35. Una luna de despedida.
(Eladriel)
Contengo el aliento desde el extremo de la mesa.
Céfeda ladea el cuello con sigilo. Se apresura en encender las últimas velas del candelabro que otorga luz a la velada tras escuchar como carraspeo.
Lena coloca la cubertería con esmero. Observo a Sileor y la forma tan atinada en la que sirve el vino.
Incluso si mis pupilas sostenidas en el borde de sus manos hacen que se mueva apresurado.
Estiro la tela del vestido por segunda vez.
Sujeto las manos al frente según contemplo a los carros de la cena abandonar el comedor.
Me aseguro antes de pedir soledad que el fuego de la chimenea de Brenshire haya sido avivado tal y como pedí.
Solo respiro con calma al ver brillar sus detalles, aunque sepa que será por última vez. Creo que esas llamas están menos vivas que las que arden en el centro de mi pecho justo en este momento
—Mi señora… —la voz lejana de Céfeda se ha vuelto nítida en un segundo. Justo al adentrarse en mi mente.
Disimulo. Me sobresalta a pesar de que la podía ver cerca. Alejo los pensamientos que me distraían para centrarme en ella, en esa forma en la que espera silenciosa mi permiso. Humedezco los labios…
—Sí, Céfeda —trago saliva.
—Todo se ha dispuesto a vuestra voluntad —revela Céfeda con tono contenido. Con ese aire cálido que cualquier sirviente está obligado a adoptar.
—¿Se informó al príncipe de ello? —ni siquiera puedo pestañear.
—Ordené que solo mencionaran que la cena está servida —su mirada sigue baja. Sus hombros en reposo.
—Bien —pero si lo estuviera, podría tragar el aire que contengo en la garganta—. Entonces retiraos. Que nadie entre sin ser llamado.
—A sus órdenes, su alteza —Céfeda dobla las rodillas y me dedica una reverencia.
La estancia se llena de murmullos apenas recupera la postura.
Voltea. Se lanza obediente a la tarea de indicar a todos los que están ultimando pequeños detalles, que deben abandonar el lugar.
Antes de que mi mirada encolerizada dé la orden de silencio, al menos.
Y debo reconocer que me sorprende su eficacia…
Todos han acatado su joven autoridad. No se escucha ni una ligera queja mientras se ajustan al protocolo para inclinarse antes de marcharse.
Hasta se acuerdan de andar de espaldas. Si se hubiese tratado de Elm, solo podría resoplar frustrado al ver que todos lo ignoran.
Mis pasos preceden al chasquido antiguo de la madera.
Sujeto la tela de la ropa para apartarla de mi camino en cuánto la luz de las velas y el brillo anaranjado de la chimenea se convierten en mi aliado.
Los recuerdos. Mi bello se eriza al colocarme frente a la estantería de vinos de esa primera visita.
Estiro los pies para alcanzar ese que sé que Azohr sirvió porque era su favorito.
Desato la cuerda. Separo el cuero del gollete para dejar que repose sobre la mesa en su espera.
Estiro el mantel en una de las esquinas para que los detalles de la mesa estén todos listos.
Agudizo el oído. Pasos de botas pesadas alimentan el aire justo cuando mi alma pedía su presencia.
Sujeto el vestido con el brazo. Chasqueo la lengua cuando la torpeza se apodera de mis piernas al último momento.
Me ayudo del respaldo de la silla para alcanzar con más rapidez la butaca real mientras la puerta está cerrada.
Tiro de ella. La preparo para cuando llegue.
Convierto mi postura en una reverencia a cuando las hojas comienzan a separarse.
—Te dije que Shae no permitiría que Hai cazase ese jabalí antes que ella si no fuese porque… —Mim sonríe.
Sus comisuras se precipitan hacia el asombro por mi presencia. Mi apariencia, quizás. Azohr frunce el ceño al verlo callar y contemplar el frente en silencio. Tuerce el cuello en una sacudida apresurada.
—Princesa… —Mim sella los labios. Se inclina.
—Teniente —le dedico una sonrisa de amabilidad.
—No sabía que la cena era solo para él… —vacila Mim según contempla la comida de la mesa.
—Te esperaba, mi señor —convierto la voz del teniente en vacío y deslizo las pupilas hacia el príncipe.
—Nadie dijo que la cena era… —niega Azohr mientras sonríe.
—Yo pedí que guardasen silencio —por un instante, mi anhelo de él se hace dueño de sus ojos.
Elevo la barbilla. Coloco la mano sobre el gran respaldo del asiento que preside la mesa. Despacio, alzo la tela añil de la falda para rodearlo. Me sitúo frente a él.
—Entonces… —Mim se inclina sobre el hombro de Azohr solo cuando su voz se ha vuelto suave—. Yo…
—Lárgate —ordena Azohr tras perder el aplomo en la mirada.
—Mi señor… —acepta Mim antes de que el príncipe pueda mirarme de nuevo—. Mi señora —asiente.
El teniente golpea la madera para que los guardias abran y ni siquiera doy importancia a esa irónica reverencia que hace antes de salir.
Asiento solo para mí. Ahora, yo soy quién domina sus propios miedos.
La calma a su lado, solo con él, me hace sonreír.
Ahora que el amplio hueco de este dichoso traje me ofrece espacio para no enredar los pies en él al caminar, estiro la mano con ansia de recibir la suya.
Que se convierta en el guía de las estrellas.
Y no tarda ni un segundo en convertirse en mi norte.
—Pensé que dedicarías las oscuras horas de hoy a deliberar sobre estrategias que tomar en situaciones imposibles de la misión —Azohr enlaza su mano con la mía sin vacilar.
—Estuve a punto de elegir la pluma, no voy a negarlo —la ironía me hace estirar los labios en una sonrisa burlona. Alzo las cejas—. Aunque este vestido me resultó más apropiado para cenar.
—Si deseabas cenar tomando notas, no me opondré —acaricia mi rostro—. La tela y la tinta te sientan igual de bien.
—Espero que esa opinión sobre la tela se haya desvanecido antes de que las velas que adornan la mesa cedan al tiempo —me apoyo en la punta de los pies para adentrar los dedos en su cuello. Beso sus labios.
Apenas cierra los ojos cuando mi instinto me hace retroceder. Suelto su mano. Llego a la mesa tras solo un par de pasos cortos. Ladeo con ligereza el mentón para contemplar de reojo la butaca real en espera.
—Debes elegir —devuelvo la mirada al príncipe.
Estiro el brazo. Apoyo con cuidado las manos sobre la madera de la mesa.
—Podemos tomar asiento y comenzar con la cena —asiento sonriente—. O tomar una copa de tu vino favorito frente a la chimenea.
—¿Me cederás tu puesto en la mesa esta noche? —el príncipe arruga la frente. Sonríe de medio lado.
—Solo para la cena —encojo los hombros para restar importancia—. Pero después, tendrás que compartirlo conmigo.
—¿Estarás conforme sea cual sea la opción que elija? —arquea una ceja mientras contempla las opciones a su alrededor.
—Siempre he querido tomar sopa fría como los incivilizados —recojo una copa de cristal vacía de la mesa. Carraspeo antes de ofrecérsela—. Es decir, Maren no está aquí para arruinar declaraciones de amor silenciosas.
—Si ya has elegido el vino y Maren no nos acompaña… —desliza las pupilas hacia la copa entre mis dedos—. La cena será el segundo plato.
—Pedí que cocinasen dulces de azúcar y almendra para ti, Ebhan dijo que eran tus favoritos —arrugo la frente a modo de advertencia—. ¿Estás seguro de que pospondrás el placer de saborearlos?
—Ese postre me ha tentado desde que entré —se inclina hacia delante. Su mirada se vuelve profunda—. Pero cambié de opinión antes de que las velas cedieran al paso del tiempo.
—E incluso así, no tienes por qué elegir entre ellos y yo —desdoblo el brazo tras haber llenado la copa.
—Ya elegí —susurra mientras toma la copa con cuidado de no derramarla.
Da un generoso trago antes de agarrar una copa vacía que resplandece a un costado.
La sirve. Apoya la botella sobre el perlado mantel y me ofrece el líquido escarlata escondido tras una mirada sincera.
La acepto. Guardo más calma de las que mis nervios esperarían.
No creían que sería capaz de conquistar a mis propios movimientos si así lo deseaba.
Qué ilusos… Yo he cautivado a mis miedos para ponerlos de rodillas ante mi libertad, una manada de puntas afiladas no me intimida.
Sonrío solo porque Azohr sonríe. Golpea el fino cristal de reyes en un sedoso brindis que no necesita dedicatorias salidas de los labios, la suya nace de la mirada.
Rompo el aire al buscar el camino hasta el sofá.
Deslizo la tela con suavidad para abrirme paso.
De medio lado contemplo como el príncipe sigue mis pasos tras haberse remojado la garganta con algo más de vino.
Escucho como apoya la botella en la mesa.
Toma asiento. Quiero detenerme, pero solo me alejo hacia el fuego.
—Sé qué piensas —anuncia Azohr con voz solemne.
—¿Lo sabes? —concentro la atención en el baile del fuego.
—He podido ver tus ojos —confiesa—. Ese hermoso vestido no puede ocultar la tristeza que hay en ellos.
—Puedes verla solo porque no deseo ocultarla de ti —sello los labios por un segundo. Contemplo los grabados del metal enmarcando la chimenea.
Volteo. Mis labios tiemblan ante esa mirada de angustia que adorna su rostro.
—Los dos sabemos que esta es la despedida —convierto sus ojos en el centro del olvido.
—Tú vas a estar conmigo, Eladriel —Azohr dobla la espalda. Apoya los codos sobre las rodillas—. Mi cuerpo no puede sentir una despedida.
Sonrío. La mesa baja se vuelve el lugar perfecto en el que reposar mi copa por un instante. Levanto la tela con cuidado para arrodillarme frente a él. Envuelvo su incertidumbre entre la certeza más absoluta que alberga mi alma.
—No volveremos a Brenshire cuando la misión termine —tomo su mano para colocarla sobre mi cara—. Quiero que nuestro último recuerdo sea esa chimenea, y la forma en la que el fuego se vuelve feroz al estar a tu lado.
—He tenido sueños que narran justo lo que deseas recordar —Azohr me observa de forma fija antes de besarme la frente.
—Cuéntame uno de ellos en una caricia —beso la palma de su mano.
Sus dedos envuelven mi barbilla. La eleva con apenas un roce y consigue mi completa atención.
—Tú. El tiempo reverenciando nuestra cercanía. Ese fuego… —el príncipe besa mis labios—. Ya estamos en el sueño.
—¿Te asusta la idea? —robo uno de esos besos que parece querer darme.
—¿Asustarme? —puedo ver como su entrecejo se arruga al instante.