34. Los nuevos aliados de Ravenbell. #3
Asiento al toque suave del rey sobre mi nuca como saludo de despedida.
Sonríe. Estiro las comisuras de forma falsa y pulida cuando acepta la tediosa compañía de Rohan.
—Antes de que te vayas… —sostengo el antebrazo de la princesa cuando por fin nos dejan en silencio—. Hay algo más que deseo saber.
—Puede que te arrepientas de tener curiosidad sobre mí —me advierte Aranel sonriente.
—Sabes que traicionas a Lugh —le suelto el brazo ahora que me presta atención—. Deseo saber por qué.
—Por lo mismo que te hace insistir en mantener a la princesa aquí —desvela sin vacilar.
—No esperaba que tus sentimientos de venganza fueran abarcaran tanto… —no puedo evitar dibujar media sonrisa
—Pensé que era el amor lo que te hacía odiar a ese guerrero con corona —Aranel deja caer el peso de su cadera sobre una pierna. Sonríe de forma afilada.
—Desprecio a ese vástago con suerte. Desearía que mil legiones de fénixes lo prendieran hasta que borrasen el recuerdo de su mísera existencia —mi sonrisa desaparece por sus ojos bañados en sorna.
Me burbujea el centro de la garganta. Tanto, que esa sensación se convierte en la columna que sostiene todo lo que revelo.
—Pero el odio es un sentimiento —trago saliva—. Es demasiado para esa criatura tan insignificante.
—Yo aborrezco hasta el sonido que la princesa hace al respirar —las fosas nasales de la princesa se separan. Su mirada se estrecha—. Que entre aire a su pecho.
Su gesto me hace estirar los labios. Contento el aliento. Estiro la mano hasta envolver su cintura.
—Me saltaré el protocolo una vez más para decirte que nos convertiremos en buenos amigos —beso sus labios—. ¿Estás de acuerdo?
—Es un honor establecer alianzas contigo, entrenador —Aranel desliza la lengua sobre mi labio inferior.
—Algún día usarás mi nombre… —hundo la punta de los dedos en su espalda—. ¿Qué te parece si hacemos un intercambio por ahora?
—¿Un intercambio? —su piel se vuelve tensa bajo el tacto de mis dedos.
—Me revelarás qué ha sucedido con Lugh para traicionarlo, y yo te desvelaré qué sueño disfruto más de todos en los que castigo a la princesa —muerdo uno de sus besos para sellar el trato.
—No es mi deseo traicionarlo —niega la princesa.
Aranel se sacude bajo mis manos para alejarse por completo.
—¿Me dirás que es la justicia la que te mueve? —dejo caer los brazos. Adelanto el pie para situarme frente a ella.
—Yo solo deseo terminar con la princesa —Aranel baja la mirada—. Y sé que no somos los únicos que anhelamos verla caer.
—Entonces, será un placer que me presentes a esa criatura que desea verla desparecer —tomo su mentón para elevarlo. Hundo una mirada pícara en sus ojos—. Lo haremos juntos.
Quizás creerá que el poder en este lugar lo tiene su majestad solo por llevar una corona y tener por suyo un trono.
—¿Y tú? —sonríe Aranel—. ¿Qué despierta ese desprecio por ella?
—No puedo perdonar a quién me redujo a la nada —aparto la mirada con vergüenza—. La princesa fue demasiado lejos para usar vestido y tener escote.
—¿Esperas que muera? —muestra los dientes tras estirar los labios.
—Espero que viva. Humillarla cada día para que recuerde cómo no debe tratarme —carraspeo antes de escupir más ira.
—En ese caso, quién me ayuda no podrá servirte —su afirmación parece una sentencia que no se puede recurrir.
—No tengas tan poca fe, encontraremos algo en lo que poder ayudarnos —le muestro la salida en un gesto amable.
—¿Quieres que lo traiga aquí? —Aranel entiende la despedida silenciosa iniciando la marcha.
—No. Este no es el lugar —suspiro con desagrado—. Visitaré tu palacio antes de que la misión de comienzo.
—No puedo garantizar que acepte esa reunión —susurra la princesa a un pestañeo de mis labios.
—Retírate ahora —bajo la voz. La beso—. Iré a buscarte cuando sea el momento.
Le dedico una reverencia en silencio. El olor a tierras elfas que deja en la estancia, cerca de mi nariz, hace que mi pensamiento vuelve alrededor de lo sucedido una y otra vez.
Qué atrevidos esos brujos. Entraron al reino a pesar de que su majestad les ha expresado en varios ocasiones que no son bienvenidos.
Beliel los unió. Hasta el mismísimo dios de las profundidades se ha puesto de acuerdo con ellos solo por desafiarme.
Tienen la potestad de viajar a sus anchar dictando su corrompida justicia por reinos ajenos, en vez de esconderse como las ratas cobardes que son…
Deberían temer a la sombra de la muerte. Cada vez los acecha con más fuerza.
La ira me hace apresurar la marcha por los pasillos.
Cierro los puños. Debhrán me dijo que quería reunirse conmigo en la biblioteca para recibir nuevas noticias de Eseo.
Aún está convencida de que le permitiré traerlo para que lo convierta en el príncipe heredero de las hadas.
No sé cómo ha logrado sobrevivir tanto tiempo en esa jaula de abusos.
No parece demasiado inteligente si cree que convertiré al bastardo de una esclava en el gobernador del pueblo.
Y si no complace los deseos del rey ni satisface sus instintos como le enseñé a hacerlo, ni siquiera debería preocuparse por ese niño… .
Separo la hoja del cuarto a prisa. Voltea apenas escucha como llego y me muestra su rostro desencajado como buenos días…
—Tien —enuncia Debhrán tras acercarse a sujetar mis manos.
Las retiro de inmediato. Retrocedo un paso y elevo mi mentón sobre su indiferencia.
—¿Cómo dije que debías saludarme? —aprieto los dientes.
—Disculpadme —sujeta las manos al frente.
—Bien —sonrío. Hundo la mirada sobre la suya—. Ahora, inclínate.
Me dedica una reverencia.
—Dime de qué deseas hablar —sujeto los brazos a la espalda.
—Dijiste que unirme al rey sería la garantía de la vuelta de nuestro hijo —inquiere a pesar de tener la vista perdida.
—Lo haré —estiro los labios en una mueca de pena fingida—. Pero su majestad aún no se mostró complacido contigo.
—Hice todo lo que dijiste. Incluso permití que descargada su ira sobre mí —se atreve a recriminarme. A apartar su mirada del suelo.
—¿Permitiste? Nunca aprendes —doy un paso hacia ella. Sujeto su brazo con fuerza—. ¿Acaso crees que tú puedes negarte?
—Tien… —se lamenta Debhrán.
—Tú no eres una reina como Olet. No eres una princesa como Eladriel —mis pupilas expandidas abren sus párpados—. Solo eres una esclava.
—Tu esclava favorita —su frente se eleva como si tuviera motivos para sentir orgullo.
—Una simple esclava —suelto su brazo en un ademán de cólera—. Nada más.
—Quiero a mi hijo, Tien —sus labios se estiran en lo que yo entiendo como una amenaza—. Confesaré todo a su majestad si no cumples con tu parte.
Mi dedos envuelven con seguridad la empuñadura de la daga que sujeto con el cinturón. La desenvaino. Sujeto sus ropas para atraerla y colocar la punta cerca de su cuello. Veo como la hoja resplandece cuando su garganta se sacude.
—Intenta que otra amenaza salga de tu boca, y no dejaré que puedas hablar de nuevo —murmullo cerca de su oído. Envuelvo su pelo con mis manos.
—Me has amenazado demasiadas veces con esa daga para tener miedo —sonríe. Incluso si solo necesito un soplo de aire para rebanar su cuello.
Alejo la daga de su cuello para situarla justo en el medio de su abdomen. Ni siquiera me veo obligado a hacer fuerza para que desquebraje la tela barata que envuelve su cuerpo. La atraviesa con facilidad. Sonrío. Deslizo despacio hacia abajo. Cierro los ojos cuando su voz emite un quejido de dolor.
—No escucho tu perdón —ejerzo presión sobre la empuñadura y su piel.
—Detente —se dobla Debhrán—. Haré lo que deseas.
—Eso pensé… —la empujo hasta hacerla caer.