Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 34. Los nuevos aliados de Ravenbell.
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34. Los nuevos aliados de Ravenbell.

(Tien)

Planto los pies con firmeza sobre la roca marmoleada que conforma el suelo de la sala de asambleas.

Contemplo el agua del lago. Ahora guarda la calma, pero estos días atrás…

Se agitaba como lo hacía mi rabia. Sujeto las manos a la espalda al recordar a esa nefanda bastarda.

Ya no está en Eryas. Pongo los ojos en blanco cuando las palabras del rey abandonan su estúpida boca mientras debate con el cancilier Caladin acerca de la desaparición de mi padre.

Ese asunto está claro hasta para una criatura que apenas tiene sesera.

La última vez que lo vi, aun había esclavas en este palacio. Es claro que fue Eladriel.

Todavía no logro comprender cómo esos infectuosos fénixes consiguieron volar tan cerca del palacio sin sufrir daño.

¿Dónde demonios estaban los guardias? No es posible que un bobalicón que seguía órdenes de esa ramera pelirroja haya burlado la guardia real de Eliot con tanta soltura.

Había criados en la pasarela del jardín, lacayos. Y Twig.

Marco la mandíbula. Aprieto los dientes.

Mi estómago arde solo por pensar la falta de temor de esa arrogante princesita y su malnacido príncipe.

Me quema. Esa criatura de sangre incierta se ha atrevido a desafiarme una vez más.

¿Cómo pudo llevarse a un cancilier de Ravenbell a sabiendas de que perderá su deshonrosa existencia?

Cómo tras retozar con esa libertina que aspiraba a portar corona…

La comisura izquierda de mis labios se eleva.

Mis pupilas se descargan en esas ondas que el viento dibuja sobre el agua del lago mientras la voz a mi espalda me hace sonreír.

Ese líquido siempre absorbe las ideas sobre mi propia destrucción y da paso a la calma.

—¿Estás segura de lo que acabas de decir? —volteo.

Hundo la mirada en Aranel y su gesto de indignación.

—No hubiese venido hasta aquí de no ser así —asegura la princesa elfa con mirada en alto.

Arrugo el entrecejo. Amplío la sonrisa preso de su arrojo y lo mucho que me atrae.

—Lo que has confesado cambia mucho el destino… —elevo las cejas en espera de su sonrisa.

—Fueron sus malas decisiones… —la princesa dibuja esa sonrisa que deje de vileza que enciende mi pecho.

—Querida princesa —doy un paso al frente. Tomo su mano para besarla—. El rey solo consideraba enemigos a la princesa y a ese andrajoso al que han puesto corona, pero…

—Sé que Eliot no dudará de mi palabra —su frente se arruga mientras asiente—. Sé que Lugh no podría mentirme.

—¿Eres consciente de que revelar lo que sabes al rey te convertirá en una traidora ante sus ojos? —sonrío. Mi boca se humedece.

—Antes que a Lugh, debo lealtad a los dioses —su garganta se desliza. La sonrisa de Aranel desaparece.

—¿Tiemblas? —inclino la frente hacia delante con sospecha.

—Solo tiemblo por placer —carraspea—. Detener la voluntad suelta de Eladriel es lo que me sostiene ahora que él ha desaparecido.

—Su majestad no se conformará con saber que está viva —aprieto los labios. Lo señalo con un movimiento firme de pupila.

—Mi espía la vio abandonar el castillo de Brenshire y montar en un fénix el día que el palacio de Eryas fue atacado —ladea el cuello hacia el rey. Sujeta las manos al frente.

Una sonrisa suave emerge en medio de mi rostro. De satisfacción me aventuraría a decir sin equivocarme.

—Brenshire… —tuerzo los labios deleitado por sus palabras—. Así que, la princesa de las hadas ha decidido conformarse con un castillo en ruinas.

—No solo vio a Eladriel —Aranel no tarda en desvelar sus aliados.

—¿Te refieres a que la ramera pelirroja estaba junto a ella? —coloco la mirada sobre ella de inmediato.

Aranel me mira. Me incomoda esa forma fija en la que sus pupilas reposan pensativas sobre las mías.

Mi semblante se tensa. Separa los brazos.

Busca en la faltriquera con calma a pesar de que mi entrecejo se ha arrugado.

Doy un paso atrás cuando entre sus dedos sostiene una cadena fina de la que cuelga una pequeña perla.

Sonríe. Es en esa perfidia que se esconde en la curva alegre que forma donde encuentro tranquilidad.

—¿Desde cuándo el collar de una dama fue suficiente prueba para demostrar que sigue con vida? —mis párpados caen por aburrimiento.

—Mi aliado lo tomó cuando se le calló a la princesa en el puente de Brenshire —Aranel sacude el collar para que lo tome—. Asegura es una joya cualquiera.

—¿Por qué? —entrecierro los ojos.

Tomo el collar de un gesto raudo.

—Está impregnado de magia negra —asiente. Su mirada se vuelve alertante—. Tiene el poder de transformar a quién lo porte con ella.

—¿Crees que ya lo utilizó antes? —examino el collar.

—Sin duda alguna —afirma. Resopla con ironía—. Ha debido servirle como método de escape en más de una ocasión.

—¿Podemos confiar en la palabra de ese aliado que mencionas? —la furia me hace elevar la mirada con urgencia.

—Yo confío —asegura la princesa sin dudar ni un segundo—. Desea que el príncipe Bradosck desaparezca con más entusiasmo que el propio rey Eliot.

Maldita zorra… Si no fuera porque su majestad debe ver este collar, lo arrojaría a lo más profundo del lago.

Cierro el puño. Convierto la cadena en mi propio grillete.

Sospeché de ella, pero dejé que se sintiese triunfadora.

Sabía que ese asesinato de los guardias que aparecieron en las orillas fue planeado por ella y guardé silencio a pesar de que manchó mi honor.

Esa condenada magia logró que el rey me encerrase en las mazmorras.

Por culpa de esa impía me torturó frente a todos esos criminales que yo ayudé a apresar hasta que lo convencí de mi libertad.

Ese acto me humilló más, que la mofa de los guardias reales por ser rechazado por la hija del rey.

—Acerquémonos, vamos —doblo el codo para hacer que me siga—. El rey estará complacido de saber lo que su indecorosa hija hace con el buen nombre del reino.

Aranel desvía la mirada hacia el rey antes de seguir mis pasos.

Esa convicción que tiene sobre mancillar el perfecto legado de autoridad moral de la princesa consigue encenderme…

La encuentro deliciosa. Hará que ella nunca más pueda jactarse de habernos vencido.

Sujeto las manos al frente. Eliot se menea sobre la silla real de máxima autoridad del reino.

—Mi señor —le dedico una reverencia—. Tras haber escuchado a nuestra querida invitada, creo que es necesario que vos conozcáis lo que tiene para deciros.

—Te dije que no deseaba recibir a nadie —el rey eleva una ceja. Sus pupilas se mantienen fijas al frente.

—Permitidle hablar, mi señor —mantengo la frente baja por su mi insistencia le impacienta—. Pero os advierto de que sus palabras lograrán encender vuestra ira.

Coloca las manos sobre el reposabrazos de forma sibila.

Envuelve los grabados finos con los dedos.

Un chirrido antiguo, pesado, nos avisa de que debemos inclinarnos como ritual por conservar esta vida.

Empuja la silla. Aparta la capa de un zarpazo para convertir la distancia con la princesa en solo una ilusión.

Aranel ni siquiera se inmuta de la presencia cercana del rey.

—Majestad —Aranel le dedica una reverencia.

—Tu boca se separa para hablar cosas que no me interesa escuchar —Eliot habla enfurecido.

Apenas ha cambiado el tono de su voz desde que mi padre desapareció.

—Os traigo noticias sobre la princesa Eladriel —la princesa sujeta sus manos al frente como muestra de respeto—. Sé que aún vive. Sé el lugar dónde se oculta.

Eliot se inclina hacia delante. Su nariz se arruga a medida que su espalda se curva. Una incipiente sonrisa burlona se dibuja en su rostro.

—¿Acaso esa ilustre sesera que posees te hace considerar que soy estúpido y no sé qué sucede? —hasta a mí me estremece el tono sereno que utiliza el rey.

—Podría estar caminando entre los lacayos de su palacio si lo desease, y no os daríais cuenta de ello —Aranel alza el mentón.

Ese temblor que tomaba sus recuerdos parece haber desaparecido.

—¿Qué dices? —Eliot tuerce el cuello.

Despacio, me convierte en el centro de una de sus insidiosas miradas. Lo detesto.

—Mi señor… —aparto el miedo para elevar la mirada—. Esa corrompida sierva del pecado que engendrasteis se ha atrevido a jugar con vuestra inteligencia.

—Ingresó al palacio solo para engañaros —continúa Aranel sin perder la oportunidad de ser ella quien desvele la verdad.

—¿Cómo…? —el rey dedica una mirada a sus canciliers.

Se coloca de medio lado con el rostro repleto de ira contenida. El semblante de los consejeros se llena de angustia.

—Sucumbió a la magia negra en manos de esos desgraciados brujos —hundo la punta de los dedos en la cadena antes de mostrársela—. Utiliza este collar.

—¡Maldita ramera desprecio de la honra! —brama Eliot.

Me arrebata el collar cuando su voz todavía puede adueñarse de mi aliento. Toma la perla entre sus dedos.

—Mi señor… —Rohan se incorpora de inmediato por el bramido de ofensa del rey.

—La princesa Aranel asegura… —intervengo antes de que Rohan separe los labios para calmar su humor—, de que la princesa Eladriel contrajo nupcias con Bradosck por voluntad del dios de las profundidades.

—Por dicha… —el rey rueda las pupilas hasta situarlas sobre Aranel.

—Mi confidente en tierras brujas aseguró que el príncipe Ebhan y el gran hechicero hablaron sobre ello en Émaxor —la malicia de la princesa le hace arquear el ceño—. Mencionó Brenshire y esa magia negra que posee el depravado de Bradosck.

Su mandíbula se tensa solo con mencionar a esa bestia inmunda. Como la mía.

—¿Cómo la magia negra? —Rohan no calla a pesar de que su majestad lo relega al fondo en cada reunión.

—Tiene más de un don. No sé cómo hizo para manejar las artes oscuras además de las verdes —Aranel me dedica una mirada de reojo. De aviso—. Además, sé que reclutará a los brujos de la fortaleza de Borh.

—¿A qué esperáis, canciliers? —vocifera su majestad apenas pasan unos segundos—. ¿Qué clase de desvarío os hace guardar silencio ante esta confesión?

—Su majestad… —Rohan titubea—. Creo que Ravenbell está preparado con suficiente guardia para terminar con esos brujos sin preocuparnos de cuántos haya en esa fortaleza.

—Contamos con la alianza de Ménthir. La unión al ejército de fénixes de Ylros es suficiente para combatir la de esa escoria mágica —Caladin vence a los nervios que han tomado su tono de voz.