35. Una luna de despedida. #2
—Sí. De un hada amando a un brujo —callo. De esa forma en la que él calló cuando lo dijo.
—No —niega. Su rostro se llena de nostalgia—. Tampoco me aterra la idea de amar a un hada.
Mi mano desciende. Se enreda con la suya cuando mis ojos se vuelven conscientes de la distancia que en realidad nos separa.
Mi piel se eriza al sentir la suya, como en mi recuerdo.
Mi estómago vibra al comprobar que, como ese día, se inclina hacia delante con una seguridad envidiable.
Envuelvo esos mechones rebeldes que adornan siempre su frente entre los dedos.
Acaricio sus labios con la mirada. Reconozco el olor de su cercanía antes de apagar mis pupilas.
Mi alta continúa anhelando guardar sus afagos, tan tiernos como cuando temía que desapareciese de su vida por un suave roce de aliento…
Sus besos se coronan como el rey de mi respiración.
Ya no hay dolor. Qué bonita es la culpa de sentir que no hay distancia que separe nuestros deseos mientras soy yo quién atrae su mano con añoranza.
Aparta con suavidad el pelo que enmarca mi mandíbula al percibir que el silencio se ha vuelto valiente y guarda firme cual soldado nuestra unión.
Me recorre el mismo impulso que antaño. Que esa mañana.
Y Maren no está presente para interrumpir la confesión más íntima que le hice nunca a una criatura.
Mis pensamientos se detienen. Me dejo llevar por lo único que de verdad nos une en este momento, lo único que creo conocer con fiereza de nosotros… El amor.
—Yo ordené que encendieran el fuego de la chimenea —murmuro cerca de sus labios—, pero tus manos siguen siendo las encargadas de hacer vibrar al fuego.
—Hay muchas clases de magia, mi princesa —Azohr aprovecha la cercanía para regalarme una confesión certeza.
—Lo entiendo, mi señor —envuelvo su camisa entre las manos—. Ahora lo entiendo.
Atraigo sus llamas, esas que se reflejan en mi pecho, hacia mis latidos.
Elijo quemarme. Mi alma se vuelve eco del aleteo de las mariposas cuando su mano se desliza cuidadosa para contenerme cerca suya.
Entierro el cuero de su armadura entre mis sentidos.
Detengo las oraciones por mi muerte solo con sus besos, y entonces, el repique de las campanas suena lento.
Más lento que en cualquier otro tañido fúnebre.
El tiempo por fin se hizo nuestro. Sus brazos sostienen mi cuerpo ahora que puedo dejarme vencer por la eternidad de sus caricias.
El cielo se ha encapotado al sentir que adora la distancia entre el cuello y el final de mi hombro como inicio del duelo.
Tomo impulso ante su asombro para colocarme de pie.
Ante él. Azohr alza la mirada y deja escapar una sonrisa.
Sus manos se lanzan a la tarea de desatar las cuerdas que aseguran el corpiño a mi cintura, lo aparta apenas tiene la oportunidad…
Mi garganta se sacude al ver a su espalda enderezar la postura.
Crece y convierte a su pecho protegido por el marrón en el centro de mi campo de visión.
Las llamas calman el susurro del frío del viento obedeciendo al corazón acelerado.
Se ha vuelto serio. Sus labios siempre se convierten en una línea recta al contemplar como el cabello me adorna los hombros, su aliento se entrecorta cuando lo aparta en un movimiento dulce.
Yo no puedo evitar sonreír. Sus ojos se han convertido en el puente hacia sus anhelos al retirar la tela que sujeta el sudario que me envuelve a los hombros.
Retira el vestido añil. Ahora solo llevo restos de entrega hacia él.
—Te sorprende que yo pueda manejar el fuego —admite Azohr con la boca seca—, pero ni siquiera puedes ver la forma en la que me controlas.
—Debéis tener cuidado, mi señor —recorro con la mirada su cuerpo cubierto con la ropa—. La corte podría acusaros de mentir si observasen como vuestra princesa espera por caricias en este instante.
—Sabes que tu rey no actúa sin que su reina le dé la orden —eleva el mentón con más seguridad que nunca.
—¿Tendré que ordenarte que me ames? —mis labios tiemblan para contener la risa irónica.
—Si no puedes decirme cuánto me quieres, al menos pídeme que te ame —dibuja media sonrisa.
—Príncipe Bradosck —asiento con la frente lisa por el semblante ajustado al protocolo—. Os ordeno que rompáis el protocolo.
—Mi señora —asiente Azohr tras estirar la comisura izquierda convencido.
Vence a los segundos para alcanzarme. Rodea mi mano y tira de ella tras haber decidido convertirse por fin en el rumbo que deseo seguir. Me lleva hasta la silla real que preside la mesa y me detiene ante ella. Sostiene la mirada con más viveza que nunca.
—Toma asiento —ordena el príncipe sin que su voz tiemble por ello.
—Preparé esta silla para… —mi entrecejo se arruga. Elevo la barbilla pensativa.
—Obedece, princesa —insiste. Su voz se vuelve noble y calmada.
Me ofrece ayuda para que pueda ocupar el asiento, pero su mano se despide de la mía en cuánto he cumplido sus indicaciones.
Bordea el sofá. Sus pasos pesados se vuelven lentos para alcanzar el par de copas de vino que olvidamos sobre la baja mesa.
Las sacude con cuidado de no volcar el líquido escarlata que aun guarda el interior.
Sortea de forma audaz la esquina de la alfombra.
Ni yo me había dado cuenta de esa arruga.
No puedo evitar fijarme en ese impulso atrevido que se ha convertido en su norte ahora.
Supongo que sonríe porque sabe que detesto seguir instrucciones, pero olvida que he sido yo quien le ha otorgado el poder que ahora le hace sonreír.
Estira el brazo conforme. Muestra la bebida en un acto de ofrecimiento. Acepto inclinando la cabeza en un gesto ligero de cortesía.
—Admito que tomar la sopa fría era lo más incivilizado que esperaba hacer en la mesa —carraspeo al contemplar la cena servida.
—Me has ordenado que me aleje del protocolo —me recuerda Azohr tras plantarse delante.
—Sabes que detesto ser princesa —elevo la copa para golpearla con la suya.
Me la llevo a los labios para remojarlos.
Deslizo la lengua para saborear el vino antes de llenarme la boca con un trago.
Un movimiento inesperado del príncipe, firme, me sobrecoge.
Él toma el contenido recogido en el recipiente de cristal de una sola vez.
Aparta la copa y la deja reposar sobre la mesa antes de fundir sus rodillas con el suelo. Ante mí.
—Quiero brindar por ti —Azohr besa mis labios—. Por mi reina.
Cierro los ojos cuando sus besos se convierten en las columnas de mi existencia en el mundo.
Al menos, al entregarme al ahora. Mi espalda se vuelve regia.
Envuelvo el grabado de madera del reposabrazos entre los dedos libres de vino cuando sus manos envuelven mi cadera para acercarme al borde de la silla.
Olvido como tomar aliento al sentir que se pierde en la piel de mi pierna al posarla cuidadoso sobre su brazo.
Suspiro cuando la besa. Busco un lugar en el que soltar la copa para sostenerme con firmeza al asiento.
—No —Azohr interviene antes de que pueda hacerlo—. Tú brindarás por nosotros.
Busca mi calma al recostarme sobre el respaldo aterciopelado del asiento real de Brenshire.
Cedo a sus propios anhelos y los hago míos.
Convierte la punta de sus dedos en el arma necesaria para erizarme la piel y hacerme suya.
Sabe que mi cuerpo no miente bajo el suyo.
Detiene su recorrido en mi pecho cuando mis ojos vibran por los suyos, envuelve el pezón al ver que le muestro la copa antes de darle un sorbo.
El filo de sus besos se detiene sobre él para convencerme de que el sabor es el más adecuado entre sus manos.
Su lengua catapulta mi placer. Trago el líquido solo para poder gemir.
Esta estructura se convierte en el trono de mis debilidades cuando sus dedos encuentran mi intimidad y arquean mis jadeos. Forman una curva en mi sentidos.
Mi voz clama al cielo, aun si un techo impide que escape al mundo.
Sujeta mi cintura cuando su lengua se encuentra con el punto de mi locura.
Un alo de lucidez me obliga a sostener la copa contra la silla, impedir que se derrame ella también.
Desato mis zozobras para despejar de armaduras a mi esencia y entregarla sin resguardo a él.
La chimenea crepita justo en el centro de mi garganta y su nombre se vuelve palabra.
Nace. Tal y como esa llamarada brota sin remedio de entre los troncos que sostienen el fuego.
Abrazo con suavidad su mano, esa que acaricia de forma lenta mi pierna.
Hago que mi pecho baje en una exhalación sonora cuando contiene mi deseo más profundo entre sus labios.
Adoro la forma en la que sus manos se hunden en la tersura de mi desnudez para convertirla en suya.
En parte de sí. Cierra los ojos más convencido de eso, que de las plegarias que rinden pleitesía a los dioses.
Ni yo supe que la reclamó cuando caminó por el puente de Brenshire, que había guardado su mirada clara como chispa de mi revolución.
Si lograra usar su magia conmigo para algo más que para despertar mi admiración por él, su sonrisa de satisfacción se volvería más afinada que nunca.
—Quiero que tus deseos cuenten, Azohr —musito.
Su frente se eleva presta a mis declaraciones. Su mirada se llena de desconcierto. Como si le resultase extraño escucharme mencionar algo así mientras recorre mi cuerpo con tanta lealtad.
—¿Crees que pospuse el postre por no alterar tus planes? —reclama el príncipe con cierto aire de asombro—. Dijiste que podía elegir.
Otorgo una caricia a su incertidumbre deslizando un te quiero en ella por un lateral de su rostro. Me aferro a la copa con más vehemencia que nunca. Me inclino hacia delante siguiendo sus métodos, y convierto mi voz en un fino hilo de verdad que baña su reciente cercanía a mis labios.
—He perdido la cuenta de todas las veces que te has entregado a mi placer —beso sus labios—. Ahora quiero entregarme a tus sueños, teniente de magia verde.
—Teniente… —Azohr sonríe. Su entrecejo se arruga preso de un segundo.
—El día que te conocí aun eras el teniente —sonrío sin remedio.
—Cambiaron cosas en los soles y lunas que pasaron —niega de forma sutil. Casi triste diría.
—Pero el fuego de la chimenea está tan vivo como lo estaba ese día —sostengo su mirada entre mis manos—. Y espera desde entonces la confesión de cuánto me amas.
—Yo no he perdido la cuenta de todas las veces que te he dicho te quiero —arruga la frente a modo de burla.