33. La nueva era de Brenshire. #11
Si eso no sucede, es porque ellos no han sobrevivido.
Habré matado. Aunque mi conciencia tiene claro qué debo hacer, la segunda opción es mucho más elocuente ahora.
Dos muertes a cambio de cientos aminoran la mancha sobre mi esencia.
Respiro honro. Exhalo tras el inicio de la carrera que alerta a esos guardias uniformados con acero.
Sacudo los brazos para aumentar la velocidad antes de que ellos siquiera puedan determinarme.
Empujo las puertas que dan acceso al patio y me lanzo a la arena. Sale disparada bajo mis zancadas mientras busco llegar a esas mazmorras de la muerte.
Las puertas de hierro macizo del calabozo están abiertas.
No reparo en el parchado suelo. Ni en ese primer escalón que conforma la escalera larga.
Es estrecha, empinada y poco segura. Esta trampa te condena a las celdas, alas y salas de la oscuridad.
Mi instinto me recuerda que me distraigo de mi don.
Llamo a la luz. Coloco la punta de mis dedos amenazantes contras una de las antorchas engastadas que alumbran este escalonado callejón.
El destello de mis manos consigue opacar la impresión de la muerte.
—¡Deteneos! —uno de esos guardias brama tan fuerte, que la llama de una antorcha se sacude por su aliento.
Me detengo obediente a su indicación. Sobre esas piedras humedecidas por restos humanos, entre las celdas malolientes.
Volteo. Contemplo como ese par de ignorantes de armadura imponente y mente ridícula bajan con trabajo los últimos escalones.
Han sacado pecho bajo esas armaduras metálicas que adoran su cuerpo.
Inclino la frente. A unos cuantos pasos, hay mujeres que saldrán de aquí incluso si debo obligarme a convertirme en mi padre para ello.
—Bien, princesa —ríe uno de ellos entre jadeos.
Apoya la lanza mientras recupera el aliento.
—Habéis sido más obediente de lo que nos dijeron —el soldado me dedica una mirada triunfal. Se llena de regocijo mientras mira a su compañero.
—Os pido me disculpéis —esbozo una mueca de tristeza que desearía que fuera fingida—. Me he quedado sin más salidas.
—No os preocupéis —ese guardia de bramido sacude antorchas da un paso hacia delante—. Debemos entregaros al rey, pero lo que digamos sobre vos dependerá de lo benevolente que seáis con nosotros.
—Puede que si confesáis dónde se encuentra esa mala bestia, su majestad os mate con compasión —ríe el otro, colocándose a su altura.
—Quizás no me expresé con claridad —aprieto los labios con culpa—. La última salida que tengo es terminar con vuestras vidas.
—¿Vos? —ríe.
Ríen.
El torrente desagradable de ese soldado que tiene el poder de desquiciar el fuego hasta sacudirlo recoge su lanza a modo de broma.
Mi boca se tensa dibujando una sonrisa. Estoy dispuesta a establecer una condena eterna por su gesto de burla.
Cierro los dedos con fuerza por esa mirada risueña y divertida con la que me miran según la luz comienza a tomar forma alrededor de las manos.
Primero, una esfera de partículas oscilantes.
Pequeñas. Esa bola se llena de energía y arde sobre mi puño.
Se vuelve capaz de quemar vivos sus asquerosos sonidos de superioridad genital en un susurro del destino.
—Sé que no seré la primera que os diga que vuestra sonrisa es detestable —arrugo la nariz con desprecio.
Mi visión captura solo dos cosas frente a mis manos.
El fuego, y ese agujero con melodía de ignorante con el que condena al resto de criaturas que tienen la desgracia de estar a su lado.
Entrecierro los ojos para confiar en mi precisión.
La llamarada impacta en su cara. La armonía de la humillación se convierte en un tornado de revelación.
Y cae al suelo. Su arrogancia se desploma.
Se retuerce entre esas llamas que han encontrado refugio entre los trozos de metal que conforma su mortaje.
Me obligo a mantener la vista en alto por no verlo gimotear.
Cierro los ojos ante sus lamentos y los bramidos que el naranja ha transformado en palabras de auxilio.
El fuego todavía lo consume cuando su compañero lo abandona. Huye antes de que la bola de luz que sostengo entre mis dedos anaranjados viaje hacia él.
—Liberadme, princesa —un reo de mi padre saca el brazo por entre los barrotes.
Su piel envuelve el hueso, pero puedo ver perfectamente la estructura por la delgadez.
Trago saliva. Tras su pedido, el resto de presos convierte sus peticiones en reclamos.
Ignoro sus llamados a la salvación aun si hay inocentes.
Mis piernas se abren frente al primer pasillo.
Solo yo vigilo mis espaldas. Retrocedo en un pensamiento al ver más de diez cuartos a cada lado.
¿Cómo puedo abrir todas estas puertas en menos de un minuto?
Ni sé si dispongo de tanto tiempo. Un nudo en la garganta se apodera de mi instinto, me hace bajar la vista hacia ese arma de destrucción que son mis manos.
Es la única solución. Las estiro hacia las antorchas.
Las vuelvo un puño para contener la luz, mis pupilas recorren cada cerrojo que contiene la libertad de esas mujeres.
Empujo el poder para comenzar a derretir los candados, las cerraduras…
Aun envío fuego al hierro cuando una mujer se acerca. De pelo rizado, rubio. Es hermoso. Apoya temblorosas las manos sobre mi brazo hirviente. Sus ojos llenos de pánico atraviesan las llamas hasta encontrarse con los míos.
—Huye —ordeno antes de caminar hacia la siguiente puerta.
—¿Quién sois? —su voz se vuelve testigo del duelo.