Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 35. Una luna de despedida. #4
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35. Una luna de despedida. #4

Me llevo el cristal a la boca y me tomo el contenido antes de que pueda arrepentirme de que pueda amargarme el gusto.

Suelto el vino, la botella. A un lado. Uso el reposabrazos para postrarme ante él cuando el líquido escarlata todavía pasa por el centro de su garganta.

Acaricio su intimidad. Sé que a esto de tratar de contener el cuerpo al sentir como se rinde, tiene más capacidades.

Entrego las riendas a mi lengua con instrucciones de trazar el camino que desee sobre ese mapa, incluso si deja huella.

Me detiene justo sobre mi propio destino.

Su pecho tiembla. Alzo la mirada al percibir que su respiración se detiene, pero entonces eso rompe la mía.

Sonríe. Levanta la copa y se toma todo el contenido de un trago.

Solo mi mirada puede sonreír. Vacía, la copa cae a un lado de su asiento.

Enlaza sus dedos a los míos, se aferra a ellos cuando mi lengua se pierde por la calidez oculta de su cuerpo.

Los labios. Debería comprender que el sonido de su placer es capaz de encender el mío y tenerme complacencia.

Tenso los hombros al sentir su caricia sobre ellos.

Convierto mis movimientos en el eco de lo que me hace sentir.

El aire se escapa de su boca. Su quejido de placer se desliza por el interior de mi cuerpo.

—Todavía puedo ordenar a los guardias que traigan la corona —sugiere Azohr ahogando un gemido.

Ni siquiera en este instante puede guardarse esa sonrisa.

—¿Usas tu magia negra para leerme la mente? —me muerdo el labio inferior tras una sonrisa—. Podríamos probar a ver cómo te sienta mi corona, ya que tienes mi asiento.

El príncipe rompe su silencio con una carcajada.

Bajo la mirada a mi brazo al percibir como su mano lo envuelve.

Arqueo las cejas mientras elevo la barbilla justo cuando su otra mano toma mi cintura.

Sus besos se funden con los míos mientras coloca mis piernas alrededor de su cadera, sin despegar la espalda del asiento.

Me hunde en él. Mis pupilas se expanden ante los grabados de madera que culminan el respaldo.

Atrapo la piel de su cuello antes de arquear la espalda para llegar a sus labios firmes.

Bajo la curva de mi espalda, sus manos guían a mi cadera sobre la suya.

Muerdo su gemido. Me entrego a ese momento en el que sus ojos azules se apagan bajo un suspiro.

Recorro el camino que mi lengua dejó en el mapa solo por encontrar un lugar en el que reposar mi intensidad.

Convierto su pecho en el impulso de mis brazos.

Estiro los hombros cuando me aparta el cabello, sostiene mi cintura tras haber convertido sus caricias en profundas.

Arqueo los dedos, lo siento bajo las uñas.

Hago cada instante en el que se pierde, mío.

Hago de su cabello una senda segura a la pérdida del juicio cuando abraza mi espalda para convencerse de que no caigo al levantar.

Beso su frente al percibir el beso cálido en el centro de mi pecho.

Me coloca con cuidado sobre la silla. No puedo seguir la cuenta de las veces en las que sus labios se detiene sobre mi cuerpo mientras sostiene mis manos para colocarlas sobre el reposabrazos.

Roza despacio la silueta de mis curvas al sostener mis piernas.

—Mi deseo siempre será escuchar cómo te pierdes —confiesa Azohr—. En todos los sentidos.

—Mientras más hablas, más me pierdo —atraigo su rostro para besar sus labios.

Contengo su labio entre los dientes cuando se hace uno conmigo.

Su frente se oculta entre el respaldo y mi clavícula.

Mis manos rodean su espalda, mis dedos viajan solo para transformar su silencio en murmuros.

Enciende ese fuego que vibra como en la chimenea con un gemido ronco ante el movimiento de mi cadera bajo él.

Su ceño se arruga ahora que ha erguido la postura.

Sus pupilas se desplazan inquietas desde el fondo de mis ojos hasta el bajo vientre.

Tenso la mandíbula. Aprieta los dientes cuando mis manos se vuelven impacientes sobre él.

Suspiro. Contemplo como deja caer la cabeza hacia atrás por el sonido de mi voz quebrada ante sus sacudidas.

Su gesto eleva mi pecho. Sus manos retroceden en el tiempo para acariciarlo con más fiereza que en ningún otro encuentro.

Algo en mi estómago vibra. Su mirada vuelve a la mía centro de su atención por la forma en la que olvida la compostura y el poco silencio se llena de respiración que quema el cuello.

El fuego vuelve a crepitar. Yo ya no tengo resistencia, y Azohr…

Parece buscar aire en el poco aliento que yo contengo.

El tiempo se agota cuando el pulso se acelera.

Nóssurël no contaba con él porque lo habíamos hecho nuestro para dejarlo suspendido en el aire, pero…

Más poder que el de mi propia luz estalla.

Recojo un lado de su rostro con la mano, con un roce.

Su prisa me roba el alma antes de que caigamos al vacío.

No quiero distinguir su cuerpo del mío. No ahora que ambos se han unido en el punto más alto del delirio.

Me besa, lo siento. La urgencia se apagó sin remedio, aunque los latidos siguen colapsando por dentro.

—Echaré Brenshire de menos ahora que mi mente viaja por recuerdos que nunca pensó tener —el príncipe habla sobre mis labios.

Su afirmación me obliga a tragar saliva. Ya no observo ese punto perdido de madera de una de las paredes, solo a él.

—No permitiré que Brenshire desaparezca —sonrío.