34. Los nuevos aliados de Ravenbell. #2
—Además, el reino elfo acordó entregar tropas tras la coronación de la princesa Aranel —Rohan no desperdicia la oportunidad para analizar a la princesa de arriba abajo.
—No debéis temer —interviene Caladin—. Nuestros huestes son extensos. Contamos con más de cincuenta mil hombres y la compañía de los butkam está de nuestro lado.
—¿Debo recordaros el motivo que nos llevó a comenzar con la destrucción de esos asquerosos brujos? —Eliot pisotea el suelo con furia mientras camina.
—¿Qué sugerís vos, mi señor? —Caladin me dedica una mirada fugaz antes de hundir su pecho entre los hombros.
—Debemos adelantar el ataque a Néferien —Eliot bordea la mesa a prisa. Se acerca al mapa.
—¿Cuándo deseáis que las tropas tomen nuevas posiciones? —Rohan convierte su ceja en un arco de duda.
—Tendríamos que tomar ese reino ahora —el puño del rey golpea la pared como decreto de autoridad.
—Mi señor… —Caladin Nevus separa los párpados. Hasta yo me veo obligado a tragar—. Esperemos a la misión del solium. Apenas faltan dos días y los dioses tendrán la atención puesta sobre ese oficio.
—El cancilier Caladin habla con certeza, majestad —asiente Rohan. Su barbilla temblequea con el mismo miedo que su túnica—. El príncipe Bradosck y el príncipe Ebhan han sido convocados a esa misión, no podemos tomar represalias ahora.
—Además, la reina Efaris no se atrevería a iniciar una guerra sin la presencia de su hermano —Nevus estira las manos con calma sobre el tablero pulido.
—Ella no —Eliot coloca su espalda tan recta como torcidas están sus ideas—. Lo haremos nosotros.
—Su excelencia, mi deber como cancilier es… —a Rohan, la preocupación le hace romper la postura.
—Calla, vasallo de la ignorancia —el rey agita el brazo rabioso—. Atacar Néferien durante la misión nos dará la oportunidad de que el maltrecho de Bradosck quede con vida. El destino quiere que el príncipe que mi querida hija eligió para su reino, acabe sus días aquí.
—¿Lo apresaréis para entregarlo a los dioses? —la mandíbula inferior del cancilier Caladin se separa con cautela.
—Desearía gratificar a mis padres con semejante descubrimiento, pero tendría que entregar a mi hija si lo hiciese —en un instante, Eliot transforma el gesto.
Su dedo acaricia con fragilidad las líneas de la barbilla. Su rostro, su cuerpo… Ambos se han convertido en el vivo retrato de la calma absoluta. Esa que se ignora antes de que lleguen las peores tormentas.
—La princesa Eladriel nunca aceptará el compromiso con el joven Mémberin, mi señor —Caladin rebuzna. Su lengua emite un sonido que acata la rendición—. Luchar por ella es una causa perdida.
Ese aparente arrebato de conciencia que acaba de mostrar el cancilier Caladin debe ser erradicado de inmediato. Antes de que el rey se convenza de que es cierto.
—Sabéis que la princesa tiene algo que siempre la mantendrá unida a este palacio —mi voz retumba entre las columnas.
—No hablarás de ti… —me reprocha el rey con el ceño lleno de ira—. Ese brujo parece haber hecho un mejor trabajo.
—Mi querido sire —me obligo a dibujar una sonrisa de orgullo—. Admiro vuestra valentía. Vuestra fuerza e imponencia es comentada por cualquier criatura de Órianth. Pero si permitís que se marche con ese despreciable, los reinos dirán que os han vencido.
—Explícate con más atención —asesta el rey.
—¿Desde cuándo el rey con más bravura de todas las tierras de los dioses se convirtió en un sensiblero? —mi mandíbula se tensa acusadora. Mi mirada se llena de una sorna fina.
—¿Cómo os atrevéis a…? —escupe su majestad. Eleva el brazo como si me intimidara lo que ya conozco.
Ni siquiera moveré las pupilas del centro de su furia.
Sus pasos se transforman en enemigos del tiempo cuando él me convierte en el sujeto que despierta su enfado.
Mantengo la frente en alto. Aprieto los dientes para recibir el golpe que su majestad tome a bien propinarme solo por decirle la verdad.
Jamás me doblegaría ante él como mi padre.
No voy a temblar ante sus ojos. Ni siquiera, aunque la sombra de la violencia que emerge de su ser se detenga a un dedo de mis pies.
—Escúchame con atención, zángano inútil —las manos del rey caen. Sus voz se transforma en un hilo fino de aviso—. Confié en ti para gobernar el trono, no quiero pensar que erré en esa decisión.
—No lo hicisteis, mi señor —mis ojos se vuelven vidriosos de impotencia. Aprieto los puños.
—Y si ese es el caso, ¿por qué esa zorra impura de mi hija no está en sus aposentos? —sus manos rodean parte de mi uniforme—. No eres más que una bestia farsante.
—Vuestra gran benevolencia os ha vuelto ciego —me esfuerzo en ajustarme a mi propio protocolo y que la voz no tiemble.
—Estás a una palabra de ser ejecutado, Mémberin —el tono del rey se vuelve pasivo.
—Recordad a ese lacayo que sirve a vuestra hija —confieso.
—¿El viejo Twig? —Eliot junta las cejas.
—Ya visteis esa forma tan salvaje por la renunció a su vida por salvarlo —sonrío. Dejo escapar el aire aliviado—. Mientras ese viejo permanezca aquí, ella no dejará de hacernos generosas visitas de justicia.
Eliot alisa los labios confuso. Retrocede.
Su mirada se pierde en las palabras que aun viajan en su mente cuando camina entre las sillas.
Observa silencioso como todos contemplamos su estado hasta que toma asiento.
Espero que mi afirmación sea suficiente para convencerlo, él siempre ha encontrado motivos para deshacerse de su hija.
Recuerdo cuando mi padre comenzó a insistir en que debía acercarme a la princesa para ganarme su afecto y su trono.
El día que su majestad iba a enviarla al bosque ancestral, intervino con la propuesta de que sería útil una unión entre criaturas de la primera sangre como nosotros.
Eso mantendría el linaje. Solo aceptó mantenerla en el palacio al escuchar que tendría un heredero de confianza a quién dejar este lugar.
—Tu padre no aparece, Tien —declara Eliot con voz entrecortada. Se lleva la mano en la frente—. Esos desgraciados portadores del caos han conseguido atravesar la seguridad de Eryas para llevarse a mi más fiel compañía.
—Podemos destruir las tierras de los brujos si es vuestro deseo, mi señor —niego—. No hay nadie que me importe en ese lugar.
No miento. Incluso si sé que mi padre está entre sus manos.
Él fue el que me enseñó que lo único que exige mi lealtad es conseguir aquello que deseo.
El camino de la ambición. Si mirase hacia atrás y me permitiese detenerme en esos pequeños matices emocionales que hacen débiles a las mujeres, estaría perdido.
Como lo está el infame de Bradosck y la arrogante princesita.
—Me agrada escuchar que tu lealtad está conmigo a pesar de que tu padre esté siendo torturado —sonríe Eliot.
—Siempre, mi señor —me doblo en una reverencia.
—Te escucho, querido Tien —Eliot me muestra la mano como gesto de buena voluntad.
Sonrío. Acepto ese toque cariñoso, incluso fraternal diría, que me da en el hombro. Siempre supe que fui su sueño…
—Cuando las tropas del reino y la compañía de los Butkam hayan eliminado Néferien del mapa durante la misión del solium… —relato mientras su sonrisa aviva la mía—, el príncipe Ebhan y el recién estrenado príncipe Bradosck no permanecerán quietos. Abandonarán el bosque ancestral.
—Entonces los destruiré como haré con su pueblo —asegura Eliot. Creo que su odio le impide vacilar.
—Estoy seguro de que, cuando ellos lleguen, todo estará por terminar y no podrán hacer nada —sacudo la cabeza en una negativa firme. Río—. Pero, sé que la princesa Eladriel vendrá a buscar a Twig cuando ocurra.
—¿Por qué te escucho tan seguro de tus palabras? —Eliot tuerce el cuello sobre el hombro para mirarme.
—Porque sé que Bradosck quiere llevársela de Órianth, pero ella no se marchará sin el viejo lacayo. Tiene miedo de que le hagamos algo… —aprieto los labios entre los dientes para no dejar que la risa se escape de nuevo—. Depende de vos lo que hagamos con ella cuando eso ocurra.
—Estrenaremos esa celda que guarda su nombre —la sonrisa del rey indica que está de acuerdo y me causa un placer indescriptible doblegarlo.
—Sus deseos siempre son órdenes, mi señor —asiento. Observo de reojo como los canciliers toman asiento—. Sabéis que significa eso, ¿no es cierto?
—Que ese idiota harapiento vendrá tras ella —su majestad deja que una leve carcajada se manifieste.
—Y entonces, estará completo a vuestra merced —por fin puedo dejar caer los hombros.
—Pero… —Rohan se atreve a desafiar mi autoridad. Me cuestiona—. ¿Cómo podemos estar seguros de que eso que ha revelado el aliado de la princesa elfa es cierto?
—El cancilier Kilfer tiene mucha razón, sí señor —Caladin afirma con energía—. ¿Qué ocurre si el príncipe Bradosck no tiene magia oscura y esta criatura apestosa miente?
—Ravenbell iniciaría una guerra sin retorno. Si Néferien sobrevive, podría atacarnos acogiéndose a la legítima defensa ante los dioses —Rohan no hace esfuerzo por ocultar esos temores que lo inundan—. Nunca más nos darían su favor.
—Propongo algo —elevo la voz, la mano—. Si me permitís hablar, mi señor.
—Adelante —acepta el rey.
—Estaré en la entrada al bosque ancestral el día que dé comienzo la misión. Si la princesa Eladriel aparece y su palabra es verdadera, la guerra dará comienzo —mi sentencia se vuelve alta y contundente. Firme.
—Es una opción justa —su majestad estira los labios en una mueca de aceptación—. ¿Canciliers?
—Adelante, mi señor —acepta Rohan sin condiciones. Su mirada cae apesadumbrada.
—Estoy de acuerdo con vos, mi señor —Nevus resopla resignado.
El rey esboza una sonrisa de complacencia ahora que por fin todos le dimos la razón a sus delirios. Me dedica una mirada triunfal que acepto de inmediato. Como si todo esto hubiera sido idea suya y no mía…
—La guerra dará comienzo en pocos días, debemos estar preparados —indica el rey. Recorre a cada uno de los presentes con su mirada de justicia turbada—. No perderemos esta oportunidad.
Cada uno de los canciliers se inclina ante su majestad antes de apartarse de sus asientos.
Hago una señal a la princesa para que detenga sus pasos antes de abandonar la sala.