebhan resopla molesto.

Entiendo que no debe ser agradable para él escuchar como una princesa que no ha gobernado un trono, le da lecciones sobre las alianzas que su reino debería tener. Pero yo sí la entiendo…

—Si el pueblo brujo establece una alianza con el pueblo elfo, seríais intocables para el rey Eliot —la princesa arquea las cejas con elocuencia.

—No es una posibilidad —interviene Azohr, y por la cara de Aranel, con más lógica de la que ella esperaba—. Y aunque lo fuese, encuentro más posible que ataque a los elfos por haberlos traicionado.

—Me sorprende conocer la poca confianza que tenéis depositada en mí, príncipe Bradosck —sonríe Aranel. Sujeta las manos a la altura del abdomen.

—¿Podríamos denominarlo solo “poca confianza”? —ríe Azohr.

—Mi padre ha convencido al rey Eliot por siglos para que no se estableciese una guerra en la tierra de los dioses. Qué benevolente, ¿no creéis? —las pupilas de la princesa recorren la armadura de Azohr—. Pero ahora…

—Ahora… —interviene Ebhan con tono serio.

—Fénixes han atacado la torre de la sabiduría del reino elfo —Aranel ladea la mirada de inmediato hacia Ebhan—. ¿Cómo podríamos pasar semejante traición por alto?

—Los brujos dimos las debidas explicaciones —Ebhan tensa la espalda, se vuelve autoritario—. Esos fénixes que atacaron la torre del viejo sabio eran libres, no seguían nuestras órdenes.

—Los elfos de esas tierras no creen vuestras afirmaciones —la comisura izquierda de Aranel sube. Su cabeza se ladea suculenta.

—Es una pena que no podamos hacer nada porque esos pensamientos abandonen su mente —Ebhan carraspea.

—Estoy en espera de concretar la alianza, mi señor —Aranel frunce los labios con orgullo—. O príncipe, Bradosck.

Aprieto la rabia entre los dientes. Recojo una de las piedras pequeñas a mis pies, la envuelvo con fuerza entre los dedos antes de enviarla directa al centro de la espalda de Azohr. Se sobrecoge.

—Aun no entiendo si deseáis aliaron con Ebhan, o conmigo —declara Azohr apenas siente mi atención.

Recojo otra del suelo por si la conversación se alarga más de lo necesario.

—En comparación con el príncipe Ebhan, sois un príncipe joven —sonríe Aranel—. Tendríamos herederos sanos y fuertes.

—También soy el más cercano a la princesa Eladriel de los dos —recuerda el príncipe con acierto.

—Quizás, eso es lo que os vuelve tan interesante —sentencia Aranel al tomar el lado de Joralf.

Abro la mano y la piedra se desliza. Aparto sin pensar el matorral y deslizo una pierna cuando el sonido de pisadas me hace retroceder. Lynn. Lugh camina a su lado y su rostro transforma la expresión de la princesa. Ni verlos ha podido transformar mi semblante repleto de desprecio por ella.

—Buenos días, malditos monstruos de ciénaga —Lugh amplía la sonrisa. Incluso con la presencia de la princesa.

—Lugh —anuncia Azohr—. Lynn —veo como asiente en su dirección.

Lynn dedica una reverencia a los altos cargos de Néferien. También a Mim.

—Veo que… —Lugh señala a la princesa con un movimiento preciso de ojos—, los bichos han salido del bosque.

—Buenos días, Lugh —Aranel fija la mirada sobre él. Solo sobre él—. Me alegra ver que caminas sin la protección de tu querida princesa.

—¿Escucháis, príncipes? —Lugh se señala el oído—. Me pareció oír algo, pero creo que necesito vuestra ayuda para saber qué animal es —aprieta los labios—. No sé si es una zorra, o una casquivana.

No puedo evitar reír ante su sátira. Aunque, admito que el ambiente para todos se ha vuelto tenso tras su comentario. Algo injusto si mencionamos que son dos los que retozaban bajo esas sábanas.

—¿Es ese el respeto que presentas por la madre de tu hijo? —le recrimina Aranel con semblante molesto.

—¿Qué? —Lugh deja caer el peso de la sorpresa a sus pies.

Lynn abre los ojos. Se hunden en la nuca de Lugh con la misma profundad con la que Ebhan y Azohr se dedican una fugaz mirada por declaración de Aranel. Hasta Joralf estira el cuello. Y Mim… Apenas sabe que ocurre y su expresión de fascinación por lo que ha descubierto toma su rostro con una sonrisa.

—Responde —Lugh da un par de pasos hacia ella—. ¿Qué has dicho?

Al igual que ha sucedido conmigo, el sonido desafiante de los pasos de las armaduras que emergen del silencio es lo que impide que cometa una locura.

Gracias a los infiernos, la conversación se ve interrumpida por la llegada de los ángeles.

Lynn estira el brazo. Echa mano a la camisa de Lugh bajo su uniforme de vuelo para apartarlo con seguridad del centro del camino.

Debe darle espacio a los pegasos y carros propios del templo de los dioses.

En estos lares, esas florituras y adornos de oro que tienen no sirven, no resistirán el recorrido a campo traviesa.

Una carreta de madera hubiera cumplido mejor su función.

Debería intimidarme la gran apariencia en comparación al resto de criaturas, pero, lo que me angustia está en sus ojos…

Sus miradas están vacías. Ni la de Beliel lucía con tan poca vida como las de estos ángeles.

La realidad, es que son fascinantes. Recorro si figuras de piel gris admirándolos como si fueran estatuas del templo que han cobrado vida y ahora están al servicio de los dioses.

Trago saliva al capturar las plumas de sus alas tan diferentes a las de los fénixes, que no tienen libertad.

Se aferran a sus lanzas doradas con punta de marfil de la luz de Essoi.

Recuerdo cuando Twig me contó que también portaban la magia de Vémtix y la protección del dios padre.

Llevan atados al cuello esa cuerda santa que los distingue del ejército del dios de las profundidades.

Sin embargo, la simple apariencia es suficiente para ello, porque a pesar de no vivir en los infiernos, no dejan de ser almas muertas.

Uno de ellos encabeza la formación y camina por delante del carro con la autoridad celestial que le otorga el decreto divino de los creadores.

—Altos de las tierras de Órianth —anuncia el soldado.

Su voz apagada abraza a todos los presentes. Hasta a mí, que me encuentro apartada.

—No yo, mi señor —Lugh niega a un lado del camino.

—¿No? —el ángel tuerce el cuello en su dirección —¿Quién sois?

—Lugh Dirphen, hada del pueblo de Eryas —asiente Lugh. Mantiene su mirada baja—. La princesa de mi reino dio mi nombre a los dioses.

—¿Dónde se encuentra la princesa de Ravenbell? —pregunta el ángel con tono poderoso.

Lugh se aclara la garganta. A pesar de que sabe que es un error, dirige una mirada al príncipe. Acordamos que, aquí, ellos serían desconocidos para nosotros.

—La princesa Eladriel se retrasa —Lynn toma las riendas de la situación sonriente y en calma—. Fue llamada por el rey Eliot antes de partir.