Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 35. Una luna de despedida. #3
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35. Una luna de despedida. #3

—Pero no aquí —insisto—. No con el cuerpo.

Una sacudida sin previo aviso me acerca a sus besos.

Apenas percibo el momento en el que se pone en pie, ante mí.

Cuando mi brazo responde presto a sus órdenes.

Sin pensarlo. Recupero la postura para que su mano se cuele precisa por un lado de mi cintura.

La rodea. Hunde los dedos en ella y aguanto la respiración cuando reduce el nosotros a un simple yo.

Transita el camino hasta la parte baja de mi espalda.

Mi pecho se apaga. Un leve gruñido le rompe la razón al convertir mis piernas en un decorado de su cadera.

Desvela la furia de lo guardado hasta ahora en un gemido rebelde.

Beso su cuello. Tenso entre mis dedos la tela por la que el infortunio aun lo cubre.

Su respiración agitada por el roce incitante cerca de su barbilla precipita sus pasos hacia la mesa.

El metal opaca el sonido de la cercanía.

La cubertería que Lena colocó hace un rato con tanto esmero ahora está dispersa.

Obtengo las cuerdas que aseguran su armadura a los costados a ciegas, y ni eso podría impedir que las desatase.

Retiro el nudo de su camisa, me permito recolocar la postura sobre el mantel.

Se retira. Se desprende de la coraza de cuero y el infinito se me revela corto a la distancia a la que lo percibo.

Me aclaro la garganta. Todavía no ha cumplido su objetivo cuando la necesidad de prohibirme que esa sensación se vuelva eterna.

La tela blanca desvela lento su imponencia mientras la armadura cae sobre la alfombra.

Mis labios se separan. Detengo la mano sobre su pecho.

Sonrío. Si él fuese consciente de que sus pupilas desvelan cuánto ansía desabrochar el cinturón que asegura sus pantalones…

Ya no puedo dialogar con la paciencia. Guardaré el secreto de que solo con un gesto me hace temblar.

Susurro despacio, con la yema de los dedos sobre el brazo que reposa sobre la mesa, cuánto me gusta esa forma en la que ha decidido respetar sus anhelos.

Reposa su frente sobre la mía.

—Me sigue pareciendo imposible que estés aquí —declara Azohr a una palabra de encontrarse con mis labios.

Rodeo su cuello al sentir que su intimidad se une a la mía. El mismo aire que se me escapa, es el que me obliga sacudir la espalda. Me rindo ante su profunda mirada.

—¿Debo presumir que era a esto a lo que te referías ese día al mencionar que desearías haber actuado distinto al reencontrarme conmigo fuera del castillo —mi risa se entrecorta. Llena el ambiente.

—Quizás si Maren no hubiese interrumpido ese beso… —el príncipe convierte su voz en intensidad.

—Vaya con el señor que aparentaba honor —su inesperada declaración me hace estirar la sonrisa.

—Al menos, yo puedo alegar que formabas parte de mis recuerdos —deja caer el peso de sus brazos sobre la mesa—. ¿Qué hay de ti, princesa de las hadas?

—Yo nunca demostré tener el honor impoluto —arqueo las cejas por un segundo mientras avivo la respiración.

—Entonces… —ríe—. ¿Esa princesa también esperaba esta confesión?

—Hubieses cometido un error si te hubieras atrevido —jadeo al ver que sus movimientos se vuelven tan seguros como sus afirmaciones—. Tus debilidades habrían estado expuestas antes de descubrir si era una princesa de la que poder fiarte.

—¿Acaso fueron un secreto para ti en algún momento? —su tono cerca de mi oído se vuelve sarcástico.

—Pensé que eras más fuerte que yo —la ironía me hace estirar los labios.

—Si hablas sobre nosotros, te recordaré que eres tú quien tiene el control —murmura. Su voz se vuelve temblorosa.

—Entonces honra mi pedido, teniente de los brujos —me aferro a su brazo con los dedos. Su cara entre mis pupilas—. Es hora de que tus deseos cuenten. El mío es perder el control en ellos.

Sus deseos se lanzan a complacer a sus labios, se pierden en mi garganta.

En el cuello. Forma una simple línea con su mano sobre mi espalda hasta hacerme descansar sobre el tablero de madera.

Ciño el mantel a mis jadeos. Tiro de él por los suyos.

Una melodía hermosa de metal, cristal y madera real suceden al mismo compás que la nuestra y el compositor de palacio podría convertir este momento en una canción.

Ladeo el cuello al recordar la sopa. El plato baila al ritmo.

Me muerdo el labio para contener la risa al ver como la falta de protocolo ensucia la estancia.

Estoy segura de que Céfeda no se tomará bien que la alfombra bajo la mesa esté llena de caldo de carne.

La luz tintinea. Dejo caer los párpados antes de sentir como Azohr recoge mi pecho en sus manos.

Alcanza mi pierna para estirarla. La hace reposar sobre su hombro mientras sus labios se funden en toques con ella.

Permito a mi visión regresar. Lento. La luz de la chimenea se ha vuelto ahora más destellante que el propio resplandor del día.

El rojo de las llamas vivas se ha convertido en el elemento que ilumina el lugar.

Incluso con más expectación que las velas de la mesa.

—¿Entre tus deseos está el presidir la mesa? —pregunto con cierta travesura.

El príncipe aleja la mirada de nuestra unión, me sonríe con ella. Estiro la comisura izquierda antes de tomar impulso. Beso su pecho, su cuello como dictan mis pensamientos.

—Aunque olvidé pedir que trajeran las coronas —río. Envuelvo la piel de su hombro suave con los dientes.

—Pensé que volvía a ser el teniente —el príncipe inclina la frente hacia atrás.

—No puedes negar que eres ambos dos —mi lengua se desliza sobre sus labios. Los beso—. Tu alma porta espada y corona.

—¿Ordeno que las traigan? —propone sin vergüenza alguna.

—Puedo verte sin necesidad de que las portes —me encojo de hombros—. Y eso es lo que más me gusta.

Detengo las manos sobre él para apartarlo con sumo cuidado.

—No me haces elegir —arqueo una ceja.

Mi mano se abre ante sus ojos como ofrenda. Utilizo los dedos para pedirle que la una a la suya como gesto de buena voluntad. Acepta. Sin reservas. Lo sostengo hasta que toma asiento en la butaca real y se hace dueño de ella. Lo niega, pero sabe que le queda muy bien a la realeza.

Pecaría de insincera si no admitiese, aunque sea para mí y mis propias sombras, que mi esencia anhela arrodillarse ante mi deseo.

Me observa con el aliento suspendido. Inspiro.

Doblo las rodillas por él, lo hago suspirar.

Reposo los labios sobre su cuerpo, pero apenas lo recibe.

La piel de mi voluntad se despierta. Su vientre se vuelve el mapa donde buscar al señor que gobierna a mis impulsos.

La palma de las manos se llena de escalofrío al reconocerlo a él como dueño.

Me besa. Hundo la punta de los dedos alrededor de su pierna…

Y ante la reverencia de su lengua adentrándose entre mis besos, el recuerdo del vino aparece en mi mente. Tendré que ayudarlo a recordar sus propios deseos.

Acomodo su espalda contra el terciopelo, como él determinó.

Frunce el ceño. La incertidumbre siempre le obliga a unir las cejas, aunque sea por un instante.

Me incorporo. Solo me convenzo de ir a la mesa cuando ya he localizado un par de copas vacías que yacen tumbadas sobre ella por el cansancio del baile.

El recuerdo de Azohr dejando la botella de ese vino que saborea con gusto sobre la baja mesa me obliga a dedicar una rápida mirada por encima del hombro. Aunque, antes de atreverme a ir…

—Si te mueves de ese asiento… —mis pupilas destellan advertencia.

—Me asusta que termines la amenaza si me atrevo a desafiarte —ríe Azohr.

Rodeo el gollete de la botella a prisa para regresar a él antes de que la noche termine.

Lleno una copa. Se la entrego en cuánto mis pies se detienen al lado de su asiento.

Acepta. Ilumino los ojos por un instante al ver que la toma con más seguridad de la que yo mostré, mirándome a los ojos.

Vierto el vino en la mía centrándome en su mirada.